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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

sábado, 2 de junio de 2018

ZOMBIES Volumen 2 Integro

Nota: Estos días, por falta de tiempo no puedo escribir. Ando cuidando de un familiar hospitalizado. No se cuando exactamente podré volver a subir un capitulo, aunque no se demorará demasiado. Aun así, ya digo que estoy haciendo apuntes de ideas.

Da inicio el volumen numero 2. La forma de publicación va a ser de la siguiente forma. Los capítulos no tendrán una fecha concreta de publicación, se publicarán según los termine. Eso significará que habrá semanas que haya un capitulo o dos, incluso, puede que por falta de tiempo, en una semana no haya ninguno (Aunque no será lo habitual).
Esta entrada se mantendrá fija siempre mientras dure el volumen numero 2. En ella estarán los enlaces a los capítulos, y debajo de esta, el capitulo o capítulos más recientes.

Capitulo 21: Otras fronteras
Capitulo 22: Deuda
Capitulo 23: Solitarios

ZOMBIES: Capitulo 023 Solitarios


Capítulo 023
Solitarios


Día 4 de enero de 2018…
Vías del tren, Sagunto…
8:00 horas de la mañana…

Jordi se despertó cuando sonó la alarma del reloj. Poco a poco se fue incorporando y miró a su alrededor. Seguía estando en aquel vagón de carga, pese a que su ultimo sueño, lo había llevado a un prado con toda su familia, pero la alarma lo había traído de nuevo a la triste realidad.
Desde que Jordi abandonó el hospital, había estado dando vueltas por la comunidad Valenciana, siempre alejándose del centro de los pueblos y sin adentrarse en las ciudades. Estaba totalmente solo. No hacía más que ver rebaños de aquellos seres o alguno solitario, también había visto a otras personas, pero nunca había interactuado con ellas, aunque tampoco lo habría intentado. Quería estar solo.
Recogió el saco de dormir y la lámpara, comió algo de pan bando que había conseguido y se calentó algo de café. Una vez terminó, abrió la puerta del vagón y se dejó caer de pie sobre las vías.
Se sentía diferente, la barba le había cubierto gran parte de la cara y el cabello había crecido hasta el punto que comenzaba a parecer una melena, la cual, había tenido que recogerse. También había perdido bastante peso.
Comenzó a caminar por la vía del tren en dirección a Castellón, siempre atento a lo que pudiera pasar. No se podía estar seguro de cuando algo podía suceder y de cuando podía ser asaltado por maleantes. Eso era algo que ya había visto con anterioridad, observó como una familia era asesinada por dos jóvenes. El no hizo nada para impedirlo, aunque perfectamente podría haberlo hecho. Lo que vio, lo perseguiría siempre.
Las vías parecía que no iban a terminarse nunca. Llegó a la estación de Almenara y decidió pararse a beber agua y descansar. Se sentó en el andén y sacó la botella. Justo cuando iba a darle el primer trago escuchó un ruido, era muy similar a un grito humano.
Jordi se puso de pie rápidamente y sacó su arma, la única que tenía y cuyo cargador estaba casi vacío, le quedaban como mucho cinco balas, las cuales, se aseguraría de no usar, en todo caso, solo usaría una y sería consigo mismo, si llegase el momento que se rindiese,
Llegó a una esquina del edificio de la estación y se asomó, fue entonces cuando en el mismo parking de la estación de trenes de Almenara, vio a dos tipos acorralando a una mujer, ellos vestían unas ropas que parecían militares. Estaban como jugando con ella. persiguiéndola entre los coches abandonados y cortándole el paso.
—¿A esta también la vas a dejar morir?
Jordi gruñó y miró hacia su derecha, allí estaba de nuevo, mirándolo con desaprobación. Su mujer, la cual, había muerto hace meses y a la que había comenzado a ver desde no hacía mucho.
—No estás aquí…— murmuró el apartando la vista de ella y volviendo a mirar la escena. Vio como uno de los tipos agarraba a la chica y la empujaba contra un coche de color rojo. La tiró sobre el capó y allí la puso boca abajo, uno de los tipos la sujetaba mientras el otro, se quitaba el cinturón.
—Sabes lo que va a pasar… ¿Vas a quedarte mirando sin hacer nada?
Jordi apretó los dientes y abandonó su escondite. Avanzó hacia los tipos y les apuntó con el arma. Eso hizo que aquellos dos tipos se quedaran sorprendidos.
—Dejad a esa mujer— dijo Jordi mientras miraba a la chica. Era una mujer que debía tener unos cuarenta años. Era blanca de piel y de cabello oscuro, el cual, al estar casi tumbada en el capó, le estaba cubriendo la cara. Fue cuando uno de esos tipos, le habló en un idioma que Jordi enseguida identificó como francés.
El tipo le hablaba en francés y le hacía gestos con la mano, indicándole que se marchara. Sin embargo, Jordi no hizo caso. Justo cuando el tipo que le hablaba fue a sacar algo, Jordi apretó el gatillo y abatió a aquel primer tipo ante la mirada atónita del segundo.
El segundo francés soltó a la chica y después se marchó corriendo. Jordi se acercó a la mujer y la miró. Los ojos de ella eran marrones.
—¿Estás bien? ¿Hablas mi idioma?
La chica asintió sin articular palabra y Jordi respondió asintiendo también. Se dio media vuelta y caminó hacia el tipo que había abatido. Le había acertado en el pecho y no lo había matado, aunque no le quedaba mucho, estaba agonizando.
—¿No has visto lo que iba a hacer? No lo remates. Déjalo que se convierta— murmuró su mujer —Es lo único que se merece.
Jordi la ignoró, sacó un pequeño cuchillo y se lo clavó en la cabeza. Rebuscó entre las pertenencias de aquel tipo, pero no encontró nada. Solo unos prismáticos y un puñal con una inscripción. Se levantó y miró a la chica de nuevo. Después se dio media vuelta y se alejó de allí sin mirar atrás y dejando sola a aquella mujer. Podría haberse quedado con ella o haberle dicho que le acompañara, pero el, quería estar solo.
Era cerca del mediodía cuando Jordi llegó a la estación de Castellón. Un lugar bastante grande donde también, dentro del complejo, había multitud de tiendas, bares y demás. Muy similar a la estación del Norte de Valencia capital. El lugar parecía desierto, aunque el, sabía muy bien que eso solo era algo que quería creer, la realidad era que muy probablemente, habría varios caminantes allí. La mayoría de ellos, viajeros que nunca llegaron a coger el tren o empleados que nunca abandonaron su puesto de trabajo.
Para acceder al interior de la estación, debía hacerlo por uno de los andenes, y para acceder a este, primero debía atravesar un no muy largo túnel, aunque oscuro como la boca de un lobo.
Avanzó hasta la entrada del túnel, pero no entró, se quedó quieto. Tenía que pensarse muy bien si eso era lo que quería hacer, si quería adentrarse en ese lugar. Finalmente se armó de valor, sacó la linterna que llevaba y se descolgó una palanca que llevaba en la mochila. Eso le serviría para defenderse si le atacaban, aunque no le serviría de nada si los muertos vivientes lo atacaban en grupo y lo acorralaban.
