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domingo, 30 de julio de 2017

ZOMBIES Capitulo 7 Atrapados

7
ATRAPADOS

Día 17 de junio de 2010
Polideportivo… Puzol…

La furgoneta avanzaba lentamente entre la multitud de infectados. Algunos pasaban rodando por encima del capó y acababan cayendo al asfalto, donde posteriormente las ruedas les pasaban por encima y les aplastaban el cráneo, el torso o alguna extremidad. Otros simplemente aporreaban los cristales.  De momento estábamos teniendo suerte y estos no se habían comenzado a romper todavía, pero esa suerte no duraría siempre.
—J.D. Aparca la furgoneta sobre la acera. Pegada a la valla del polideportivo— comenzó a decir Molano –Así no podrán rodearnos.
—¿Y cómo saldremos nosotros? — preguntó J.D. Por la expresión de su cara, no parecía confiar mucho en la idea de Molano. Se le notaba claramente aterrado, y no era el único.
—Lo haremos por el techo—respondió Molano –Después, treparemos por la valla y saltaremos al polideportivo.
—¿Y después como volveremos al vehículo? — preguntó Paco.
—Ya nos preocuparemos por eso después— dijo Molano –Haz lo que te dije J.D.
La furgoneta se subió a la acera con un volantazo que J.D dio, lanzando por los aires a algunos de los infectados. La furgoneta con nosotros dentro comenzó a desplazarse sobre la acera, pegada a la valla. J.D la detuvo, y enseguida los infectados se apelotonaron contra ella, haciendo que se tambaleara de un lado a otro. En cualquier momento podrían hacernos volcar.
Molano se puso en ese momento de pie y pasó a la parte trasera. Abrió una ventanilla que había en el techo. Salió fuera y comenzó a disparar mientras nos gritaba que saliéramos. Seguidamente vimos como comenzaba a trepar por la valla y se dejaba caer al otro lado.
Paco salió seguido por mí. Después salió Jorge seguido de Ángel. Solo faltaba J.D. Su cinturón se había quedado atascado. Nosotros comenzamos a disparar mientras cubríamos a Paco que había comenzado a trepar. Entonces, un infectado logró subirse a la furgoneta trepando por un lateral, pero Ángel le voló la cabeza y le pegó una patada en el pecho. Haciéndolo caer sobre la multitud de infectados que cada vez parecían más excitados. Nos estaban asediando por todos los lados desprotegidos.
—¡¡¡J. D!!! ¡¡¡Vamos!!!—gritó Ángel al tiempo que disparaba a un infectado. Yo había comenzado a trepar junto a Jorge cuando vi como un infectado grueso y de gran tamaño arremetía contra la luna delantera. Haciendo que el cristal estallara en pedazos. Al verlo, Jorge y yo nos dejamos caer de nuevo sobre el techo de la furgoneta. No podíamos dejar atrás a nuestro amigo.
J.D, que había logrado quitarse el cinturón.  Comenzó a moverse dentro de la furgoneta, retrocediendo para alejarse de los infectados que comenzaban a entrar dentro del vehículo. Yo, ayudado por Ángel y Jorge volví a entrar dentro de la furgoneta para ayudar a mi compañero. Podía escuchar los gritos de Molano, aunque no sabía lo que estaba diciendo, y francamente me daba igual. Para mí, era más importante salvar a J.D. Me acerqué a J.D y vi entonces a varios infectados agarrándolo de los pies y tirando de el para sacarlo. Yo lo agarré por un brazo mientras abría fuego contra esos asquerosos seres. Los había de todo tipo. Mujeres, hombres, ancianos, niños… Un niño se abrió paso a través de una ventana que acababa de romperse, cayendo sobre el estómago de J.D. Pese a que yo le disparé varias veces, dado el poco espacio en el que me estaba moviendo. Aquel pequeño monstruo logró morder a J.D en el costado, yo entonces le di varios golpes en la cabeza con la culata hasta que acabé con él. J.D lanzó en ese momento un grito de dolor. Ángel y Paco ya habían saltado al otro lado. Desde ahí estaban disparando. Yo me negaba a dejar a J.D y allí dentro seguía defendiéndolo de los infectados que estaban entrando.
—Vamos. Sácalo de ahí— me gritó Jorge metiendo medio cuerpo por la ventanilla del techo, desde ahí nos iba cubriendo a nosotros. —¡¡¡Vamos!!!
Más infectados comenzaron a entrar por la luna delantera. Aunque maté a unos cuantos, otros agarraron a J.D y comenzaron a tirar de él otra vez. Esta vez con más fuerza Jorge también les estaba disparando, pero eso no impidió que le mordieran más veces. Yo sabía que, al haberle mordido, J.D ya no tenía salvación, pero sabía que, si lo dejaba ahí, sufriría lo inimaginable mientras se lo comían vivo.
Las puertas traseras comenzaron a abrirse y los infectados metían sus brazos. Yo tuve que dejar de disparar a los de delante para ocuparme de los de detrás. Estaba quedando atrapado yo también. Entonces, me llegó la voz de Molano por encima de los gemidos.
