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domingo, 30 de julio de 2017

ZOMBIES Capitulo 11 La Misión

11
LA MISIÓN

Día 24 de junio de 2010
Puzol… 18:00 horas…

Estábamos llegando al puesto de militares ubicado en el colegio Caxton. Por las carreteras de los alrededores había cadáveres por todas partes, la gran mayoría de militares a los que conocía de haber hablado con ellos en algún momento o únicamente conocerlos de vista. Era una escena escalofriante. Mis compañeros también observaban lo ocurrido.
—Esto podría haberse evitado… De haber sabido más de lo que sabíamos— dijo Paco observando como dos infectados devoraban las tripas de un militar caído. Estos mordían los intestinos con ansia.
—Aun así, no creo que la cosa hubiese sido muy distinta. Primero, la infección llegó muy rápido. No sabíamos tampoco cómo se extendía tan rápido y luego nos enteramos tarde de cómo acabar con ellos—respondió Jorge mientras conducía.
—El gobierno, creo que sabía algo de los que pasaba, pero no hicieron nada. Encubrieron la realidad. En parte ellos son responsables de esto— dije yo observando a un militar infectado. Este caminaba lentamente junto a otros de aquellos seres y alzaba los brazos hacia nuestro vehículo blindado.
—Más bien creo que pensaron que podrían solucionarlo ellos solos. Quizás pensaron que los casos eran aislados, pero nada de eso. Esto no fue una simple gripe y se dieron cuenta de ello demasiado tarde. Cuando comenzaron los disturbios ya se dieron cuenta de que la situación se les había ido de las manos—dijo José –Ya no podían hacer nada.
—Todo llegó tan rápido… Incluso algunas personas se dejaron llevar por la superstición y el miedo. Recuerdo una secta religiosa en Wyoming. Todos los integrantes se suicidaron en masa pensando que el fin del mundo llegaba— dijo Jorge mientras le indicaba por donde tenía que girar.
—Bueno. Teniendo en cuenta lo que ha pasado… No andaban muy desencaminados en cuanto al fin del mundo. Esto es un apocalipsis en toda regla. Me pregunto cuántas personas han sucumbido a estos. Cuantas más personas además de nosotros quedan— dije mientras me planteaba la posibilidad de que gran parte de la población humana del planeta hubiese muerto. Era una idea aterradora.
—Los primeros indicios aquí en España se dieron un par de meses antes. Quizás dos, puede que tres. Por aquel entonces nadie tenía ni puta idea de la magnitud de lo que se nos venía encima. No si lo trataban como una gripe un poco más fuerte— dijo Paco –Al final… Es como si nosotros mismos hubiésemos provocado nuestro propio fin.
—Bueno. Es la naturaleza del ser humano, al fin y al cabo. Terminar destruyéndose a sí mismo— respondí.
En ese momento, Jorge me hizo una señal para que mirara al frente. Justo delante de nosotros había una barricada semi derribada. Al otro lado podíamos ver el edificio principal del colegio.
—Es aquí. Hemos llegado— dijo Jorge deteniendo el vehículo. –El arsenal está dentro.
Yo señalé el cartel donde se podía leer claramente: Caxton Collegue. –Si. Es aquí.
Todos nos quedamos observando la zona totalmente devastada mientras bordeábamos la barricada y comenzábamos a adentrarnos en el aparcamiento del colegio. Aquello presentaba un aspecto mucho más desolador de lo que habíamos visto hasta entonces.
—Parece que por aquí haya pasado un tornado— dijo Paco –Que desastre.
—Lo que pasó por aquí fueron cientos de esos cabrones apestosos— dijo José contemplando una pila de cadáveres.
—Escuchad. Una vez estemos dentro, cogeremos todas las armas y munición que podamos. Después las cargaremos en la parte trasera y nos largaremos de aquí—dije yo
—Ahora entiendo por qué decidiste coger el blindado. Tiene mayor espacio. Buena idea— dijo José.
