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domingo, 30 de julio de 2017

ZOMBIES Capitulo 6 Solos

6
SOLOS

Día 17 de junio de 2010
Cine teatro d Puzol…

Félix estaba tumbado en un colchón dentro de uno de los camerinos del cine teatro de Puzol. Él y otros supervivientes, se habían refugiado allí. Allí se encontraban a salvo, aunque se les estaba acabando la comida y pronto iban a necesitar más. Era él segundo día que estaban escondidos en aquél lugar desde la evacuación fallida.
Él, al igual que otros habitantes de Puzol, Félix había tratado de abandonar el pueblo por carretera durante las primeras horas de infección. En la radio y en la televisión, decían muchas cosas, pero no sabía si creérselo. Hablaban de una enfermedad extraña, aunque decían, que sus síntomas eran idénticos a los de la gripe. Se hablaba de ciudades estadounidenses enteras, arrasadas por él ejército de estados unidos y de las incontables bajas, tanto civiles como militares. Era la primera vez que Félix vivía algo así tan de cerca. Únicamente se hacía una pregunta, seguramente la misma que estarían haciéndose millones de personas a lo largo y ancho del globo: ¿Qué demonios estaba pasando en el mundo?
En las noticias había visto cómo en valencia se habían originado disturbios, los cuales, habían terminado con los reporteros que cubrían las noticias, muertos ante las cámaras. Eso conmocionó a Félix. Tanto que apagó la televisión. Al final se hartó y decidió que era hora de marcharse del pueblo. No sabía dónde ir, no tenía la menos idea, pero desde luego, no se iba a quedar en él pueblo.
Bajó a la calle y se dirigió hacia su coche. Antes de subir, miró a ambos lados y vio a gente que cargaba sus coches con equipaje. Todos habían tenido la misma idea que él. Todos se marchaban. Tenía que haberse imaginado que él no iba a ser el único en tener esa idea. Justamente en ese momento, pasó un camión lleno de militares, en sus caras se podía ver tensión. Era evidente que tenían miedo, pero su presencia allí solo significaba algo: La infección se había extendido por Puzol, no había duda de ello.
Estaba abriendo la puerta de su coche cuando escuchó una explosión que venía de algún lugar. Estaba claro que debían detener que la infección avanzara, pero… ¿Era necesario llegar a esos extremos? ¿Para que necesitaban provocar esas explosiones? ¿No podían coger a los infectados y llevarlos a un lugar donde pudieran curarlos?
Él camión se detuvo y los militares comenzaron a desplegarse por la calle. Félix los observaba desde dentro de su coche. Los vio desaparecer en el interior de un edificio. Escuchó gritos de una mujer. Segundos más tarde, vio de nuevo a los militares. Estos llevaban a un hombre a rastras, el cual, forcejeaba con la vana intención de escaparse. Pataleó y luchó. Llegó a soltarse y golpeó a uno de los militares. El hombre se levantó rápidamente y comenzó a huir. Su huida le llevó hasta él coche de Félix. Él hombre posó las manos sobre él capó y comenzó a gritar.
—¡¡¡Sácame de aquí!!! Tienes que…— Félix iba a responder, pero antes de que pudiera hacerlo. Él hombre fue abatido y la sangre salpicó la luna delantera del vehículo.
—Joder…— murmuró Félix mientras observaba la sangre correr por él cristal.
Varios militares se acercaron al cuerpo del hombre abatido. Entonces, dos de ellos, los cuales llevaban puestos unos guantes, cogieron al hombre y lo lanzaron al interior del camión. Uno de los militares reparó en ese momento en Félix, llamó a su ventanilla y le dijo que la bajara.
—¿Ha tenido contacto con algún infectado? ¿Le han mordido o la sangre de un infectado ha entrado en contacto con sus ojos o alguna herida? Responda a estas preguntas.
—No. No me ha pasado nada de eso— respondió Félix totalmente confundido. Temía que los militares decidiesen hacer con él lo mismo que con aquél hombre. Temía que lo mataran.
Él soldado lo miró, se quedó un rato pensativo y entonces dijo algo que a Félix le heló la sangre –Bájese del coche y ponga las manos detrás de la cabeza. Por favor. Será solo un momento— Félix hizo lo que él militar le pidió. Se bajó del coche y puso las manos detrás de la cabeza. De la misma manera que ocurre con los detenidos por la policía.  Él militar, comenzó entonces a hacerle varias preguntas relacionadas con síntomas. Seguidamente, le tomaron la temperatura y vieron que todo estaba correcto. –Muy bien. Todo correcto. Puede volver a su vehículo.
Félix se subió al coche de nuevo. Antes de arrancar, puso las manos sobre él volante y después apoyó la cabeza. No se quería ni imaginar su destino si hubiese dado positivo en todos los síntomas y en la fiebre. Por fin giró las llaves en él contacto y comenzó a conducir hacia la carretera Barcelona. La única carretera cercana que lo sacaría directamente del pueblo. Cuando por fin llegó a la carretera, vio que estaba llena hasta los topes, totalmente colapsada. Había cientos de vehículos, muchos de ellos, parados en los lados. Sus ocupantes estaban fuera y algunos discutían entre sí. Otros, se habían reunido en torno a otro que sostenía una radio. Félix comprendió que todos iban en la misma dirección. Todos trataban de escapar de Puzol. En ese momento, vio a un grupo de militares avanzar entre los coches. Uno de los militares se acercó a los que discutían y los separó.
Vio a gente que iba a pie. Totalmente cargados con maletas y neveras portátiles. Aquello era un auténtico éxodo. Félix llevaba media hora en él mismo sitio cuando de pronto, más adelante, escuchó gritos. Eso hizo que los militares comenzaran a correr hacia allí, desaparecieron detrás de un camión. Fue entonces cuando comenzaron los disparos.
—¿Que estaba pasando? — se preguntó Félix. Alzó la cabeza para ver si podía ver algo, pero no consiguió ver nada. De repente, vio algo que le llamó la atención.
Vio a gente que corría en dirección contraria a la que se suponía que querían ir. Corrían otra vez hacia él pueblo. Otros bajaban a un antiguo canal de agua que estaba junto a la carretera, lo hacían a lo loco. Algunos saltaban y rodaban cuando se tropezaban y caían. La gente pasaba por encima de los coches. Huían aterrorizados. Entonces, Félix los vio. Se trataba de gente ensangrentada que avanzaba entre los coches. Había gente atrapada en sus vehículos. La gente ensangrentada aporreaba entonces los cristales hasta que los rompían. Algunos se metían dentro del vehículo a través de las ventanillas y otros sacaban al propietario de su coche y empezaban a morderle. Lo hacían de forma casi salvaje. Félix no podía creerse lo que estaba viendo. Esa gente, esos infectados, se estaban comiendo a las personas. Esa visión convirtió los rumores en ciertos y lo que había visto en televisión en algo real y cercano.
Félix no aguantaba más. Decidió dejar atrás el coche. Intentó salir, pero la puerta del conductor golpeaba al coche de al lado. Haciendo que fuera imposible salir. Rápidamente, pasó al asiento trasero y pateó la luna trasera. Cuando esta se hizo añicos, se deslizó a través de ella y comenzó a correr de nuevo hacia él pueblo.