Jordi se adentró en el túnel y lo primero que notó, fue el frio que hacía allí dentro, después, notó el olor a quemado que había allí dentro. No tardó en ver de dónde salía ese aroma. Ante él, se podía ver un amasijo de hierros calcinados amontonados. Se trataba de vagones de tren. Era evidente que había descarrilado.
Jordi avanzó hacia los vagones destrozados y vio que le bloqueaban en paso. Se ayudó de la linterna para buscar un punto hueco por el que poder pasar y finalmente dio con él. Uno de los vagones tenía una obertura por la que podía colarse. Este estaba colocado de tal forma que, una parte estaba medio enterrada en el suelo y la otra casi tocaba el techo del túnel. Prácticamente, iba a tener que trepar por dentro
Sin pensárselo dos veces, se aventuró hacia el interior del vagón y comenzó a avanzar ayudándose de los barrotes de agarre y de los asientos, cada paso que daba, la estructura crujía y el vagón parecía que se desplazaba hacia un lado.
—Vas a tener que ir con cuidado. Un paso en falso hará que lo pases mal— Jordi escuchó la voz de su mujer y la buscó con la mirada. La encontró sentada en uno de los asientos mirándolo. Aun así, no le respondió, sabía que no estaba allí. Ella estaba muerta desde hacía meses. El hecho de que la viese, solo podía significar que la soledad le estaba pasando factura y que, de alguna manera, esa era la forma que él tenía de combatir eso, pese a que el mismo era quien había escogido ese camino.
Siguió avanzando, ignorando las palabras de la alucinación. Se impulsó para agarrarse a una de las barras de hierro y fue en ese momento cuando una silueta medio calcinada surgió de entre unos asientos y lo agarró del brazo. El No Muerto intentó morderle y Jordi se lanzó hacia atrás para evitarlo. Perdió agarre y se precipitó rodando hacia abajo, golpeándose con asientos y barras de hierro. Chocó contra otro de los asientos y su cuerpo se vio lanzado hacia uno de los lados. Atravesó una de las ventanas y se precipitó al exterior, cayendo sobre las vías y golpeándose violentamente contra ellas. Sintió un fuerte dolor y el tiempo pareció ir a cámara lenta. Después, perdió el conocimiento.
Jordi despertó en la oscuridad y enseguida sintió una punzada de dolor en el costado, se llevó las manos a la zona afectada y tocó la palanca, parte de la cual, se había clavado en su costado. Gritó de dolor y maldijo no haber sido prudente.
—Hasta aquí has llegado. Has durado más de lo que pensabas— dijo su mujer. Esta vez, estaba sentada entre los hierros, alumbrada por la linterna.
—Deja de atormentarme— respondió Jordi —¿Acaso lo merezco? Hice todo lo que pude por salvaros.
—Morirás desangrado… Supongo que ya sabes lo que debes hacer— dijo su mujer ignorando las palabras de él —Hazlo. Adrián y yo te estamos esperando. Sabes que quieres reunirte con nosotros.
Jordi sabía muy bien lo que eso quería decir. Sabía que era lo que su mujer le estaba insinuando. Con gran esfuerzo y un agudo dolor, logró alcanzar la pistola. Comprobó que estuviese todavía sujeto el cargador y después que no se hubiese disparado durante la caída. Las balas estaban ahí… Solo quedaba algo por hacer.
Se llevó la pistola a la cabeza y cerró los ojos. Su mano derecha comenzó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas. Así era como iba a morir. Fue en ese momento cuando escuchó un ruido hacia su derecha, abrió los ojos y miró. Su mujer ya no estaba allí, en su lugar, estaba esa misma mujer que había salvado algún tiempo antes. Esta lo miraba y finalmente negó con la cabeza. Por unos momentos, Jordi pensó que no era real, que era otra proyección como la de su mujer. Sin embargo, la chica se arrastró entre los hierros y lo alcanzó.
—No lo hagas.
Tardaron mucho tiempo, pero finalmente, aquella chica logró sacarlo de entre los hierros. Ella le quitó el hierro y finalmente, taponó la herida, la cual no era muy profundo.
—¿Por qué me has salvado? No tenías el por qué… No me conoces de nada. Debiste dejar que me matara y acabara con esto.
—Si de verdad hubieses querido hacerlo, lo habrías hecho. No era tu momento— respondió la chica —Además. Tú me salvaste a mi primero. Estoy aquí gracias a ti.
—¿Cómo te llamas? — preguntó finalmente Jordi.
—Me llamo Amelia Marquina— dijo la chica.
—Yo me llamo Jordi Ayala ¿Cómo me encontraste?
—Decidí seguirte y me adentré en el túnel. Vi la luz de la linterna y también te escuché hablar con alguien.
—No es nada—  Jordi intentó ponerse en pie, pero le dolía demasiado el costado. Volvió a quedarse sentado y Amelia lo miró.
—Aun debes descansar un poco.
—Ya puedes seguir tu camino. Gracias por ayudarme, pero quiero estar solo… No necesito a nadie conmigo— respondió Jordi —Si sigues conmigo es probable que acabes muerta. Ya les ha pasado a algunos. Gente muy importante para mí.
—¿Quiénes eran? — la pregunta sorprendió a Jordi. Tanto que se quedó en silencio. Amelia se respondió a si misma —¿Mujer e hijos? Yo perdí a mis hijos el primer día…  Todos hemos perdido a alguien muy importante.
—Yo perdí primero a mi mujer y después a mi hijo Adrián. A él le mordieron y no pude salvarle pese a que lo intenté. Fracasé como padre y marido— explicó Jordi —Te irá mejor sin mí. Sigue tu camino antes de que te acabe matando.
—De momento creo que debemos permanecer juntos ¿Hacia dónde te dirigías?
—Hacia ningún lugar en concreto— respondió Jordi —Simplemente camino y camino ¿Y tú?
—Yo si tenía un lugar al que me dirigía… Me dirigía a la ciudad. A Valencia.
La respuesta de Amelia hizo que Jordi arqueara una ceja. Esa chica hablaba de llegar a una ciudad, donde el número de muertos vivientes era alarmantemente más alto que en cualquier otro pueblo en los que había estado. Algo muy importante debía haber allí para que esa mujer decidiese arriesgar la vida adentrándose allí.
— ¿Qué hay en Valencia? — preguntó finalmente Jordi. Le llamaba mucho la atención.
—Hace unos días. Escuché un mensaje en una radio. Un mensaje que lleva repitiéndose desde hace pocos días. En el Mestalla hay un campo de refugiados. Tienen alimentos y mucho abastecimiento para todo aquel que llegue.  Si vamos, viviremos mejor que aquí fuera.
—Puedo acompañarte para que no vayas sola— respondió Jordi —Pero… No me quedaré. Prefiero seguir solo. Es lo mejor para mí.
—Me parece bien…— dijo Amelia —Aunque quizás te guste lo que encuentres. Quizás te termines quedando.
—Lo dudo, la verdad— Jordi hizo una pausa y miró entonces a su compañera —Pero bueno. De momento será mejor que busquemos un lugar donde descansar por hoy y mañana temprano ponernos en camino. Con suerte, llegaremos en un día o dos.
—Me parece bien— respondió Amelia tendiendo la mano para que Jordi se la estrechara. Este, pese a que al principio dudó, finalmente se la estrechó.
Jordi notó la mano de la chica, era totalmente real. No era otro producto de su imaginación.

