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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

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domingo, 18 de febrero de 2018

ZOMBIES: Capitulo 007 Imprudencias

Capítulo 007
Imprudencias

Día 19 de junio de 2017…
Centro comercial de Puzol…
10:25 horas de la mañana…

Félix todavía estaba dolorido. El encontronazo con Julián había sido tremendo y él se había llevado la peor parte. Desde entonces, Félix había pasado la mayor parte del tiempo tumbado. Únicamente se incorporaba para comer y beber lo que alguien le llevaba. Aquella mañana, decidió que ya estaba bien, no quería permanecer más tiempo así. Se levantó de la cama y sintió un fuerte dolor en la espalda, se paró un poco y después poco a poco se puso en pie.
Félix a paso lento, salió de la tienda y una vez en el pasillo se encontró con Tomás. No le costó mucho reconocerlo, ya que lo conocía de antes de que todo sucediese. Ese hombre era tristemente conocido por ser el borracho del pueblo. Un hombre de pelo largo y poblada barba de un color castaño, aunque bastante sucio. Un hombre que se pasaba la vida en los bares y durmiendo en la calle o en algún cajero.
Tomás pasó junto a él y Félix se percató de su delgadez. Se preguntó cuánto tiempo hacía que no comía, ya que cuando se juntaban para comer o cenar, Tomás nunca estaba allí. Este permanecía siempre apartado. Félix se percató de algo más, la mano de aquel hombre tenía una especie de tembleque.
—Oye… ¿Estás bien?
Tomás se detuvo y alzó la mirada para clavar sus ojos en los de Félix. El joven entonces también se percató de que el rostro estaba como envejecido, mucho más de lo que normalmente están las facciones de un hombre de unos cincuenta años. Tomás no respondió y volvió a agachar la cabeza para seguir su camino.
—…Buenos días a ti también…— dijo Félix con resignación al no obtener ninguna respuesta por parte de aquel tipo.
Félix decidió salir a la terraza, le iba a venir bien tomar el aire y el sol. Caminó hacia las escaleras que daban a la azotea y las comenzó a subir. A mitad de camino, se paró agarrándose a la barandilla y tomó aire. La verdad es que estaba mucho más dolorido de lo que pensaba. Después de apenas un minuto, prosiguió y finalmente alcanzó la terraza. Nada más salir se encontró con varios de sus compañeros, vio a Jana y a Rosa en bañador sobre unas tumbonas y tomando el sol. Ellas lo vieron y lo saludaron. Él les devolvió el saludo y se acercó.
—Buenos días chicas.
—Te veo mejor— dijo Rosa incorporándose y apartándose un mechón de pelo castaño de la frente, haciendo más visibles sus ojos verdes — ¿Estás buscando a alguien?
—Si… Lo cierto es que si… ¿Habéis visto a Lidia?
—Ella y Manuel están allí atrás— dijo Rosa señalando hacia el otro lado de la terraza. —Hablaban de construir un huerto o algo así. Lo cierto es que no me enteré muy bien.
—Iré a ver. Gracias— respondió Félix.
—Ahí está otra vez— dijo en ese momento Jana. Al decir eso, Félix se dio un poco la vuelta y vio a Julián al otro extremo de la azotea. Estaba de pie con la mano en el bolsillo y las miraba fijamente con una sonrisa. Jana volvió a hablar —Odio cuando nos mira así. Lo hace de una forma que me da miedo.
—Yo creo que se está tocando— dijo en ese momento Rosa con una sonrisa.
Jana la miró entonces con un gesto de desaprobación —Lo dices como si te pareciera normal y correcto. A mí me da asco.
—A mí no. Además, es un hombre maduro que no está nada mal para la edad que tiene. Me recuerda a un ex que tuve— Rosa volvió a tumbarse boca abajo sin dejar de mirar a Julián,
Félix se puso en pie y comenzó a caminar hacia donde le habían indicado. Mientras andaba miró a Julián de reojo. Este le devolvió la mirada y siguió sonriendo.
Félix abandonó aquella parte de la terraza y alcanzó una zona de esta que estaba un poco más baja. Allí, encontró a varios miembros del grupo, entre los que estaban Lidia, Manuel y un chico llamado Alex. Estaban trabajando con unas tablas de madera. Félix bajó por una escalerilla de mano y llamó la atención de Lidia.
—¿Por qué te has levantado? Deberías seguir tumbado— dijo la doctora caminando hacia él.
—Estaba hasta el gorro de estar tumbado ¿Qué estáis haciendo? — preguntó Félix mirando por encima del hombro de Lidia.
—Ha sido idea de Alex— respondió Lidia. —Cómo vamos a pasar mucho tiempo aquí, vamos a construir unos huertos en los que podamos cultivar. También vamos a construir un invernadero. Si todo sale bien, en pocas semanas deberíamos comenzar a tener cultivos.
—No es mala idea… Vamos, resumiendo. Que prácticamente nos vamos a volver vegetarianos— respondió Félix.
—Si… A menos que sepas cómo hacer que crezcan chuletas del suelo— dijo Lidia mientras ambos caminaban hacia el lugar donde estaban construyendo.
Habían encontrado varias maderas en el área de muebles y los estaban usando para convertirlos en huertos. También estaban utilizando tornillos y bisagras que habían sacado de la ferretería. Lo cierto era que habían tenido una gran idea con lo de construir un huerto o varios. Lo siguiente, sería ir a la zona de jardinería a coger lo que necesitaran, especialmente las semillas. Además, allí en la azotea, el sol haría que las plantas crecieran muy bien.
—Os echaré una mano— dijo Félix caminando hacia el frente y cogiendo unas maderas.

Caserón…
11:00 horas…

Me encontraba junto a la valla sentado sobre un viejo coche al que le habían quitado las ruedas y cubierto con una lona. Hacía un par de horas que estaba allí vigilando. Los demás estaban en una clase de tiro con David, él era quien se iba a encargar de la instrucción. Entre él y yo, habíamos decidido que todos y cada uno de nosotros iba a llevar en todo momento un arma para defendernos en caso de ser necesario. En esos precisos momentos, el impartía la clase disparando a unas latas y aprovechando los silenciadores.
Estaba mirando al camino cuando me di la vuelta de repente al sentir una presencia detrás de mí. Entonces me encontré con el viejo Mateo. Este me sonrió y me entregó una botella de agua.
—Hace calor y supuse que tendrías sed. Siento si te asusté.
—No se preocupe— respondí tomando la botella.
— ¿Te importa si me quedo contigo haciendo compañía? — preguntó Mateo mostrando una amable sonrisa.
—Esto es su casa. No me importa. De hecho, no debería ni preguntarme— respondí.
El anciano trepó con mucha facilidad y se sentó a mi lado. — ¿Alguna novedad?
Yo negué con la cabeza y entonces miré al anciano — ¿No debería estar practicando con las armas?
—No lo necesito. Se demasiado como disparar. Consideré que era mejor venir a hablar contigo. Hablar a solas me refiero— respondió Mateo. En ese momento comencé a ver como su expresión cambiaba y se volvía un poco más seria. —Os he estado observando a tu mujer y a ti. Sois un matrimonio que se quiere. Algo estable…
—Bueno. De vez en cuando nos pegamos unos buenos gritos… Pero si, nos queremos. Estamos muy unidos. Las circunstancias que vivimos hace un tiempo nos unió mucho más de lo que ya estábamos.
—Estoy aquí porque quiero hablar de algo muy importante.
—Usted dirá— dije mirando al anciano. —Soy todo oídos.
—Verás. Yo ya soy viejo y no viviré mucho más. Quizás unos años más… Y Nora ya no tiene a nadie más. Por eso, quiero pedirte el favor de que, cuando yo no esté. Seáis tu mujer y tu quienes cuiden de ella. Es una gran chica— dijo en ese momento Mateo. Fue algo que me dejó perplejo del todo. No era lo que me esperaba.
—No diga eso… Seguro que le queda mucho tiempo al lado de su nieta. No piense en eso.
—Juanma… Soy viejo, pero no estúpido. El mundo ya no es como antes, y tardará mucho en recuperarse. Si es que algún día se recupera. Ni siendo el más optimista del mundo, creería que llegaré a verlo. Cualquier día ya no estaré aquí y necesito estar tranquilo sabiendo que mi nieta estará en buenas manos. Por eso quiero dejar a mi nieta al cuidado de Cristina y tuyo.
Me quedé un rato pensativo. Lo que me estaba encargando Mateo no era cualquier cosa. Era algo que exigía gran responsabilidad. Sin embargo, miré al viejo Mateo. —Puede estar tranquilo. Si a usted le pasase algo, Cris y yo cuidaremos de Nora. Puede confiar en mí.
—Que dios te lo pague hijo…— Mateo me estrechó la mano.
—Pero usted aun durará muchos años— le dije —Incluso apostaría que…
No terminé la frase que iba a decir. De repente, un ruido nos alertó a los dos y nos dimos la vuelta para mirar al camino. Estábamos escuchando gritos y disparos que venían de algún punto entre los árboles que teníamos más adelante. Sin pensármelo dos veces, me preparé el rifle que llevaba y me dirigí a la puerta. Mateo me siguió cargando también un rifle. Cruzamos la puerta y la cerramos, seguidamente, ambos comenzamos a correr guiándonos por el sonido.