—¡¡¡¡Matadle y salid de ahí!!!!
—Mi sargento…— murmuró Ángel mirando al sargento Molano.
—Le han mordido. Está infectado. Ya es como si estuviera muerto.
Jorge saltó al interior también para cubrirme, entonces, comenzó a darme palmadas en la espalda y luego comenzó a tirar de mí para sacarme. Los infectados y yo, seguíamos luchando por J.D. Me negaba a dejarlo, no iba a hacerlo. Otro fuerte tirón me arrastró junto a J.D y un infectado casi me mordió. Solo la rápida intervención de Jorge me salvó.
—Tenemos que salir de aquí— dijo Jorge. —¡¡¡Juanma!!!
—Suéltame— dijo en ese momento J.D –O moriremos.
—Lo siento— dije en ese momento. Fue en ese momento cuando un nuevo tirón me hizo soltar a J.D.  Los infectados sacaron a J.D de la furgoneta y yo lo perdí de vista, aunque me llegaron sus gritos mientras se lo comían. Yo, disparé a varios más que venían a por mí. Salí por la ventanilla del techo y miré hacia el lugar donde debía estar J.D, ya no le escuchaba ni lo veía. Tan solo vi a varios infectados en un montón, disputándose unas entrañas que pertenecían a J.D. Sentí un fuerte sentimiento de rabia y comencé a disparar a discreción. No miraba a donde apuntaba, únicamente disparaba y gritaba completamente fuera de mí. En ese momento noté como tiraban de mi hombro. Me di la vuelta pensando que era un infectado. Tenía toda la intención de disparar. Entonces vi a Jorge.
—Salgamos de aquí.
Ambos nos agarramos a la valla y comenzamos a trepar. No podía creerme lo que había pasado. Había perdido a J.D, podría haberlo salvado, pero no había sido así. Estaba muerto y yo me sentía culpable.  Conseguimos saltar al otro lado. Fue en ese momento cuando mi mirada se cruzó con la del sargento.
—¿Por qué cojones no hizo nada? ¿Por qué Sargento?
Entonces Molano, sin responderme. Se acercó y me pegó un fuerte puñetazo en la mandíbula. Me agarró por la solapa de la camisa y me volvió a golpear dos veces más. Noté el sabor de la sangre en lo boca. Después me pegó un rodillazo en el estómago y me tiró al suelo. Justo cuando iba a levantarme, totalmente enfurecido para devolverle los golpes, me encontré con el negro cañón de una pistola apuntándome a la cara mientras los demás observaban atónitos.
Jorge rápidamente trató de intervenir. –Mi sargento. ¿Qué es lo que está haciendo?
Molano miró a Jorge sin dejar de apuntarme –Cállate. Fuera de mi vista o luego te mataré a ti. Di una orden, di una jodida orden. Y vosotros no la habéis obedecido. Habéis arriesgado mi vida.
—¿Su vida? — pregunté entonces –Aquí el único que ha muerto ha sido J.D. Únicamente por que a usted se le metió en la cabeza meternos en medio de la multitud. Esto podría haberse evitado. Fue su imprudencia lo que ha matado a J.D y casi nos mata a nosotros.
—Sargento…— Paco se intentó acercar, pero entonces, Molano le quitó el seguro a su pistola. Paco se detuvo. Temía que, si avanzaba más, el sargento apretaría el gatillo.
—Lo siento Martínez, pero esto acaba aquí para usted. Era muy sencillo seguir mis órdenes y no sublevarse. Es una pena, es usted un buen soldado, pero no quiero más sublevaciones. Esto servirá para que el resto sepa lo que les espera— Aquel lunático estaba dispuesto a matarme. Iba a dispararme y a matarme. Lo daba todo por perdido y cerré los ojos esperando mí final, pero justamente, en ese momento. Escuché un golpe y abrí los ojos. Miré a Molano y vi que tenía los ojos abiertos de par en par. Fue en ese momento cuando cayó al suelo de bruces. Detrás de él se encontraba Ángel. Este había golpeado a Molano con la culata de su fusil y lo había dejado inconsciente.
Jorge se apresuró a ayudarme a levantarme mientras no dejaba de mirar a Molano, este seguía inconsciente. Con la lluvia cayendo sobre su inerte cuerpo. –Maldito loco. Estaba dispuesto a matarte.
—¿Está muerto? — preguntó Paco.
—No. Solo está inconsciente— respondió Ángel tras agacharse junto al sargento y tomarle el pulso. –Estará así un buen rato.
—¿Qué se supone que vamos a hacer ahora? No podemos dejarlo suelto. Va a querer matarnos cuando vuelva a estar consciente— dije yo mientras me limpiaba la sangre de la boca.
—Deberíamos matarlo— dijo en ese momento Ángel. Yo lo miré y por su expresión, noté que hablaba muy en serio. –Es peligroso.
—No— dije –No somos como él. Tenemos que dejarlo inmovilizado en algún sitio donde no nos cree problemas.
—Yo tengo unas esposas que encontré en el instituto. Pensé que nos servirían— dijo en ese momento Paco mostrándolas. Yo las cogí rápidamente y miré a los demás.
—Ayudadme a trasladarlo.