Día 5 de enero de 2018…
7:00 horas…

Jordi y Amelia se despertaron cuando la alarma del reloj sonó. Eran las siete en punto de la mañana y era hora de partir. Ambos habían pasado la noche dentro de un almacén que había entre las vías. Allí era donde cargaban los vagones de carga hacia bastantes años.
— ¿Qué tal has pasado la noche? — preguntó Amelia señalando la herida. Antes de dormir, ella se la había curado y cosido. Al mismo tiempo, la chica había revelado que había sido veterinaria.
—De vez en cuando me duele, pero eso no me matará.
—Cuando lleguemos al campamento, seguramente encontremos a alguien que pueda hacerte un mejor remiendo que el mío. Yo estaba bastante limitada— respondió Amelia.
Ambos salieron del almacén y comenzaron a caminar por las vías en dirección a Valencia. Hacía mucho frio, debían estar a unos cero grados o menos.
Jordi y Amelia caminaban uno al lado del otro, sin separarse demasiado. Hablaban de todo un poco. Se contaban cosas del pasado. Jordi le contó a ella sus vivencias, pasando por lo ocurrido en el caserón, hablando de la gente que había conocido y de cómo llegó al hospital, del que se fue después de que ayudara al doctor Sánchez a construir un mecanismo de captura de caminantes con los que posteriormente experimentaría con intención de encontrar una cura. El medico trató de convencerle de que se quedara, pero Jordi era firme en su decisión.
Amelia por su parte le contó que había estado en un grupo de más de treinta personas, del cual, solo quedaron ella y otra persona. Un hombre que, en cierto momento, al no tener nada que comer, intentó matarla. Ella se defendió y acabó asesinando a ese otro superviviente. También le contó cómo había sido el encuentro con aquellos dos franceses. Los cuales, al principio, se presentaron como personas amistosas, pero que no tardaron en demostrar su verdadera cara e intentaron abusar de ella.
Cerca de las once de la mañana llegaron a la estación de Puzol y Jordi se quedó parado. Hacía meses que no regresaba a su pueblo natal.
—¿Quieres pasar por el hospital? Quizás ese médico del que me hablaste pueda ayudarte. A mí no me importa— dijo Amelia, pero Jordi negó con la cabeza.
—No. Sigamos avanzando. Este pueblo me trae demasiados recuerdos y ninguno bueno.
—Como quieras— respondió Amelia.
Siguieron su camino hasta que tocadas las dos del mediodía, se pararon a descansar y a comer en un nuevo almacén entre El Puig y El Cabanyal. En aquella zona había una gran multitud de vías, en las cuales, había multitud de vagones de carga de distintos colores. Era como una especie de estación para esos vagones. La zona estaba prácticamente rodeada de vallas y parecía segura y despejada.
—Podríamos quedarnos hoy aquí y pasar la noche. Mañana deberíamos llegar a Valencia— sugirió Amelia. Además, estoy agotada.
Jordi miró a su alrededor, buscando quizás alguna señal de peligro o siluetas de muertos vivientes, pero no había nada. Fue entonces cuando se fijó en una torre de hierro muy alta. Si se subía a ella, tendría una visión mucho más amplia de la zona y podría cerciorarse de que el lugar era realmente seguro. No quería imaginarse lo que pasaría si acampaban tan confiados y después, se veían sorprendidos por una horda de caminantes que no habían visto antes.
—Voy a asegurarme de que la zona sea segura— Jordi señaló la torre y Amelia negó con la cabeza.
—No puedes subirte ahí con esa herida. Podrías marearte por una punzada de dolor y caer. Yo me encargaré de eso. Déjame tus prismáticos.
Jordi al principio tuvo dudas, pero finalmente asintió y le entregó los prismáticos a Amelia.
Con los prismáticos en la mano, caminó hacia la torre y comenzó a subir. Estaba siendo un gran esfuerzo. Jordi no lo habría conseguido o quizás se le habrían saltado los puntos.
Amelia alcanzó la parte más alta y se llevó a los ojos los prismáticos. Observó la zona y vio que no había nada que representara una amenaza. Miró en más direcciones y posó su mirada sobre Jordi, este estaba abajo y parecía que hablaba con alguien, parecía que estaba discutiendo más bien.
******
— ¿Vas con ella porque te gusta o porque simplemente no quieres estar solo? — preguntaba su mujer mirándolo fijamente —Parece que me tienes olvidada ya ¿Por eso me dejaste morir? ¿Para poder tirarte a otra? Dime… ¿Cuánto tiempo pasará hasta que intentes metérsela?
—No estás aquí… No eres real…— repetía Jordi una y otra vez sin mirarla.
—Ya sabes lo que le pasará. Ella morirá también.
—¡¡¡Cállate!!!— gritó Jordi cerrando los ojos con fuerza. Cuando los abrió, su mujer había desaparecido y en su lugar se encontraba Amelia mirándolo.
— ¿Con quién hablas?
—Con nadie— respondió Jordi rodeándola y siguiendo adelante —Solo son alucinaciones.
—La zona es segura— respondió entonces Amelia
—Me parece muy bien— respondió Jordi, pero lo hizo de forma bastante brusca.
Ambos se adentraron en uno de los almacenes y allí descansaron. No intercambiaron palabras durante el resto del día. Ni siquiera cuando comían, Jordi estaba totalmente distante. Y así continuó hasta que llegó la noche.

11:45 horas…

Amelia se había quedado dormida. Jordi preparó su equipaje y había escrito una nota donde le decía que no seguiría con ella y que tuviera suerte. El trataba de convencerla que no estaría segura viajando con él.
Con mucho cuidado para no despertarla, dejó la nota junto a ella y después salió del almacén. Comenzó a caminar por las vías sin mirar atrás. Temía que, si lo hacía, volvería junto a Amelia.
Su mujer había dado en el clavo, Amelia le gustaba y eso era peligroso. No había pasado ni un año desde que su mujer había muerto y ya se sentía atraído por otra mujer. Quizás fuera la soledad o el instinto del ser humano, pero no le importaba, debía mantenerse alejado de ella. Solo así, evitaría que sucediesen cosas que después lo perseguirían.
—Has hecho lo correcto— dijo su mujer —La habrías acabado matando de haber seguido viajando con ella. Tu destino es ser un solitario. No necesitas a nadie, ni nadie te necesita a ti.
Llegó a lo que parecía un laberinto de vagones y comenzó a caminar entre ellos. Fue entonces cuando vio una silueta oscura delante de él. Pensándose que podría ser peligroso, se armó con la palanca y avanzó con ella en alto y en silencio. Volvió a ver la silueta y justo cuando se iba a lanzar sobre ella, fue derribado con un fuerte golpe. Rodó por el suelo y cuando pretendió levantarse, fue golpeado en la cara. Quedó tumbado boca arriba y entonces se encontró a alguien sobre el sosteniendo una katana, cuya punta estaba en su cuello.
— ¿Me estabas siguiendo?
La voz era de una chica. Fue precisamente cuando Jordi la vio bien, ciertamente era una chica que estaba cubierta por una chaqueta con capucha. Y esta no parecía muy amistosa.