La gente corría entre los coches. Más infectados invadían la carretera y atacaban a las personas. Se tropezó con varias personas, pero siguió adelante. Mientras corría, vio a una mujer que cargaba con un bebé. Esta trató de huir por un callejón, pero unos infectados la acorralaron y se le echaron encima. No podía hacer nada por ella, y tampoco quiso mirar aquélla carnicería, simplemente miró al frente y siguió corriendo. Pensó en regresar a casa, encerrarse con llave y esperar a que todo aquello pasara, pero rápidamente desechó la idea. Lo que era su calle, estaba ahora plagada de aquéllos seres. Siguió corriendo y entró en la calle Santa Teresa. Toda aquélla gente se dirigía a un lugar, uno donde estaban aterrizando helicópteros. Estaban evacuando a la gente.
Corrió hasta llegar a la calle Santa Teresa. Esa calle era la que mayor acceso tenía para llegar a la Plaza de Santa Marta. Él lugar de evacuación. Llegó a la altura de la Casa de la cultura, un edificio donde se llevaban a cabo distintas actividades culturales, estaba junto a un cine teatro. Entonces vio que la calle estaba bloqueada por un incendio, probablemente, algo había ardido hacía poco. No había forma de avanzar. Se sintió atrapado. La gente comenzó a gritar cuando varios infectados irrumpieron en aquélla calle. Pensó que iba a morir allí, entonces vio cómo una chica le hacía señas para que la siguiera. No se lo pensó y la siguió. Ella se encaminó hacia la puerta del cine teatro y la abrió de una patada. Los dos entraron y cerraron la puerta.
—¿Qué está pasando? ¿Qué cojones ocurre? — preguntó Félix fuera de sí. –He visto cómo esos infectados se comían a la gente. Eso no es normal— la chica no respondió. Félix la cogió y repitió las preguntas.
—Se lo mismo que tu…— dijo por fin la chica.
Félix y la chica bajaron las escaleras con cautela. Él, la seguía a ella, ya que parecía que sabía muy bien a donde se dirigía. Ella iba delante, parecía bastante valiente, aunque probablemente estaba tan asustada cómo él. Entonces decidió pasar al frente.
—Deja que vaya yo primero… No sé cómo te llamas.
—Lidia…— respondió ella. –Me llamo Lidia.
—Yo soy Félix— este le tendió la mano, pero ella no se la estrechó. Félix la retiró y murmuró. –Si… También es un placer conocerte.
Ambos entraron a la sala de butacas. Allí entonces vieron a varias personas, las cuales se habrían refugiado allí antes que ellos. También había dos militares. Ese fue el comienzo del infierno para Félix.
Félix cerró los ojos y se incorporó. Recordar ese infierno no era precisamente lo mejor que podía hacer en ese momento. Pensó que era hora de levantarse y reunirse con los demás. Quería saber si ya había algunas novedades. Con suerte, le dirían que él rescate estaba en camino, pero no se iba a hacer ilusiones con ello. Era más probable que los hubiesen dado por muertos, por otro lado, quería saber si los militares que estaban con ellos y que habían salido en misión de reconocimiento, habían regresado.
Salió a la sala de butacas. Allí, delante de la gran pantalla de cine, había gente sentada en él suelo y comiendo. Eran algunos de los que se encontró cuando entró junto a Lidia y otros que habían llegado poco después. Se sentó junto a ellos y una chica le pasó un paquete de galletas.
—Es tu parte— dijo la muchacha.
—Gracias— respondió Félix cogiendo él paquete. Miró a su alrededor buscando a los militares, pero no los vio —¿Aún no han vuelto?
—No… Y ya llevan fuera más de tres horas. Creo que…
Entonces apareció Lidia bajando por él pasillo que había entre las butacas. Venía de vigilar. –Dudo mucho que vuelvan. Ya ha pasado el plazo de tiempo que me habían dicho.
Lidia se había revelado cómo médico. Ella era quien se ocupaba de curar sus heridas y de suministrar los pocos medicamentos que tenían en su poder. Cuando se les acabaran. Iba a ser un problema.
—¿Y cómo estás tan segura? — preguntó Félix
—La calle está plagada de infectados— respondió Lidia cruzándose de brazos.
—Vamos a ver. Son militares. Se supone que están preparados para situaciones así—dijo Félix
—Han ido a buscar alimentos y ellos se han convertido en él menú del día— dijo otro chico llamado Ricardo, lo hizo con una mueca irónica.
—Eso ha sonado a ironía ¿Podrías dejar de ser tan capullo? — preguntó Félix mirando a su compañero. Lo conoció cuando se refugió allí y no le caía demasiado bien, pero en esos momentos, no estaban en situación de ponerse a discutir.
En ese momento, otros tres chicos bajaron por él pasillo central. Se trataba de Alex, Julián y Manuel. Ellos habían llegado allí antes que Félix y Lidia.
—Ahora mismo, lo que es la plaza de la Casa de la Cultura, está despejada, pero la calle Santa Teresa está llena. Probablemente cómo todas las demás calles— comenzó a explicar Alex –Algunos de los que se pueden ver son militares, pero lo peor es él hedor.
—Es algo natural cuando los cuerpos se están descomponiendo. Por eso se han vuelto más lentos— añadió Lidia.  –Aunque sigue sin ser recomendable salir.
En ese momento, dos mujeres que estaban ahí rompieron a llorar y un hombre de mediana edad las hizo callar. Aquél tipo estaba ebrio cuando se encontraron con él allí dentro. Era alcohólico y seguramente estaba sufriendo el síndrome de abstinencia, además de eso, tenía un carácter bastante agrio y no soportaba casi nada. Félix le lanzó entonces una mirada.
—Están en su derecho si quieren llorar. Déjalas— dijo Félix.
—Pues si los militares no vuelven, podemos decir que estamos jodidos—dijo una chica llamada Rosa. Una chica de no más de veinte años que probablemente pertenecía a una familia adinerada. A juzgar por la forma de vestir y hablar.
—Gracias por la observación Rosa. Si no llega a ser por ti, no nos habríamos dado cuenta de lo jodidos que estamos. Puede que también te consulte más cosas cuando no lo tenga claro… Estúpida de mierda.
—Callaros ya. Maldita sea. Hay cosas más importantes por las que preocuparse— dijo Félix interrumpiendo la discusión que estaba a punto de comenzar—Escuchad… Y escuchadme bien. Si los militares no vuelven, tendremos que ser nosotros los que vayan a recoger comida. Lo siento, pero es así, no podemos aplazarlo, somos muchos y se nos está acabando. Ir a Mercadona es nuestra mejor opción.
—Eso suponiendo que aun quede algo que podamos coger. Algo que otros no se hayan llevado— dijo Alex –Sería buena idea en otra situación, pero en esta…
En ese momento, Lidia entró en la conversación—¿Recodáis lo que dijo uno de los militares?
—¿Te refieres a eso de que en él instituto tienen montado un cuartel general los militares? —preguntó Félix mirándola. —¿Es eso?
—Es un suicidio. No contéis conmigo para ello—dijo él hombre dándole un bocado a un trozo de pan. –No pienso salir, pero si vais, no olvidéis traerme una buena botella de vino y unas latas de cerveza.
—Claro. Él Alcohol que no falte… ¿Verdad…? Ahora no recuerdo cómo te llamas. A si, te llamas imbécil— dijo Ricardo mirando al tipo alcohólico.
—Sé que es necesario, pero si salimos ahí fuera, moriremos—dijo Rosa –Yo tengo miedo.
—Lo del instituto suena bien. Y yo diría que fuésemos, pero no sabemos seguro si de verdad queda alguien vivo allí— dijo Julián –Es una apuesta arriesgada.
—Lo queráis o no, estamos solos— dijo Lidia. –Nos tenemos que espabilar y tomar una decisión.