Calles de Puzol…

La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas del blindado mientras este circulaba por las calles casi desiertas del pueblo. Se podía ver algún que otro infectado solitario o parado en algún lugar. Estaban como aletargados. Algo que pese a las terribles expectativas que se habían planteado en un principio, no eran para tanto y parecía que las cosas iban a salir mucho mejor de lo que esperaban, pero había algo que los inquietaba pese a que el camino que un principio creyeron que iba a ser más difícil, les estaba resultando prácticamente un paseo. Lo que les inquietaba era que los cientos de infectados debían estar en alguna parte. Se habían desplazado hacia algún lugar, quizás persiguiendo a alguien. David pensó enseguida en Juanma y en el resto del grupo. Le aterrorizaba la idea de que los infectados los hubiesen acorralado.
—¿Dónde se han metido los infectados? Pensé que habría más. ¿Qué estarán haciendo? — preguntó Juan. –Hay muy pocos por esta zona.
—Eso no me importa. Lo prefiero así, mejor si están lejos de nosotros—respondió Víctor mirando a Juan a través del espejo.
—Ya estamos cerca de Mercadora. No tardaremos en llegar. Espero que las cosas se mantengan tranquilas—dijo Bosco
—Puede que estén donde están Juanma y los otros. Espero que estén bien. No me gustaría enterarme que el hecho de que no hayamos tenido complicaciones es porque las están teniendo ellos—dijo David
—Tranquilo. Juanma, Jorge, Paco, J.D y Ángel forman un buen equipo. Son bastante duros. Cuando hacemos prácticas de combate con balas de pintura… —Juan hizo una pausa cuando vio que David y Bosco lo miraban como si no supieran a que se refería. Tomó aire y continuó –Si, a ver. Me refiero al juego ese de coger la bandera. Normalmente, cuando nos dividen en equipos y ellos están en el mismo, cooperan de tal manera que para ellos es un juego de niños. Son unos estrategas de la hostia. Te lo puedo asegurar. También. A la hora de disparar, tienen buena puntería— Juan miró a Víctor— ¿Recuerdas cuando las Alfas?
—Por supuesto. Siempre recordaré lo que pasó. No nos lo esperábamos— respondió Víctor con una sonrisa.
—¿Qué pasó? — preguntó David.
—Nos tendieron una emboscada. Estaban subidos a los árboles. Así fue como nos ganaron— respondió Víctor. –Fue tremendo. Lo planearon muy bien.
—Estáis hablando de ellos como si fueran un comando de Elite— dijo Bosco
—No. No es eso, pero son buenos en lo que hacen. Planean emboscadas como nadie. Nos sorprendieron. Era de noche, sobre las dos de la madrugada. Estábamos montando guardia en el campamento junto a nuestra bandera, protegiéndola… O eso pensábamos. Cuando nos dimos cuenta, nosotros estábamos eliminados y ellos tenían nuestra bandera. Perdimos, juro que nunca he visto nada parecido—contó Víctor con una sonrisa. –Fue tremendo.
—Nos cosieron a balazos desde los arboles— añadió Juan. A mi prácticamente me pillaron con el culo al aire. Resumiendo, que si Molano se los ha llevado a ellos es por algo. Confía en ellos.
—¿Estabais en medio de la montaña? — preguntó David
—Si. Por supuesto. Ahí llevamos a cabo las maniobras de combate y supervivencia— dijo Juan. –Es un buen lugar…—  En ese momento, Víctor interrumpió la conversación y aceleró.
—Ahí está la entrada. Agarraros fuerte.
El blindado atravesó el cristal de una de las puertas del Súper Mercado y se entró de lleno en uno de los pasillos. Fue en ese momento cuando vieron como una figura se hacia un lado de un salto para no ser atropellada. Era la primera vez que veían a uno de esos seres actuar con esa inteligencia, más propia de un ser humano.
—¿Lo habéis visto? ¿Qué ha sido eso? — pregunto David mientras abría la puerta que tenía a su lado.
—Id con cuidado— dijo Víctor abriendo la puerta del conductor.
Los cuatro se bajaron del blindado con cautela y con las armas preparadas. Avanzaron hasta donde la silueta había saltado y entonces, vieron como una figura se levantaba con las manos en alto. Ellos le apuntaron y la figura se tambaleó como si se asustara.
—No disparéis— dijo la figura avanzando y saliendo a la luz con las manos en alto. Todos se quedaron con los ojos muy abiertos. No se trataba de un infectado. Era un chico rubio. De ojos azules y delgado. Aunque estaba algo sucio, parecía estar saludable. Tampoco parecía tener mordiscos a la vista. Él estaba tan sorprendido como ellos. Era indudable lo que estaba pasando. Estaban ante una persona viva. Un superviviente.

