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domingo, 30 de julio de 2017

ZOMBIES Capitulo 12 Ansia de Carne

12
ANSIA DE CARNE

Día 24 de junio de 2010

La puerta principal del ambulatorio se abrió poco a poco y Lidia entró escoltada por Ángel, Víctor y Juan. la recepción del ambulatorio estaba patas arriba. Había sillas de ruedas aparcadas junto a la pared y papeles tirados por todas partes. Dentro, olía a cerrado ya podredumbre. Lidia se asomó por la ventana que daba a donde estaban las recepcionistas del ambulatorio anotando las consultas. Allí vio entonces el cuerpo de una chica. Estaba hinchado y morado, en sus muñecas podían verse aún los cortes, y debajo de las manos, charcos de sangre seca. Miró la etiqueta de la bata y vio el nombre de aquella chica. Se llamaba Gloria.
—¡¡Eh!!— la voz de Juan la sacó de sus pensamientos —Venga, no te entretengas. Cojamos lo que vinimos a buscar y salgamos cagando leches de aquí. Algunos de los infectados de la calle nos vieron entrar. Es cuestión de tiempo que se acerquen a buscarnos.
—¿Dónde están los medicamentos? —preguntó Víctor mientras avanzaba hacia las escaleras.
—Están ahí. Hay como una farmacia adherida al ambulatorio. Es ahí donde tenemos todo lo que necesitamos—respondió Lidia señalando a una puerta que había al fondo de la sala en la que se encontraban.
Los militares miraron a donde Lidia señalaba y entonces lo vieron. Efectivamente ese era el lugar. Había un enorme cartel de color verde con una cruz que en los días anteriores habría estado iluminada. También había una persiana metálica bajada completamente.
—Vale. Démonos prisa entonces—dijo Víctor comenzando a caminar.
Los cuatro caminaron hacia la persiana metálica. Con sumo cuidado la fueron abriendo.  Una vez abierta, pasaron al interior y comenzaron a cargar sus mochilas siguiendo las indicaciones de Lidia.
Lidia comenzó a buscar en secreto el test de embarazo que le iba a llevar a Anna. Aunque ella estaba segura que estaba embarazada. Lidia no quería imaginarse lo que iba a ser traer un niño a ese nuevo mundo en el que les había tocado vivir, pero tampoco es que hubiese marcha atrás. Anna no iba a poder abortar, ya no.
Finalmente encontró lo que buscaba. Cogió al menos media docena de ellos y entonces se los metió en la mochila. Justamente en ese momento, Víctor la vio.
—¿Eso son test de embarazo?
Lidia al principio no supo que decir, pero finalmente asintió. Víctor miró entonces a Juan y a Ángel. Ellos seguían a lo suyo y no parecía que se hubiesen percatado de nada. Con total discreción, Víctor agarró a Lidia del brazo y se la llevó detrás de unos estantes, fuera de la vista de los otros dos militares.
—¿Estás embarazada? ¿Por qué no habías dicho nada?
—No. No lo estoy. Escucha, esto no es para mí. De hecho, no puedo decirte para quien es. No hasta estar seguros de que lo está. Te pido por favor que me guardes el secreto. Por el bien de la madre, del bebé y del grupo. La gente podría asustarse.
—Está bien. No diré nada de nada.
Terminaron de llenar las mochilas y salieron del ambulatorio. Matando a los infectados que se habían acercado. Llegaron al vehículo y comenzaron a cargarlo. Lo habían logrado.
—Vale. Vayamos al punto de encuentro. Aún queda tiempo para la hora límite, pero los esperaremos allí. ¿Sabéis? Me sorprende lo fácil que ha sido—dijo Ángel con una sonrisa. —Me había esperado algo mucho más complicado.
Lidia se dio en ese momento la vuelta para mirar otra vez hacia el ambulatorio. Fue como si alguien la observara. Era una sensación extraña. Alzó la mirada hasta el último piso. Fue en ese momento cuando vio una figura pequeña de cabellos largos mirándola desde la ventana. De repente desapareció.
—Eh ¿Qué pasa? —preguntó Juan pasándole la mano por delante de la cara. —Te has quedado pasmada.
Lidia quitó la mano de Juan de delante de su cara con un manotazo —Me ha parecido ver a una persona. Concretamente me ha parecido ver a una niña.