Centro comercial…

Tomás no hacía más que ir de un sitio a otro. Se sentaba en un rincón y aún no habían pasado ni cinco minutos, volvía a levantarse y a caminar. Otra cosa que lo estaba destrozando, era el temblor de las manos y los calambres. Era evidente lo que necesitaba, necesitaba alcohol. No lo había vuelto a probar desde el día que el polideportivo se vio arrasado. Desde ese momento, no había probado ni una gota… Y era demasiado tiempo. Iba necesitando dar un trago urgentemente.
Tomás se adentró en la tienda y se dirigió a donde estaban guardando la comida. Allí, con mucha ansia comenzó a rebuscar entre los alimentos. Apartó con brusquedad bolsas de comida, latas de conserva y botellas de agua. Estaba buscando algo de alcohol, pero no había nada de nada.
Estaba desesperado y ansioso. Se llevó las manos a la cabeza y se agarró del pelo. Se dio varios tirones y se arrancó algunos mechones mientras gritaba de frustración. Necesitaba alcohol y no había nada.
— ¿Qué estás haciendo Tomás?
El alcohólico se dio la vuelta y se encontró con Julián. Aquel tipo estaba allí de pie, observándolo con una sonrisa que no le gustaba nada, le perturbaba muchísimo.
—Yo… Yo… Nada…— respondió Tomás levantándose con la cabeza agachada y sin mirarle. —Me… Me voy— justo cuando Tomás pasaba por al lado de Julián, este lo agarró de los brazos y lo empujó contra la pared mientras lo miraba fijamente.
—Jodido borracho de mierda… ¿Acaso te crees que no sé lo que te pasa? Estás ansioso por beber hasta reventar. No me mientas… Ni se te ocurra tomarme por gilipollas— decía Julián en tono agresivo mientras Tomás evitaba todo contacto visual. Al verlo hacer eso, Julián lo abofeteó varias veces, lo cogió de la barbilla y lo obligó a mirarle —Mírame hostias— Julián lo miró a los ojos y sonrió —Mírate… Eres patético.
—No me hagas daño…— dijo Tomás entre lágrimas. Julián le inspiraba terror.
—Daño… No. Amigo… No soy un monstruo… Mírame ¿Te parezco yo un monstruo? — Tomás negó con la cabeza y Julián sonrió mucho más —Por qué no lo soy. Quiero ayudarte. Ven conmigo— Julián cogió a Tomás por la nuca y lo sacó a empujones de allí, llevándolo por delante. Lo empujó hacia la barandilla y allí le señaló a cierto punto —Dime que ves ahí.
—Muertos— respondió Tomás. Entonces miró a Julián y entonces recibió un sonoro tortazo.
—No me refiero a esos montones de carne podrida, imbécil. Mira a donde estoy señalando.
Tomás se tocó la mejilla y se dio la vuelta nuevamente para mirar a donde Julián señalaba. Pasó su mirada por encima de los distintos muertos vivientes que deambulaban por la primera planta, incluso, vio el cuerpo de Carmen. Aunque había regresado, en esos momentos, se estaba arrastrando. Después vio un coche de muestra que había allí abajo, y entonces, vio lo que Julián le mostraba.
—Es un bar…— dijo en ese momento Tomás.
—Exactamente. Un bar… Un maravilloso bar. Ahora te diré lo que tienes que hacer— respondió Julián con una cada vez más amplia sonrisa. —…Pero, debemos ser cautos y harás lo que yo te diga a su debido tiempo. Solo tienes que ser paciente— Julián agarró a Tomás de las mejillas y le obligó a mirarle — ¿Podrás? Dime que podrás… Querido Tomás—
Tomás asintió y Julián le dio una leve palmada en la mejilla —Así me gusta… Ahora escucha con atención.

Caserón…

Mateo y yo corríamos entre los árboles, siguiendo el sonido. Llegamos por fin al lugar y allí vimos un coche accidentado que tras salirse de la carretera y atravesar la valla, había quedado volcado. Allí vimos a un hombre grueso subido al techo del vehículo, con un niño de unos diez años detrás. Alrededor del vehículo accidentado había casi una decena de caminantes, y otros tantos, atraídos por el ruido. Iban llegando por la carretera a paso lento.
Sin pensárnoslo dos veces, Mateo y yo comenzamos a disparar a los No Muertos. Me fijé en la precisión de los disparos de Mateo. Todos daban en el blanco, justo en la cabeza de aquellos seres.
Yo me abrí paso rápidamente y alcancé el vehículo. Nada más llegar, desde el interior del coche, fui sorprendido por un golpe en el cristal. Miré hacia ahí, y entonces, vi a una mujer con la mano en el cristal. Pensé en abrir, pero entonces me di cuenta de la triste realidad. Esa mujer era otro de los infectados. Me quedé tan perplejo con esa visión que no me percaté de que un caminante se me acercaba por la espalda, justo cuando me agarró del hombro, Mateo acudió en mi rescate y con un golpe de culata, derribó a ese No Muerto.
—Salgamos de aquí— dije mirando al desconocido. Este sin mediar palabra, me miró, asintió, cogió al niño en brazos y bajó del vehículo de un salto. Seguidamente, emprendimos el camino de regreso al caserón. Justo cuando llegábamos, David y el resto salían a nuestro encuentro.
— ¿Qué demonios ha pasado?
—Volved dentro— le indiqué. No quería que los caminantes llegasen al camino y nos viesen.
Rápidamente cruzamos las puertas de la propiedad y las cerramos. Después corrimos al interior de la casa, donde pudimos respirar tranquilos. Especialmente aquel hombre que cargaba con su hijo. Este entonces me miró.
—Muchas gracias.
—No hay de que…— respondí mientras me apoyaba en la pared para tratar de reponerme. Ya no era solo por el cansancio, si no que podría haber muerto de no ser por la increíble intervención de Mateo.
—Me llamo Jordi… Y el, es mi hijo Adrián… — dijo aquel hombre.
Jordi era grueso y algo mayor que yo. Tenía barba y canas en esta. Su pelo era corto, pero con algunos trozos ondulados. Yo me presenté como respuesta y los demás fueron haciendo lo mismo. Cuando le llegó el turno a Nora, esta se percató de algo.
—Oh… Dios mío— Nora señaló entonces la pierna derecha de Adrián. Tenía una mancha oscura en el pantalón rasgado y justo debajo, se veía lo que parecía un mordisco.
—No me jodas… Han mordido al crio— dijo en ese momento Bernardo.
La alarma no tardó en saltar. Todos sabíamos lo que significaba eso. Leandro nos lo había contado varias veces. Nosotros lo descubrimos cuando nos conocimos, y luego, durante una de las cenas ya en el caserón, nos lo había vuelto a contar.
— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Anna dando unos pasos hacia atrás —Se va a transformar.
—Lo que hay que hacer es matarlo— dijo en ese momento Bernardo caminando al frente y sacando la pistola que llevaba en la cintura, pero entonces, Jordi lo encañonó con la suya.
—Ni te acerques a mi hijo. Como des un paso más, te mato.
—Calma todo el mundo— dije mientras miraba a Adrián de reojo. Este se había ocultado detrás de su padre. Me fijé bien en él. No parecía estar mal. —Escuchad. No sabemos seguro si el mordisco es el responsable— estaba intentando salvarle la vida al muchacho.
—El brasileño contó que su hermana se convirtió tras ser mordida— dijo en ese momento Bernardo señalando a Leandro. —Creo que es bastante obvio que está jodido. Hay que cargárselo antes de que intente matarnos.
—Leandro solo lo ha visto suceder una vez. Puede que no sea igual en todos…— dije.
—Y luego te despiertas…— respondió Bernardo —Es evidente que el crio está infectado. Deja de interponerte. No los conoces de nada. Deja de hacerte el santo y el mesías. Ese rollo tuyo me enferma. Esfúmate o te disparo a ti también.
En ese momento, David puso el cañón de su arma en la cabeza de Bernardo —Venga. A ver si te atreves… Por favor… Inténtalo.
—Así no solucionamos nada. Nos estamos volviendo los unos contra los otros— dijo en ese momento Anna. —Debemos hablarlo calmadamente.
Al escuchar hablar a su novia, Bosco recordó la conversación que había tenido con Bernardo. En esos momentos, pensó en que tenía razón y que aquello era el principio.
—Nora— dijo en ese momento Mateo mirando a su nieta —Proporcionales a Jordi y a Adrián una habitación. Nosotros vamos a hablar de esto. Entonces, miró a Jordi —Confió en que no serás peligroso.
Jordi negó con la cabeza —Puede estar tranquilo señor— entonces, caminó hacia Mateo y le entregó la pistola que llevaba. —Gracias— Jordi regresó junto a su hijo y lo cogió en brazos para que no tuviera que caminar. Nora se acercó a los recién llegados y les pidió que la siguieran escaleras arriba. Nosotros seguíamos estando de pie junto a las escaleras.
—Y tu… Dame la pistola— dijo David sin dejar de apuntar a Bernardo. Solo bajó la pistola cuando Bernardo le entregó la suya.
—La estáis cagando— dijo Bernardo dándose media vuelta y yendo hacia el salón. Justo cuando pasó junto a Sonia, la agarró del brazo y se la llevó detrás. —No pienso arriesgarme con esto. Avisados quedáis.
Quedábamos Mateo, David, Cristina, Leandro, Anna, Bosco y yo. Los siete estábamos allí de pie. Necesitábamos saber qué hacer. Era más que probable que el chico estuviese infectado y eso lo hacía peligroso. Sin embargo, no podíamos matarlo de buenas a primeras, era solo un niño y ninguno de nosotros estaba completamente seguro de que fueran realmente los mordiscos.
—Hay que hablar de esto— dije en ese momento —Debemos contemplar las opciones que tenemos.
Todos caminamos hacia la cocina y allí comenzamos la reunión. No tardamos en mirar directamente a Leandro. El enseguida comenzó a dar su opinión.
—Cuando mordieron a mi hermana. Tardó poco menos de dos horas en comenzar a sentirse mal. Comenzó la fiebre y en pocas horas su estado empeoró. No pude reducir la fiebre y murió. Después volvió.
— ¿No la tratasteis con medicamentos para reducir la fiebre? — preguntó Anna.
—No teníamos nada— respondió Leandro —Quizás… De haberlo tenido… No sé— Leandro se pasó las manos por la cabeza. Pude notar como comenzaba a sentirse incómodo.
—Está claro que a menos que veamos síntomas claros de infección, no podemos hacerle nada a ese niño— comenzó a decir Mateo —Lo más lógico es que nos turnemos para vigilar el estado del niño. Yo ahí tengo paracetamol e ibuprofeno.
—Va a sentarle bastante mal al padre— dijo David. Estaba apoyado junto al fregadero con los brazos cruzados. —Deberíamos hablarlo con el primero. Se le ve buen tío.
—Pues puede no serlo— dijo en ese momento Bosco —Las apariencias engañan y nosotros no hemos sido nada prudentes al meterlos en la casa. Yo no pienso arriesgar la vida de mi novia. Creo que deberían irse.
—Puede que ni siquiera quieran quedarse. Únicamente se les ha ofrecido una habitación para que descansen— dijo Cristina —No seamos egoístas. Ese hombre habrá perdido a alguien y podría perder a su hijo. Además, en caso de que intente algo, no solo somos más, si no que tenemos armas— las palabras de Cristina sobre las perdidas me hizo recordar en ese momento al caminante que había dentro del coche. Era una mujer que llevaba el cinturón puesto. Con toda seguridad era la esposa de Jordi.
—Estaremos atentos a todo lo que pueda pasar durante la noche. Si empieza a presentar síntomas, empezaremos a suministrarle el medicamento. Quizás, si se le reduce la fiebre no muera. Es evidente que no sabemos nada de todo esto— dije.
Todos estuvieron de acuerdo y la reunión quedó disuelta. Únicamente quedamos Cristina y yo en la cocina.
—Si al final resulta que está infectado… Puede que tengamos problemas con ese hombre. Es de su hijo de quien estamos hablando— dijo mi mujer mirándome.
—Lo sé. No dejo de pensar en ello— respondí —Créeme que lo sé.
*****
Eran las siete de la tarde. Jordi y su hijo se habían quedado a solas en una de las habitaciones. Una vez allí, Jordi comenzó a curarle la herida de la pierna. Se podían ver claramente las marcas de los dientes y, además, despedía un olor bastante fuerte y nada agradable.
—Te lo curaré. No te preocupes— dijo Jordi mientras cogía el botiquín que la chica joven les había prestado. Enseguida comenzó a curarle la herida a su hijo.
—Papá… No me siento bien.
Las palabras de Adrián hicieron que su padre lo mirara. Jordi en ese momento se dio cuenta de que la temperatura corporal del niño había subido. Sabía que eso no era nada bueno. Iba a tener que informar a sus anfitriones.