Llegamos a la puerta principal del colegio. Esta estaba entre abierta y no nos costó nada entrar. Una vez dentro, detuvimos el vehículo y comenzamos a bajar. Delante de nosotros en medio del recreo había otra barricada. Los cuatro la cruzamos rápidamente. Allí dentro estaba lleno de cadáveres, tanto de militares como de civiles.
—Parece ser, que los infectados entraron aquí en masa— dijo Paco
—O fueron los civiles tratando de salvar su vida o simplemente refugiarse en el interior. Sea como sea, no lo lograron— dijo Jorge mientras apartaba la vista del cadáver mutilado de un niño de pocos años.
—Abrid bien los ojos. Puede que aun queden infectados aquí dentro. Es un colegio bastante grande—dije yo
—Creo que las armas las guardaban dentro. En una de las aulas— dijo Jorge
Estábamos pasando junto a unas tiendas de campaña de color verde cuando vimos algo que nos llamó la atención. Nos acercamos y vimos que se trataba de un vehículo blindado, idéntico al que habíamos usado para llegar allí.
—Mira tú por donde— dijo José mirando el vehículo —Parece que después de toda la mierda que hemos tenido que tragar. Este va a ser nuestro día de suerte. Comprobaré si tiene gasolina— José rodeó el vehículo y comprobó el deposito. Seguidamente nos miró con una sonrisa –Está lleno.
—De puta madre entonces— respondió Jorge. –Podremos cargar ambos.
—Si. También nos lo llevamos— afirmé –Inspeccionemos las tiendas. Puede que encontremos algo que nos sea útil.
Comenzamos a inspeccionar una por una las tiendas. Estábamos buscando en una llena de taquillas cuando entonces a nuestras espaldas escuchamos un ruido. Provenía de una de las taquillas que aún no habíamos inspeccionado.
—¿Lo habéis escuchado? ¿Que ha sido eso? — preguntó Paco mirando hacia la taquilla.
Los cuatro comenzamos a avanzar hasta que llegamos. Paco agarró el pomo dispuesto a girarlo. Entonces nos miró.
—Con cuidado— le advirtió Jorge.
Paco abrió la taquilla de golpe y un chaval cayó de dentro. Era un militar. Aun así, los cuatro le apuntamos con los fusiles. Fue entonces cuando el chico levantó los brazos y comenzó a hablar.
—No disparéis. Yo estoy vivo... Soy normal… Miradme…
Jorge dejó de apuntarle y lo ayudó a ponerse de pie. Pudimos observar que estaba algo demacrado. Seguramente llevaba allí metido mucho tiempo —¿Quién cojones eres? ¿Eres un militar o eres un civil que se ha vestido como uno?
—Yo me llamo Fran— se presentó el chico —Soy un soldado como vosotros. Disculpad el mal olor. Llevaba días ahí escondido. No me atrevía a salir.
—Nosotros hemos venido aquí a coger armas y munición. Nos vamos a largar del pueblo. Dinos donde están— le espeté. No quería pasar más tiempo allí. Quería terminar cuanto antes esa misión.
—Aquí en la tienda no están. De hecho, no sé si quedará alguna—dijo Fran
—¿A qué te refieres con eso? — preguntó José
—Cuando la cosa se complicó. Una avalancha de civiles comenzó a llegar. Trataban de huir de los infectados. No nos quedó más remedio. Entramos en pánico y tuvimos que disparar contra ellos. También había infectados. Fue una masacre. Después de eso, algunos soldados se largaron otros se enfrentaron entre si hasta que se mataban entre ellos. Al final solo quedaba yo. Hace unos días apareció por aquí un grupo de personas… Venían saqueando… Fue cuando me escondí y no volví a salir. Hasta ahora.
—Quizás tengamos suerte y podamos conseguir algunas todavía ¿Puedes indicarnos en que parte del Caxton están escondidas las armas? Es de vital importancia— le dije a Fran.