Mercadona…
Puzol…

Félix se encontraba de pie con las manos en alto. Ante él, había cuatro personas apuntándole con fusiles. Esas personas parecía que iban a disparar. Rápidamente comenzó a hablar para que vieran que se trataba de una persona que no estaba infectada. Que vieran que era alguien normal. —No disparéis. Estoy vivo. Mirad, puedo hablar. Soy una persona viva. No soy como esos seres— Félix dio vueltas sobre sí mismo. —¿Lo veis?
—¿Quién eres? — preguntó David enfocándole con una linterna. Lo observó de arriba abajo, buscando señales de mordiscos, pero no vio ninguno. Entonces miró a los demás –Parece que dice la verdad. No tiene mordiscos.
—Si joder. No me han mordido. Estoy sano. Yo…— Félix no terminó la frase. Justamente en ese momento aparecieron otras tres figuras que iban cargadas con bolsas de la compra. Víctor y los otros les apuntaron y estas se frenaron en seco.
—¡Quietos! —dijo en ese momento Juan –No os mováis— Eran dos chicos y una chica. Estos se quedaron quietos y al igual que Félix, levantaron las manos.
—No disparen. Somos supervivientes. Solo vinimos aquí a buscar comida. No hemos cometido ningún delito.
David, Bosco, Víctor y Juan bajaron las armas en ese momento. Víctor se adelantó un poco y miró a Lidia. —¿No creéis que los delitos ya no tienen valor? El mundo se fue a la mierda. Nosotros hemos venido a lo mismo.
—¿Cuántos sois? —preguntó Bosco mirándolos a todos uno por uno.
—Aquí solo nosotros— comenzó a decir Lidia –Pero en el cine teatro de Puzol hay compañeros nuestros esperando a que regresemos.
—¿Cuántos sois en total? — preguntó David —Nosotros estamos refugiados en el Instituto. Allí hay más gente. Podéis venir con nosotros. Hay sitio de sobra.
Juan entonces se adelantó a David –Eh oye. No hemos venido a esto. Tenemos que llenar el blindado de comida y volver. No podemos llevarlos con nosotros. Molano se pillará un buen rebote—dijo Juan. Entonces se giró y miró a los cuatro supervivientes –No es nada personal, pero nosotros tenemos a un superior ante el que obedecemos.
Alex dejó caer unas bolsas y se arrodilló. –Por favor. Tenéis que llevarnos con vosotros. Haremos lo que queráis. Os lo suplicamos.
—Víctor. No podemos. Ya seriamos demasiados— dijo Juan –Piensa en lo que dirá Molano cuando vuelva. Esto podría hacer que nos echara del Instituto. Entiendo que esta gente necesita ayuda, pero piensa en lo que hará Molano.
—A la mierda lo que diga Molano. Nosotros vinimos aquí a salvar a la gente— Víctor miró a la chica –Ellos son civiles. Los llevaremos con nosotros.  Ya haremos entrar a Molano en razón.
—¿Cuántos más sois? —preguntó Bosco repitiendo la misma pregunta que habían hecho antes de que Juan los interrumpiera.
—Somos casi diez personas contándonos a nosotros. Allí nos esperan dos chicos, una chica, dos mujeres y un hombre— respondió Julián.  –Llevamos allí desde que comenzó esto. Antes había dos militares con nosotros, pero salieron y no volvieron. Creemos que pueden estar muertos.
—Escuchad. Sé que no debería pediros esto, pero tenemos que ir a buscarles. Hemos venido por las alcantarillas. Yo puedo ir y traerlos—dijo Félix –Puedo darme mucha prisa y estar aquí en menos de una hora.
—No cabríamos todos en el blindado. Aquí ahora no tenemos problemas, pero el regreso no podría ser tan fácil. ¿Cómo te llamas? — preguntó Víctor mirando a Félix.
—Félix— respondió el.
—¿Podrías ir allí y quedarte con ellos hasta que vayamos a buscaros? Avísales que iremos a buscarles y que se preparen— dijo Víctor –Estaremos allí lo antes posible.
—Si— dijo Félix –Me voy a poner en marcha ahora mismo.
—Me voy contigo. Soy el único que va armado. Me llamo David— dijo David estrechándole la mano a Félix. Seguidamente ambos salieron corriendo mientras los demás se quedaban allí.
—Muy bien— dijo en ese momento Bosco –Nosotros hagamos lo que hemos venido a hacer.
Todos comenzaron a llenar el blindado.