Centro comercial…
19:35 horas…

Tomás había atendido a todas y cada una de las palabras que Julián le había dicho, pero… Siempre, existía un pero… Y era que no podía esperar. No podía esperar a probar ese alcohol que parecía llamarle desde el bar. Tomás se aseguró que nadie lo viese, ni siquiera Julián. Después, caminó siguiendo los pasos que aquel tipo le había indicado. Si era rápido lo conseguiría.
Se dirigió a las escaleras de emergencia y comenzó a bajar escalones. Su objetivo era la primera planta. Llegaría allí y correría por la planta baja hasta llegar al bar. Allí cogería varias botellas y con la misma velocidad y sin ser visto, volvería a la última planta. Todo muy fácil.
Llegó por fin a la primera planta y allí tomó el mango de la pesada puerta. Fue entonces cuando se percató de algo. Esa puerta pesaba mucho y si la cerraba, al volver cargado de botellas, le iba a costar mucho abrirla. No iba a cerrarla, eso lo retrasaría con el regreso y no iba a sacrificar una botella para abrir aquella maldita puerta. Miró a su alrededor y entonces vio algo. Se trataba de un trozo de madera triangular no muy grande. Era exactamente el mismo que usaban para mantener la puerta abierta.

Tomás sonrió. Ya estaba todo claro. Abrió lentamente la puerta, la abrió del todo y después situó el trozo de madera. Quedando la puerta abierta de par en par. Fue en ese momento cuando comenzó a correr hacia el bar.

