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domingo, 30 de julio de 2017

ZOMBIES Capitulo 4 Horas Antes

4
HORAS ANTES

16 de junio de 2010
Instituto de Puzol…
2:45 horas…

Paco se sobresaltó con el sonido de una sirena. Se encontraban acampados en el instituto de puzol desde aquella misma mañana. La misión había sido ir allí a prestar ayuda a los civiles cuando las cosas se salieran de madre, y el sonido de la sirena era un indicativo de que la situación se había desmadrado por completo y los infectados habían aumentado su número considerablemente, aunque el, tanto como los demás militares, a excepción del sargento Molano. Ninguno había visto a un infectado cara a cara. En ese momento, Jorge, se acercó a él a la carrera, y Paco, se lo quedó mirando, parecía que Jorge estaba nervioso.
—Vamos, hay infectados intentando entrar en el instituto. Han logrado mantenerlos a raya, pero nuestra sección debe estar en el aire en menos de cinco minutos. —dijo Jorge
Paco sabía muy bien lo que eso significaba. Quería decir que estaban a punto de entrar en combate. No pudo evitar comenzar a temblar un poco. Por cosas que había escuchado, los infectados eran muy peligrosos y agresivos. Había escuchado historias de los mandos sobre Madrid. Donde un pelotón, había sido rodeado y despedazado por una multitud de infectados. Algunos incluso, aseguraban que los infectados se estaban comiendo a aquellos a los que mataban. Paco y Jorge cogieron sus armas del aula que habían establecido como arsenal y comenzaron a correr por los pasillos junto a más soldados hacia el exterior. Cuando salieron, fueron alumbrados por uno de los focos. Sobre ellos, se extendía un cielo nocturno, en el cual, podían verse columnas de humo acompañadas del sonido de explosiones, disparos y algún que otro grito desgarrador de alguien que había sido víctima de aquellos seres que parecían salidos del mismísimo infierno.
—Tío. Deberías verlo. Los infectados están llegando a las vallas— dijo un soldado llamado Jon Castro. Paco miró hacia donde Jon señalaba. Se trataba de las vallas. Allí vio a varios soldados disparando a través de los barrotes a unas oscuras siluetas, a las que alcanzó a ver cuándo estas metían los brazos a través de los barrotes. A Paco le costaba entender como una persona cualquiera, podía pasar de ser alguien normal a una especie de animal salvaje. Los gritos eran desgarradores, especialmente cuando unos brazos oscuros que parecían quemados, agarraron a uno de los soldados y lo hicieron chocar repetidas veces contra los barrotes.
Cuando estaban llegando a uno de los helicópteros. Paco miró a Jon. —¿A dónde nos llevan?
—Nuestra sección se va a encargar de evacuar a todos los civiles posibles. Además de eliminar a todo los infectados que nos crucemos. Esas son nuestras ordenes— respondió Jon a medida que subían al helicóptero y tomaban asiento. Cuando el helicóptero estaba ya listo para despegar, el sargento Molano se subió de un salto, dio la orden y el helicóptero comenzó a elevarse.
—¿Dónde nos dejaran? — preguntó Paco mirando a sus compañeros. Algunos de ellos no podían ocultar una expresión de miedo. Era algo normal. Estaban a punto de enfrentarse a algo tan desconocido como terrorífico y violento.
—Nos van a dejar en el ayuntamiento de este pueblo. Desde allí avanzaremos eliminando a todos los enemigos— respondió un soldado llamado Víctor mientras se ajustaba el casco. Otros soldados hicieron lo mismo.  Algunos incluso se encendieron cigarrillos y comenzaron a pasárselos los unos a los otros. En ese momento, Molano se plantó en el medio y comenzó a dar las órdenes.