—Sinceramente. No lo sé. Creo que en una de las aulas del tercer piso. Hay un cartel colgado de la puerta— dijo Fran
—¿Había muchas? ¿Cuánta munición había disponible? — preguntó Jorge
—El suficiente arsenal como para acabar con todos esos cabrones. Ametralladoras, escopetas, pistolas, machetes, lanza cohetes, granadas… Hay… O había de todo. Y también había munición abundante— dijo Fran
—De acuerdo. Entraremos dentro y cogeremos todo lo que quede— dije yo caminando hacia una de las puertas de entrada al edificio.
—Escuchad… ¿Podéis llevarme con vosotros? No quiero quedarme aquí. No quiero volver a quedarme solo. Por favor— dijo Fran
Yo miré primero a Fran y luego a los demás. Todos estuvimos de acuerdo en llevar a Fran con nosotros.  Al fin y al cabo, no podíamos dejarlo tirado allí.
Los cinco entramos por la puerta. Esta daba a un pasillo que nos llevaba hasta el hall principal. El hall estaba completamente oscuro. Había fragmentos de cristal por el suelo que crujían bajo nuestros pies. También había casquillos de bala. También había varios cadáveres con agujeros en la cabeza.
Fue en ese momento cuando escuchamos un gemido tras unos estantes caídos.  Una figura tambaleante surgió de detrás, se trataba de una mujer a la que le faltaba un brazo y tenía las tripas casi arrastrando por el suelo. Cuando nos vio, levantó su única extremidad y comenzó a avanzar hacia nosotros con paso torpe.
—Joder— dijo Fran levantando su arma mientras retrocedía.
Jorge puso su mano delante para que no disparara –No dispares. Si lo haces, podrías atraer a más. Estamos en un espacio cerrado ¿Tienes idea del enorme escándalo que organizarás? Hemos venido aquí con una misión. Tenemos que llevarla a cabo sin contratiempos.
Paco y yo rodemos a la infectada. Esta nos seguía a los dos con la mirada, pero no sabía hacia quien ir. Yo logré situarme a su espalda y la agarré por detrás. Paco le clavó entonces su machete en la cabeza.  Matándola al instante.
—Hemos aprendido que cuando solo es uno de ellos, esta es la mejor manera de matarlos. Solo deberíamos disparar en caso de que vengan en gran número y nos rodeen. Solo si es necesario— dije yo –Ahora busquemos esa clase y salgamos de aquí.
Nos adentramos en un pasillo. Teníamos aulas de estudio a ambos lados. Algunas estaban cerradas a cal y canto. Teníamos que detenernos a forzarlas y en la mayoría de ocasiones, o las abríamos para nada o había algún infectado atrapado dentro. En algunas ocasiones ni siquiera llegábamos a abrir, ya que los infectados del interior se lanzaban contra la puerta. Las clases que estaban abiertas estaban totalmente vacías. Únicamente había cadáveres totalmente destrozados. Jorge vio un cadáver y se acercó a él. Se agachó a su lado y luego me miró.
—Juanma. Mira, tienes que ver esto— dijo Jorge
—¿Qué es lo que pasa? — pregunté yo acercándome y agachándome a su lado.
—Fíjate en esto. Tiene marcas de mordiscos. A este se lo han estado comiendo, pero no tiene señales de que le hayan disparado, sin embargo, está muerto. Lo normal sería que estuviese andando por ahí como los otros— explicó Jorge señalando las marcas de dientes.
—¿A dónde quieres llegar? — pregunté mirándolo.
—Verás. Tengo una teoría al respecto— comenzó a explicar Jorge —Sabemos que una vez te muerden, te infectan. Eso ya lo tenemos claro. Luego, una vez muerto, es cuando vuelves como uno de ellos. También sabemos que para matarlos debes destrozarles el cerebro, pienso que a este le destrozaron el cerebro mientras se lo comían. Por eso no volvió.
—Sí, bueno. Eso ya lo sabíamos— respondí.
—Aún no he terminado— replicó Jorge.