Calles de Puzol…

Víctor conducía cada vez más cerca del instituto, esquivando a los infectados mientras los demás miraban por las ventanas para ver si veían a alguien allí dentro, pero aún no habían visto a nadie. Parecía completamente vacío.
—Parece que no hay nadie—dijo Anna –Está desierto.
—Toca el claxon— dijo Bosco –Atraerás a esos bichos, pero si hay alguien, nos escuchará.
Víctor se lo pensó y entonces tocó el claxon mientras daba una vuelta más al instituto. En ese preciso instante, un militar apareció corriendo por una de las terrazas. Este portaba unos prismáticos y los observó. No tardó en aparecer más gente.
—¡¡¡¡Hay gente!!!!— gritó Alicia con alegría. –Hay gente dentro.
Víctor asomó la cabeza en ese momento y gritó. —Abrid la puerta. Abrid la maldita puerta.
Él militar hizo señas hacia una puerta. La estaba señalando, estaba indicándole a Víctor que se dirigiera a ella. Víctor pisó el acelerador y se encaminó hacia la puerta que él otro militar le estaba señalando. Cuando estaba llegando, la puerta comenzó a abrirse. Él la cruzó rápidamente y esta volvió a cerrarse detrás de ellos. Los infectados que lograron colarse fueron rápidamente abatidos por dos francotiradores que estaban en una de las terrazas.
Víctor detuvo él blindado junto a una de las pistas y apagó el motor. Después salieron y fueron recibidos por los que estaban en él instituto. Fue en ese momento cuando Toni y Bosco reconocieron a David.
David se acercó al blindado rápidamente cuando vio bajar a Bosco y a Toni. Enseguida los abrazó a ambos. También abrazó a las chicas. Leandro hizo exactamente lo mismo.
—Me alegro de veros. Me alegro de que estéis bien—dijo David con una sonrisa.
Bosco sonrió y les dio un apretón de manos a los demás que vinieron junto a David. Se presentó y después presentó a Alicia, Anna, Emilio y Raúl. Víctor y Juan hicieron lo propio con Jonatán y José.
—Me alegro de veros… Pero… Juanma se fue con vosotros. ¿Dónde está? ¿Ha muerto? — quiso saber Bosco
—No. Está vivo, pero salió en una misión— respondió David
—¿Una misión? ¿Una misión de qué? — preguntó Toni
—El sargento Molano. Es quien está al mando aquí. Él se lo llevó a él y a otros tres militares a una misión de rescate al polideportivo— dijo David –Estamos esperando su regreso. Cuando escuchamos él claxon, creí que eran ellos.