—Muy bien chicas. Esto es lo que vamos a hacer. En primer lugar, bienvenidos a Puzol. Un pequeño pueblo de Valencia…— Paco recordó en ese momento, que Juanma, su compañero, había dicho varias veces que era de un pueblo llamado Puzol. Lo extraño, era, que no había acudido al instituto. ¿Podría haberle ocurrido algo? Molano siguió hablando. –Como muchos sabéis, descenderemos en el ayuntamiento. Desde allí, avanzaremos hacia la iglesia que hay en la plaza de Santa Marta. Allí están evacuando a civiles. Nosotros nos ocuparemos de recoger a los que podamos y escoltarlos hasta el punto de evacuación, al mismo tiempo que reventamos a esos infectados. Ya os hemos hablado de ellos. Aunque tengan un aspecto humano, ya no lo son. No podéis razonar con ellos, así que no lo intenteis. Si dejáis que se os acerquen, os arrancarán la cara a mordiscos. Hacen eso. Si veis uno, no importa que sea un crio, un viejo o una tía con las mejores tetas que hayáis visto en toda vuestra vida. Cosedlo a tiros. No os acojoneis. No quiero acojonados. ¿Preguntas?
Jorge sonrió y miró a Paco –Está como una cabra, pero este cabronazo, de vez en cuando dice verdades como puños.
Paco le devolvió la sonrisa a su compañero y seguidamente miró por una de las ventanillas. Ya estaban en el aire y veían pasar los edificios por debajo de ellos. En una de esas ocasiones le pareció ver a una mujer correr por una de las terrazas mientras era perseguida por un grupo de personas. Lo último que le pareció ver, fue a aquella mujer arrojándose hacia la calle y chocando contra el asfalto.
De repente una fuerte explosión provocó que el helicóptero diera unas cuantas sacudidas en el aire. Muchos soldados se agarraron fuertemente a sus cinturones de seguridad. Paco miró por la ventana nuevamente, y vio como un edificio había estallado en llamas y estaba comenzando a venirse abajo. Paco no quería imaginarse lo que podría haberles pasado a los que vivían allí. La situación estaba completamente fuera de control, y eso, solo hacía que los soldados comenzaran a sentir verdadero terror por aquello a lo que se iban a enfrentar.
—¡¡¡Joder tío!!! Parece que nos han metido en la puta tercera guerra mundial—dijo Jon en el momento que escucharon otra explosión cercana.
—Esto es el infierno— dijo un soldado llamado Ángel. —¿Habíais visto algo así alguna vez?
Otro soldado, un joven chileno, comenzó a rezar. Entonces Enzo lo interrumpió. –Deja de rezar. No hay ningún dios que te escuche. Ni a ti ni a nadie. Estamos solos.
El helicóptero comenzó a sobrevolar el ayuntamiento de Puzol. Eran las tres de la madrugada. El helicóptero tomó tierra en medio de una plaza y los militares comenzaron a bajar con las armas preparadas. No tardaron en comenzar a escuchar disparos que venían de una de las calles. Los cuales, sonaban cada vez más cercanos, de pronto se detuvieron. Únicamente se escuchaban los de la lejanía. Paco se imaginó que en muchos lugares estaba ocurriendo algo similar.
—Menuda debe haber armada por ahí— dijo Enzo mientras se sacaba un cigarro del bolsillo. Se lo puso en la boca, justo cuando fue a encenderlo, Molano se lo quitó.
—Apágalo y ya te lo fumarás cuando hayamos hecho lo que hemos venido a hacer— Molano miró a todos sus soldados. –Avanzad, seguidme y estad atentos.
Paco y los demás soldados comenzaron a avanzar por las calles. Lo hacían con cautela. En ese instante, vieron a un grupo de personas paradas en la calle frente a lo que parecía un portón de madera. Estaban como intentando entrar. Estaban a unos cincuenta metros de ellos y no parecían haber reparado en los militares. En ese momento un soldado apellidado Pardo los observó. —¡¡¡Eh!!!— gritó el soldado. –Hemos venido a por ustedes— Molano intentó detenerlo y hacer que se callara, pero, ya era demasiado tarde. Todas aquellas personas, dejaron de golpear el portón de madera y volvieron la mirada hacia ellos, entonces comenzaron a avanzar. Cuando habían recorrido unos diez metros, Molano vio en ellos algo raro.
—Deténganse. No den un paso más— Molano alzó el fusil y les apuntó. Entonces las personas aceleraron el paso. La gente seguía corriendo hacia ellos y pese a las constantes advertencias de Molano, no parecían escucharles. —¡¡¡Deténganse!!!— cuando ya estaban cerca, vieron que se trataba de infectados.