miércoles, 30 de mayo de 2018

ZOMBIES: Capitulo 022 Deuda


Capítulo 022
Deuda

Día 5 de enero de 2018
Afueras de Puzol… 19:00 horas…

Alicia y Toni fueron subidos a bordo de un furgón militar y el hombre que se había presentado como el comandante Molano, se sentó frente a ellos. Lo hizo sin perder la sonrisa mientras que, en la mente de Toni, se seguía repitiendo la palabra que Molano había pronunciado: “Deuda”
— ¿Qué tipo de deuda? ¿A qué se refiere con eso? — preguntó Toni al tiempo que notaba como el vehículo comenzaba a moverse.
Molano suspiró y miró a su derecha, donde se encontraba un tipo moreno de ojos marrones y bastante musculoso. Con bastante barba. —Mis hombres y yo, llevamos meses deambulando dando vueltas por ahí. En concreto desde el mismísimo día que esto comenzó. Nos encontrábamos en Madrid, tratando de salvar a todos los civiles posibles y eliminar al enemigo. Lo que pasa es que aquello no salió del todo bien y la ciudad cayó… Como el resto del país… Y del mundo. No os hacéis una idea de cómo son las cosas por el resto de España. Tan solo quedamos alrededor de una quincena de soldados en este grupo.
—Y éramos más de un centenar— añadió el soldado en el que Toni se fijó al principio.
—Todos hemos perdido algo o a alguien— siguió diciendo Molano —Hemos aprendido que, para sobrevivir hay que permanecer unidos, seguir ciertas normas y tener un buen refugio… Como el que parece que tenéis vosotros.
—Nosotros no…
Molano interrumpió a Alicia levantando el dedo índice — ¿Pretendes decirme que no tenéis un sitio acogedor? Eso ya no cuela, y menos a mí. Así que no intentéis mentirme, porque lo sabré— Molano hizo una pausa para encenderse un cigarro, después continuó hablando. —Vosotros tenéis un hogar, el cual, compartís o no con otros. Lo sé por vuestro aspecto limpio y cuidado. Si hubieseis estado vagando como nosotros, estarías mucho más sucios—  Molano dio otra calada —Quiero que nos dejéis quedarnos en vuestro hogar, no para siempre, pero al menos de forma temporal. El tiempo suficiente como para recuperarnos un poco. A cambio, compartiremos con vosotros los alimentos y medicamentos que hemos conseguido. Lo único que tenéis que hacer, es llevarnos a vuestro refugio.
Toni y Alicia se miraron el uno al otro y el, finalmente asintió —Les llevaremos a nuestro refugio porque nos salvaron la vida, pero es con otra persona con la que tiene que negociar.
—Me parece correcto— respondió Molano estrechándole primero la mano a Toni, y después a Alicia. Aunque ella, al principio se lo pensó. Molano tenía algo que no le agradaba en absoluto — ¿Y cuáles son vuestros nombres?
—Alicia y Toni— respondió rápidamente ella.
—Muy bien Alicia y Toni… Presiento que esto es un gran comienzo para todos. Ahora guiadnos hasta vuestro hogar.
El convoy militar avanzó por las calles de Puzol siguiendo las indicaciones de Toni. Pronto, comenzaron a ver las puertas del instituto.
******
— ¿Qué demonios es eso? — preguntó Nora mirando a través de los prismáticos. Leandro la imitó rápidamente y vio lo mismo que ella. Se trataba de un convoy.
—Hay que avisar a los demás— dijo Leandro dejando los prismáticos y cogiendo el walkie. No tardó en responder la voz de Lidia.
— ¿Ocurre algo? ¿Caminantes?
—Un convoy que parece militar a juzgar por los vehículos, viene hacia aquí. Hay un camión y varios furgones. Me es imposible saber el número de ocupantes.
—Nos encargamos— dijo Lidia cortando la conversación.
Lidia comenzó a correr por los pasillos del instituto. Se dirigió hacia la habitación donde dormía Roberto y la abrió sin llamar antes. Fue cuando se encontró a Roberto detrás de una chica desnuda que se encontraba a cuatro patas. La incursión fue tan repentina, que ambos amantes se separaron y ocultaron rápidamente debajo de las sabanas, el primero en salir fue Roberto, y lo hizo hecho una furia.
— ¿En qué cojones estabas pensando?
—Tenemos compañía. Un convoy— respondió Lidia.
Roberto no dijo nada más. Comenzó a vestirse y salió por la puerta casi empujando a Lidia. Fue cuando esta, miró hacia el interior de la habitación y vio primero una bandeja donde podían verse dos rayas de cocaína, después, miró a la chica. La conocía bien, aunque no habían hablado mucho. Aun así, sabía su nombre y su edad.
—Será mejor que te vistas y que te reúnas con tus padres.
Los habitantes del instituto capaces de llevar un arma, se reunieron frente a las vallas del instituto, donde se había detenido aquel convoy. Todos apuntaban, esperando el momento de atacar si era necesario. Aunque la realidad era que nadie quería que se llegase a ese punto. Fue en ese momento cuando de uno de los furgones bajaron Toni y Alicia acompañados por un hombre de pelo corto y barba. Este se plantó ante las puertas, extendió los brazos hacia los lados y giró sobre sí mismo para mostrar que no estaba armado.
—Soy el comandante Julio Molano… Y vengo en son de paz ¿Quién está al mando?
Lidia miró en ese momento a Roberto, el cual se encontraba a su lado y parecía algo tenso. Algo que revelaba lo que había estado consumiendo. —Ese eres tú.
Roberto la miró y luego tragó saliva. Se pasó la mano por la cara y comenzó a caminar hacia delante para hablar con el tal Molano. El cual, permanecía allí de pie junto a dos de los habitantes del instituto.
—Soy yo. Roberto Cortéz…— dijo respirando agitadamente.
—Buenas noches— respondió Molano de forma afable —Estamos aquí, porque de alguna manera, el destino quiso que nos encontráramos con Toni y Alicia aquí presentes. Los cuales, gozan de una excelente salud. Ellos nos trajeron hasta aquí.
Roberto los miró primero a ellos y lo hizo con cierto desprecio. No le gustaba que hubiesen traído a unos perfectos desconocidos a la puerta de su casa. —Lo siento, pero aquí ya somos muchos. No necesitamos a nadie más.
Molano observó a lo largo de la valla y vio aquel montón de armas que le apuntaban —Sí. Puedo verlo. Son muchos… Y bien armados por lo que parece ser.
—Márchense… No queremos hacer algo de lo que podamos arrepentirnos después— dijo Roberto.
Molano sonrió y comenzó a pasearse por delante de la puerta del instituto. Lo hacía con una enorme tranquilidad, como si no estuviese siendo apuntado —Podríamos marcharnos. Eso es cierto, pero, también podríamos entrar a la fuerza y arrasaros en cuestión de segundos. Sois más y de eso no hay duda alguna, pero ¿Cuántos de vosotros sabéis disparar de verdad? — Molano señaló en ese momento a un hombre, cuyo fusil, temblaba en sus manos —Ese de ahí sería incapaz de acertar a un conejo a tres centímetros. No os conviene iniciar una guerra. Es que sería absurdo. Estamos aquí para hacer un trato.
Roberto se acercó más a la puerta para hablar más de cerca con Molano — ¿Qué trato? — rápidamente lanzó una mirada hacia la terraza donde se encontraban Leandro y Nora. Ambos, estaban apuntando a los militares. Un solo gesto de Roberto bastaría para que dispararan.
—Tienes a dos francotiradores en ese edificio. Hace rato que lo sé— dijo en ese momento Molano —No te lo tendré en cuenta, tranquilo. De hecho, es algo normal que estén ahí— Molano hizo una nueva pausa y siguió hablando —El trato consiste en que nos dejéis quedarnos una temporada. El suficiente tiempo como para poder recuperarnos un poco. Llevamos mucho tiempo ahí fuera y pasándolo mal.
— ¿Y que ganamos nosotros con eso? Somos muchos y los alimentos son muy escasos— respondió Roberto —Vuestra presencia aquí, solo empeorará nuestra situación.
Molano sonrió —Sal y te mostraré lo que ganáis— Roberto lo miró con desconfianza y Molano, nuevamente lo notó —No te preocupes. Si intento hacerte algo, alguien me meterá una bala. Que si, que puede que luego os cosan a balazos mis hombres, pero yo estaría ya muerto y eso no me interesa. Sal y verás que voy de buena fe,
Roberto miró a ambos lados y asintió, fue entonces cuando la puerta se abrió y el, salió al encuentro de Molano. Este le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera.
Molano llevó al líder del instituto hasta el camión y allí, le mostró la cantidad de suministros que llevaban. Había una cantidad enorme, nunca había visto tantos alimentos, agua y medicamentos juntos desde que se habían refugiado allí.
— ¿De dónde sale todo esto? — preguntó Roberto con asombro.
—De aquí y de allá. Hemos recogido todo lo que hemos podido. Si nos dejáis quedarnos una temporada, os podréis quedar todo. Nosotros podemos conseguir más— respondió Molano —Puedes subir a comprobar todo lo que hemos conseguido.
Roberto subió y alumbró con la linterna. Ciertamente había de todo, ningún grupo de exploración y recogida de suministros había logrado traer tanto nunca. Con todo lo que había allí, podrían tener comida para un año o más. Era una autentica mina.
Molano subió también al camión y entonces, sacó una caja de puros. Esta se la entregó a Roberto —Son 100% habano. Y serán todo tuyos— Roberto fue a coger la caja y Molano la retiró — ¿Tenemos o no tenemos un trato?
—Bienvenidos al instituto— dijo en ese momento Roberto.
******
Lidia observaba la situación desde una de las ventanas del instituto. Veía como entraban los vehículos y los militares comenzaban a estrechar manos mientras se presentaban. Se fijó en el militar que llevaba la voz cantante, no sabía cuál era su rango, ni le interesaba. Simplemente, veía algo en el que no le daba buena espina.