domingo, 11 de febrero de 2018

ZOMBIES: Capitulo 006 Pueblo Muerto

Capítulo 006
Pueblo Muerto

Día 18 de junio de 2017…
Caserón… 09:23 horas de la mañana…

Mateo nos condujo hasta el sótano del caserón y allí abrió un armario. De él, comenzó a sacar varias armas de fuego, entre ellas, unos rifles de caza con mira telescópica.
—No tengo licencia, lo sé. Espero que esto no me traiga problemas legales.
—Lo legal como que ahora mismo no importa ya mucho— dije yo al mismo tiempo que cogía uno de los rifles y me daba la vuelta para probarlo apuntando. Me di la vuelta y miré de nuevo a nuestro anfitrión —No se preocupe.
— ¿De dónde ha sacado esto?
—Mi hijo… El padre de Nora los compró hace años por Internet— respondió Mateo.
— ¿Dónde está el? — pregunté mientras tomaba un revolver de la mesa y comprobaba el cargador. Entonces, vi como la expresión de Mateo cambiaba por completo.
—El y su mujer murieron en un accidente de tráfico. Desde entonces me hice cargo de Nora. Nos ha costado mucho superarlo…— respondió Mateo mientras se pasaba la mano por los ojos para limpiarse las lágrimas que habían comenzado a salir. Fue cuando me vi reflejado en él.
—Puedo entenderle perfectamente. Yo perdí a mi hija el año pasado… La atropelló un coche y el conductor se dio a la fuga. Nunca lo cogieron— respondí mientras de nuevo pensaba en mi hija. Un pensamiento que nunca me había abandonado y que, en la mayoría de las veces, deseaba tener enfrente al causante para descargar sobre él, toda mi ira.
— ¿Cuántas podemos coger? — preguntó David probando una 9mm.
—Las que queráis. Aunque quizás nos basta con lo que tenemos. No es necesario que vayáis al pueblo a por más— dijo Mateo. Desde el principio había tratado de disuadirnos, pero David y yo habíamos tomado una decisión, y finalmente, él había cedido y nos había mostrado su pequeño arsenal.
—Si queremos defendernos no nos bastará con esto. Necesitaremos mucho más. Por eso queremos ir a la comisaria. Allí conseguiremos muchas más. No se preocupe, estaremos de vuelta antes de que se dé cuenta— dijo David cogiendo uno de los rifles —Yo me quedo con este. No pesa mucho y el retroceso no creo que sea mucho.
—Lo mejor será que no los necesitemos— respondí mientras me adjudicaba uno de los rifles. —Lo suyo es que entremos sin llamar mucho la atención.
Salimos del sótano y nos cruzamos con Cristina. Ella me miró — ¿Puedo hablar un momento contigo?
—Te espero fuera— dijo David dándome una palmada en el hombro. Seguidamente salió de la casa junto a Mateo.
Cristina y yo nos fuimos hacia la cocina y allí comenzó a hablarme. Aunque antes de que comenzase a hablar, ya sabía lo que iba a decir.
—No tienes por qué ir.
—No tendrían por qué ser muchas cosas, pero así estamos. Las cosas han cambiado mucho y no tienen pinta de mejorar. Nadie vendrá a ayudarnos. Estamos por nuestra cuenta y debemos protegernos contra a lo que pueda venir. No te tienes que preocupar. Volveré— respondí tratando de convencerla de que era necesario.
— ¿No puede ir otro? Que vaya Bernardo. Ese tipo solo bebe cerveza. No hace nada— respondió Cristina —Aún no se ha levantado. Seguro que sigue durmiendo la mona
—Ya te lo dije anoche… Yo no mandaría a Bernardo ni a comprar el pan. Esto tengo que hacerlo yo…— me corregí —Tenemos que hacerlo David y yo. Sé que no te parece bien, pero tienes que estar tranquila. Volveré, puedes estar segura de ello.
En ese momento Cristina se acercó a mí y me rodeó con sus brazos, yo también la abracé y le di primero un beso en la frente, después en los labios. Me separé un poco de ella y la cogí de la mano.
—Prométeme que volverás. No quiero perderte a ti también. Ya he perdido demasiado.
—No me perderás. Tranquila— respondí llevándola de la mano fuera de la cocina y saliendo del caserón. Una vez fuera, vi llegar una gran furgoneta de color blanco que parecía ser de mudanzas, la cual, conducía David. Esta se paró frente a nosotros y mi compañero se asomó por la ventanilla del conductor.
—Otro regalito de Mateo. Este hombre es una caja de sorpresas.
Vi llegar entonces a Mateo —La alquilé para trasladar cosas a este caserón. Supongo que ya no podré devolverla.
Miré de nuevo a Cristina, la abracé nuevamente y me encaminé hacia la puerta del copiloto. Mi mujer, mientras se acercaba a la ventana de David. El la miró.
—No te preocupes. Cuidaré de él. Te lo traeré sano y salvo.
Me subí a la furgoneta y David comenzó a conducir hacia fuera de la propiedad. Bosco abrió la puerta corrediza y la cerró cuando salimos. Mientras mi compañero conducía, yo miré al retrovisor para ver cómo nos alejábamos del gran caserón, sin saber si realmente íbamos a regresar. Estábamos a punto de adentrarnos de nuevo en un pueblo que estaba literalmente muerto.
*****
Leandro acompañó a Nora a su habitación. Esta había estado hablando con él durante la noche y le había prometido que le enseñaría el material sobre la pandemia que había estado reuniendo. Nada más entrar, pudo ver enseguida cuales eran los gustos de la chica. En la habitación, la cual era bastante grande, estaba totalmente llena de posters sobre series anime. También vio una estantería llena de mangas y libros. En el fondo de la habitación había una televisión de varias pulgadas, a la que había conectados varios sistemas, entre ellos un reproductor de Blu Ray y una consola XBOX.
—Muy interesante tu habitación. Me gusta… Es curiosa.
—Es un poco friki— respondió Nora señalando una estantería llena de figuras y en la que Leandro no había reparado todavía. —Pero bueno… Estas son mis aficiones…
—No te juzgo. De verdad que no. A mí también hay series anime que me gustan— dijo Leandro caminando hacia la estantería y cogiendo una figura que representaba a una chica con armadura. —En mi país… También tenía algunas figuras.
—Tu país… ¿De dónde eres? No lo has dicho.
—brasileño. Nací y crecí en Rio de Janeiro. Hasta que decidí venirme aquí con mi hermana. Dejando atrás muchos recuerdos y una vida que no me llevaba por buen camino— dijo Leandro dejando la figura en su sitio y dándose la vuelta.
— ¿Qué tipo de vida? — preguntó Nora.
—Bandas— respondió Leandro levantándose un poco la camisa y mostrándole un tatuaje que tenía en el pecho. En él podía leerse “Brasilia Dogs”.
—Supongo que no es fácil salir de eso ¿Te metiste voluntariamente? — preguntó Nora. Lo cierto era que todo aquello la llenaba de curiosidad.
Leandro negó con la cabeza —No. Fue mi primo Julio… El me metió… Y no, no es fácil abandonar una banda. Si pretendes dejarla… Y ellos te descubren… Te matan… No es un mundillo agradable. Por suerte logré escapar.
Nora abrió un cajón y de él, sacó un ordenador portátil. Esta lo enchufó a la luz y lo encendió. En pocos segundos, la pantalla del escritorio se mostró, ahí podían verse varias carpetas y programas.
—Es una suerte que tengamos luz. Tu abuelo pensó en todo— dijo Leandro tomando asiento junto a la joven.
—Mi abuelo pensó que en algún momento la luz comenzaría a fallar y compró unos paneles solares. Dijo que no iba a reparar en gastos— respondió Nora mientras llevaba el cursor hacia una de las carpetas y hacía un doble click.
La carpeta se abrió y mostró varias carpetas con títulos varios: “Videos”, “Capturas de pantalla”, “Información”, “Posts de foros”, “Facebook”, “Twitter” y así un largo etcétera…
—Veo que te interesaste mucho por el tema y que también fuiste previsora— dijo Leandro.
—Me imaginé que Internet tenía las horas contadas también… Así que me puse manos a la obra. Quería saber y aprender de todo lo que estaba pasando— respondió Nora.
—Bueno, pues veamos que podemos aprender de estos seres. Quizás algo que se nos pasó por alto— dijo Leandro con una sonrisa.
Nora le estuvo mostrando varias cosas interesantes. Cuando terminaron, Leandro se percató de algo que había dentro del armario. Se puso en pie y se acercó.
— ¿Qué es esto?
Nora miró a lo que se refería —Oh… Es una radio. Bueno… Iba a serlo. Era mi trabajo para clase de tecnología. Iba a ser mi sobresaliente, pero, el apocalipsis dejó la radio a medias y a mi sin mi merecido diez.
— ¿Puedo? — preguntó Leandro. Nora afirmó con la cabeza y entonces, el sacó la radio a medio construir del armario. La dejó sobre el escritorio y la observó con detenimiento. Entonces sonrió. —Creo que voy a poder arreglarla. Si lo consigo, es muy posible que podamos contactar con alguien ahí fuera. Alguien que pueda ayudarnos.
— ¿Crees que podrás? — preguntó Nora
—Estoy seguro… Si me ayudas— respondió Leandro mirando a la joven.
—Entonces… Pongámonos manos a la obra.
*****
Bernardo observaba al latino y a la niña desde el otro lado de la puerta, la cual, se había quedado entre abierta. Pasaba por allí cuando los escuchó hablar y se paró pensando que iba a ver algo interesante, pero no era así, solo hablaban de cosas que, a él, le parecían tonterías y de poco interés. Se apartó lentamente de la puerta y comenzó a andar por el pasillo, bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, necesitaba beberse una cerveza.
Abrió la nevera y buscó alguna lata, pero no había ninguna. Buscó abriendo los cajones de más abajo, sin suerte. No encontrar una lata de cerveza le frustró tanto que cerró el frigorífico de un portazo y se acercó al fregadero para lavarse la cara, cuando terminó, alzó la mirada y miró por la ventana. Fue en ese momento cuando vio a Bosco hablando con Anna frente a la puerta de hierro. Vio que parecía que discutían, y cuando ella se fue, Bosco regresó a lo que estaba haciendo. Estaba vigilando.
Bernardo salió de la casa y se acercó a Bosco. Cuando el joven lo vio llegar lo saludó, sin embargo, Bernardo no respondió al saludo. Iba con otro pensamiento en la cabeza.
—Oye ¿Tienes idea de donde tiene el viejo la despensa? No está dentro de la casa. Estoy buscando una maldita lata de cerveza.
— ¿No quedan? — preguntó Bosco.
—No. No quedan. Puede que ese viejo tenga algunas ahí. Estarán seguramente calientes y sabrán a meados, pero la necesito— respondió Bernardo. —A ti también te vendría bien una.
—No bebo— respondió Bosco —Además. Ahora estoy de guardia. Juanma y David dijeron que no podemos bajar la guardia en ningún momento.
— ¿Juanma y David dijeron? ¿Y quiénes son ellos para dar órdenes? Sus placas policiales ya solo les sirven para hacer bonito. Aquí no son más que nosotros. Lo que digan me lo paso por los huevos— respondió Bernardo. —Tu deberías también tener un poco de personalidad… Hace un momento te vi discutir con tu novia ¿Por qué dejas que te trate así? Yo le hubiese cruzado la cara. Solo así se las domina.
—Nunca le pegaría…— respondió Bosco.
—Pues mientras sigas dejando que te trate así, tu no serás más que un pelele ¿A qué te dedicabas antes?
—Ella y yo éramos abogados— respondió Bosco.
— ¿Y cómo es posible que un abogado pase a ser un simple vigía? Ah… Espera… Por qué lo dijeron unos polis en el paro. Si yo fuese tú, les habría dicho que se metieran esa orden por el culo. ¿No te das cuenta?
— ¿De qué?
—Estábamos de puta madre hasta que llegaron ellos. Íbamos a nuestra bola… Llegan ellos y misteriosamente se hacen con el control del lugar… Y al viejo parece que le da igual. El muy imbécil no se entera… Ahora mismo, la nieta está con el latino en la habitación… No es asunto mío y me he callado, pero si fuera nieta o hija mía, esa mierda no se acercaría a ella. Me repugnaría que ese tipo le acercara la polla a la cría. Todo se ha desmadrado desde la llegada de esos estúpidos.
—No podemos echarles. Esta casa es de Mateo y el decide a quien acoge. Igual que hizo con nosotros— Bosco se dio la vuelta para mirar al camino y tratar de ignorar a Bernardo. Al cual había prácticamente calado desde el primer día. No le gustaba.
—¿Y por qué no lo hacemos? Hagámonos con el control del caserón. Seamos nosotros quienes manejen el cotarro y seamos quienes decidan los que se quedan y los que no. Es sencillo. Mateo es viejo y bastará con un par de hostias. La cría no moverá un dedo y al brasileño lo echamos de aquí de una patada en el culo. No tendrá huevos de volver.
—Lo que propones es una locura— respondió Bosco dándose la vuelta.
—Estas cosas son así… Llega un momento que quienes tienen el control se convierten en tiranos… Llegará un momento que, si quieren, tumbarán a tu novia sobre una mesa y se turnarán para meterle la polla mientras tú miras. Luego te obligarán a darles las gracias.
— ¿Por qué me dices esto a mí? — preguntó Bosco visiblemente incómodo.
—Porque creo que eres el único que es de fiar aquí. Ese viejo no durará mucho y sería capaz de suicidarse en cualquier momento… Llevándose a la nieta por delante— respondió Bernardo —Piénsalo. Te doy tiempo.
Bernardo se marchó de allí y Bosco se quedó pensando, dándole vueltas al asunto. Si las cosas se ponían mal, quizás debería pensar en sacar a su novia de allí. Desde luego no iba a hacer caso de todo lo que ese tipo dijera, de hecho, Bernardo le causaba un gran rechazo y no lo quería cerca, pero si las cosas se ponían mal, no iba a poner en ese peligro a Anna.
*****
Cristina se dirigía hacia la biblioteca del caserón. Necesitaba comenzar a leer un libro para olvidarse por un rato de toda la pesadilla que tenían encima. Mateo le había dicho que, en la gran biblioteca, tenía una buena selección de libros. Pasó justo por enfrente del cuarto de baño cuando escuchó un ruido que venía de dentro. Eso la hizo detenerse y escuchar con atención, fue entonces cuando nuevamente escuchó el ruido, el cual, enseguida identificó como el sonido de un vomito.
— ¿Estás bien? — preguntó Cristina pegándose a la puerta. Escuchó un nuevo vómito y luego la voz de Anna.
—Estoy bien…
Cristina no se lo pensó nada, abrió la puerta, entró dentro y volvió a cerrar la puerta. Fue entonces cuando vio a Anna junto al inodoro, con la cabeza sobre él. Tampoco tardó en notar el olor del vomito.
—¿Me puedes dejar sola? Se me pasará…— dijo Anna. Entonces volvió a vomitar.
—Si. No lo dudo…— Cristina se apoyó en la pared y se cruzó de brazos. —No creo que sea la consecuencia de una borrachera… ¿De cuánto estás?
—No sé de qué me hablas— respondió Anna.
—Cariño. Yo también he estado embarazada. Se lo que es levantarse con nauseas ¿De cuánto estás?
Anna dejó de vomitar y se fue apartando lentamente del inodoro, hasta quedarse apoyada en la bañera frente a Cristina. —De unas dos semanas creo, pero Bosco no lo sabe. No le dije nada por que pretendía dejarle… Luego pasó esto… No pasábamos un buen momento ¿Sabes? Ahora las cosas están mucho peor…
—Tener un hijo es lo más bonito del mundo. Es algo precioso. Yo tenía una hija…
Anna miró a Cristina y entonces vio las lágrimas en sus ojos. Eso le hizo temer lo peor, aunque no pudo evitar preguntar — ¿Qué le pasó? ¿Fue…?
—Fue hace un año. Un conductor la atropelló. Los médicos hicieron todo lo que pudieron, pero murió en quirófano. La echo mucho de menos, pero al menos no está viendo todo esto— Cristina se acercó a Anna, se agachó frente a ella y la cogió de las manos —Tú tienes la última palabra. Tú decides lo que hacer. Puede que esto se solucione o puede que no. Puede que nos venga un auténtico calvario… Pero, la vida que crece dentro de ti solo te traerá alegrías.
—Había pensado en abortar— respondió Anna —Pero eso ahora es imposible. Lo que me da miedo es el futuro que le espera a mi hijo. Me da miedo el parto.
—Si es necesario… Yo misma te ayudaré en el parto. No te preocupes. Si llegado el momento es necesario, estaré a tu lado— dijo Cristina con una sonrisa.
—Bueno… Ahora queda decírselo a Bosco. La verdad es que desde que esto comenzó, parece otro. No se ha apartado de mi ni un momento. Incluso arriesgó su vida por mí.
En ese momento, escucharon un nuevo ruido en la puerta. Ambas miraron hacia el origen de aquel sonido y vieron a Sonia en la puerta. Esta estaba de pie allí, mirándolas a ambas con la boca abierta y temblando. Parecía querer decir algo, pero la voz no le salía.
— ¿Estás bien? — preguntó Cristina.
Sonia no respondió. Se dio la vuelta y se marchó de allí rápidamente, dejando a Anna y a Cristina completamente confusas. No entendían nada de lo que había sucedido. Aunque, era evidente que algo le pasaba, algo que no estaba bien.