—Joder— dijo un soldado al verlos de cerca. Ya casi estaban sobre ellos.
—¡¡¡¡¡¡Fuego!!!!!!!— gritó Molano al tiempo que el comenzaba a disparar. Paco y los demás comenzaron a disparar también. Hicieron blanco en el pecho de algunos infectados, pero eso no los detuvo. Rápidamente se volvían a levantar para seguir avanzando. Solo aquellos a los que habían alcanzado en las piernas parecían moverse más lentamente, pero eso no les impedía seguir avanzando. Entonces, los militares comenzaron a retroceder sin dejar de disparar.
—¿Por qué no se mueren? —preguntó Jorge mientras cambiaba el cargador.
En ese momento, otro grupo de infectados llegó corriendo por otra calle. Eso hizo que algunos militares dejaran de disparar al primer grupo y se concentraran en el segundo, el cual, era más grande que el primero.
Molano miró a ambos grupos y comenzó a gritar. –Retirada inmediata. No dejéis que nos rodeen. ¡¡¡Alto el fuego!!! Abatidlos con la culata para ahorrar munición— Los soldados dejaron de disparar y junto al sargento emprendieron la retirada. Solo algunos se daban la vuelta de vez en cuando para volver a disparar y ralentizar el avance de aquellos seres.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no se mueren? — preguntó Ángel sin dejar de correr.
—Si nos cogen, estamos muertos. No dejéis de correr—dijo Jorge mientras disparaba a un infectado que salió de un portal.
Los militares corrieron a toda velocidad hasta que llegaron a una bifurcación. En ese mismo instante, comenzaron a escuchar disparos que venían de un poco más lejos. Molano supo que se trataba de otro grupo de militares o quizás de la policía, tratando de controlar la situación. Eso hizo que algunos infectados dejaran la persecución y comenzaran a correr por otra calle. Los militares siguieron corriendo hasta que llegaron a un puente por el que pasaba una vía de tren y allí pudieron pararse a descansar y recuperarse.
—¿De dónde vienen esos disparos? ¿Son de los nuestros? —preguntó Paco
—Es posible. Venga vamos. No olvidemos para que estamos aquí –respondió Molano mientras comenzaba a avanzar hacia el lugar de donde venían los disparos.
Llegaron a otro puente. Allí había varios coches patrulla de la policía y ambulancias. Allí las fuerzas del orden del pueblo, habían establecido un perímetro de seguridad y se habían situado detrás de una barricada hecha de madera apoyadas en los vehículos. También había varios civiles heridos que estaban siendo atendidos por algunos médicos. Los policías estaban disparando sin parar.
Molano se acercó al policía más cercano y se agachó a su lado, el policía lo miró en ese momento y Molano se presentó —Soy el sargento Molano del ejército de tierra. Informe de la situación.
—Sargento de policía Garcés— se presentó el agente —La situación es un jodido infierno. Hay infectados por todas partes. Esto es un maldito caos. Hemos perdido a la mayoría de los habitantes.
—Les hemos descargado encima una lluvia de balas y no les hemos hecho nada. ¿Se conoce alguna manera de acabar con ellos? — preguntó Molano. La situación lo estaba desesperando.
En ese momento, escucharon un grito desgarrador. Todos miraron hacia el lugar de donde venía el alarido y entonces, vieron a uno de los civiles heridos sobre una de los médicos. Este le estaba mordiendo en la mejilla. De pronto, la barricada cedió y los infectados comenzaron a abrirse paso y a abalanzarse sobre militares y policías.
Paco y los demás militares comenzaron a disparar a los infectados más cercanos, en ese momento, Mario, uno de los soldados, comenzó a gritar. Un grupo de aquellos seres que parecía haber salido del infierno lo había rodeado. Él había comenzado a disparar hasta que se había quedado sin munición. Cuando eso ocurrió se le echaron encima y comenzaron a despedazarlo.
—¡¡Joder!!— grito Ángel al ver como despedazaban a su compañero.
Jorge comenzó a disparar contra los infectados que estaban haciendo pedazos a Mario. Sus demás compañeros y policías, estaban tratando de volver a cerrar la brecha que aquellos seres habían abierto. Además, los disparos estaban atrayendo a más infectados. Los cuales comenzaron a circular por todas las calles, todos iban hacia ellos.