—¿Es necesario que tengamos que pararnos a parlotear? — preguntó Fran. Se le notaba bastante nervioso.
Jorge continuó con lo que estaba diciendo. —Creo que ya sé cómo funciona esto. El virus una vez contraído. Ya sea por mordisco o por aire. Primero te mata. Luego actúa reanimando el cerebro, pero por alguna razón los infectados son incapaces de vocalizar o mostrar algún tipo de sentimiento. No parecen inteligentes. Se puede decir que han dejado de ser personas.
—¿Significa eso que no podremos razonar nunca con ellos? — preguntó Paco acercándose también a nosotros
—Exacto. El virus ha activado su cerebro, pero solo una función. La más básica… La de alimentarse… Pero dudo mucho que puedan hacer la digestión o que el hambre se les pase. Como hemos visto en algunos de ellos… Tienen el estómago destrozado, creo que no es por hambre o por necesidad— dijo Jorge –Comen para nada… Pero no dejaran de hacerlo.
—Muy bonito. Gracias por la clase de ciencias ¿Podemos seguir con lo nuestro? Quiero marcharme de aquí de una puta vez—dijo Fran
—¿Conoces algún tipo de virus que haga volver a los muertos? — pregunté yo mirando a Jorge.
—En absoluto. No conozco nada parecido. De hecho, dudo que alguien conociera algo semejante. Este virus o lo que sea en realidad no era algo que fuese conocido de antes—dijo Jorge
—¿Habéis escuchado alguna vez lo del polvo zombi? Porque está claro lo que son estos seres… Son eso, son zombis. Muertos vivientes— dijo Paco –Creo que eso lo tenemos todo claro.
—Eso del polvo zombi es una viene de Haití, pero no es nada como esto. Más bien es un rito que se usa para anular la voluntad de las personas. Pueden obligarte a hacer cosas, como trabajos del campo. Es algo así como la burundanga. Es simplemente droga. Lo he visto en varios documentales… Esto no es nada parecido. Esas personas bajo la influencia de esa droga, no se alimentan de los vivos. La diferencia es esa…— respondí mirando a mis compañeros.
—Cierto. Yo también vi ese mismo documental…— añadió Jorge.
—Entonces está claro que se trata de un virus. Sin lugar a dudas. La forma de transmisión así nos lo confirma. La pregunta es: ¿De dónde demonios ha salido? ¿De dónde viene? ¿Quién está detrás de el? — esas preguntas comenzaban a rondarme en la cabeza.
—Ya basta. Vamos. Tenemos que seguir. La conversación es entretenida, pero no tenemos tiempo que perder— dijo Fran interrumpiéndonos una vez más. En cierto modo tenía razón. No podíamos perder más tiempo de esa manera.
Los cinco salimos de la clase y seguimos avanzando hasta que vimos una clase con un candado puesto.
—¿Es aquí? — pregunté mirando a Fran. Aunque su expresión era de confusión.
—No lo sé, pero parece que hay algo al otro lado.  Aunque como ya dije. Esos tíos que pasaron por aquí… Pero el candado es indicativo de que al otro lado hay algo. Abrámosla y salgamos de dudas— Fran agarró el candado y las cadenas con intención de abrir.
—Esperad. Es verdad que al otro lado pueden estar las armas que hemos venido a buscar, pero también puede haber infectados. Deberíamos prepararnos— propuso Jorge.
En ese momento, Fran sacó su pistola y apuntó al candado. –A la mierda…— quisimos detenerle, pero ya era tarde. Fran disparó al candado y este cayó al suelo.
—¿Qué coño estás haciendo capullo? — preguntó Paco empujando a Fran a un lado.
—Se supone que estamos buscando las armas. Puede que estén aquí— dijo Fran levantándose del suelo y encarándose con Paco.
—Tú mismo has dicho que unos tipos se las llevaron— respondió Paco empujando de nuevo a Fran.
—No me toques. No tengas los huevos de tocarme. Dije que vinieron unos tipos y es cierto, no sé exactamente lo que se llevaron ¿Vale? No sé qué coño vi en realidad. Estaba cagado de miedo.