—Pero… ¿De qué estás hablando? ¿No sería un infectado? Sería lo más lógico— respondió Ángel —No sería nada raro que en los pisos superiores hubiese alguno. Al fin y al cabo, no los hemos explorado. De verdad, olvídalo.
—No. Te digo que era una persona. Nos estaba mirando, y cuando la miré desapareció. Como si quisiese esconderse. Y que yo sepa, los infectados no se esconden. Además, parecía una niña de siete u ocho años— respondió Lidia. —De ser un infectado ya estaría aquí. Os digo que era una niña y que estaba viva.
—Vale. ¿Y qué? Como si tiene diez años. No es asunto nuestro— respondió Juan —Ya somos muchas bocas. No me malinterpretéis, pero ya tenemos nuestros problemas.
—¿Y pretendes dejarla aquí? No es más que una niña. Debe de estar muy asustada—respondió Lidia acercándose a Juan. Le habría golpeado si no llega a pararla Víctor.
—Ya podría estar infectada ¿Quieres arriesgarte otra vez? ¿Ya has olvidado lo que pasó la última vez con la infectada aquella? Si. Esa chica que sabías que lo estaba y no dijiste nada. Lo siento, pero no. Yo no la llevaría conmigo— respondió Juan. Lidia trató de zafarse de Víctor para golpear a Juan, pero nuevamente fue retenida. Entonces esta se apartó de Víctor de un empujón.
—Vale. Pues ya está. Yo voy a ir a buscarla. No es necesario que vengáis conmigo. Si está infectada, yo misma acabaré con ella, pero si no lo está, la llevaremos con nosotros os parezca bien o mal. Ella será mi responsabilidad— dijo Lidia caminando de nuevo hacia el interior del ambulatorio.
Víctor miró a Juan con un gesto de desaprobación, negó con la cabeza y comenzó a caminar detrás de Lidia —Espera. Voy contigo.
—No. Iré yo sola. Si vienes conmigo podría asustarse. Mejor espérate aquí con los demás—dijo Lidia dándose la vuelta para mirar a Víctor. Seguidamente volvió a entrar en el edificio.
Víctor volvió junto a Juan y Ángel. Entonces miró a Juan —Eres único haciendo cabrear a las mujeres.
—Lo que nos faltaba—dijo Ángel —Creo que esto no es buena idea.
—Espero que tenga agallas de hacer lo que se tiene que hacer si la cría está infectada—dijo Juan —Si no. Tendré que hacerlo yo.
*****

Lidia llegó al último piso. Sin embargo, allí no había ni rastro de la niña que había visto. La joven doctora comenzó a buscar por la zona donde la había visto desde abajo. Se asomó por la misma ventana que la había visto y vio a los militares abajo. Encargándose de algunos infectados que habían acudido al lugar. ¿Y si se lo había imaginado? Fue lo primero que pensó. Tenía entendido que a veces, el estrés podía jugar malas pasadas como provocar alucinaciones. Fue justo en ese momento cuando escuchó correr a alguien a sus espaldas. Se dio la vuelta y le dio tiempo de ver a la misma figura que ya había visto. La niña había pasado corriendo y se había metido dentro de una de las consultas. Lidia avanzó rápidamente hacia el lugar.
—Tranquila, no tengas miedo— Comenzó a decir con voz tranquilizadora —No te haré ningún daño. Estoy aquí para ayudarte. No debes tenerme miedo. Te llevaré a un lugar seguro— Lidia entró en la consulta y entonces vio a la niña. Era morena y tenía el cabello bastante largo. Se arrodilló delante de ella y le sonrió —Yo me llamo Lidia. Mírame. No soy como esos monstruos. ¿Cómo te llamas?
La niña seguía de pie frente a ella sin moverse. Aunque le sonreía. En ese mismo instante, Lidia escuchó un ruido a sus espaldas. Era el ruido de una bandeja al caer al suelo. Seguidamente escuchó un sonido rítmico. Era como si alguien estaba golpeando algo repetidas veces.
Lidia se acercó a la puerta entre abierta sin perder de vita a la niña y miro fuera a la sala de espera. El ruido venía de una consulta que tenía enfrente a unos seis metros. El ruido cesó y segundos después, de la consulta del médico, salió un hombre muy alto. Debía medir cerca de los dos metros. Estaba completamente ensangrentado y era terriblemente delgado, casi esquelético, su piel tenía un tono grisáceo, parecía barro lo que llevaba. Lidia se fijó entonces en la cabeza de aquel tipo. Le faltaba pelo, era como si se lo hubiese arrancado a tirones. Así lo delataban las heridas de la cabeza.