Pantano de Navajas…
23:40 horas…

Me encontraba tumbado frente a la chimenea de la casa, a unos metros de mí, estaba Félix. David por su lado, se encontraba de guardia en el piso superior. Observaba una foto familiar con ayuda de una pequeña linterna. Se trataba de una fotografía en la que aparecíamos mi mujer, mi hija y yo. Pese a que había pasado bastante tiempo desde que las perdí a ambas, seguía teniéndolas muy presentes.
— ¿No puedes dormir? — preguntó Félix. Yo lo miré rápidamente.
—Pensaba que tu si lo hacías. No quería despertarte— respondí apagando la linterna y guardándome la foto.
—No me has despertado. Tranquilo— respondió Félix —No te tienes por que disculpar. Es normal que las eches de menos. Yo… Y todos, echamos de menos a nuestras familias. Nos cuesta asimilar muchas cosas todavía.
Recordé en ese momento donde, después de que llegásemos al instituto, muchos de nosotros salimos de allí para intentar encontrar a nuestros familiares. Yo, por ejemplo, había ido a ver si encontraba a mis padres y hermanos, pero no hubo resultados. Tampoco David logró encontrar a sus padres y hermana. Ninguno de los dos, tenía noticias de sus familiares y en esos momentos, solo podíamos temernos lo peor. Félix también intentó lo mismo, pero como nosotros, tampoco tuvo suerte. Lo único que nos quedaba, era que estuvieran a salvo en algún lugar, lejos o cerca de nosotros.
En ese momento, vimos como David bajaba las escaleras. Nosotros lo vimos y el hizo un gesto señalando hacia el exterior. Algo ocurría. Félix y yo nos levantamos y cogimos nuestras armas, nos arrastramos por el suelo acercándonos a las ventanas siguiendo las indicaciones de David y miramos.
En el exterior, pudimos ver nuestro furgón, y justo detrás de él, en el maletero. Había una persona intentando forzar la cerradura. No había duda de que era una persona que estaba viva. Era alguien que estaba intentando robarnos.
— ¿Qué hacemos? — preguntó Félix
—Desde luego no vamos a dejar que se lleve lo que tanto nos ha costado conseguir— respondió David.
—Parece que está solo. No hay nadie más a la vista o eso parece— rápidamente miré a Félix —Vas a tener que cubrirnos. David y yo vamos a salir. Dispara si ves que sale alguien más.
David y yo nos acercamos a la puerta y la abrimos con extremo cuidado. Aquella persona había sido descuidada, y nosotros no íbamos a cometer ese mismo error. No era la primera vez que maniobrábamos de esa manera. Salimos al exterior y nos fuimos acercando en silencio a la furgoneta, amparados en la oscuridad.  Nos situamos a ambos lados y avanzamos hasta la parte trasera.
Abordamos al desconocido a punta de pistola por ambos lados, fue tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Lo derribamos y le apuntamos a la cabeza.
Se trataba de un hombre delgado y bastante sucio, tenía una poblada barba castaña y sus ojos eran marrones. Nos miraba con terror y levantaba las manos en señal de rendición.
—¿Quién coño eres? ¿Qué pretendías? — preguntaba David.
—Solo buscaba comida para no morirme de hambre— respondió el hombre. El cual, debía tener más o menos mi edad. Unos treinta y cuatro.
—¿Estás solo? — pregunté —Te recomiendo ser sincero.
—Estoy solo… Por favor. No me matéis… Siento si os he molestado. No busco problemas— repetía en hombre una y otra vez. —Me llamo Héctor… No soy peligroso. Os lo prometo.
David y yo nos miramos sin dejar de apuntar al tal Héctor —¿Qué opinas? — le pregunté a mi compañero.
—Podría estar mintiendo en ese de que está solo… Podría ser un informador… Deberíamos marcharnos de aquí antes de que vengan los amigos de este— respondió David
—Os juro por dios que estoy solo… No tenéis ni idea de lo que he pasado… Solo buscaba comida para mi… Y para mi mujer… Ella está muy enferma y…
—¿No decías que estabas solo? — preguntó David, después me miró —Deberíamos pegarle un tito en la rodilla y largarnos. No me expresa ninguna confianza.
—Podría estar diciendo la verdad— dije en ese momento, lo que hizo que David arqueara una ceja.
—¿Me estás vacilando? No puede ser que me estés hablando en serio.
—Presunción de inocencia— respondí.
—Presunción de inocencia mis cojones. Eso ya no existe. El que no es un muerto viviente, es un cabrón— dijo David —Propongo que nos larguemos ahora mismo.
En ese momento, le hice un gesto a Félix para que saliera. Cuando este se acercó, le pedí que vigilara a Héctor mientras yo hablaba con David. Me llevé a mi compañero a un punto no demasiado alejado y comencé a hablar en voz baja.
—Podría estar diciendo la verdad. Creo que se debería comprobar. Por eso te diré lo que haremos. Coge el furgón y regresa con Félix al instituto. Yo me iré con él a ver si lo que dice es verdad,
—Tú te drogas…— respondió David con una sonrisa —No estás hablando en serio— al ver que lo miraba, dejó de sonreír —Estás hablando en serio. Se te va la cabeza.
—Tal vez. Puede que no esté en mis cabales— respondí mirando a Félix y a Héctor. Los cuales, se habían desplazado, y Héctor permanecía sentado mientras Félix lo vigilaba.
—Estás como una puta cabra. No hagas esa gilipollez. Vas a irte con un tipo al que no conoces de nada. No te la juegues.
—Ese hombre podría ser yo— dije en ese momento.
—No lo eres.
—Pero podría serlo. Podría ser yo quien estuviese en su situación. Vosotros iros ya. Yo me ocupo del resto. Si dice la verdad, iremos al instituto.
—¿Y si miente?
—Entonces moriré por estúpido y confiado— respondí.
—Tú mismo puto tarado— respondió David. Entonces miró a Félix —Rubiales. Tú y yo nos largamos. Juanma se queda a hacer de buen samaritano.
—¿Seguro? — preguntó Félix.
—Tío… Sube al puto furgón— dijo David subiendo al vehículo.
Mis dos compañeros, una vez estuvieron a bordo del vehículo, se fueron alejando. Yo me quedé a solas con aquel hombre. El cual, me miraba con cierto temor. Me acerqué a él y le puse unas esposas.
—¿Qué harás conmigo? ¿Me vas a matar?
—Eso depende de ti… Si es una trampa… Si, te mataré. Ahora andando, llévame a donde está tu mujer.
Héctor se levantó y ambos comenzamos a andar en la oscuridad, perdiéndonos en el bosque. Pese a que estaba confiando en su palabra, tenía todos los sentidos en alerta, por si alguien que lo acompañara, estuviese esperando para saltar sobre mí. Probablemente, ese asalto no me favorecería, pero mi piel iba a venderla muy cara.
Ambos estuvimos andando bastante rato en silencio, hasta que llegamos a la orilla del pantano, y allí, había una barca de remos. Al verla, miré a mi compañero.
—Estamos acampados al otro lado. Está en una plataforma de observación— dijo en ese momento Héctor.
—Muy bien. Vamos— dije. Ambos subimos a la barca y comencé a remar. Fue entonces cuando comenzaron las preguntas. —¿Qué le pasa exactamente a tu mujer?
—Tiene un tobillo roto que tiene muy mala pinta. Creo que podría perderlo. Lo que yo buscaba, eran alimentos y medicamentos. Algo con lo que poder, al menos, alargar su vida. Llevamos meses huyendo y sobreviviendo. Yo no quería dejarla sola, pero ella me insistió en que saliese a buscar algo.
—¿Huyendo? — pregunté.
Héctor asintió —Nos encontrábamos en un campamento. Con varios supervivientes más. Mujeres, ancianos, hombres y niños. Nos iba bien, estábamos abastecidos… Podríamos haber aguantado años… Pero una noche aparecieron aquellos tipos… Y todo se fue al infierno.
—¿Qué tipos? — pregunté.
—Los que nos masacraron— respondió Héctor —Eran unos malditos sádicos que vestían ropas de preso. Seguramente habían escapado de alguna prisión. Fueron unos auténticos animales. Mi mujer y yo escapamos por los pelos. Pero antes, fuimos testigos de la crueldad humana.
No sabía que decir exactamente. Llegamos a la otra orilla y nos bajamos de la barca. Una vez allí, Héctor me señaló el lugar donde se encontraba la plataforma donde se había refugiado con su mujer.
—Es ahí…
Ambos avanzamos entre la maleza y los arboles hasta que llegamos a la estructura de hierro y de más de diez metros de altura. Desde ahí, en el pasado, cuando el mundo aún era mundo, los guardabosques vigilaban la zona para proteger la fauna y la flora.
—Ahora tenemos que subir— dijo Héctor —Pero no podré subir con las manos esposadas.
En ese momento, saqué la llave y le quité las esposas. Él se masajeó las muñecas y me miró —Gracias. Te prometo que no soy peligroso para ti. Déjame que suba yo primero para que ella no se asuste.
Asentí con la cabeza y ambos comenzamos a subir por la escalera de mano. A cada paso que dábamos, escuchábamos como chirriaba la estructura. No tardamos en llegar arriba.
Héctor se acercó a la puerta y dio varios golpes, después pronunció el nombre de su mujer. Un nombre que hizo que mi corazón diera un vuelco —Cristina. He vuelto… Y he traído a alguien— empujó levemente la puerta y entramos. De pronto, una silueta se abalanzó sobre Héctor y este retrocedió unos pasos, tanto, que casi pasó por encima de la barandilla.
Una No Muerta trataba de morderle mientras el, trataba de luchar. Yo, sin pensármelo dos veces, la agarré desde atrás y tiré de ella. La lancé a un lado de la plataforma y esta alzó la mirada. Una mirada sin vida.
—Oh dios…
La No Muerta se lanzó de nuevo contra nosotros y fue Héctor quien la interceptó. La empujó por encima de la barandilla y el cuerpo se precipitó hacia abajo. Chocando con un tronco caído y quedando tendida sobre este. Después, Héctor se quedó sentado en un rincón mientras sollozaba. Yo, solo podía mirar hacia abajo y mirar a la caminante que seguía moviéndose.