Cine teatro de Puzol…

Rosa se despertó al escuchar un grito. Ella se había quedado dormida tras mantener relaciones sexuales con Manuel. Ambos se habían quedado dormidos y no habían vigilado. Volvió a escuchar el grito de una mujer y se puso de pie. Comenzó a vestirse y entonces, Manuel también se despertó.
—¿Qué haces? ¿Qué pasa?
—Nos hemos quedado dormidos— respondió Rosa –Teníamos que estar vigilando y nos hemos quedado dormidos.
—No es para tanto. Solo no se lo digas a Lidia y ya está. No hay mayor problema que el que quieras provocar. Seguro que es…— otro grito interrumpió a Manuel.
—Voy a salir— dijo Rosa. Eso hizo que Manuel se pusiera de pie y comenzara a vestirse. Iba a decirle a Rosa que lo esperara, pero ella ya no estaba allí.
Rosa llegó a la gran sala de butacas. Nada más salir, le llegó el olor a putrefacción. Era un hedor desagradable. Tanto que le hizo taparse la nariz. Movió la cabeza y fue en ese momento cuando vio a un hombre bajando las escaleras. Se fijó bien y vio que se trataba de Tomás. Iba a llamarlo para preguntarle qué pasaba, pero entonces vio algo que no le gustó. En uno de sus brazos había una gran herida. Fue en ese momento cuando este la miró y entendió lo que le pasaba. Tomás estaba infectado, era uno de aquellos seres.
Tomás en ese momento comenzó a correr hacia ella. Rosa se quedó paralizada, entonces notó que alguien tiraba de ella. Cayó de espaldas y vio la puerta cerrándose de golpe y golpeando a Tomás en la cara. Miró a su alrededor y entonces vio a Manuel bloqueando la puerta.
—Los infectados… Han entrado… Pero ¿cómo?  — preguntaba Rosa
—Ha sido culpa nuestra— respondió Manuel. En ese momento. Una de las mujeres estampó su cara contra el ojo de buey de la puerta y Manuel retrocedió de un salto. También ella estaba infectada. No tardaron en aparecer allí más rostros. Manuel se lanzó de nuevo contra la puerta para impedir que entraran. Se giró entonces hacia Rosa. –Hay que bloquear esta puerta. Tráeme algo. En uno de los cuartos de limpieza hay unas cadenas. Tráemelas.
Rosa hizo lo que Manuel le dijo y corrió rápidamente. Justo cuando iba a llegar, se encontró cara a cara con Ricardo. Él estaba agachado en el suelo sobre el cuerpo de una mujer mientras se llevaba a la boca lo que parecían los intestinos de esta. Rosa comenzó a retroceder aterrorizada mientras Ricardo se ponía de pie. Rosa quiso echar a correr, pero resbaló y cayó de bruces. Entonces Ricardo se le echó encima y ella comenzó a forcejear con él. No tardó en sentir un dolor en el brazo. Ella gritó de nuevo y entonces, nuevamente, Manuel apareció para salvarle la vida. Golpeó a Ricardo y la ayudó a levantarse. Ambos corrieron, Rosa miró atrás y entonces vio a los infectados. Estaban dentro.
Rosa y Manuel llegaron a un cuarto, allí se encerraron y pareció que los habían perdido de vista. Manuel se agachó a su lado y le pidió silencio.
—No nos han visto meternos aquí. Si no nos encuentran se irán— comenzó a decir Manuel —¿Tú estás bien?
Rosa asintió, entonces se miró toda y vio que tenía algo de sangre en el brazo –Creo que me ha mordido.
Manuel sonrió y le acarició el pelo. –Bueno. Al menos estás viva. Te curaré eso.
En esos momentos. Ninguno de los dos sabía que Rosa estaba ya infectada.