—Escuche ¿Hay alguna manera de llegar hasta los supervivientes de la plaza de Santa Marta? Es nuestra misión. Aquí no hay nada que hacer. Esto es una batalla pérdida.
—Pasen por debajo de ese puente y sigan recto hacia una avenida. Allí, tuerzan a la derecha, y entren en una calle llamada Ildefonso Ferro. Allí verán la plaza y la entrada de la iglesia— explicó el policía mientras disparaba a uno de los infectados.
—¡Sargento! ¡Mario está muerto! Tenemos que irnos— dijo uno de los militares llamado Alex, retrocediendo mientras disparaba. Este llegó hasta una de las ambulancias. Justo cuando iba a entrar para refugiarse. Un civil infectado se abalanzó sobre él y comenzó a morderle en la cara, haciendo que presionara el gatillo de su fusil y abatiera a algunos militares y policías.
—Seguidme. Nos largamos de aquí ¡¡Vamos!!— dijo Molano corriendo en dirección al puente mientras disparaba a un grupo de infectados que se había cruzado en su camino. A algunos, los golpeó con la culata de su fusil. Después, siguió corriendo.
Los demás militares y algunos policías comenzaron a correr mientras hordas de infectados pasaban sobre los coches patrulla. Estos, avanzaban corriendo. Cervantes, uno de los militares, se detuvo a disparar y se quedó sin munición. Entonces los infectados lo acorralaron. Este cayó de espaldas sobre un vehículo y aquellos seres se le echaron encima, entonces comenzaron a destripar a Cervantes, este comenzó a gritar y Mark se paró a disparar a discreción sin tener en cuenta la munición. Finalmente se quedó sin ella y sacó su cuchillo. Este comenzó a luchar contra los infectados de forma frenética.
Sandro vio a su compañero en apuros y acudió en su auxilio —¡Vamos! No hay tiempo. Está muerto. ¡¡¡Vamos corre!!!— Sandro golpeó varias veces a una infectada que se le puso delante. En ese momento, un infectado salido de la nada, se lanzó sobre Mark y le mordió en un brazo. Mark se quitó al infectado de encima de un golpe y se abrió paso entre los que tenía frente a él. Se reunió con su compañero Sandro y ambos, comenzaron a correr junto a sus compañeros.
Siguieron corriendo hasta que llegaron a la otra barrera policial. Allí un policía herido salió a su encuentro.
—Están evacuando en la plaza. Sigan por esta calle y cubran a los civiles. Allí les necesitan. Esto es un infierno. Deben sacar de aquí a todos los que puedan—dijo el policía
Desde el puente venían más infectados. Cuando los policías se prepararon para abrir fuego, se escuchó una explosión proveniente desde la plaza. Algo estaba ocurriendo allí.
—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó Jorge mirando a sus compañeros.
—Una explosión. Viene de donde están los civiles. Del lugar al que nos dirigimos—dijo Paco.
De repente escucharon gritos y vieron como la gente comenzaba a correr. Un montón de gente salió corriendo de la plaza y se abrió pasos a empujones por la calle, llegando hasta la barrera policial. Un hombre tropezó y cayó de bruces. Este fue pisoteado varias veces y Paco se apresuró a alcanzarlo entre la marabunta de gente. Lo ayudó a ponerse de pie.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué huye la gente? — en ese momento escucharon disparos en la plaza. Eso hizo que Paco se preocupara todavía más.
—¡¡¡Infectados!!!— alcanzó a decir el hombre entre balbuceos. —Había gente infectada entre los supervivientes— el hombre apartó de un empujón a Paco y echó a correr.
Justo en ese momento, un helicóptero de civiles se desestabilizó en el aire y terminó estrellándose contra un edificio cercano, haciendo que varios cascotes cayeran sobre la barrera policial.
—Joder. Esto está descontrolado. Hay que retirarse ahora mismo. Regresamos al instituto ¡¡Vamos!!—gritó Molano. –Venga. Es una orden.
—Pero mí sargento… Los civiles...— Jorge no podía creerse lo que estaba escuchando. Molano quería emprender la retirada y dejar tirados a los civiles. Quería dejar de lado su misión.