Cine teatro de Puzol…

Lidia se encontraba de nuevo de vigilancia en la sala de venta de entradas. Allí había un cristal desde el que se podía ver el exterior, pero que desde el exterior no podía verse él interior. Si había un buen lugar para vigilar era ese. Los infectados no podían verla ella.  Si la viesen, estos se pondrían a aporrear puertas y cristales. Primero serían unos pocos, pero esos pocos atraerían a muchos más y finalmente tendrían cientos y luego miles. Lidia dejó de mirar un momento, cogió el paquete de galletas y se llevó una de ellas a la boca para comérsela. Notó que ya estaban un poco blandas, pero le dio igual. No es que tuvieran mucho donde escoger para comer. En ese momento comenzó a recordar cómo había comenzado para ella toda aquélla maldita pesadilla.
Había dejado él hospital de Valencia a las ocho de la mañana tras estar toda la noche trabajando. Allí era médico cirujano desde que consiguió su plaza. En él mismo donde había entrado cómo médico interno residente. Se despidió del Doctor Alejandro Sánchez, su mentor, otro cirujano y también, epidemiólogo. Un auténtico experto en virus y propagación, el cual, se mostraba muy preocupado respecto a los últimos acontecimientos referentes a ese nuevo virus similar a la gripe y hasta donde ella sabía, potencialmente mortal. Lo últimos días, Alejandro había estado muy raro, tenía unas grandes ojeras que demostraban que había dormido poco o nada. Ella le preguntó qué era lo que le ocurría, y pese a la gran confianza que tenían él uno en él otro, él no le contó nada. Lidia no sabía si era porque no pasaba nada, o porque de lo contrario, no quería preocuparla. Sin querer darle más vueltas al asunto y confiando en su amigo y mentor, se cambió de ropa, bajó al aparcamiento, cogió el coche y regresó a Puzol. Llegó a las siete de la tarde, ya que antes, se había tomado un descanso y había ido a ver a su novio Nacho. Había pasado toda la mañana y parte de la tarde metida en la cama con él. Ninguno de los dos se había enterado de lo que había ocurrido en Valencia. Cuando estaba llegando a su casa, una mujer se lanzó contra su coche. La mujer estaba totalmente ensangrentada y se comportaba de forma muy agresiva. Era como si tuviera la rabia. Aporreaba fuertemente la luna delantera hasta que comenzó a agrietarla.
No le llevó mucho tiempo descubrir que pasaba. Recordó los rumores que decían que los infectados se comportaban así cuando la enfermedad se encontraba en su última fase. Esa mujer estaba indudablemente infectada con esa extraña enfermedad que se estaba propagando. También era evidente que él gobierno, había ocultado muchas cosas. Probablemente con la intención de que la población no se asustara, pero eso había sido un gran error.
Lidia pisó el acelerador y dio marcha atrás. Dejó a la mujer atrás y comenzó a conducir en dirección a casa de sus padres. Tenía que comprobar si ellos estaban bien. Llegó entonces hasta una barricada policial. Allí un policía se acercó.
—Por favor. Bájese del vehículo— le pidió amablemente él policía. Lidia entonces vio también a varios militares. Uno de ellos estaba vestido con un traje para evitar contagios. Lidia se bajó del coche y él militar que iba vestido con él traje bacteriológico se le acercó para examinarla.
—¿Ha tenido contacto con los infectados? — preguntó él militar mientras la examinaba.
—No directamente. Únicamente una mujer infectada se echó encima de mi coche— respondió Lidia. –Soy médico. ¿Qué demonios está pasando? Puedo ayudar si es necesario.
—Está limpia— determinó él militar enfundado en él traje.
—¿Dice que es médico? — preguntó en ese momento él policía.
—Así es— respondió Lidia.
—Necesitamos médicos en estos momentos. Hay muchos infectados y también muchos heridos. Sígame— dijo él policía.
Lidia fue conducida hacia un furgón. Allí había más gente. Los iban a llevar hasta la plaza de Santa Marta. Era allí donde estaban evacuando a la población en helicópteros. Querían llevarlos a un lugar seguro. Allí, Lidia comenzaría a ayudar a los heridos según las instrucciones que le habían dado.
—¿A dónde nos llevan? — preguntó un niño mirando a su madre.
—Nos llevan a un lugar llamado Peñiscola. Allí dicen que estaremos muy seguros— respondió la madre acariciándole él cabello ondulado a su hijo.
—¿Allí no habrá monstruos? — preguntó entonces él niño.
—Claro que no. Hay grandes muros.
Lidia comprendió en ese momento la jugada de los militares. Llevaban a la gente a Peñiscola. Aquéllos grandes muros protegerían a toda la gente. Y si algo se complicaba, siempre estaba la opción de huir por él mar. El único problema era que si la propagación de la enfermedad era a nivel global cómo se temía. Las opciones no eran muchas.
Él furgón comenzó a moverse en dirección a la plaza de Santa Marta. De pronto, él vehículo se detuvo. Algo pasaba. El conductor, un joven soldado que debía rondar los veintisiete años, abrió la puerta.
—La calle está bloqueada por una barricada. Creo que me he equivocado de camino.
Lidia lanzó un suspiro, miró al soldado y salió del furgón. Entonces vio que lo que decía era cierto. Una enorme barricada se alzaba ante ellos. Al otro lado de la barricada se podía ver a muchas personas. Cuando estas se percataron de la presencia de Lidia, del soldado y de las personas del furgón, acudieron corriendo a la barricada y comenzaron a dar golpes. Había tantos que aquélla medida de seguridad podría ceder en cualquier momento.
Eran infectados. Seguramente habían cerrado algunas calles para contener a los infectados alejados de los civiles. Eso era una medida de cuarentena.
—Tendremos que buscar otro camino— dijo Lidia mirando al soldado. –Y esta vez no te equivoques.
Lidia y los demás volvieron al furgón. Esta vez, Lidia se sentó al lado del soldado para guiarlo hasta la plaza de Santa Marta. el conductor volvió a poner en marcha el furgón y siguió las indicaciones que Lidia le iba dando.
En ese momento escucharon un ruido. Lidia entonces se asomó por la ventanilla y los vio. Los helicópteros comenzaron a sobrevolar el pueblo. Se estaban dirigiendo al ayuntamiento. Al poco rato, comenzaron a escuchar disparos y explosiones. Para Lidia, aquello sonaba cómo una guerra. Algo verdaderamente terrible se había desatado en él pueblo. Y probablemente en todo el mundo.
—¿Tan grave es la situación? — preguntó Lidia mirando al soldado.
—No sé mucho, doctora. Yo solo soy un mandado…— respondió él militar con algo de vergüenza. Lidia supuso que únicamente era un soldado raso. Uno de los que algunos de rango superior toman cómo su sirviente para que les trajese los donuts.
El conductor siguió buscando una calle por la que poder acceder a la plaza de Santa Marta, pero estaban bloqueadas. Fue entonces cuando él furgón se detuvo delante del ambulatorio. Delante de ellos, había una multitud de infectados que estaba saliendo por las puertas.