viernes, 25 de mayo de 2018

ZOMBIES: Capitulo 021 Otras Fronteras


Capítulo 021
Otras fronteras

Día 5 de enero de 2018…
16:00 horas…

Félix, David y yo, llevábamos fuera del instituto cerca de dos semanas. Podríamos haber vuelto antes al instituto, pero habíamos decidido expandir nuestras fronteras en la búsqueda de suministros. Esa búsqueda, nos había llevado más lejos que nunca.
Los pueblos y ciudades habían cambiado mucho, debido a que la raza humana ya no trabajaba en el mantenimiento de las zonas pobladas. Dentro de unos años, el paso de la raza humana por el mundo, comenzaría a ser un mero recuerdo.
David detuvo el vehículo en medio de la autopista en la que nos encontrábamos. Justo delante de nosotros, había un atasco de vehículos abandonados. Había cientos de coches.
—Vamos a tener que dar la vuelta— dijo David mirándome.
Saqué el mapa de la guantera y lo ojeé un rato. Nos encontrábamos en algún punto entre Requena y Valencia.
El frio era otro punto. Hacía mucho, tanto, que los tres llevábamos más de una muda, además, había varios copos de nieve a ambos lados de la carretera.
— ¿Y qué os parece si regresamos? Nos hemos hecho con una buena cantidad de suministros. Llevamos la furgoneta a reventar— dijo Félix desde la parte trasera. A su lado, había varias cajas que habíamos llenado con todo lo que habíamos encontrado. Mantas y ropas de invierno incluidas. También llevábamos una gran cantidad de medicamentos, los mismos que figuraban en la lista que Lidia nos había entregado antes de partir.
—Yo también tengo ganas de regresar. Tengo ganas de ver a Andrea, pero tenemos esta obligación. Nosotros lo decidimos así— respondió David. El y Andrea, habían iniciado una relación hacia un par de meses.
Seguí observando el mapa y marqué varios puntos. Eran de lugares que todavía no habíamos explorado, y en los que quizás, con suerte, podríamos encontrar suministros. Eran localizaciones que habíamos conocido gracias a personas que habíamos encontrado después de que nos estableciéramos en el instituto y comenzáramos a salir. Aunque hacía unas dos semanas que Roberto Cortés, el hombre que estaba al mando allí, prohibiese traer a más personas al instituto, ya éramos demasiados según él y los alimentos comenzaban a escasear, por ese mismo motivo, era por qué llevábamos tanto tiempo fuera, pero, aun así, yo no iba a dejar tirada a cualquier persona que necesitase ayuda.
—Da la vuelta y tomemos este camino secundario— dije mientras le mostraba a David el mapa de carreteras y le señalaba un camino junto a la autopista y que hacía rato que habíamos pasado de largo.
—Muy bien…— respondió David volviendo a encender el motor. Enseguida dimos la vuelta y nos encaminamos hacia el camino que le había sugerido.