—A la mierda los civiles— respondió Molano —Hemos llegado a un punto que ya no hay nada que hacer, que solo importa que salvemos nuestras vidas. ¡¡¡Retirada!!! ¡¡¡Es una jodida orden!!!
Los militares, pese a que la orden era contraria a ellos, comenzaron a correr hacia la carretera Barcelona, la cual estaba a unos diez metros de ellos. Era imposible regresar al ayuntamiento o pedir ayuda por radio. Solo les quedaba regresar a pie al instituto. Los policías comenzaron a disparar contra los infectados que los estaban asediando. Mientras Paco corría, se giró y vio como los infectados, se echaban encima de los policías y de algunos civiles que habían logrado escapar en un primer momento. Paco sabía que abandonar su misión y dejar tirados a los que se suponía que debían proteger, no estaba bien, pero, aun así, siguió corriendo. Maldiciéndose a sí mismo por obedecer una orden tan cobarde. Corrieron hasta llegar al colegio infantil “La cometa”. Allí, vieron que las puertas estaban abiertas, allí decidieron pararse a descansar antes de seguir su camino de regreso al instituto. Una vez dentro, Molano ordenó que cerraran las puertas.

4:00 de la madrugada…
Colegio “La cometa” …


Había pasado una hora desde que Molano y los militares se habían detenido en el colegio. Una vez dentro, se habían asegurado de que no hubiese nada ni nadie.
Se habían refugiado en el interior de una de las aulas y habían estado preparándose para volver a salir, esta vez para llegar por fin al instituto. Desde allí usarían la radio para pedir ayuda y que fueran a sacarlos del pueblo.
Molano se encontraba sentado junto a unas ventanas. Entonces se percató de cómo lo miraban algunos soldados. —¿Se puede saber qué ocurre?
—Sargento— comenzó a decir Jorge —Usted ha dado una orden y nadie iba a contradecirla, pero esa orden ha sido la de un cobarde. Se supone que vinimos a rescatar a la gente. Arderemos en el infierno por lo que hemos hecho.
Molano resopló –Muy bien. Si no os parece bien lo que ha pasado, bastaba con que os hubieseis quedado allí. Habríais muerto para nada. Esa gente ya estaba muerta. Quedarnos no hubiese cambiado nada. Y ahora, se acabó lo de hablar de ese maldito tema. Ahora saldremos de aquí, llegaremos al instituto y nos largaremos de esta mierda de sitio. A partir de ahora, no quiero que nadie vuelva a cuestionar mis órdenes.
—Nuestra misión era clara— dijo Jorge –Hemos fallado.
—Hemos actuado como unos cobardes. Debería darnos vergüenza—dijo Paco
Los demás militares no dijeron nada. Comenzaron a agachar la cabeza y a hablar entre ellos en voz baja. Todos miraban a Molano con recelo, y eso hizo que el sargento se alterara.
—¿Qué es esto? ¿Un motín? ¿Vais a decidir dejar de seguir mis órdenes? Soy el puto sargento de esta sección. El incumplimiento de una orden de un superior se paga con un consejo de guerra— dijo Molano totalmente fuera de sí. Estaba tan furioso, que algunos militares pensaron que iba a hacer alguna locura. Solo Paco y Jorge se pusieron de pie y se plantaron ante él.
—¿Un consejo de guerra? ¿Está hablando en serio? — preguntó Paco –Creo que usted está perdiendo el norte.
—Si la situación sigue como hasta ahora, vamos a morir todos. Nadie va a tener un consejo de guerra—dijo Jorge –Porque visto lo visto. Todo se ha ido a la mierda. Ya hemos perdido a varios de los nuestros, y esto no está pasando solo aquí. Esto es a nivel mundial.
Molano ignoró las palabras de aquellos que cuestionaban su decisión, se calmó y preguntó —¿Cuantos quedamos?
—Quedamos dieciocho—respondió Enzo.
—Bien. Es hora de ponernos en marcha. Saldremos de aquí ahora mismo. El instituto no está muy lejos de aquí. Saldremos con los ojos bien abiertos, y si se cruza con nosotros algún infectado, se le elimina. ¿Entendido?