Lidia enseguida pensó que se trataba de un infectado. Lo siguió pensando hasta que este comenzó a caminar de nuevo. No se movía como un infectado, se movía de una forma diferente, tal como caminaría una persona viva. Aquel tipo caminó hacia una camilla y fue en ese momento cuando Lidia se percató de algo inusual. De un costado, justamente del cinturón, le colgaba un enorme machete. También vio que uno de sus brazos estaba agarrando algo que llevaba a rastras. Lidia se tapó la boca cuando vio que lo que arrastraba ese hombre, era una pierna recién cortada. El hombre se acercó a la camilla y puso la pierna encima, luego cogió su machete y cortó un trozo. De la misma manera que alguien corta jamón.
Lidia no podía creer lo que estaba viendo. Aquel hombre de grotesco aspecto, cogió el pedazo que había cortado y se lo llevó a la boca para seguidamente comenzar a masticarlo. Cuando lo engulló, se quedó mirando la pierna y cortó un segundo trozo. Lidia comenzó a estremecerse totalmente aterrorizada. Aquello estaba siendo demasiado. Pensó entonces en coger a la niña y salir de allí corriendo. Si lo hacía rápido. Aquel tipo o lo que fuera, no se daría cuenta, pero justo en ese momento, la niña pasó a su lado corriendo, abrió la puerta y se acercó al hombre ante la mirada atónita de Lidia. Ella quiso gritar de puro terror, pero de su garganta no salía nada. Quiso moverse, pero sus piernas no respondían. Su corazón estaba a punto de salírsele del pecho de lo rápido que latía.
La niña cogió al hombre del pantalón y dio un tirón. El hombre la miró y le hizo una caricia en la mejilla mientras mostraba una sonrisa de afecto. Dejando entrever los dientes amarillos y deteriorados. La niña insistió con varios tirones más y aquel tipo se agacho. La niña pareció entonces decirle algo al oído mientras que miraba de reojo a donde se encontraba Lidia.
La joven doctora no daba crédito a lo que estaba viendo. Ese hombre que al principio le había parecido un infectado, era una persona viva. Justo en ese momento, la niña miró de nuevo a donde se encontraba Lidia escondida y levantó el dedo. El corazón de la doctora dio un vuelco en ese momento. La niña estaba señalándola. La niña estaba delatando su escondite. En ese momento, el hombre alzó la cabeza y la miró dejando entrever una malévola sonrisa. Aquel tipo sabía que estaba ahí.
*****
Juan, Víctor y Ángel seguían esperando. Los infectados que se les acercaban eran abatidos rápidamente y de forma silenciosa para no atraer a más.
—¿Dónde se ha metido? Pronto tendremos a esos encima— dijo Juan señalando a unos infectados que estaban como a unos doscientos metros de ellos. Por el tono de su voz, se notaba que estaba impacientándose.
—Está tardando demasiado. Voy a entrar a buscarla. No tuvimos que dejar que fuera sola—dijo Ángel comenzando a caminar hacia el ambulatorio. Víctor comenzó a seguirlo. En ese momento escucharon un grito. Venia del interior del edificio y era de Lidia.
Los tres se miraron y volvieron a entrar corriendo al ambulatorio. Subieron rápidamente por las escaleras. Al llegar al último piso, vieron a un hombre muy grande y delgado que se llevaba a Lidia a rastras cogiéndola del pelo mientras esta gritaba desesperada y trataba de liberarse. Cuando ella vio a los militares. Les gritó para que la ayudaran.
El hombre que se la llevaba se dio la vuelta y miró a los tres militares con indiferencia. Estos le devolvieron una mirada de asombro. Entonces aquel tipo aceleró el paso y comenzó a correr mientras Lidia gritaba pidiendo socorro.
—No es un infectado— dijo Víctor sin salir de su asombro.
En ese momento, alguien saltó sobre Juan y se agarró a la espalda. Enseguida comenzó a morderle en el cuello, en el hombro, en la cara y en la oreja. Este gritaba y daba vueltas tratando de quitarse a aquello de encima. Ángel vio entonces que se trataba de una niña.