Puzol…
Comisaria… 10:50 horas…

Después de muchos rodeos y cambios de dirección, por fin habíamos llegado a la comisaria. Entramos por la puerta del parking, el cual, estaba al aire libre y luego la cerramos a cal y canto desde dentro. Solo así evitaríamos la entrada de esos seres, que de momento no había muchos, pero tanto David como yo, sabíamos cómo se podían poner las cosas en muy poco tiempo.
Preparamos las armas y las linternas, no sabíamos lo que podíamos encontrarnos allí dentro.
El parking presentaba un aspecto tranquilo, como si no hubiese pasado nada. Muchos de los coches y furgones estaban todavía en su sitio. Nadie los había movido del sitio. Avanzamos hasta la puerta y cuando intentamos abrirla, vimos que estaba cerrada con llave.
—Mierda— dijo David dándole un puñetazo a la puerta.
—Quizás podamos reventar el cerrojo a golpes o con un tiro, pero eso, atraería a los caminantes— dije mientras alzaba la mirada del cerrojo y miraba hacia la calle, donde ya había unos cinco de aquellos seres agarrándose a la valla e intentando entrar. Algo que sería en vano.
—Si nos damos prisa no deberíamos tener problemas. Cogemos todo lo que queramos y nos largamos de aquí— dijo David dando unos pasos hacia atrás y preparándose para disparar sobre el cerrojo. Yo también retrocedí.
David abrió fuego y el cerrojo saltó por los aires, dejando la puerta completamente abierta. Teníamos paso libre. Nos adentramos en el interior de la comisaria y recorrimos el pasillo alumbrando con las linternas. No tardaríamos en llegar al hall principal y desde allí, podríamos acceder a donde estaban todas las armas. Después, saldríamos echando mistos de allí para regresar al caserón que se había convertido en nuestro nuevo hogar quien sabía hasta cuándo.
Cuando llegamos al hall vimos que allí las cosas eran muy distintas. Alguien había acumulado mesas y sillas bloqueando la puerta principal. El suelo estaba lleno de hojas de papel y lapiceros. También había monitores, teclados y torres de ordenador por el suelo.
—Puede que alguien se atrincherara aquí— dije mientras enfocaba el montón de muebles con la linterna.
Recorrimos el hall y nos dirigimos hacia las escaleras que daban al sótano, donde se encontraban las celdas y el arsenal. Nada más bajar al sótano, nos llegó un pestilente hedor a descomposición, justo después, nos llegó un ruido.
— ¿Qué es eso? — pregunté. David me miró y avanzó hacia la zona de las celdas. Yo fui detrás de él y a cada paso que dábamos, el hedor era más intenso. Al mismo tiempo, comenzamos a notar la presencia de moscas, la cual iba en aumento. El ruido era cada vez más fuerte también.
Avanzamos más y entonces vimos el origen de todo. Dentro de una celda había un cuerpo colgado del cuello por un cinturón que se movía frenéticamente. A un metro de este, había tres cadáveres en el suelo. Eran el de una mujer, un niño de unos siete años y el de una niña de tres. Todos presentaban un agujero en la frente. Miré al caminante que seguía colgando del cuello y el corazón me dio un vuelco. Yo conocía a ese hombre, ambos lo conocíamos, y fue David quien lo corroboró.
—Ese es Leo… Leo Ramírez.
Se trataba de uno de nuestros compañeros. Y era deducible que los que estaban en el suelo, eran su familia. No quería ni imaginarme que había ocurrido para que terminara todo así. Era demasiado horrible. Hacía apenas un mes, había conocido a la familia de Leo… Y ahora, estábamos contemplando los cadáveres de toda la familia.
Me di la vuelta y comencé a salir de la zona de celdas. David salió detrás de mí y ambos nos quedamos plantados delante de la puerta que daba al arsenal.
—Ha sido una putada lo de Leo. No lo conocía demasiado, pero verlo así ha sido duro…— dije apoyándome en la pared.
—Supongo que fue el quien se atrincheró aquí— respondió David —Ni eso los salvó.
— ¿Cuántos habrán acabado de ese modo? ¿Nuestras familias acabarían igual? — pregunté en ese momento. No había podido evitar pensar en mis padres y hermanos, en la familia de David y en la de Cristina. Se suponía que ellos debían estar a salvo en el instituto… Y cuando lo llegamos a este, vimos que estaba totalmente a oscuras. Quizás nunca habían llegado… Había cosas que no me cuadraban.
—Quizás hayan logrado escapar y ahora estén en otro lugar— dijo en ese momento David —Ahora debemos hacer lo que vinimos a hacer— David le dio la vuelta al rifle de caza y golpeó el ojo de buey de la puerta del arsenal. Una vez lo rompió, metió el brazo a través de este y abrió la puerta. De otro modo, habríamos tenido que teclear un código en un panel que había junto a la puerta.
Entramos dentro y entonces vimos todo lo que había allí. Había fusiles, rifles de asalto, pistolas, esposas, chalecos antibalas, escopetas, munición para todas las armas, trajes anti disturbios, silenciadores… Estaba todo.
—La hostia…— murmuró David observando todo aquello. Entonces me miró — ¿Qué cogemos?
—Lo cogemos todo— respondí.
*****
David y yo tardamos dos horas en vaciar el arsenal y llenar toda la furgoneta. Estábamos listos para marcharnos. Solo teníamos que acabar con las apenas dos docenas de No Muertos que había delante de la puerta del parking. Yo miré a David, este estaba preparando una pistola y un silenciador.
— ¿Puedes ocuparte tú de ellos? Yo tengo algo que hacer.
—De acuerdo, pero no tardes— respondió David.
Regresé al interior de la comisaria. Bajé las escaleras que me llevaban al sótano y me adentré de nuevo en la zona de las celdas, allí cogí el manojo de llaves y caminé con decisión hasta el final, llegando a la celda donde Leo estaba colgado. Cuando este me vio, comenzó a moverse frenéticamente, moviendo los brazos hacia mí, intentando cogerme en vano. Abrí la puerta y entré dentro. Evitando que me agarrara, lo rodeé y me subí a la litera. Una vez allí, lo agarré por detrás con mucho cuidado y clavé un cuchillo en la sien.
Una vez dejó de moverse, lo solté y lo tumbé en el suelo, lo arrastré hasta donde estaba su familia y allí observé su cuerpo. Estaba buscando el mordisco que lo había transformado, pero no había ni rastro de este. Aquello me extrañó, pero, aun así, lo dejé estar y los cubrí a todos con una manta.
Cuando terminé con aquello, salí de la zona de las celdas y regresé al exterior donde David me esperaba. Él ya había acabado con los caminantes y me estaba esperando.
— ¿Qué fuiste a hacer?
—A hacer que Leo descansara… Ahora volvamos a casa— respondí subiendo a la furgoneta.
—Comprendo— respondió David subiéndose a la furgoneta. Segundos después emprendimos el camino de regreso al caserón.