De repente, el walki talkie que llevaba Sandro comenzó a sonar y este se apresuró a cogerlo. Cuando contestó, se escucharon gritos y disparos de fondo, además de una voz angustiada que pertenecía a algún militar.
—Necesitamos ayuda… Están por todas partes… No podemos pararles, les disparamos… Y siguen avanzando… Esto es un caos…
—Mi sargento, parecen apurados. Deberíamos ir a ayudarles —dijo Sandro –Son nuestros compañeros.
Molano hizo un gesto de negación con la cabeza —Ya no es asunto nuestro. Tenemos problemas propios. Revélales nuestra posición. Si llegan que lleguen, les esperaremos si es que van a venir, pero no vamos a salir en su búsqueda. Está decidido.
Sandro rápidamente comenzó a hablar. –Aquí Sandro de la sección del sargento Molano. Nos encontramos en el colegio de párvulos “La cometa”. Traten de llegar hasta nosotros. Nosotros no podemos acceder hasta vosotros…— la comunicación se cortó de repente —¡¡¡Joder!!! Mierda. Se ha cortado—dijo Sandro con frustración. Tanta, que estuvo a punto de estampar el walkie talkie contra el suelo.
—Lo siento por ellos, pero no lo lograrán— dijo Molano –Ahora que cada uno se las apañe como pueda. Venga, hora de partir.
Comenzaron a dirigirse hacia las puertas para salir. En ese momento, Mark se mareó y vomitó.
—¿Te encuentras bien? — preguntó Jorge acercándose a él. –Tienes mala cara.
—No lo sé— respondió Mark al tiempo que Jorge le ponía la mano sobre la frente para tomarle la temperatura. –Me encuentro mal y la herida del brazo me duele. Me arde, literalmente.
—¿Es donde te mordieron? — preguntó José.
—Si— respondió Mark.
—Creo que podría haberse infectado— dijo un militar llamado Cesar. Él era algo así como el medico del grupo.
Todos miraron a Mark y temieron que pudiese volverse como todos los demás infectados. Entonces Molano se plantó ante ellos.
—Llegaremos al instituto y allí descansaran.
Llegaron a las puertas y salieron con cautela. Una vez fuera, comenzaron a caminar entre los coches abandonados y calcinados por algún pequeño fuego reciente. Cesar caminaba junto a unos coches cuando de repente, unos brazos surgieron del interior de uno de los vehículos y agarraron a Cesar. Uno de aquellos seres tiró de Cesar hacia el interior del vehículo. A los demás no les dio tiempo a reaccionar y el infectado quemado comenzó a morder a Cesar en el cuello.
—¡¡¡Cesar!!!— gritó Paco lanzándose sobre las piernas de su compañero y comenzando a tirar de él.
Sandro rodeó rápidamente el vehículo y se lanzó hacia el interior del vehículo. Agarró fuertemente al infectado intentando quitárselo a Cesar de encima. El infectado se volvió y se le echó encima a Sandro. El infectado mordió a Sandro en el hombro. Molano se acercó por la luna delantera del coche, se subió al capó y le asestó un violento golpe al infectado, destrozándole la cabeza, de la cual, comenzaron a caer los sesos sobre uno de los asientos.
—Gracias sargento— dijo Sandro dejándose caer en la acera al tiempo que observaba la herida de su hombro.
—De nada— respondió Molano. –Ahora levántese.
—¿Cómo está Cesar? —preguntó Sandro mientras se iba levantando.
—Está muerto— respondió Jorge –Le ha rajado la garganta. Lo siento.
—Será mejor que nos vayamos hacia el instituto. Ya no podemos hacer nada por el—dijo Molano.
Todos los militares se pusieron en camino.  Por el camino no tuvieron problemas con los infectados. A los grupos de estos que vieron, estaban demasiado ocupados devorando cuerpos de personas. Ellos avanzaban ocultándose cada vez que podían. Por el camino, Molano iba pensando en cómo había acabado con aquel ser. Las balas no parecían hacerles nada les disparasen donde les disparasen. Daba igual que les dispararan en pleno corazón, eso no los mataba, pero el, si había matado a uno de ellos. Lo había hecho cuando le había destrozado la cabeza. Aunque no les dijo nada a los soldados, él llegó a la conclusión de que quizás, para matar a esos seres, era necesario destruirles el cerebro.