Víctor y Ángel agarraron rápidamente a la niña y la tiraron al suelo. Iba a disparar cuando en ese momento, Ángel notó un fuerte golpe, el cual lo lanzó por los aires y acabó cayendo sobre unas sillas de ruedas. El hombre que había cogido a Lidia, le había pegado un fuerte puñetazo. Aquel tipo se lanzó rápidamente sobre él, desarmándolo. Lo cogió del pie y lo lanzó al otro extremo de la sala de espera. Aquel hombre, pese a su condición física y extrema delgadez, era muy fuerte.
—¡¡Ángel!!— dijo Víctor levantando el fusil, pero el tipo aquel fue mucho más rápido. Se acercó a él y lo desarmó con una rapidez asombrosa. Víctor, aun así, logró pegarle un puñetazo al hombre. El hombre ni siquiera se movió. Enseguida respondió con un fuerte puñetazo que tumbó a Víctor. Este comenzó a escupir sangre. Juan se levantó y atacó al hombre con su machete, pero el tipo, nuevamente, fue más rápido y agarró a Juan por el cuello, levantándolo unos centímetros del suelo. Juan, aun dolorido por los mordiscos de la niña. Golpeaba y pateaba a aquel tipo sin conseguir resultados.
El hombre sonrió y le cogió una mano a Juan. La misma mano con la que sostenía el machete. Aquel tipo se la retorció hasta que crujió. Juan lanzó entonces un grito de dolor. Ángel y Víctor se estaban levantando del suelo para alcanzar sus fusiles. Justamente en ese momento, el hombre lanzó a Juan a través de la ventana, el cristal se rompió y Juan se precipitó hacia la calle. No tardaron en escuchar el golpe seco del cuerpo de Juan chocando contra el asfalto.
Víctor logró alcanzar su arma. Este apuntó al tipo aquel, pero este alzó a Lidia y la usó como escudo. Impidiendo que Víctor pudiera disparar. Seguidamente comenzó a retroceder hacia otra ventana. Ángel se lanzó en ese momento contra el hombre, pero nuevamente fue derribado de un golpe. Fue en ese momento cuando el hombre mugriento sacó una pistola y comenzó a dispararles. Víctor y Ángel totalmente indefensos se pusieron a cubierto. Aquel tipo dejó de disparar, se cargó a Lidia al hombro y echó a correr. Salió por una ventana abierta y desapareció de su vista. Todo había pasado tan rápido y había sido tan extraño que Víctor y Ángel aun no sabían cómo reaccionar. Ese tipo había jugado con ellos como había querido y se había llevado a Lidia delante de sus propias narices.
—¡¡¡Joder!!! Se la ha llevado— dijo Ángel reaccionando por fin y levantándose del suelo. Rápidamente recogió su arma y miró a Víctor.
—Era un hombre. No un infectado… —dijo Víctor sin poder todavía ponerse en pie. Únicamente lo estaba logrando apoyándose en la columna que tenía al lado.
—Tendrías que haber disparado—dijo Ángel mirándolo de nuevo —Era solo uno ¿Cómo ha podido tumbarnos tan fácilmente?
—No podía dispararle. Usó a Lidia como escudo. Ese tío o lo que sea, sabía muy bien lo que hacía— dijo Víctor
—¿Y la niña? ¿Dónde está? —preguntó Ángel mirando a su alrededor.
—No lo sé. La cría desapareció cuando el tío ese nos golpeó— respondió Víctor —Es evidente que estaba con él.
De repente, escucharon el motor de un vehículo se dejó escuchar. Ángel y Víctor se miraron el uno al otro. Los dos se acercaron a la ventana por la que aquel tipo se había marchado con Lidia. Desde allí, vieron una furgoneta destartalada que se alejaba por un camino de gravilla que había entre campos de naranjos. Alejándose a toda velocidad del ambulatorio.
—Ahí es donde llevan a Lidia. Seguro que sigue viva. Tenemos que ir a buscarla. Hay que salvarla —dijo Víctor mirando a Ángel. —Es la única médica que tenemos. Su vida es la más importante del grupo.
—Está bien. Vamos. No hay tiempo que perder—dijo Ángel
Los dos bajaron rápidamente por los escalones del ambulatorio en dirección al exterior. Una vez fuera en la calle, vieron a Juan tendido en el suelo. Sangraba abundantemente por la cabeza y no se movía. Víctor se acercó a él y le tomó el pulso. Estaba indudablemente muerto.
—Ya no hay nada que hacer por él. Ahora vayamos a por Lidia—dijo Víctor levantándose.