Caserón…
13:00 horas…

Cristina estaba montando guardia cuando vio llegar la furgoneta por el camino. Rápidamente corrió a abrir la puerta, dejando que la furgoneta pasara al interior de la propiedad vallada. Cerró rápidamente y fue a recibir a su marido.
Bajé de la furgoneta y recibí a mi mujer con un abrazo. —¿Ves? Te dije que volvería.
—Confiaba en ello— respondió Cristina.
*****
Me encontraba en la ducha del caserón. Habían pasado apenas diez minutos desde que habíamos vuelto y yo tenía que ducharme para quitarme el hedor a muerto de encima. Fue en ese momento cuando Cristina entró también en la ducha y me abrazó.
—Estuve teniendo miedo por ti desde que te fuiste. Ha sido horrible.
Me di la vuelta y la besé en los labios —Nunca me perderás. Te lo juro. Lo de hoy era necesario… Debemos protegernos nosotros… Y proteger este lugar. Es ahora nuestro hogar… El pueblo está completamente muerto… No hay ni un alma…
—No pienses en eso ahora…— respondió Cristina besándome en los labios. Luego, acercó su boca a mi oído —Te amo…
*****
Bernardo iba a entrar al baño a orinar, pero entonces se quedó ante la puerta. Se paró a escuchar los gemidos de placer que se escuchaban al otro lado, se asomó un poco y vio de quienes se trataba. Uno de ellos era Cristina… Y el otro era Juanma. Ambos estaban teniendo sexo… Y eso lo excitó, lo excitó como hacía tiempo que no se excitaba. Se apartó un poco de la puerta y volvió a cerrarla cuando comenzó a tener la erección. Se apoyó en la pared del pasillo y se metió la mano dentro del pantalón. Justo cuando iba a comenzar a masturbarse, fue sorprendido por Nora.
— ¿Qué haces?
—Nada— respondió Bernardo.
—Mi abuelo dice que ya está preparada la comida. No tardes… Tu mujer ya está abajo— respondió Nora caminando hasta las escaleras y después las bajó. Bernardo la siguió y se asomó para observarla. Allí vio cómo se cruzaba con Anna, se decían algo y ambas reían. Entonces algo se le pasó por la mente, algo que lo llevaría de nuevo a la cárcel, pero eso ya no era un problema. El mundo estaba en la mierda y lo que el hiciera… Ya no iba a ser un castigo.

— ¿Por qué no? — se dijo a si mismo mientras sonreía.

domingo, 4 de febrero de 2018

ZOMBIES: Capitulo 005 Peor que la muerte

Capítulo 005
Peor que la muerte

Día 17 de junio de 2017…
Afueras de Puzol… 00:45 horas…

Leandro, Cristina, David y yo alcanzamos por fin el lugar de donde salían las luces. Se trataba de un enorme caserón en medio de una pinada, a la que nos costó llegar. Fuese quien fuese, había asegurado bien el lugar con alambres de espinos. Cuando llegamos a las vallas de la propiedad, pudimos observar que las luces eran ni más ni menos que luces de navidad.
El caserón era grande y de fachada blanca, aunque se notaba en ella el paso del tiempo. Fue en ese momento cuando un perro salió de entre las sombras al otro lado de la valla y comenzó a ladrarnos. A continuación, unas luces de la casa se encendieron y después se abrió una puerta.
Por la puerta salieron dos personas que comenzaron a caminar hacia las puertas de la valla. No podíamos distinguirlos del todo bien, pero por lo poco que veíamos de las siluetas, eran dos hombres. Nos enfocaron a la cara con unas linternas y tuvimos que cubrirnos el rostro para que la luz no nos cegara.
—Buenas noches— dijo la voz de un hombre, la cual, por el tono grave de esta, parecía un hombre de avanzada edad. Poco a poco, apartaron las luces de nuestras caras y confirmé que se trataba de un hombre mayor, el cual, pasaba de sobra los setenta años. Era delgado y tenía una perilla muy bien recortada, además de un poblado bigote de color grisáceo. Era prácticamente calvo, aunque en el poco pelo que tenía, se podía ver que era de color gris, al igual que el bigote y la perilla.
Detrás del hombre había otro hombre, mucho más joven y con el cabello negro y algo largo, aunque no mucho, apenas llegaba a los hombres. Era alto y delgado. Este hombre nos apuntaba con un rifle de caza.
—Buenas noches— respondí.
Por unos momentos que se me hicieron largos, pude comprobar que nos estaba observando, como decidiendo si podíamos o no, ser peligrosos. Sin mediar palabra, miró al hombre que tenía al lado. —Bosco. Ábreles la puerta.
El tal Bosco abrió la puerta rápidamente y nosotros la cruzamos, después volvieron a cerrarla. Vimos como el viejo se llevaba al perro, lo ataba a un árbol y regresaba junto a nosotros. Con una mano, le hizo bajar el rifle al tal Bosco y nos volvió a mirar. Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Disculpad el recibimiento. No sois los primeros que llegáis. Antes de dejar pasar a nadie, debo asegurarme de que no son peligrosos o me pueden crear un problema. Mi nombre es Mateo— entonces señaló a Bosco —El, como ya os habréis dado cuenta, es Bosco.
Mi grupo y yo nos presentamos uno por uno. Mateo nos sonrió una vez más y se hizo a un lado. Nos estaba invitando a pasar al interior de la gran casa.
Caminamos lentamente por el jardín. Mientras andábamos, David y yo mirábamos a nuestro alrededor, observando el lugar en el que nos estábamos metiendo. Llegamos a la puerta del caserón y pasamos al interior, nada más entrar, pudimos ver a los pies de las escaleras a una chica pelirroja de ojos verdes, muy blanca de piel. Ella debía tener poco más de quince años. Un poco más arriba de la escalera y apoyada en la barandilla, se encontraba una chica joven, delgada y rubia.
—Buenas noches— saludó Cristina.
Mateo entró detrás de nosotros acompañado por Bosco y después cerraron la puerta. Se dirigió a la muchacha más joven y nos miró —Ella es mi nieta Nora. Y la chica que está más arriba es Anna. La novia de Bosco— Mateo nos miró a nosotros y nos fue presentando uno a uno. Miró a su nieta entonces —Nora cariño. Apaga las luces ya. No creo que venga alguien más esta noche— la chica se marchó y Mateo nos condujo hacia el salón de la casa. Una vez allí, se sentó en un sillón —Podéis sentaros. Estáis en vuestra casa.
Nosotros comenzamos a pasearnos por el salón y a ocupar asientos. Cuando yo me senté, miré al anciano —Gracias. Solo estamos de paso. Mañana por la mañana nos iremos. Solo necesitamos descansar un poco. Nos acercamos porque vimos las luces…
—Desde que todo se desmadró. Hemos estado encendiendo las luces por la noche con la intención de guiar a las personas como vosotros. Las dejamos encendidas una hora como mucho. Así evitamos que acudan los muertos vivientes en masa y de momento, ha ido bien. Además de Bosco y Anna, hay otro matrimonio, aunque ellos se fueron a dormir ya hace rato.
— ¿Por qué lo hace? — pregunté
— ¿A qué te refieres? — preguntó Mateo
—A acoger a completos desconocidos— respondí yo.
Mateo suspiró y me miró —Cuando era niño. Estuve en un campo de exterminio. Allí fui rescatado por el ejército americano cuando terminó la segunda guerra mundial. Eso me enseñó a que siempre debemos estar dispuestos a ayudar, sobretodo en estos tiempos de locura. No tengáis prisa por marcharos, quedaros el tiempo que queráis. Aquí estamos seguros.
—Gracias— dijo en ese momento Cristina —Significa mucho para nosotros.
—Estáis cansados. Os mostraré vuestras habitaciones— dijo Mateo levantándose.
Seguimos a Mateo escaleras arriba y nos fue mostrando las habitaciones, A David y a Leandro les indicó un par de cuartos que había al final del pasillo. A Cristina y a mí, nos llevó a una habitación bastante grande. Lo cierto era que el caserón parecía mucho más grande por dentro que por fuera.
Una vez dentro de aquella habitación y a solas, Cristina se sentó en la cama y yo me acerqué a la ventana para mirar al exterior, aunque estaba tan oscuro que no se veía nada.
— ¿Qué haremos ahora? — preguntó Cristina girándose para mirarme.
—Nos quedaremos aquí por el momento. Tu ahora duerme. Yo me quedaré despierto— respondí sin apartarme de la ventana.
—Tú también deberías dormir. Aún no dormiste nada desde que salimos de casa— respondió Cristina.
—Ya dormiré. Hoy vigilaré— respondí mientras me sacaba la pistola del cinturón y la dejaba en el marco de la ventana, después, me senté en el sillón que había junto a esta. Quizás tuviera que utilizarla en algún momento.