—Joder…— murmuró él soldado. Lidia vio su expresión de terror y cómo en los pantalones de este comenzaba a formarse una mancha oscura. Aquél pobre chico se había asustado.
—Salgamos de aquí— dijo en ese momento Lidia, pero él soldado no reaccionaba. Tenían a los infectados a unos treinta o cuarenta metros. –Soldado— le dijo Lidia dándole una bofetada. Él soldado la miró entonces.
—Lo… Lo siento— balbuceó él militar. En ese momento abrió la puerta del conductor y salió corriendo dejándolos allí. Eso hizo que algunos infectados se percataran de su presencia y comenzaran a caminar hacia ellos.
Lidia se lanzó al asiento del conductor y se puso al volante. Encendió rápidamente él motor y comenzó a conducir marcha atrás. Delante de ella, los infectados corrían hacia él furgón. Incluso vio cómo algunos de ellos, ya habían atrapado al huidizo militar y estaban comiéndoselo mientras él gritaba presa del dolor y del terror. Él los había abandonado, pero no se merecía acabar así. Lidia siguió conduciendo hasta que llegaron a una calle. Vio un garaje abierto y allí metió el furgón. De momento parecía haber despistado a los infectados.
Lidia bajó del furgón y abrió la puerta lateral. Los presentes se la quedaron mirando —Bajen.
—¿Qué ha pasado? — preguntó un hombre.
—Él soldado nos ha dejado. Estamos por nuestra cuenta— respondió Lidia. –Tenemos que llegar a la plaza de Santa Marta. Sé por dónde ir. Lo haremos mejor a pie.
—¿Es eso seguro? — preguntó la madre del niño.
—Más que ir en un vehículo cómo este. Hace demasiado ruido, nosotros podemos movernos en silencio. Nos será más fácil llegar. Lidia observó a todos los presentes, eran casi una docena. Entonces se fijó en un hombre. Estaba raro, se acercó a él y enseguida le llegó el olor a alcohol. Era evidente que aquél tipo había estado bebiendo –¿Se encuentra usted bien? — el hombre pareció no escucharla y ella se acercó más. –Le estoy hablando a usted.
Él hombre la miró. –Pues claro que no estoy bien. Estaba tan tranquilito en mi casa bebiéndome una cerveza. Entonces llegaron los verdes y me sacaron a rastras. Quiero volver a mi casa y que dejen de hacer ruido.
Lidia no quiso perder más él tiempo con él. Miró a los demás en ese momento. –Ahora deben seguirme en silenció. Atravesaremos la calle Santa Teresa para llegar a la plaza.
Comenzaron a salir con cuidado y a avanzar siguiendo a Lidia. Consiguieron llegar a la calle Santa Teresa y avanzar por ella entre la multitud. Había mucha gente allí apelotonada. Demasiada. Todos estaban tratando de llegar a la plaza. Cuando Lidia y el resto del grupo llegaron a la altura de la Casa de la Cultura… Escucharon un grito. Eso hizo que la gente comenzara a empujarse entre sí intentando avanzar. Había un militar subido al capó de un coche haciendo aspavientos para tranquilizar a la gente, pero nadie le prestaba atención. Entonces escucharon disparos entre la gente, más gritos. Alguien empujó a Lidia y ella cayó al suelo. Cuando se levantó, había perdido de vista a varios de los que iban con ella, no vio a la madre ni al niño. Entonces escuchó una explosión y la gente perdió por completo la calma. Lidia logró llegar hasta las escaleras de la casa de la cultura y vio a dos militares dirigiendo a varias personas hacia el interior del cine teatro. Justo cuando iba a entrar ella también, se dio la vuelta y vio a un chico rubio que andaba cómo desorientado. Fue entonces cuando comenzó a hacerle señales. Él, la vio y corrió hacia ella, entonces se adentraron en él cine teatro.
Habían pasado ya casi tres días desde que estaban allí encerrados. Las cosas fuera no habían mejorado y no tenían pinta de hacerlo. De hecho, habían ido a peor. Incluso, Lidia ya comenzaba a dar por muertos a todos sus familiares y a su novio Nacho. No había tenido noticias de ellos. Les había tratado de llamar antes de que todos los móviles y la luz dejaran de funcionar. Iba a coger otra galleta blanda cuando Félix apareció allí y se le acercó para relevarla en la guardia. Se sentó frente a ella y le sonrió.
—¿Te quedan más? —preguntó Félix en voz baja para que los infectados de la calle no los descubrieran.
—Si— respondió Lidia pasándole él paquete. –Coge las que quieras, pero están ya muy blandas. Tanto que ya da asco masticarlas, pero no tenemos otra cosa. Así que tendremos que conformarnos.
—Puede que no. Verás, estoy pensando en coger a los chicos e ir a buscar comida a Mercadona. Los militares no van a volver. Hay que ser realistas. Tenemos que empezar a arreglárnoslas nosotros solos. No va a venir ningún tipo de ayuda. Antes lo creía, pero ahora… De hecho, es probable que seamos los únicos supervivientes del pueblo—dijo Félix con una mueca de pesadumbre. –Es duro aceptarlo, pero es así.
—¿De verdad piensas eso? No llevamos ni siquiera tres días aquí. No hemos salido para nada. Podría haber más gente refugiada en otros lugares. Quizás haya supervivientes en otros pueblos cercanos. No creo que estemos completamente solos—dijo lidia
—Bueno. Los únicos que yo veo a parte de nosotros son esos de ahí fuera. Tenemos que ser realistas Lidia. Estamos solos y así seguiremos durante mucho tiempo. Les diré a los chicos que tenemos que salir. Aunque sé que se negarán—dijo Félix
—Salir fuera es muy peligroso. Puedo entenderlos hasta cierto punto… Aunque alguno sea un cretino—dijo Lidia
—Si nos quedamos aquí sin hacer nada, nos moriremos de hambre—dijo Félix
De repente, Rosa apareció por allí. Daba saltos y parecía contenta, tanto que comenzó a levantar la voz. Félix y Lidia tuvieron que pedirle que se callara. Félix incluso, le tapó la boca con una mano. –Guarda silencio ¿Quieres?
Rosa dejó de comportarse cómo una niña pequeña. Tomó aire y se calmó, entonces comenzó a hablar. –Chicos. Tenéis que venir a ver esto. Es algo increíble.
Félix y Lidia se miraron. Después siguieron a Rosa hasta él cine teatro. Allí vieron a los demás alrededor de Alex. Este tenía algo en las manos, parecía una radio. Félix se acercó y vio que en efecto era lo que parecía.
—Pero bueno. ¿De dónde has sacado eso? — preguntó Félix.
—Estaba buscando algo para comer entre los bártulos de uno de los militares y me encontré con esto. Estuve toqueteándola un rato y entonces capté algo que parecía una transmisión de radio. Parecían militares hablando.
—¿Estás seguro de eso? — preguntó Félix.
—¿Acaso piensas que soy estúpido? Claro que estoy seguro. Eran militares que pedían ayuda. Estaban al parecer en el polideportivo. Eso significa que aún queda gente viva allí— respondió Alex.
—Dice la verdad. Yo lo he escuchado— dijo Rosa con una sonrisa.
Todos se miraron los unos a los otros y Lidia le puso la mano sobre él hombro a Félix. Este se giró para mirarla y ella le sonrió. —¿Lo ves? No estamos solos del todo.