Los dos rodearon el ambulatorio y llegaron al camino por el que habían visto alejarse a la furgoneta. Allí, aun marcadas en la grava, estaban las huellas de los neumáticos del vehículo. Ambos siguieron las huellas de los neumáticos hasta que llegaron a una casa con aspecto de granja, había una especie de granero y justo al lado de este, había un gran depósito de agua. Allí también vieron aparcada la furgoneta de aquel tipo, pero no había ni rastro de él. Víctor y Ángel observaban el lugar, ocultos detrás de unos matorrales.
—Lidia está aquí. En algún lugar de esta casa— dijo Víctor observando con los prismáticos.
—Entonces vamos a sacarla. Si ese tío aparece… Le vuelo la puta cabeza. Esta vez no nos va a sorprender —dijo Ángel —Le haremos pagar lo de Juan.
—Hay que buscar una manera de entrar. No podemos hacerlo por la entrada principal. No podemos arriesgarnos a que nos vean. Podrían matar a Lidia. Si estaban ese y la cría… Puede haber más de uno ahí dentro— dijo Víctor pasándole los prismáticos a Ángel.
—Si… Ya había tenido en cuenta esa posibilidad— dijo Ángel observando la casa.
Víctor y Ángel salieron de su escondrijo con cautela y se fueron acercando a la casa. Se colaron por un agujero en la verja y rápidamente se ocultaron detrás de la furgoneta en la que se habían llevado a Lidia. Una vez allí se dieron cuenta del nauseabundo olor que desprendía el vehículo. Volvieron a observar la casa, esta parecía abandonada, pero era evidente que no lo estaba.
—Abre bien los ojos. Si ese capullo aparece… No dudes en disparar— dijo Víctor —No nos dará muchas oportunidades. No nos mató cuando tuvo la oportunidad porque no quiso. Estaba demasiado ocupado con Lidia.
—Tu tampoco dudes— respondió Ángel.
Ambos seguían rodeando la casa en busca de alguna evidencia del paradero de Lidia. En ese momento escucharon un ruido y se escondieron detrás de un coche destrozado que había junto a unas cuadras. Se asomaron un poco y vieron a otro tipo. Era hombre tan demacrado como el otro. Este salió de una especie de granero con techo de uralita. Este portaba una carretilla con restos humanos. Aquel tipo dejó la carretilla y entró en la casa. Víctor y Ángel no salieron de su escondite. Siguieron observando. Aquel tipo se había dejado la puerta de aquel granero abierta.
—Lidia podría estar retenida ahí— dijo Ángel —Empiezo a temer lo que hace esta gentuza.
—Vayamos entonces, pero despacio— dijo Víctor.
Los dos se acercaron al granero y abrieron la puerta poco a poco. Una vez dentro notaron que la temperatura allí era mucho más baja. Aquello era una cámara frigorífica. Víctor se dio la vuelta y cerró la puerta. No disponían de mucho tiempo.
—Mira esto—dijo Ángel señalando a una parte del granero.
Víctor se dio la vuelta y vio la escena mas aterradora de su vida. Ante ellos, había gente colgada boca debajo de unos ganchos. Algunos estaban despellejados. Les habían estado arrancando la piel. Otros tenían un gran boquete en el estómago y les habían extraído las entrañas. Todos carecían de extremidades. Aquello era un matadero.
—¿Qué es todo esto? ¿Quién es esta gente en realidad? — preguntó Víctor mientras observaba los cuerpos. —¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto?
En ese momento escucharon un susurro que venía de algún lugar de aquella sala. Era Lidia quien había susurrado. Los dos avanzaron entre los cuerpos colgados hasta que llegaron a unas jaulas. Lidia estaba encerrada en una de ellas. Al lado, había otras jaulas con gente metida dentro, pero no se movían. Seguramente habían acabado muriendo de frio. Lidia tiritaba.
—Hemos venido a sacarte de aquí— dijo Víctor cogiendo el candado con una mano.
—No tardará mucho en volver. Tenéis que sacarme de aquí— dijo Lidia en voz baja y mirándolos. Entonces notó que faltaba alguien —¿Dónde está Juan?
—Muerto…—respondió Ángel —No logró sobrevivir a la caída.
Víctor seguía tratando de romper el candado. Podría disparar, pero entonces atraería la atención de aquella gente. Miró entonces a Lidia —Tenemos que sacarte de aquí antes de que vuelva, pero no puedo romper el candado ¿Cuántos de ellos has visto?