10:56 horas de la mañana…
Caserón…

Me desperté de golpe y sentado en el sillón. Me había quedado dormido cuando se suponía que debía quedarme despierto. Me di cuenta de que había amanecido y miré que hora era. Eran casi las once de la mañana. Miré hacia la cama donde se había quedado Cristina, pero ella ya no estaba allí.
Me levanté del sillón, volví a meterme la pistola en la cintura y salí de la habitación. Caminé por el pasillo y bajé por las escaleras. Nada más llegar al piso inferior, fue entonces cuando escuché hablar a Cristina, su voz parecía venir del salón. Caminé hacia allí y cuando entré, me encontré a mi esposa sentada junto a Anna y otra mujer. Esta mujer era un poco gruesa y de más de cuarenta años. Su pelo era rubio, pero con canas. Entonces, Cristina me miró.
— ¿Ya te has levantado? — Cristina miró a la mujer —Él es Juanma. Mi marido.
La mujer se presentó como Sonia, pero lo hizo sin levantarse para nada. Yo caminé hacia donde estaban y le di un beso a Cristina — ¿Por qué no me despertaste?
—Necesitabas dormir. Así que dejé que descansaras— respondió ella.
— ¿Y David ya se levantó?
—Si. El, Leandro, Mateo y Bosco salieron fuera a hacer una ronda. Querían asegurarse de que no hubiese caminantes.
Al escuchar eso, me di media vuelta y salí al exterior. Al ser de día, podía ver mejor el lugar en el que nos encontrábamos. Se trataba de una propiedad privada bastante grande y rodeada por una valla situada sobre un muro de piedra. Allí había también un árbol con un columpio en una de las ramas, y junto a este, había una casta de perro, el cual, enseguida se acercó a mi moviendo el rabo. Pude fijarme bien en él, y en la raza. Se trataba de un labrador.
—Hola chico— dije agachándome para acariciar al animal. Primero le acaricié la cabeza y luego el lomo — ¿Me dices donde está Mateo?
En ese momento, escuché a mis espaldas la voz de un hombre —No entiendo como hay gente a la que le pueden gustar los perros— al escuchar esa voz, me puse en pie y me di la vuelta. Fue entonces cuando me encontré a un hombre alto y delgado, muy delgado. Tenía el pelo corto y una cicatriz en la mejilla derecha.
—Son el mejor amigo del hombre— respondí —Muchas veces, incluso son más de fiar que las personas.
—Yo los odio— aquel tipo comenzó a caminar hacia mí. Pude ver que llevaba una lata de cerveza en la mano. Cuando me alcanzó, me tendió la mano para que se la estrechara. —Soy Bernardo. Tú debes ser Juanma… El marido de Cristina.
—Eso es— afirmé mientras se la estrechaba y me llegaba el olor a alcohol que desprendía—Tu debes ser el marido de Sonia… Acabo de conocerla…
—Menuda potra tu mujer ¿Eh? Tienes buen ojo. Está bastante buena— dijo en ese momento Bernardo sin escucharme. Él estaba mirando hacia la ventana que daba al salón.
— ¿Perdón? — pregunté mirándolo. No me gustaba para nada la expresión que había usado.
—No te ofendas. Solo comento lo evidente, pero tranquilo, que no pretendo nada con ella— dijo Bernardo. Seguidamente le pegó un trago a la lata de cerveza. Cuando se la terminó, la lanzó por encima de la valla y luego me miró. —Voy a por otra ¿Quieres una?
—No gracias— respondí.
Bernardo se adentró de nuevo en la casa y yo me quedé allí de pie. Entonces, escuché un grito que venía de la parte trasera de la casa. Me saqué la pistola de la cintura y comencé a correr.