Mercadona…

El blindado ya estaba cargado. Habían cogido todo lo necesario. Alimentos imperecederos y alimentos que caducarían pronto, esos serían los primeros que consumirían. La cantidad que habían conseguido, aun con todos los que eran y que iban a ser pronto, les duraría dos o tres semanas como mucho.
—Ya está todo listo. Ya podemos irnos al instituto— dijo Víctor
—Oye. Ahí hay una máquina de tabaco ¿No crees que sería buena idea coger un poco? —preguntó Juan. –Se me está acabando. Cuando se me acabe, me subiré por las paredes.
—Yo llevo sin fumar desde que se armó todo este jaleo y no tengo intención de volver a él. Aprovecha ahora para dejarlo. Aprecia más la vida—dijo Víctor dándole una palmada a su compañero.
—Es cierto. Tienes razón. Nunca lo hubiese visto así. A la mierda. Total, se acabará antes o después. Parece que el apocalipsis sirve para algo más que para que dios se nos cague encima— respondió Juan.
—De hecho, he tenido otra idea— dijo en ese momento Víctor. –Cuando estábamos en el instituto me fijé en que había empezados algo que parecían campos de cultivo.
—Son de clases de agricultura… Creo— dijo en ese momento Bosco
—Exactamente. Al verlos he pensado que como pasaremos bastante tiempo allí, podríamos cultivar. Así podríamos mantenernos. Puede que, con el tiempo, si todo marcha bien. También podamos conseguir animales como vacas o cabras. Seriamos autosuficientes.
—Suena bien. Has tenido una gran idea— dijo Bosco apoyándose en el blindado
Víctor asintió y miró a todos los demás –Si ya estáis listos, es hora de irnos. Subid.
Todos subieron al blindado. En la parte de detrás iban Lidia, Juan, Julián y Alex. Ellos iban algo apretujados por las bolsas, pero al menos se sentían seguros. Víctor se puso de copiloto y le dejó el volante a Bosco.
—Vamos primero al instituto ¿No? —preguntó Bosco –Anna estará preocupada. Si tardamos mucho se asustará.
—Si. No te preocupes. Después de dejarlo todo en el instituto, iré hacia el cine y recogeré a los otros. Eso puedo hacerlo yo solo. No hay necesidad de preocupar más a tu chica—dijo Víctor
—¿Y qué hay de tu novia? Ella también estará preocupada— dijo Bosco mientras arrancaba el motor del blindado.
Víctor miró en ese momento a Bosco. Bosco pudo ver en ese momento, algo raro en la mirada de Víctor. Este entonces dijo algo que Bosco nunca olvidaría. –Podría engañarme a mí mismo y seguir pensando que ella sigue viva o a salvo en Barcelona. No me ha llamado ni aun funcionando todavía los móviles. Ni siquiera un mensaje. No soy tan estúpido como para pensar que ella sigue viva. Duele, pero lo tengo asumido.  Tu chica si sigue viva y a tu lado. Nunca olvides lo afortunado que eres.
El blindado salió de Mercadona y comenzó su viaje de regreso al Instituto donde los demás los estaban esperando.