Instituto de Puzol…

Bosco estaba escuchando la grabación de la radio. Mientras, los militares limpiaban sus armas. La escuchó hasta tres veces seguidas, luego la dejó.
—Así que Juanma ha ido con un grupo a buscarlos ¿No es así? — preguntó Bosco
—Si. Aunque no sé yo si los encontrarán vivos. Más bien fueron por orden de Molano. No quieren contradecir las órdenes de ese chalado. Especialmente Juanma. Molano amenazó con echar de aquí a David y Leandro.
—Ese Molano debe ser una pieza de mucho cuidado—dijo Bosco
—Cualquiera le lleva la contraria—dijo Juan terminando de montar su fusil tras limpiarlo. –Ese hombre puede llegar a ser molesto cómo un grano en él culo.
—¿Y hay algún plan? — preguntó Bosco
Víctor levantó la cabeza y lo miró —¿A qué te refieres exactamente con un plan?
—Pues hombre. No vamos a quedarnos aquí siempre. Me refiero a que deberíamos pensar en salir de aquí. Irnos a algún lugar donde podamos estar seguros— dijo Bosco –No sé. Algún lugar tiene que haber.
—Sensacional. Prepara una lista para cuando vuelva Molano. Si no os echa de aquí. Quizás la tenga en cuenta— dijo Jonatán con ironía. Eso hizo que Bosco le lanzara una mirada asesina.
Víctor dejó un momento él arma y lo miró —¿Y a dónde quieres ir? Esta catástrofe no se ha centrado solo aquí. Es jodidamente global. Vayas donde vayas, verás lo mismo que aquí. Ciudades como Nueva York han sido totalmente puestas en cuarentena. Tokio. Si, la puta ciudad de Tokio ha desaparecido del mapa. Da igual donde vayamos. La mierda será la misma una y otra vez.
En ese momento, David y Leandro entraron por la puerta. David miró entonces a Víctor. –Eso es cómo decir que ya estamos muertos. Me niego a aceptar algo así. No podemos rendirnos tan pronto.
—Perfecto ¿Y qué sugieres? Estoy abierto a todo tipo de ideas, siempre y cuando, estas no sean una completa estupidez cómo la de salir de aquí— dijo entonces Víctor –Adelante tío. Habla. Tienes toda mi atención.
—He venido aquí porque hemos estado haciendo inventario de comida. Con los que somos ahora. Aunque la racionemos. No nos durará ni una semana— dijo David pasándole una lista a Víctor. –Supongo que alguien cometió el error de pensar que esto estaría solucionado en un pis pas… Se equivocó.
Bosco cogió la hoja de papel y la ojeó. –Con esto no tenemos para nada. Necesitamos más comida. Mucha más.
Juan dejó ir una carcajada y miró a David. –Espera, espera. A ver si os entiendo. Cómo no nos queda apenas comida… Estáis sugiriendo… Vosotros. Unos simples civiles. Que tenemos que ponernos en marcha para ir a un Súper Mercado a hacer unas compras mientras nos acechan esos seres. ¿O me he vuelto loco o se han invertido los papeles?
—Esa es la idea principal. Si—dijo David con firmeza. –Si te da miedo no hace falta que vengas. Puedes seguir haciendo ver cómo que haces algo mientras limpias él fusil.
—De acuerdo— dijo en ese momento Víctor. –Si hay que ir, yo me apunto. Ese es nuestro trabajo, al fin y al cabo.
—Te has vuelto loco ¿Verdad? — preguntó Juan mirando a Víctor –Suponiendo que cometamos la estupidez, la osadía y él error de ir de compras… ¿Cómo pretendes que vayamos? Las calles del pueblo no están cómo para ir dando alegres paseos cargados con bolsas.
—Con él blindado que trajisteis. Hay capacidad suficiente para varias personas y bolsas. Lo que propongo es: Ir tres o cuatro de nosotros y llenar él blindado hasta los topes—propuso David –Pero no cogeremos cualquier cosa. Necesitaremos, sobre todo, alimentos imperecederos.
Juan no pudo evitar mostrar una mueca de convencimiento. Empezaba a pensar que eso podría funcionar –Vale. Me has convencido. Me parece una idea cojonuda, pero se os olvida un pequeño detalle. Los infectados, se nos echarán encima nada más nos vean. Él blindado hace un ruido de la hostia. Nos escucharán a kilómetros. Cuando nos queramos dar cuenta, él súper estará más concurrido que un concierto de Justin Bieber.
—No necesariamente deberíamos tener ese problema. Hemos podido observar, que, debido a la descomposición, se están volviendo más lentos. Podremos lograrlo si somos más rápidos que ellos y no nos distraemos con tonterías. Creo sinceramente que podemos lograrlo. Yo iré también. No pienso quedarme aquí esperando—dijo Bosco
—Pues creo que ya estamos todos—dijo David
—Pues yo os acompañaré— dijo Juan. –Cuatro armas siempre son mejor que tres.
—Yo me quedaré aquí, pero os ayudaré, despejaremos la puerta para que podáis salir sin problemas y me ocuparé de abrirla cuando regreséis.
—Bien entonces. Solo una última cosa. Vamos a necesitar munición. Mucha por si las cosas se tuercen… Que se torcerán. Ley de Murphy— dijo Víctor
—Vale ¿Y cómo lo hacemos? No podremos aparcar él vehículo si queremos ser rápidos— dijo Juan.
—Tienes razón. Yo he estado pensando en hacer un alunizaje— dijo David mirándolos a todos.
—¿Alunizaje? ¿Pretendes entrar como si fuéramos ladrones? Creo que has perdido el tarro, tío. El choque nos podría matar si no lo controlamos bien— dijo Juan.
—Son lentos cómo ya hemos dicho. Nosotros entraremos atropellando a todos los que se nos pongan por delante. Conducir por dentro del súper y en menos de cinco minutos debemos tener lleno él blindado y estar moviendo nuestros culos de nuevo hacia aquí. No será nada fácil, pero es lo único que tenemos— explicó Víctor.
—Entonces manos a la obra— Bosco dudó entonces —Pero... ¿A dónde vamos? ¿Mercadona o Consum? Ambas son igual de buenas opciones.
—Creo que la mejor opción es Mercadona. Es la más accesible para él alunizaje. Podemos entrar por la puerta principal. Consum es buena opción también, pero para entrar con él blindado deberíamos o bien atravesar todo él Parking o dar demasiada vuelta. Además, creo que deberíamos dejarlo para más adelante. Cómo una segunda opción—dijo David
—Entonces ya está claro. Nuestro objetivo es nada más y nada menos que Mercadona—dijo Víctor –Ya nadie puede echarse atrás. Aquí tenemos un mapa del pueblo. Cogeremos este camino para ir hacia Mercadona. Es él camino más seguro. No hay barricadas que nos hagan dar la vuelta y perder un tiempo precioso—dijo Víctor señalando él camino con un rotulador. –Será él mismo camino que usaremos para volver. Únicamente habrá que rezar para que no haya demasiados infectados.
—No es necesario un mapa. Podemos guiaros nosotros mismos— dijo Bosco señalándose a sí mismo y a David. –Nos conocemos él pueblo cómo la palma de nuestra mano.
—El camino que vosotros conocéis es ya no es el de antes. Hay muchas barricadas. Nosotros vamos a tiro seguro. Mira— Víctor comenzó a marcar varias X en las calles. Después miró a Bosco. –Eso de ahí son barricadas. Se levantaron para contener dentro a los infectados.
—Hasta que la gran cantidad de ellos apelotonados contra ellas y aporreándolas, las echó abajo— añadió Juan.
—¡¡¡Mierda!!! Ese es el camino que nosotros pretendíamos seguir— dijo David pasándose las manos por él pelo –Una pena que no aguantaran. Podrimos habernos ahorrado varios problemas.
—Cuando lo que la pandemia alcanzó niveles críticos y se supo que no había cura para los infectados, se intentó contenerlos en estos puntos. Si os fijáis, estos puntos están rodeados de edificios. La unidad de encargada recibió las órdenes para detonar los explosivos que había en esos edificios. Habría sepultado a esas cosas—dijo Víctor
—¿Y qué pasó? — preguntó David —¿Por qué no los detonaron?
—Por que fallaron— respondió Juan.