Unos pasos más atrás. Un grupo de militares entre los que estaban Paco y Jorge, iban hablando sobre lo sucedido. Jorge llevaba a Mark a cuestas, parecía que este había empeorado.
—¿Por qué está pasando esto? ¿Qué hemos hecho para merecer esto? — preguntó Paco –Nunca me imaginé que viviría algo como lo de esta noche.
—¿No es evidente? Esto es el fin del mundo—dijo Mark. Entonces tosió y cuando se cubrió la boca. Cuando retiró la mano, vio sangre. Eso hizo que Jorge lo mirara.
—Cuando lleguemos al instituto, podrás descansar. Ya verás como no es nada. Mañana estarás dando saltos y bailando Break Dance. Confía en mi palabra.
—Ojalá sea cierto, pero tú y yo sabemos que eso no es así. La herida me arde y siento que en cualquier momento voy a perder el conocimiento. No deberías estar cargando conmigo. Podría ser una bomba de relojería ahora mismo—dijo Mark
En ese momento, un infectado salió de detrás de un contenedor, clavó la mirada en ellos y comenzó a correr rápidamente.
—Ahí viene uno— dijo Sandro levantando el fusil con intención de disparar, entonces, Molano se pudo delante de él.
—Si disparas, atraerás la atención de todos los infectados de los alrededores. Deja que yo me ocupe de esto— dijo Molano decidido a comprobar su teoría. Sacó su cuchillo de combate y esperó al infectado. Este se abalanzó sobre Molano y el sargento comenzó a clavarle el cuchillo en varios puntos del cuerpo. Lo derribó y lo apuñaló varias veces, sin conseguir matarlo. Entonces le clavó el cuchillo en la cabeza y el infectado se quedó inmóvil. —Este ya no se vuelve a levantar—dijo Molano –Es la cabeza. Para matarlos hay que darles en la cabeza- todos vieron como Molano sonreía.
Siguieron caminando hasta que llegaron a una calle que se encontraba a un par de manzanas del instituto. Una vez allí, vieron a varios infectados. Estos enseguida comenzaron a correr hacia ellos.
—¡¡¡A correr todos!!!— gritó Paco al mismo tiempo que comenzaba a disparar.
Todos comenzaron a correr con una gran multitud de infectados detrás. Iban avanzando calles hasta que por fin llegaron a las vallas del instituto. Los más agiles que fueron los primeros en llegar comenzaron a saltar las vallas. Jorge llegó también y comenzó a ayudar a trepar a Mark mientras Paco y J.D los cubrían.
—Nos van a coger—dijo J.D
La situación era desesperada. Los infectados los estaban arrinconando. Y no todos habían conseguido saltar. Mark se resbalaba constantemente. De pronto, la puerta mecánica comenzó a abrirse. Seguramente, los que habían llegado primero, habían alcanzado la sala del conserje y habían abierto las puertas. Jorge cargó de nuevo con Mark y cruzó la puerta a la carrera y seguidamente, volvieron a cerrarla. Aplastando a algunos infectados en ella.
—Ya estamos aquí. Llevad a los heridos al aula establecida como enfermería y que descansen. Yo voy a dormir un poco— dijo Molano avanzando hacia el interior del edificio.
Paco se quedó mirando a los infectados que metían los brazos a través de los barrotes tratando de cogerlos. No podían entrar, pero si no los sacaban de allí y seguían llegando más y más. No podrían salir nunca. Paco también se lamentó por todos aquellos a los que habían dejado atrás. Esperaba que estuvieran bien.

Día 17 de junio de 2010

Paco terminó de contar la historia y yo me levanté mientras les lanzaba una última mirada a los infectados —Veo que lo habéis pasado bastante mal—dije yo
—Después de eso todo ha sido normal. Hasta que habéis llegado tus compañeros y tú—dijo Paco –Supongo que ha sido cosa del destino.
—Bueno muchachos, voy a dormir. Despertadme cuando me toque la guardia—dije yo recostándome en una esquina. No tardé en cerrar los ojos y quedarme dormido.

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