Polideportivo…

Habíamos esposado a Molano a una tubería y le habíamos atado los pies. Nosotros estábamos alrededor de nuestro inconsciente sargento. No sabíamos cuánto tardaría en volver a despertar, pero sabíamos perfectamente que no nos lo iba a perdonar. Estábamos en un punto de no retorno.
—¿Que hacemos ahora con este tarado? Está claro que ya no lo podemos soltar. Nos mataría… Y a mí el primero cuando descubra que fui yo quien lo dejó inconsciente. Así que… Decidme ¿Qué hacemos ahora? —quiso saber Ángel
—Solo se me ocurre que lo dejemos aquí— dijo Jorge –Es nuestra mejor opción. Por no decir la única. A ti casi te mata— Jorge me miró.
—Cuando despierte querrá terminar lo que empezó. Está totalmente desequilibrado. Todo esto ha debido volverle loco— dije yo asegurándome de que no llevara armas. Era la tercera vez que lo cacheaba.
—Bueno. Está anocheciendo. Juanma, tú te conoces este lugar. Busquemos a los otros y salgamos de aquí. Ahí fuera parece que se rifa algo. Están intentando entrar—dijo Paco mirando a los infectados que se encontraban pegados a las vallas y la puerta. Solo varias cadenas les impedía que las puertas que se zarandeaban con violencia, se abrieran y aquellos seres entraran en tromba en nuestra búsqueda. Si lo lograban, nuestras posibilidades de salir de allí con vida… Eran mínimas.
Un trueno nos sorprendió en ese momento y nos sobresaltamos. Entonces comenzamos a avanzar. Teníamos que encontrar al resto. Pasamos junto a las vallas y entonces vimos algo que nos llamó la atención. Se trataba de un infectado, pero no era un infectado cualquiera. Se trataba de J.D. Le habían arrancado un brazo y le habían devorado parte de la cara, pero indudablemente era él.
—Ahora es uno de ellos. Se confirma así que antes de ser uno de ellos, el infectado muere. Después resucita como uno de ellos…— Ángel hizo una pausa –Muertos vivientes…
—La culpa es mía. Si le hubiese disparado cuando Molano me lo dijo… Ahora no estaría en esa situación. Le habría ahorrado el sufrimiento y esa muerte tan horrible—dije yo acercándome a la valla a la vez que sacaba mi pistola y le quitaba el seguro. Solo había una cosa que hacer. Tenía que acabar con él. J.D abrió la boca cuando me vio acercarme y extendió el brazo que tenía sano para cogerme. El mientras, gemía de frustración. Alcé la pistola y le apunté a la cabeza —Lo siento— Entonces apreté el gatillo y le disparé en la cabeza.
Tras la segunda muerte de J.D, entramos en el estadio cubierto de fútbol sala. Estaba oscuro como la boca del lobo. Solo se iluminaba con la luz de nuestras linternas y de la de los relámpagos. El silencio era sepulcral. Solo roto por el sonido de las gotas de lluvia al golpear el techo de uralita del estadio, sin embargo, lo peor de todo era el hedor a podredumbre, era como si hubiese cientos de cadáveres descomponiéndose a la vez. Enfocamos con nuestras linternas y avanzamos por la cancha. Iluminamos las gradas que teníamos a ambos en busca de señales de vida, pero nada. No había nada en absoluto.
—Esto está vació—dijo Ángel –Pero ese olor… ¿De dónde sale?
Paco intentó gritar, pero me llevé el dedo a los labios y le hice la señal de silencio.  —No grites aquí. Podrías atraer a los infectados que pueda haber aquí dentro. No nos arriesguemos a ser un buffet ambulante. Si nos rodeasen, estaríamos jodidos.
Seguimos avanzando y entonces vimos algo. Nuestras linternas estaban iluminando algo. Eran como unos bultos de color negro. Amontonados unos encima de otros. Nos adelantamos más y entonces nos dimos cuenta de que se trataba. De ahí venía el hedor. Eran bolsas para cadáveres. Algunas de ellas estaban mal cerradas y podía verse a la persona que había dentro. Incluso llegué a reconocer a alguno de ellos. Vi a un profesor que me había dado clase en sexto de primaria. Enfoqué uno por uno a los cadáveres que estaban al descubierto.
—Sinceramente. Esto es escalofriante—dijo Jorge —¿Algún conocido?
—Demasiados— respondí —¿Qué les habrá pasado?
—Hay incluso militares— dijo Ángel enfocando a uno. Era un chico que todavía sostenía una foto en una de sus manos –A ese lo conozco. Se llamaba Abraham… Se iba a casar el mes que viene.
—Seguramente los mataron para evitar que se convirtieran en esos seres— Jorge se acercó a uno de ellos y le enfocó la cara. Este presentaba un agujero en la cabeza. Enfocó a otros y vio los mismos agujeros –Evitaron que se reanimaran clavándoles algo.
—Qué horror— dijo en ese momento Paco –Prometedme que me haréis lo mismo si me muerden. No quiero acabar como los de ahí fuera.
—Lo mismo digo—dije yo
Un trueno hizo que me sobresaltase y estuviese a punto de caerme al suelo, pero Ángel fue más rápido y lo impidió. —Te va a dar un paro cardiaco al final.
—Es la tensión. No sé cuánto tiempo podré soportarlo. Tenemos que salir de aquí.
Seguimos avanzando entre los cadáveres. Fue entonces cuando llegamos a los vestuarios de los jugadores. Aquello estaba también muy oscuro. También allí olía a muerto. Allí el hedor era mucho más intenso. Enfoqué con mi linterna al suelo y vi varios gusanos blancos que iban en fila. Los fui enfocando hasta que siguiéndolos enfoqué a un rincón entre dos taquillas. Allí había un soldado. Este estaba destripado y tenía un agujero en la frente. Probablemente llevaba allí desde que empezó todo.
—Joder… Ese es Mohamed— dijo Jorge adelantándose y agachándose al lado para mirarlo mejor. Era buen tío. Un día me tomé una cerveza con él.
—Fíjate en el agujero de su frente— dije yo —¿Crees que lo hizo él?
—No lo creo. Lo destriparían antes. No pudo hacerlo el… Además… No tiene ningún arma con la que pudiese haberse hecho eso. Alguien lo hizo. Alguien metió a todos esos cadáveres en las bolsas. Podría haber sido alguien de los que pidió ayuda.
—Esto está vació. Salgamos de aquí y sigamos buscando— dije mirando a los demás.