En ese momento, la puerta comenzó a abrirse y vimos los rostros de los infectados al otro lado. Empujando la puerta para salir. Jorge y yo nos lanzamos rápidamente contra la puerta para bloquearla. Al otro lado, aquellos seres, empujaban con todas sus fuerzas mientras aporreaban la puerta. Rápidamente miré a Paco –Deprisa. Necesitamos algo con lo que cerrarla. Una cuerda o algo.
Al otro lado, los infectados aporreaban la puerta y empujaban. Ellos son se iban a cansar y si eso seguía así. La acabarían abriendo y saliendo, cayéndonos encima.
Paco salió corriendo mientras nosotros nos apoyábamos en la puerta. No quería imaginarme la cantidad de aquellos seres que había al otro lado. Paco volvió entonces con una cuerda y amarró bien las manivelas de la puerta. Haciendo un nudo muy fuerte. Fue entonces cuando nos retiramos. La puerta se sacudía con mucha fuerza.
—No sé cuánto resistirá, pero algo es algo. Vámonos de aquí ahora mismo—dijo Paco
Corrimos por el pasillo, alejándonos de aquella puerta. Llegamos entonces a unas escaleras. Las subimos rápidamente y llegamos a otro pasillo lleno de aulas. En una de ellas había un hombre ahorcado con un cartel colgado del cuello donde podía leerse la palabra: “Cobarde”
—¿Qué cojones le habrá pasado a este tío? — preguntó Paco mirando el cadáver. –No parece que lleve mucho tiempo muerto. No tiene mordeduras tampoco.
En ese momento, Fran pareció reconocer al hombre. Este se acercó al cadáver –Este era uno de ellos. Lo vi con ellos cuando llegaron.
—Esos tipos se matan entre ellos. No me gustaría cruzármelos— dijo Jorge.
Salimos de la clase y seguimos por el pasillo. Al final de este, encontramos una puerta abierta. Era una especia de almacén. Fue entonces cuando vimos un cartel. En el cual había dibujada una escopeta. Era allí indudablemente. Entramos entonces al interior y vimos que la habían saqueado a conciencia. Dejando muy pocas armas y munición.
—No nos han dejado gran cosa… Joder… Si diría que no se han llevado más porque no les quedaba más sitio— dijo Jorge. Seguidamente me miró. —¿Qué hacemos ahora?
—Confieso que esperaba encontrar más, pero esto es mejor que nada. Vamos. Cogedlas todas— dije mientras tomaba una escopeta y comprobaba que había cajas de munición disponibles.
—¿Y dónde las cargamos? — preguntó Jorge
Comenzamos a buscar por la sala y encontramos varias bolsas de deporte. En ellas comenzamos a cargar fusiles, escopetas, rifles y pistola. Además de varias cajas de munición. No tardamos mucho en tener todas las bolsas cargadas. Cada uno de nosotros iba a llevar dos.
—¿Para qué necesitáis tantas armas? — preguntó Fran —¿Pretendéis salir a cazar infectados o qué?
—Somos cerca de veinte personas. Necesitaremos todo esto si queremos salir del pueblo—dije –Hemos decidido ir hacia el mar. Es ahora mismo la mejor opción que tenemos.
—¿Por qué al mar? — preguntó Fran. —¿No sería mejor atrincherarse donde quiera que tengáis vuestro refugio? Es mejor que jugársela.
—Por qué el mar es ahora mismo lo más seguro— dijo José cerrando la cremallera de las bolsas con las que iba a cargar.

Jorge se acercó a la ventana y se volvió hacia mí. —Voy a traer el blindado y lo situaré debajo de la ventana. Me iréis pasando las armas que queden. Paco ayúdame. Te necesitaré para coger el segundo. Vosotros esperaros aquí. No tardaremos mucho
—De acuerdo— respondí –Me parece una buena idea.