Centro comercial de Puzol…

Félix y Lidia habían acordado no decir nada de las luces que habían visto por la noche. Decir algo de eso sin saber bien lo que era, podría dar pie a que se malinterpretarse y que se crearan falsas esperanzas. Para evitar eso, ambos habían ido a la terraza para hablar tranquilamente, mirando en la dirección en la que habían visto las luces.
— ¿Qué crees que hay en esa dirección? — preguntó Lidia señalando.
—Alguna vez he tomado esa ruta con la bicicleta. Hay varios pinos y si no recuerdo mal… Hay un caserón. Aunque creo que no vive nadie— respondió Félix
—Pues ahora parece que sí. Eso eran luces que alguien encendió— dijo Lidia mirando a su compañero. —Quizás deberíamos acercarnos. Puede que puedan ayudarnos.
Félix se asomó un poco más y miró hacia abajo. Allí vio a varios de los No Muertos en el parking. Debía haber más de un centenar allí abajo, sin contar los que había dentro en las plantas inferiores, y esos eran los únicos que podían ver. En la parte trasera del edificio, probablemente había más… Muchos más.
—Tal vez debamos ir, no te lo niego, pero hay mucho camino y muchos muertos. No sé si llegaríamos muy lejos. Se nos echarían encima. Quizás no deberíamos arriesgarnos. Aquí de momento estamos bien.
—Pero eso no será siempre. La comida que tenemos no durará siempre. Nos la comeremos o se pudrirá. Llegará un momento que tengamos que pensar en salir de aquí— dijo Lidia.
En ese momento, escucharon un grito que venía del interior del centro comercial y que enseguida los sobresaltó. Ambos se miraron y comenzaron a correr de regreso al interior. Cuando llegaron al pasillo, vieron a Manuel con su novia Rosa, también había acudido más gente.
— ¿Qué ha pasado? — preguntó Lidia.
En ese momento, un hombre de cincuenta años y pelo canoso llamado Julián comenzó a hablar —La madre del crio se ha matado.
Félix y Lidia se miraron y se adentraron dentro de una de las tiendas de ropa. Nada más entrar, vieron a Carmen sentada en el suelo y apoyada en una pared. Tenía varios cortes sangrantes en ambos brazos. En una de las manos, aun sostenía un trozo de cristal.
—La muy loca no ha soportado la muerte del crio— dijo en ese momento Julián.
— ¿Podrías mostrar un poco de respeto? — preguntó Félix dándose la vuelta para mirarlo.
—Hay que sacarla de aquí. No sabemos el tiempo que lleva muerta. Podría volver en cualquier momento— dijo en ese momento Lidia.
Lidia y Félix se adelantaron y se situaron a los lados de la mujer. Poco a poco la fueron levantando y la sacaron de la tienda. Una vez fuera, la dejaron tumbada en el suelo.
— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Félix
En ese momento, Julián se adelantó, agarró el cadáver de Carmen y la lanzó por encima de la barandilla. El cuerpo de la mujer cayó a la primera planta golpeándose en uno de los maceteros. Todo ocurrió tan rápido que ni a Félix ni a Lidia les dio tiempo de reaccionar. Solo se quedaron mirando a Julián.
— ¿Qué?... Iba a reanimarse ¿No? Asunto solucionado— Julián se dio la vuelta y comenzó a caminar alejándose de allí.
Félix estaba en estado de shock. Aquel tipo no había tenido reparos en lanzar por los aires el cuerpo de una mujer que acababa de suicidarse. Félix se puso de pie rápidamente y comenzó a caminar detrás de Julián. Cada vez andaba más rápido, alcanzó a Julián y entonces lo agarró del hombro. Julián se dio la vuelta y entonces, Félix le asestó un puñetazo.
Julián cayó al suelo y Félix se lanzó sobre el para seguir golpeándole. Estaba lleno de rabia. En una de las veces que Félix trató de golpearle de nuevo, Julián logró esquivarlo y contraatacar. Julián le asestó un cabezazo en la cara y se lo logró quitar encima. Lo tiró al suelo y Julián le puso el pie sobre el pecho.
— ¿Quién te crees que eres? Te voy a reventar.
Lidia y los demás comenzaron a acercarse para tratar de parar la pelea, pero Julián los miró. —Si alguien se acerca, le parto el cuello al desgraciado este.
Félix aprovechó el despiste de Julián y consiguió asestarle un golpe entre las piernas, haciendo que aquel tipo se doblara de dolor. Félix se incorporó rápidamente y le asestó un rodillazo en la cara, seguido de un puñetazo en el mentón. Sin embargo, Julián era bastante fuerte y esos dos golpes no lo tumbaron. Se incorporó más, empujó a Félix y le asestó una violenta patada en la boca del estómago haciendo que Félix cayese de rodillas sosteniéndose la barriga. Julián no lo dejó en paz, lo agarró del cuello y lo arrastró por el suelo, entonces estampó su cara contra uno de los escaparates, atravesando el cristal.
Félix sentía mucho dolor en la cara, notaba como la sangre caliente corría por su cara, le llegaba a la boca y le recorría el cuello.
Julián cogió un trozo de cristal, estaba dispuesto a matar a Félix, lo sacó de un tirón del escaparate, produciéndole más cortes. Lo tumbó boca arriba y le enseñó el trozo de cristal.
—Te voy a sacar esos dos ojitos azules que tienes. Luego se los daré de comer a esos trozos de carne putrefacta… Te voy a…— Julián no terminó la frase. Enseguida notó el frio cañón de un arma apuntándole a la cara. Julián miró de reojo y se encontró con Lidia apuntándole con un fusil.
—Déjalo en paz o te juro que disparo.
—No tienes lo que hay que tener. No dispararías— respondió Julián. Miró a Félix, le escupió a la cara y lo dejó ir. Después tiró lejos el cristal. —Solo hice lo se debía hacer. Si vuelve a acercarse a mi… O a alguien se le ocurre mirarme mal. Lo mataré. Ya estamos en la mierda de todos modos. No hay mucho que perder.
Julián se alejó de allí y Lidia acudió en ayuda de Félix. Se colgó el fusil del hombro y ayudó a Félix a ponerse en pie.
—No debiste hacerlo. Te llevaré al baño y allí te curaré esas heridas— dijo Lidia mientras se pasaba el brazo de Félix por el hombro.
— ¿Tiene muy mala pinta? ¿Tanta como creo?
—No… Sigues siendo tan guapo como un actor de cine— respondió Lidia.
—Mientes…— respondió Félix con una débil sonrisa.
—Sí, pero al menos sigues vivo para poder sonreír.

Caserón…

Alcancé el lugar donde estaban Mateo, David, Bosco y Leandro. Cuando llegué, vi que había pasado. Todo había sido un susto al no ver a un caminante atrapado entre unos barrotes. Fue Bosco quien gritó cuando pasó por al lado sin verlo y aquel ser trató de agarrarlo. Me fijé en el muerto, era un hombre con poblada barba. Su piel se había vuelto muy pálida y sus ojos estaban como amarillentos, y al mismo tiempo, no mostraban nada de vida. Sin pensárselo mucho, Leandro caminó hacia él y con una piedra que había cogido del suelo, le asestó un golpe en la cabeza. Matándolo al instante.
—Es la única forma que se conoce para matarlos— les explicó a Bosco y a Mateo. Ellos parecía que no conocían todavía ese detalle.
— ¿Ya te has levantado? — preguntó David cuando me vio acercarme.
—Me quedé dormido sin querer— respondí sin dejar de mirar el cuerpo. El cual, Leandro estaba empujando para sacarlo de los barrotes. — ¿Habéis visto alguno más?
— ¿Caminantes? Si. Alguno más hemos visto entre la maleza y en el camino, pero no parecía que nos hubiesen visto. El único que nos dio un susto fue ese.
Comencé a recordar lo que habíamos visto el día anterior delante del ayuntamiento y en el puente antes de saltar al rio. Después miré hacia la casa y vi las luces de navidad que la rodeaban.
— ¿Qué pasa? — preguntó entonces David —Parece que te preocupa algo.
—¿Qué crees que pasaría si una horda como la que vimos llega hasta aquí? Arrasarían este lugar. Vamos a necesitar con lo que defendernos si eso ocurre. Voy a hablar con Mateo.
Me acerqué a hablar con Mateo, y cuando este me vio, sonrió de forma afable. —Buenos días. Espero que hayas podido dormir bien.
—Necesito hablar con usted— respondí.
—Claro ¿En qué puedo ayudarte? — preguntó entonces Mateo.
— ¿Qué es lo que sabe a cerca de lo que ocurre en el pueblo? — pregunté. En ese momento, Bosco, David y Leandro se acercaron a nosotros para escucharnos.
—Mi nieta y yo nos trasladamos aquí durante los primeros días— respondió Mateo —Cargamos la furgoneta con nuestras cosas y nos vinimos aquí. Supuse que, si las cosas se complicaban, después sería mucho más difícil abandonar el pueblo.
—Nosotros llegamos aquí la primera noche. Al igual que Bernardo y su mujer— dijo en ese momento Bosco —Vinimos siguiendo las luces.
—Entonces la respuesta es que sabéis muy poco. Antes de venir— miré a Leandro —Él nos contó que la mayor parte de la población mundial había quedado completamente diezmada. Y nosotros mismos, comprobamos la enorme cantidad de estos seres que hay en el pueblo. Uno o dos caminantes no harán nada aquí. El problema es si aparece una gran horda como la que casi acaba con nosotros. Había tantos que acabarían tirando la puerta abajo… O se amontonarían junto a las vallas hasta pasarlas por encima.
—Entonces solucionado. No encenderé más las luces— respondió Mateo.
—Existe otro problema. La gente— declaré —Este lugar es seguro y está en las afueras. Cualquier grupo podría encapricharse de él y querer arrebatárnoslo. Si eso pasa, tenemos que estar dispuestos a defenderlo… Y para eso vamos a necesitar armas.
—Bueno. Si vienen personas, puedo acogerlas, como a vosotros— respondió Mateo.
—Si. Eso es otra posibilidad, pero… ¿Y si no quieren compartirlo? ¿Y si nos lo quieren arrebatar? Puede que no suceda nunca, pero debemos estar preparados para cualquier cosa.
—Entonces ¿Que propones? ¿De dónde sacarás las armas? — preguntó Bosco
—De la comisaria— dijo en ese momento David —Podemos sacarlas de allí. Es muy posible que aun podamos hacernos con unas cuantas. Podemos ir y volver en un solo día.
— ¿De verdad es necesario esto? — preguntó Bosco —Creo que exageráis.
—En absoluto. Ahora mismo estamos en un punto que cada uno mira pos sí mismo. Si llega un grupo de personas y nos quieren quitar el caserón, no dudarán en ello. Debemos estar preparados para cualquier cosa. Y todavía será peor si nos atacan los muertos. Con ellos no se puede razonar.
—Muy bien. Lo haremos ¿Cuándo? — preguntó David.
—Mañana por la mañana— respondí.
— ¿Necesitáis que os acompañe? — preguntó Leandro.
—No. De esto podemos encargarnos David y yo. Tu quédate aquí por si pasara algo— respondí mirando a David. El me devolvió la mirada y asintió. Ya estaba todo claro. Al día siguiente, David y yo nos adentraríamos nuevamente en el pueblo, con la intención de alcanzar la comisaria.