Cine teatro de Puzol…

Félix había hablado con Alex y Julián sobre lo de salir a por comida. Ellos no tardaron en aceptar y habían llegado a la conclusión de que tenían que salir cuanto antes, para así regresar antes del anochecer. No querían pasar la noche fuera de su refugio. Corrían el riesgo de no regresar, al igual que los militares.
—Usaremos las alcantarillas para desplazarnos— dijo Félix –Tu dijiste que habías trabajado en urbanismo. ¿Verdad Alex?
—Así es. Conozco bien todos los caminos que tenemos que coger para aparecer delante de Mercadona. Eso de ahí abajo puede llegar a ser un jodido laberinto— respondió Alex. –Necesitaremos sobre todo linternas. Eso está muy oscuro. No veremos nada, aunque sea de día.
—Tenemos suerte de contar contigo en estos momentos. Nunca me imaginé que bajaría a ese agujero. Debe oler que echa para atrás ahí abajo. Podríamos coger una infección si no nos andamos con ojo— dijo Julián frotándose la nuca. –No me gustaría despertar mañana con un tercer brazo.
—Tranquilo. Cómo mucho habría que amputarte algo, pero oye, mira él lado positivo. Al menos seguirías vivo— bromeó Félix.                                      
—Si… Eres muy gracioso ¿A qué te dedicabas antes de esto? ¿Hacías monólogos? — preguntó Julián en tono jocoso.
—Era ciclista., pero gracias por él cumplido. Ahora será mejor que nos centremos. Es muy importante no meter la pata. Nos jugamos la vida en esto— dijo Félix. Él tiempo de bromas había terminado.
—¿Quién se quedará aquí para proteger él fuerte? — preguntó Alex –Nos vamos. Julián, Lidia, tú y yo. ¿No se quedará esto muy desprotegido?
—Manuel y Rosa se encargarán de ello. Lidia ya está hablando con Rosa sobre el asunto—dijo Félix
—¿Vas a dejar a esa choni pija a cargo de la vigilancia? No es por nada, pero antes se la dejaría al borracho de Tomás— dijo Alex.
—Estará con Manuel. Él es más serio. Todo irá bien. No os preocupéis— Respondió Félix –Tened un poco más de confianza en la chica. Por dios— Félix hizo una pausa y miró a sus compañeros –Venga. Reunámonos con Lidia y partamos. No perdamos más tiempo.
******