—He visto a dos hombres, a una mujer y a la niña— respondió Lidia —Es una familia.
—Una de locos— respondió Ángel sin perder de vista la puerta de la entrada. En cualquier momento podría entrar alguien y aquello se pondría peor.
—No hay manera de abrir el puto candado por las buenas. Voy a tener que dispararle— dijo Víctor soltando el candado.
En ese momento escucharon un sonido. Ambos se miraron y corrieron a ocultarse. Cuando lo hicieron, vieron como allí dentro entraba un hombre. Era el segundo que habían visto. Este caminó hacia la jaula donde estaba Lidia y se quedó plantado delante de ella. Llevaba una bandeja con comida. La cual, dejó en el suelo. Después se agachó y miró a Lidia.
—Come— dijo el hombre empujando la bandeja hacia la jaula. Lidia observó que dentro del plato había carne. Enseguida se imaginó su procedencia y se negó a comer. Aun así, aquel tipo volvió a insistir. —Come…— como Lidia no hizo caso, aquel tipo sacó lo que parecía una porra eléctrica y la metió entre los barrotes. Dándole a Lidia una descarga. Eso hizo que Víctor no aguantara más y saliese apuntando al hombre. Este, al verlo se quedó quieto, mirando a ambos militares.
—Sácala de ahí o te mete una bala en la cara— amenazó Víctor.
—Déjala salir— dijo Ángel —No te lo volveré a repetir.
Aquel tipo se puso en pie con las manos en alto y comenzó a retroceder alejándose de la jaula. Entonces comenzó a hablar. —¿Qué creéis que va a pasar? Puede que me matéis… Pero… ¿Qué creéis que pasará después? No saldréis vivos de aquí.
—Quédate quieto—dijo Víctor —Esto puede acabar bien para todos. Puede solucionarse.
El hombre no hizo caso a las advertencias de Víctor y siguió retrocediendo. Llegó hasta una mesa que tenía detrás. Agarró rápidamente una sierra mecánica y atacó. Víctor y Ángel comenzaron a disparar en ese momento y las balas comenzaron a atravesar el cuerpo de aquel hombre hasta que cayó al suelo. Una vez abatido, se lanzaron sobre él y comenzaron a buscar las llaves de la jaula. Cuando las encontraron, se apresuraron a abrir la puerta para que Lidia saliera.
—Salgamos de aquí ya— dijo Víctor comenzando a correr hacia la puerta. La abrió de una patada y salió apuntando en todas direcciones. Esperando que llegara algún ataque, pero no ocurrió nada. Ángel y Lidia salieron corriendo detrás y fue en ese momento cuando una flecha salida de la nada, se clavó en el estómago de Ángel, este se desplomó repentinamente a causa del dolor y Lidia se agachó rápidamente a su lado. Víctor miró hacia el lugar de donde le había parecido que había venido la flecha y entonces lo vio. Detrás de una puerta estaba aquel tipo desagradable del ambulatorio, armado con una ballesta y preparando una nueva flecha.
Víctor lanzó un grito de rabia y comenzó a disparar al hombre mientras cubría a Ángel y Lidia.  Víctor se fue acercando a Lidia mientras no dejaba de disparar. Cuando la alcanzó, entre los dos levantaron a Ángel y comenzaron a correr en dirección contraria a la que en principio se dirigían. El tipo de la ballesta también había desaparecido.
Lograron llegar al camino tras cruzar una puerta de hierro trasera. Si se daban prisa, dejarían atrás esa granja. En ese momento escucharon de nuevo el sonido de la motosierra a sus espaldas. El tipo del ambulatorio había dejado la ballesta y en esos momentos corría hacia ellos con la motosierra en alto mientras gritaba.
Víctor se detuvo y dejo a Ángel a cargo de Lidia. —Corre, yo lo freno aquí. Nuestro vehículo sigue estando aparcado delante del ambulatorio.
Lidia comenzó a correr con Ángel a cuestas. Mientras tanto, Víctor apuntaba a aquel tipo. Justo cuando iba a disparar. Una flecha se clavó en su costado y el cayó de rodillas. Dos flechas más se clavaron en su pecho. Eso hizo que Lidia se detuviera en seco.