Instituto de Puzol…

El bebé de Anna se podía ver en la pantalla del equipo que habían conseguido del hospital hacía unos meses. Anna no era la única embarazada y tener esos aparatos a mano, no estaba de más. Tanto la madre como el padre de aquel pequeño, observaban la imagen y escuchaban el latido con una sonrisa, aparentaba estar totalmente sano.
—Está perfecto— dijo Lidia mirándolos a ambos.
Ellos se encontraban en uno de los despachos, el cual, habían habilitado como sala de ecografías.
— ¿De verdad está bien? — preguntó Anna.
—Puedes confiar en mi— respondió Lidia —No tengo motivos para mentiros. Soy totalmente sincera. Vuestro hijo goza de una salud estupenda. Dentro de unas semanas, lo tendrás en tus brazos. De hecho, todos los bebés que están en camino, están perfectos. En poco tiempo habrá varios niños, y en unos años… Podremos montar varios equipos de futbol— Lidia sonrió ante la broma que acababa de soltar, pero no fue por que fuese especialmente graciosa, hacía tiempo que no bromeaba.
—Entonces… ¿Sigue previsto para Febrero? — preguntó Bosco.
—Podría adelantarse, pero lo dudo. Aun así, pase lo que pase, estaremos listos.
Lidia le limpió el gel y Anna se bajó de nuevo la camisa, para después, sentarse en la camilla en la que había estado tumbada escasos segundos antes.
Anna se puso en pie y nuevamente volvió a ponerse la ropa de abrigo. Se acercó a Bosco y ambos salieron de allí tras despedirse de la doctora.
Lidia se quedó preparando la siguiente sesión de ecografías, le tocaba el turno a una pareja cuyo hijo, nacería en cualquier momento. Para Lidia, esas sesiones tan frecuentes, se habían vuelto obligatorias, ya que existía la posibilidad de que algún bebé muriese en el útero y luego se reanimase, y aunque no había pasado, era algo que preocupaba a todas y cada una de las mujeres de la comunidad que se había creado en el instituto. Ella, se había propuesto estar atenta y si ocurría, evitar que la madre sufriese daños.
Alguien llamó a la puerta en ese momento y cuando ella invitó a que pasaran, se encontró con Juan José y su mujer Camila. Una joven pareja que hasta que los encontraron hacía finales de octubre, se habían estado refugiando en una caravana. Él era un hombre de unos treinta y cinco años, moreno de ojos marrones, alto y muy delgado, que había trabajado de soldador. Camila era española, pero tenía ascendencia brasileña por parte de padre, era morena de piel, su cabello era negro y sus ojos, eran de un marrón oscuro, casi negro. Era diez años más joven que su pareja. El embarazo de ella, estaba en sus últimos días, en cualquier momento, su bebé, una niña en este caso, nacería.
—Túmbate Camila. Comenzaremos enseguida— dijo Lidia señalando la camilla con la mano.
******
Nora observaba a escondidas a Rei y a Kai en el gimnasio. Los observaba desde una de las ventanas que había en una terraza que pertenecía al gimnasio. Lo hacía cada vez que ambos hermanos, se retiraban allí para practicar Kung Fu. Se quedaba anonadad observando aquellos rápidos movimientos, los cuales, se esforzaba en imitar y aprender. Pensaba que, si aprendía a defenderse cuerpo a cuerpo, saldría ganando si se quedaba desarmada.
— ¿Qué haces?
El acento brasileño de Leandro la sobresaltó. Tanto, que casi se cayó cuando se dio la vuelta. Al ver a su compañero, lo agarró del brazo y se lo fue llevando de allí para no ser escuchada.
—No vuelvas a hacer eso nunca. Casi me provocas un infarto… Podrías haber sido…
— ¿Un caminante? Bueno… Ya sabes que ellos no hablan. De haber sido uno de ellos, te habrías enterado una vez te hubiese mordido— respondió Leandro al tiempo que se descolgaba un fusil del hombro y se lo entregaba a su joven compañera —Nos toca vigilancia desde la azotea del edificio.
— ¿Otra vez? ¿No les tocaba a otros? — preguntó Nora.
—A Raúl y a Emilio, pero se han escaqueado un poco— dijo Leandro. Iba a decir algo más, pero entonces, escuchó ruido dentro del gimnasio, se asomó y vio practicar a los hermanos asiáticos — ¿Observando otra vez a “Tigre y Dragón”? Si tanto te interesa aprender Kung Fu, diles que te enseñen. Aquí en plan voyeur no es que vayas a aprender mucho.
—No aceptarían…— respondió Nora — ¿No has visto lo reservados que son?
—Kai es reservado… Pero Rei es más abierta… Y maja…— dijo Leandro —Pídele que te enseñe Kung Fu.
—Ya veremos… Venga. Hagamos nuestro trabajo antes de que el rey del castillo baje a echarnos la bronca—  dijo Nora caminando hacia las escaleras seguida por Leandro.
******
Roberto observaba el recreo del instituto desde la terraza donde tenían las placas solares. Todos sus habitantes trabajaban en sus diferentes tareas. Vio a Nora y Leandro saliendo por la puerta tras pedirles a Irene y a Jairo abrírsela. Observó a Gloria trabajar en su huerto junto a otros.
— ¿El gran hermano no se cansa de vigilar?
Roberto se dio la vuelta cuando escuchó a Andrea a sus espaldas. Después, volvió a observar mientras se cruzaba de brazos.
—¿Sigues picada porque te arrebaté el mando del instituto? No te ofendas, pero no eras la más apta. Yo estoy más en esa onda— respondió Roberto sin mirarla.
Andrea caminó hasta situarse a su lado y comenzó a mirar con los prismáticos. Vio a Nora y a Leandro ya en la terraza del edificio que tenían dentro de su territorio, desde donde podían vigilar muy bien quién podía acercarse.
—Si te refieres a estar quieta sin hacer nada… Si. No estoy en la onda. Si yo estuviera al mando, estaría fuera o trabajando como todos los demás. No tocándome el escroto a dos manos— respondió Andrea.
—Eso me ha dolido ¿Estás jodida porque tu chico no ha vuelto todavía después de que mandara a su equipo al exterior? Nada te impedía salir detrás de él, pero te quedaste aquí. Ahora no me eches la culpa. Aunque estoy seguro que no has venido aquí a decirme únicamente eso y a insinuarme que soy un machista.
—Correcto. Simplemente he venido a decirte que voy a salir. Me llevaré a Alessandro conmigo. Queremos ir a explorar…
— ¿Explorar? No sé por qué, pero eso me suena a: “Vamos a ir a buscar a más gente” … Ya sabes mi respuesta sobre eso. Ya somos más de cien personas. No hay comida para todos.
—Pero la habrá… Simplemente tendremos que expandir nuestras fronteras. Ir más lejos. Incluso podríamos ampliar nuestro territorio. El instituto es grande, pero como dices, en algún momento estará lleno. Podríamos limpiar otros lugares y establecernos.
—Aquí estamos bien. No hay necesidad ni de traer a gente ni de expandir nada— respondió Roberto. —Pero sal por ahí con el italiano si eso te hace feliz.
Andrea se sintió estúpida en esos momentos. Había pretendido razonar con Roberto, un hombre que no era precisamente famoso por su inteligencia. Se dio la vuelta para largarse, pero entonces, Roberto la llamó.
—Por cierto. Antes de que se me olvide. Será mejor que tú, y otras chicas comencéis a usar protección. No quisiera que hubiese una epidemia de embarazos. Sería una pena que algunos bebés fueran lanzados por encima de la valla.
—Eres un mierda— dijo Andrea mirándolo.
—Si. Lo mismo decía mi ex mujer— respondió Roberto regresando a lo que estaba haciendo. Se sentía como el único rey del castillo, al que todos debían cierta pleitesía. Y eso le encantaba.
******
Andrea llegó al recreo dando zancadas y apretando los puños. Casi había estado a punto de golpear a Roberto, habría sido capaz incluso de tirarlo de la terraza. Habría parecido un accidente. Caminó hasta el coche donde la esperaba Alessandro y cerró dando un portazo, el cual, hizo que el italiano se sobresaltara y dejara de mirar el mapa de carreteras.
—Ese tío es un pedazo de cerdo. Juro por dios que algún día recibirá su merecido.
—Deduzco por tus palabras que ha ido mal— respondió Alessandro.
— ¿Mal? Ha ido peor. Ese tío no tiene corazón…
Por como hablaba, la ex guardia civil estaba furiosa. No era muy común verla en ese estado. Parecía que, en cualquier momento, iba a salir del coche para volver a la terraza y pegarle a Roberto la paliza de su vida.
—Hay muchos como él. Gente que está esperando el momento oportuno para mostrar su verdadera cara. La mayoría coinciden en que son unos capullos de manual y…
—Aless, por favor. Arranca ya…— murmuró Andrea pasándose la mano por la frente. Si no se largaban pronto de allí, alguien acabaría con la nariz rota.
El vehículo conducido por Alessandro abandonó en instituto y se fue alejando por uno de los caminos que tenían marcados. La idea era circular por los pueblos de alrededor buscando comercios que no hubiesen sido saqueados todavía y encontrar a gente.
******
El caminante que caminaba cerca de las vallas cayó abatido después de que la bala atravesara su cabeza.
— ¿Habéis visto eso? Soy el puto amo— dijo Raúl levantando los brazos en modo de celebración, después, cogió la botella de cerveza y le dio un trago —Superad eso cabrones.
Emilio se llevó los prismáticos a la cara y observó el cuerpo recientemente abatido. Ciertamente había sido un tiro certero en la cabeza de aquel ser, que, por los mechones de pelo que todavía mostraba, era una chica o mujer.
—Son diez puntos— dijo mirando a Raúl.
— ¿Veis como soy el putisimo amo? Emilio… Te toca— dijo Raúl pasándole el arma a su compañero, aunque el joven dudó — ¿Qué pasa? El rifle no muerde.
—No es eso. Estamos aquí escaqueándonos cuando deberíamos estar trabajando— respondió Emilio.
—Tío. Mi hermano es el que manda aquí— dijo Raúl dándole un trago a su cerveza —Él es quien maneja el cotarro. Por lo tanto, podemos hacer lo que nos de la real gana. Nadie nos va a toser. Coge el puto rifle.
Emilio miró al resto de presentes y luego se resignó. Tomó el rifle que le daban y tomó posición. Miró a través de la mira telescópica y fijó su objetivo. Se trataba de un hombre calvo que vestía una camiseta de cuadros que estaba con los botones desabrochados. Su piel estaba totalmente pálida, y se podía ver una delgadez casi extrema. Su cara estaba medio quemada. Su boca se abría y cerraba, haciendo rechinar los dientes.
—¿Qué estás haciendo? Lo tienes fijado ¿No? Pues dispara— dijo Raúl mirando a Emilio.
El pulso de Emilio comenzó a temblar. Era la primera vez que tenía la oportunidad de disparar a uno de esos seres. Era algo que se había imaginado cientos de veces, pero cuando había llegado la oportunidad, se dio cuenta de que no era tan fácil. Que por muy muertos que aquellos seres estuvieran, no dejaban de ser personas.
Emilio comenzó a temblar más, tanto, que dejó el rifle en el suelo y se levantó —No puedo hacerlo. Son personas.
Raúl cogió el rifle. Se lo colocó al hombro y disparó abatiendo al No Muerto al que Emilio no había podido disparar. Después miró a Emilio —Si eres incapaz de disparar… No se cómo fuiste capaz de sobrevivir ahí fuera. Lárgate de aquí.
Emilio se bajó de la plataforma de vigilancia en la que estaban y comenzó a alejarse, mientras a su mente, iban llegando recuerdos de las cosas que le habían sucedido antes de llegar al instituto.

Afueras de Puzol…
17:15 horas…

Toni y Alicia se conocieron en el instituto después de la caída de Puzol. No fue hasta pasados unos días cuando iniciaron una relación. Desde el primer momento se dieron cuenta que, tras perder a sus familias, se necesitaban el uno al otro. Y esa relación, les había llevado a formar un equipo de exploración.
Cada día, ensillaban a dos caballos y abandonaban el instituto para patrullar los alrededores del pueblo, en busca de lugares sin saquear para marcarlos. A los que luego, otros equipos acudirían para investigar y saquear lo que pudieran. Sus únicas reglas eran: No adentrarse en el pueblo y volver al instituto antes del anochecer.
Toni observaba un caserón a través de los prismáticos, parecía vacío, pero no estaba seguro del todo. Fue entonces cuando miró a Alicia, quedándose en silencio unos segundos mientras observaba esa blanca piel que lo había encandilado y aquel cabello corto de color negro.
— ¿Pasa algo? — preguntó Alicia percatándose de que Toni se había quedado embobado mirándola.
Toni salió en ese momento de su pequeño letargo y negó con la cabeza —Nada. Solo lo de siempre. Que tu belleza me deja sin palabras.
—Que tierno— respondió Alicia con una sonrisa —Últimamente te noto más romántico que de costumbre… ¿Seguro que los libros que lees últimamente no tienen nada que ver? No pareces el mismo Toni malote que conocí.
—Nunca he sido un malote. Solo era un cliché por mi aspecto… Si llevase gafas y el pelo cortado a cacerola, tendría sobre mí el cliché de que soy un empollón. Simplemente es que me gusta llevar el pelo largo y con coleta.
—A mí me recordaste un poco a John Travolta en Grease cuando te conocí— respondió Alicia mientras observaba el caserón a través de los prismáticos — ¿Qué hacemos? ¿Nos acercamos a mirar y marcamos?
—Está a punto de anochecer. Deberíamos volver ya. Mañana podemos venir a mirar— respondió Toni tras mirar al cielo.
—Venga. Será rápido— dijo Alicia subiéndose a su caballo y comenzando a avanzar hacia el caserón. Toni simplemente se resignó y se subió a su caballo para seguirla.