—¿Los has comprendido? — le preguntó Lidia a Rosa. –Tienes que quedarte vigilando en la sala de taquillas. Intenta no hacer mucho ruido. Eso podría atraerlos a ti. Guarda silencio.
—Tengo algo de miedo ¿No podrías quedarte conmigo? — preguntó Rosa cogiéndola de las manos. –Me sentiría más segura.
—No puedo. Me voy con Félix, con Alex y con Julián, pero volveremos pronto. Y lo haremos con comida. Además, no estarás sola. Manuel estará contigo.
Rosa lanzó entonces un suspiro –Está bien. Tened mucho cuidado— Rosa se abrazó entonces a Lidia y la médica se sintió algo incómoda. En ese momento, Félix y los otros dos chicos aparecieron cargados con mochilas.
—Llegó la hora. Nos vamos— dijo Félix.
Lidia se soltó de Rosa y se unió a sus compañeros. Subieron las escaleras centrales y llegaron al primer piso. Iban armados con palancas. Sabían cómo debían acabar con aquéllos seres si era necesario, aunque esperaban no llegar a ello. Alcanzaron las puertas y se quedaron quietos escuchando. Se escuchaba a los infectados, pero no había ninguno delante de la puerta.
Con cuidado, fueron abriendo la puerta. El primero en salir fue Alex. Lo hizo con la palanca por delante, preparado para golpear a algún infectado, pero no ocurrió nada. Los infectados seguían vagando ajenos a la presencia de Lidia, Félix, Julián y Alex.
—La entrada a la alcantarilla está ahí. Seguidme con cuidado— dijo Alex.
Avanzaron con mucho cuidado. Llegaron a la entrada de la alcantarilla y la abrieron sin hacer ruido. Una vez estuvo abierta, comenzaron a entrar. Una vez dentro, volvieron a cerrar. Una vez dentro, tal como Alex había dicho. Allí no se veía nada y olía muy mal.
—Muy bien. La primera parte de la misión ya está hecha— dijo Félix encendiendo su linterna. Los demás hicieron lo mismo.
—¿Ahora por dónde? — le preguntó Lidia a Alex.
—Por aquí. Recto…
Los cuatro, comenzaron a avanzar por las oscuras alcantarillas. Entonces escucharon lo que parecía ser un trueno. Parecía que estaba a punto de comenzar a llover.
*****
Tomás era alcohólico. Lo era desde hacía años, desde bien jovencito. Y no le importaba que la gente lo supiera. De hecho, no le importaba en absoluto. Nada de lo que dijeran los demás o sus familiares le importaba lo más mínimo. Todavía le importaba menos cuando llevaba litros de cerveza y otras bebidas alcohólicas en su estómago. No había estado sin beber ni un solo día. No hasta que toda aquélla mierda les estalló en las narices. Recordaba a duras penas cómo los militares lo habían sacado a rastras de su casa y él había acabado allí, malviviendo, y sobretodo, sin una gota de alcohol. Eso era lo peor, pero eso estaba a punto de acabar. Pronto iba a poder saborear de nuevo ese néctar de los dioses.
La médica y otros tres chicos se acababan de ir y los habían dejado allí solos a él, a las mujeres, al tal Manuel y a la zorrita de Rosa. Los dos últimos se estarían encargando de vigilar que no pasara nada, pero él los observó tontear antes y se imaginó que, si estaban juntos, Rosa estaría seguramente saltando sobre él mientras gritaba cómo una cerda. Él se había imaginado esa situación con él mismo más de una vez y en alguna ocasión había pensado en llevarla a algún lugar donde nadie los viese, allí violarla y darle un golpe en la cabeza para que no hablara. Al fin y al cabo, podía echarles la culpa a esos seres o simplemente fingir un suicidio. Eso le excitaba, pero nada le excitaba tanto cómo beber alcohol. Lo necesitaba.
Observó a Rosa y a Manuel. Ellos se dirigían a la sala de taquillas, así que era su momento. Se puso en pie y comenzó a caminar subiendo por él pasillo central. Cruzó las puertas del teatro y comenzó a subir hacia el exterior. Tenía pensado hacerlo rápido. Junto a donde se encontraban, había un bar, estaba a la derecha de la puerta, a unos cinco o seis metros, podía salir, entrar al bar, coger unas botellas de alcohol y regresar. Se imaginó a si mismo bebiendo sin parar y sonrió placenteramente. Llegó por fin a las puertas y escuchó las risas de Rosa y de Manuel. Se le ocurrió ir hacia él lugar y asomarse, cuando lo hizo, vio a Rosa tonteando con Manuel. Quizás si se quedaba más, vería cómo aquélla chica se dejaba sobar, pero no era lo que necesitaba. Regresó a las puertas, puso las manos sobre los pomos, sonrió y abrió la puerta para salir.

Calles de Puzol…

David se encontraba en el asiento trasero del blindado. Además de vestirse cómo un militar, se había terminado de preparar un arma y unos cuantos cargadores. Después se ató un machete a la cintura y vio a Bosco acercarse al blindado. Cuando abrió la puerta se sorprendió al ver a David vestido así.
—Bonito uniforme— dijo Bosco –Te queda bien.
—Pues cómo él tuyo— respondió David reparando en que él también iba vestido cómo un militar. Justo en ese momento comenzó a llover con fuerza.
Anna se acercó a Bosco en ese momento y le dio un beso. Después miró a David.
—Id con cuidado— dijo Anna –No cometáis imprudencias.
—Descuida— dijo Bosco abriendo la puerta del copiloto del blindado y subiendo. Miró entonces a Anna –Regresa al interior. Te estás empapando.
Víctor y Juan llegaron también y ambos entraron al blindado tomando asiento. Víctor ajustó él espejo retrovisor y miró a David. –Bueno. Nos vamos. Espero que hayáis meado y cagado. Porque de no ser así, dará igual que no podáis aguantaros. Os lo tendréis que hacer encima— al ver que nadie se río con él chiste, dijo –Solo pretendía que esto se nos hiciera más fácil, pero veo que no tenéis mucho sentido del humor que digamos. Bueno chicos, nos vamos.
David y Juan se encontraban en la parte trasera. Juan miró entonces a David –Para ser civil tienes un par de huevos que a muchos les gustaría tener. Espero que tu plan de resultado. De lo contario estaremos muy jodidos.
—No eres él único que lo espera— dijo David siendo consciente de que su idea podía no ser tan buena.
Víctor puso en marcha él blindado e hizo una señal para que abriesen la puerta. Él procedimiento que usaron fue muy similar al anterior. Los que se quedaban, atrajeron la atención de los infectados para que se alejaran de la puerta y así dejarla despejada. Cuando no quedaban infectados delante, la puerta se abrió y él blindado comenzó a recorrer las calles. David miró entonces por la ventana y se preguntó cómo les iría a los demás.

Polideportivo de Puzol…

Por fin habíamos llegado, pero nos habíamos parado a varios metros de distancia. La entrada al complejo deportivo estaba plagada de infectados y era casi imposible avanzar.
—Mierda. Hay demasiados. No podemos pasar. Deberíamos volver sobre nuestros pasos y entrar por otra zona. Aunque esa no es tan accesible— dije
—¿Está muy lejos? — preguntó Molano.
—No— respondí –Solo hay que dar la vuelta, pero nos llevaría quizás algo de tiempo.
—No tenemos tiempo. Él brigada cuenta con nosotros— dijo en ese momento Molano. Entonces miró a J.D. –Acelere. Es una orden.
—Eso es un suicidio— dije mirando a Molano. –Mi sargento, no lo haga.
—Guarde silencio Martínez… ¡¡¡J. D!!! Acelere.
J.D no tuvo otra opción que obedecer la orden de Molano. La furgoneta aceleró y nos metimos de lleno en medio de la multitud. A algunos los embestimos, otros simplemente comenzaron a aporrear los cristales. Nuestra misión se había complicado gracias a la imprudencia de Molano.

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