Víctor estaba herido. Una mujer armada con la ballesta estaba disparando flechas desde una ventana mientras que el hombre de la motosierra se había detenido junto a Víctor. Apagó la motosierra y comenzó a golpear a Víctor con violencia. Lidia dejó a Ángel entre los naranjos y se dispuso a salir a plantar cara, ya que, en cierto modo, ella se sentía culpable de aquella situación. Cogió la pistola que Ángel llevaba y pese a que le temblaban las manos. La empuñó.
En ese momento, Ángel reaccionó y la cogió del brazo —Utiliza mi fusil y acaba con ese cabronazo.
Lidia cogió el fusil y seguidamente comenzó a correr hacia el camino.
*****
Víctor estaba tirado en el suelo. Sangraba mucho. Estaba casi inconsciente después de la brutal paliza que estaba recibiendo por parte de aquel grotesco hombre, pero, aun así, pudo hablar mostrando una sonrisa.
—Vamos caníbal cabrón. Ya casi me tienes. Mátame ya. Y no te olvides de que cuando me comas…— Víctor tosió sangre —…No te olvides de empezar por mis cojones—dijo Víctor comenzando a reír a carcajadas y dándolo todo por perdido.
El hombre sacó entonces un machete y se lo clavó en el estómago. Luego comenzó a retorcérselo mientras mostraba una macabra sonrisa, estaba disfrutando del momento. Víctor comenzó a gritar de dolor hasta que perdió el conocimiento. Se iba…
*****
Lidia se armó de valor y comenzó a disparar cuando vio caer a Víctor inconsciente. Sintió el retroceso del fusil y el dolor que le provocó, pero no le importó. Las balas impactaron en la cabeza del hombre y este se desplomó rápidamente en el suelo. Lidia dejó caer el fusil y se acercó corriendo a Víctor. Cuando llegó junto a él, comprobó que siguiera vivo. Lo estaba, pero muy malherido. Ángel también apareció allí y se acercó tambaleándose mientras se tapaba la herida.
—Vamos. Lo llevaremos al coche y iremos a algún lugar seguro a para curarnos. Luego nos encontraremos con los otros. Ahora mismo lo más importante es la vida de Víctor—dijo Ángel mientras observaba como Lidia le cubría las heridas. Las cuales no parecían muy profundas. Aquel tipo que yacía muerto al lado no había tenido intención de matare. Únicamente quería hacerle sufrir.
La mujer había desaparecido. Ya no les lanzaba flechas. Probablemente había huido del lugar. Regresaron por donde habían venido y llegaron al coche. Pusieron a Víctor en el asiento de atrás y allí, mientras Ángel les cubría. Lidia le practicó los primeros auxilios a Víctor. Al menos para que aguantara hasta regresar al instituto, donde lo tendría mejor atendido. Después de atender a Víctor miró a Ángel.
—¿Tu cómo estás? — preguntó Lidia mirando a Ángel.
—Yo estoy bien. No es una herida grave. Mi compañero está peor que yo—respondió Ángel.
—Quiero pediros perdón— dijo en ese momento Lidia mientras miraba el cuerpo de Juan. El cual habían cubierto con una bata de médico. —Si yo no me hubiese empeñado en regresar… Podríamos habernos ido de aquí antes y nada de esto habría pasado. Ahora Juan está muerto y Víctor gravemente herido. Me siento culpable.
Ángel iba a responder cuando algo les embistió por detrás. Lidia se giró rápidamente y vio un vehículo detrás de ellos. Al volante estaba la mujer de aquella casa. Los había seguido hasta allí.
La mujer comenzó a embestir el coche con la furgoneta repetidas veces. Víctor que seguía inconsciente, había sido lanzado hacia delante a causa del golpe. La mujer lanzaba gritos enfurecida, presa de la cólera. Se bajó rápidamente de la furgoneta y con un hacha comenzó a golpear el coche en el que se encontraban Lidia, Ángel y Víctor.
Sin pensárselo dos veces, Lidia arrancó el motor del coche. La mujer se quedó enganchada cuando el coche comenzó a moverse. Siguió dando golpes y Lidia frenó en seco. La mujer se soltó y cayó al suelo, rodando por el asfalto.
Los infectados que había cerca se acercaron, sintiéndose atraídos por el alboroto. Estos rodearon a la mujer que estaba malherida en la carretera. Enseguida comenzaron a morderle mientras aquella desquiciada mujer gritaba de dolor. Lidia ni siquiera la miró. Ni siquiera sintió lastima por ella, volvió a pisar el acelerador y se marcharon de allí.

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