Paco y Jorge salieron de la sala. Diez minutos más tarde, los dos blindados estaban debajo de las ventanas. Nos asomamos y comenzamos a pasarles las bolsas cargadas de armamento y munición. Eran cuatro metros de altura.
—Aún queda espacio para más. Podéis coger más— dijo Jorge mientras cogía la bolsa que le dejaba caer.
En ese momento, escuché un gemido proveniente del pasillo. Seguido de muchos más. Parecía que venían del piso superior. Enseguida me percaté de lo que pasaba. Estábamos haciendo tanto ruido que habíamos llamado la atención de los infectados del edificio.
—¿Eso son gemidos? — preguntó Fran. Entonces comenzó a entrar en un estado de histeria. Comenzó a dar vueltas por la sala. Entonces, corrió hacia la puerta y la cerró de golpe. Después tumbó un estante delante de la puerta. Bloqueándola completamente. Entonces nos miró –Salgamos de aquí. Vienen a por nosotros. Tenemos que irnos… Tenemos que…— José lo agarró de los brazos y le pegó dos bofetadas.
—Cálmate de una vez. Así solo llamarás más su atención.
Enseguida comenzamos a escuchar los golpes en la puerta. Nos habían descubierto. La puerta la habíamos cerrado bloqueándoles el paso, pero al mismo tiempo nos habíamos quedado sin una ruta de escape. Únicamente nos quedaba la ventana. Era hora de comenzar a saltar.
Terminamos de pasar las bolsas y yo me acerqué a la ventana. Con mucho cuidado salí y me dejé caer. Caí de pie sobre el blindado. Alcé la vista para llamar a Fran y José. Entonces escuché un fuerte golpe y varios disparos.
******
Los infectados comenzaron a entrar en la sala de las armas. José y Fran comenzaron a disparar. Creando un gran escándalo. Eso hizo que los infectados del exterior se sintieran atraídos y comenzaran a acercarse a las vallas. Algunos incluso lograron colarse por una gran puerta de las que estaban abiertas. Estos comenzaron a acercarse a nosotros.  Pronto nos rodearían.
—¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Que salten de una vez!!!—gritó Paco desde abajo mientras apuntaba a los infectados que comenzaban a entrar. Seguidamente comenzó a disparar. Yo también lo hice. Teníamos que mantener a raya a esos seres.
Mientras disparaba. Vi como José y Fran habían alcanzado la ventana. Estos estaban preparándose para saltar. Yo comencé a gritarles que saltaran, pero no parecían escucharme. José miró hacia abajo y entonces fue golpeado por un infectado. José cayó por la ventana y se golpeó la cabeza contra el suelo. Este se quedó inmediatamente inconsciente. Enseguida un charco de sangre comenzó a formarse debajo de la cabeza.
Los infectados que ya habían casi alcanzado los blindados estuvieron a punto de coger a José, pero la rápida intervención de Paco lo salvó de ser devorado. Este cargó con José y se metió dentro de uno de los blindados.
—¡Juanma! ¡Salgamos de aquí! — me gritó Paco.
—Fran aún no ha salido— contesté mientras abatía a un infectado de un disparo a la cabeza. Miré después hacia arriba mientras Jorge y Paco seguían disparando. Quise gritar a Fran, pero entonces este se asomó por la ventana. Este me miró a mí, aunque no parecía que se atreviera a saltar. Fue en ese momento cuando los brazos de los infectados lo agarraron y tiraron de el hacia dentro.
—¡¡¡Está muerto!!!— gritó en ese momento Jorge —¡¡¡Vámonos!!!
Lancé un grito de rabia y dejé de disparar. Seguidamente me lancé de cabeza al interior de uno de los blindados. Me puse al volante y encendí el motor. Enseguida los dos blindados se pusieron en marcha y comenzamos a alejarnos de allí.
Habíamos dejado atrás el Caxton hacia poco más de cinco minutos. Nos dirigíamos hacia el punto de encuentro con los demás. Cuando llegamos a una zona despejada, detuvimos los blindados y yo me bajé. Necesitaba saber cómo se encontraba José.