Navajas…

Después de dar varias vueltas y habernos adentrado en varios caminos y carreteras secundarias, habíamos llegado a Navajas. Una pequeña población de unos casi ochocientos habitantes y perteneciente a Castellón. Totalmente rodeada de bosque.
Nos encontrábamos en la zona del pantano y decidimos parar a pasar la noche en una casa de aspecto colonial que habíamos visto en el bosque. Detuvimos la furgoneta cargada de provisiones frente a esta y nos bajamos. Era bastante grande, pero ni por asomo lo era tanto como la de Mateo.
El exterior estaba lleno de hojas secas y a unos cien metros teníamos el pantano de Navajas. La zona parecía tranquila.
—Pasaremos aquí la noche— dije mirando la casa. Mi mirada se fijó entonces en la chimenea. —Podremos encenderla ¿Qué os parece?
— ¿No será arriesgado? — preguntó Félix. —No me refiero a los muertos. Ellos no se percatarán de algo tan mínimo. Me refiero a otras personas que pueda haber por los alrededores.
—Dudo que se arriesguen a venir a tocarnos las pelotas. Y si lo hacen, se encontrarán con algo que no se esperan— respondió David —Vamos para adentro y veamos si hay algún muerto dentro.
Los tres entramos al porche y David con mucho cuidado empujó la puerta de madera que estaba entre abierta, haciendo que las bisagras comenzaran a hacer ruido. Rápidamente, David detuvo la puerta y los tres escuchamos. De haber alguien allí dentro, ese ruido lo alertaría, aunque no vimos a nada ni nadie.
—Parece vacía— dijo David. Después de eso, cerró la puerta y los tres caminamos hasta el salón. Allí comprobamos que estaba prácticamente intacto. Lo único fuera de lugar que había, eran varios libros escampados por el suelo. La chimenea estaba al fondo y a ambos lados de esta, había dos sofás con una mesa pequeña en el centro.
—No está nada mal ¿No? — preguntó Félix caminando hacia el frente, dejó sus armas sobre la mesa y se tumbó en el sofá que tenía más cerca —Y este es cómodo— Félix se incorporó y nos miró —Sería una genial casa de verano si no fuera porque el mundo está en la mierda.
—Investiguemos la casa entera y cerremos todas las puertas. No vaya a ser que tengamos una desagradable sorpresa— dijo David mirándome.
Los tres nos dividimos por la casa, investigando habitación por habitación. No tardamos en llegar a la conclusión de que estaba totalmente vacía. Probablemente, nunca habían regresado o se habían marchado a toda velocidad.
Subí al piso superior y me adentré en una habitación, cuya decoración me llevó a pensar que había pertenecido a un o una adolescente. Había posters de películas y una estantería llena de novelas, comics y revistas. Incluso, rebuscando entre algunos libros de texto, se me cayeron algunas revistas porno.
—No tenía mal gusto el chaval— dijo David entrando por la puerta y mirando las revistas que había en el suelo.
Ignoré las revistas y me centré en una pila de cómics, los cuales comencé a ojear. Había cómics de todo tipo, tanto de DC cómics como de Marvel.
—Esto le gustará a Nora— dije cogiendo un montón y metiéndolos en la bolsa.
—Esa niña es un encanto… Y tú le has cogido mucho cariño— dijo David ayudándome a cargar los cómics.
—Se lo prometí a su abuelo— respondí metiendo unos cómics de Lobezno —También lo hago por Cristina.
— ¿Y qué tal llevas eso? — preguntó David — ¿Sigues con las pesadillas?
—Hace días que no tengo ninguna. Desde que salimos del instituto…— respondí. Entonces, me senté en la cama y seguí hablando —Ha sido un golpe duro que todavía me dura, pese a que hayan pasado varios meses.
—Bueno. Piensa que no estás solo. Nosotros estamos contigo.
—Gracias— respondí.
Cargamos todos los cómics y bajamos al salón. Allí, Félix había comenzado a encender la chimenea. Pasaríamos la noche allí y al día siguiente partiríamos, era hora de regresar.

Afueras de Puzol…
17:25 horas…

Alicia y Toni habían rodeado la casa varias veces, pero aún no habían entrado. Parecía que estaba vacía y no había nada ni nadie dentro. Se trataba de una pequeña granja que tenía un maizal al lado.
—Bueno. La marcamos y volvemos— dijo Toni sacando el bote de spray de la bolsa mientras se acercaba a la pared. —No es una casa muy grande. Habrá pasado desapercibida— en ese momento, Toni se fijó en que los caballos parecían inquietos.
Alicia seguía mirando por una de las ventanas. Pese a que el cristal estaba sucio, pudo ver que había una cuna por estrenar, cubierta con un plástico. Eso, la llevó a intentar abrir la ventana.
—Un momento ¿Qué estás haciendo? Ese no era el plan.
—Es una cuna que le vendrá bien a alguna de las chicas que va a dar a luz. Podemos desmontarla en un momento y llevárnosla. Podemos hacerlo ahora— respondió Alicia.
—No es nuestro trabajo. Ali… He marcado, vámonos— dijo Toni intentando que su pareja dejase de intentar abrir la ventana. Entonces, miró a los caballos, cada vez estaban más intranquilos. Algo pasaba.
Fue en ese momento cuando escuchó un ruido que venía del maizal. Segundos después, una silueta salió tambaleándose del maizal. Al verlo, Toni caminó hacia el caminante con intención de acabar con él. Lo alcanzó, lo inmovilizó y le clavó el cuchillo en la cabeza. Dejó caer el cuerpo y alzó la mirada para respirar hondo. No se acostumbraba a eso. No se acostumbraba a matar caminantes, aunque no estuviesen vivos, no dejaban de ser personas. De hecho, eso era algo que no pensaba solo él. Fue entonces cuando otro ruido lo alertó. Bajó la mirada para mirar al maizal y fue entonces cuando vio a multitud de figuras avanzando a través del maizal.
—Mierda…— dijo Toni retrocediendo al tiempo que veía salir a los caminantes del maizal.
Alicia logró finalmente abrir la ventana y justo cuando se dio la vuelta, vio a Toni correr hacia ella, con varios caminantes detrás.  Al mismo tiempo, los caballos comenzaron a huir despavoridos, dejándolos tirados.
—Salgamos de aquí— dijo Toni alcanzándola y agarrándola del brazo.
Ambos comenzaron a correr, esquivando a los caminantes que habían sido más rápidos y que los habían casi alcanzado. Había realmente muchos. Tantos que les estaban cortando el paso. Fue en ese momento, cuando Toni comenzó a correr hacia una torre de agua. Ambos comenzaron a trepar por la estructura mientras los No Muertos los rodeaban.
Estaban fuera del alcance de los muertos vivientes, pero estaban atrapados y no iban a poder bajar. Fue entonces, cuando Toni recordó una de aquellas reuniones que habían tenido en grupo. Una donde se hablaba de la vía rápida, la opción de quitarse la vida si pasaban cosas de ese tipo o eran mordidos.
Toni sacó una pistola y metió dos balas, miró entonces a Alicia y le apuntó a la cabeza. Cerró los ojos para no ver lo que iba a hacer. Justo cuando iba a disparar, comenzaron a escucharse ráfagas de disparos. Toni abrió los ojos y fue cuando vio a los caminantes caer abatidos. En pocos segundos, había docenas de cuerpos putrefactos tendidos en el suelo.
Ambos bajaron y fue cuando fueron rodeados por un grupo de personas armadas. Todas les estaban apuntando.
—Tirad las armas— dijo una mujer que tenía acento latino.
Toni y Alicia obedecieron. Levantaron las manos y comenzaron a arrodillarse mientras cada vez había más personas rodeándoles. Parecía que se habían salido de la sartén y se habían caído en las brasas.
Poco a poco, los presentes se fueron apartando, dejando paso a un tipo que andaba tranquilamente con las manos en los bolsillos. Toni se fue fijando en todos los que había allí y vio que todos o la mayoría, eran más jóvenes que aquel tipo. El cual, era algo moreno de piel, llevaba barba, sus ojos eran verdes y su pelo era negro, pese a que parecía que se había rapado recientemente.
—Soy el comandante Julio Molano… Y ahora, estáis en deuda conmigo.