—¿Cómo está?
—Vive, pero tiene unas cuantas costillas rotas. También tiene un brazo roto. La herida de la cabeza no me gusta nada. Es muy posible que tenga un traumatismo craneal. Debemos llevarlo con Lidia cuanto antes. Ella sabrá que hacer— respondió Paco.
—Todo es culpa mía— dije. Las cosas se habían torcido demasiado. Habíamos visto morir a una persona y habíamos estado a punto de ver morir a José. –Yo soy el responsable de esto.
—No me vengas ahora con esas— me espetó Jorge –Ya sabíamos que algo así podía pasar y aun así vinimos. Eres el líder del grupo. No puedes venirte abajo. Vayamos al punto de encuentro. Ya casi es la hora. Lidia estará allí y ella se ocupará de esto. De momento hay que presionarle la herida de la cabeza e inmovilizarle el brazo.
Volvimos a poner en marcha los blindados y comenzamos a conducir hasta el punto de encuentro. De camino, vimos algo que nos llamó la atención.  Pudimos ver una columna de humo en la lejanía y un resplandor rojizo. Eso hizo que me diera un vuelco en corazón.
Esa era la dirección de la gasolinera. David, Jonatán y Leandro estaban allí. Enseguida comencé a preocuparme.
—Parece que ha habido una explosión o algo— dijo Jorge. Entonces me miró –Seguro que están bien. No te preocupes.
—Eso espero. Nunca me lo perdonaré si les ha pasado algo. Fui yo quien los mandó allí—respondí. No podía evitar pensar en cosas terribles que podrían haberles ocurrido.
—No pienses en eso ahora— dijo Jorge –Pronto nos reencontraremos con ellos y verás que no hay nada de lo que preocuparse.
—¿Sabéis una cosa? Ya estoy harto del instituto. Creo que debemos irnos mañana mismo. Bien temprano— dijo Paco –Quedarnos aquí es innecesario.
—Opino lo mismo— respondió Jorge –Cuando lleguemos al mar nos ocuparemos de encontrar algún barco. Seguramente encontremos todavía alguno. De todos modos, las playas están un poco alejadas de las zonas urbanas. Lo primero es eso, dejar atrás las zonas pobladas.
—Si. Mientras buscamos un barco, nos moveremos constantemente alejándonos de los pueblos y ciudades. Así permaneceremos alejados de los infectados— respondí.
—¿Crees que habrá más supervivientes realmente? — preguntó Jorge –Me refiero a personas como nosotros. No como esos tipos a los que mencionó Fran. A esos espero no encontrármelos. No creo que sean personas agradables.
—Opino lo mismo— respondí. Entonces cogí el walkie talkie y traté de contactar con los demás. Probé varias veces, pero en ningún momento recibí respuesta.  No había nadie al otro lado. Aun así, no dije nada, probaría más tarde.
Seguí conduciendo mientras observaba por la ventana lo que quedaba del pueblo en el que había crecido. Aunque ya apenas estaba reconocible. Había sido completamente arrasado. Tuve que contenerme para no comenzar a llorar. De vez en cuando, miraba al espejo retrovisor para mirar a Paco y José. Fue en ese momento cuando vi que José comenzaba a moverse. Abrió los ojos de par en par y luego comenzó a hablar.
—¿Quiénes sois? ¿A dónde me lleváis?
José intentó quitarse a Paco de encima con el brazo sano, pero mi compañero lo inmovilizó rápidamente. Luego me miró –Está delirando.
José trató de zafarse, pero no lo consiguió. Fue en ese momento cuando noté su mirada clavada en mí. –Tú vas a matarnos a todos. Lo se… Todos vamos a morir…
Llegamos al ayuntamiento cuando ya era de noche. Había comenzado a llover. Una vez llegamos al punto de encuentro me di cuenta de que éramos los únicos que habían llegado. No había ni rastro de los demás. Eso me hizo temerme lo peor.

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