Instituto de Puzol…

Bosco y los demás ya habían llegado al instituto y habían explicado al resto la nueva situación. Después habían descargado la comida. Nada más descargar, Víctor comenzó a preparar el blindado para volver a marcharse. Eso llamó la atención de Anna.
—¿Te vas otra vez? Si acabas de llegar.
—Si. David está allí en el cine teatro esperando. Será ir y volver— respondió Víctor.
—¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe? Podrías necesitar mi ayuda— dijo Bosco ofreciéndose para ayudar. Entonces Bosco miró a Anna, ya que esta al escucharle, había mostrado una mueca de desagrado. –Volveré enseguida. Me preocupa que vaya el solo. Si le acompaño, podemos cubrirnos el uno al otro.
—No. Me niego— dijo en ese momento Anna –Podría pasarte algo.
—Te prometo que volveré. Volveré antes de que te des cuenta. No pienso morir ahí fuera.
Anna aceptó finalmente. Víctor y Bosco se subieron al blindado y salieron por la puerta que se había abierto recientemente.
—De verdad. No hacía falta que me acompañaras— dijo Víctor mientras conducía. –Podía hacerlo yo solo. ¿No te quedó claro lo que te dije?
—Por supuesto que me quedó claro, pero por eso mismo te acompaño. Quedándome ahí no la protejo. Saliendo, sé que aumentan las posibilidades de que podamos conseguir ayuda— respondió Bosco.
*****
Anna estaba delante de la puerta bajo la lluvia viendo como el blindado se perdía en la oscuridad del anochecer. Entonces se le acercó Lidia y la cubrió con una chaqueta para que no se mojara.
—Vamos a dentro. Te estás empapando y nos encontramos en una situación en la que lo último que necesitas es caer enferma. Vamos… Ya verás cómo vuelve pronto.
Anna guardó silencio y entonces miró a Lidia. –Todo sería muy distinto si esto no hubiese sucedido. Ahora ya no hay nada que hacer.
—¿De qué hablas? — preguntó Lidia
—De nada. Tienes razón, volverá. Eso espero— dijo en ese momento Anna. Seguidamente, ambas se dirigieron hacia el interior del edificio.

Alcantarillas…

David y Félix habían llegado junto a una escalera. Se encontraban en las alcantarillas con el agua hasta las rodillas. En el mismo lugar donde el viaje hacia Mercadona había comenzado. El agua caía desde los desagües debido a la torrencial lluvia.
—Aquí es—dijo Félix poniendo una mano sobre la escalerilla de mano.
—¿Estás seguro? — preguntó David mirando a Félix. –Podrías haberte equivocado.
—Sí que lo estoy. Estamos justo delante de la Casa de la Cultura. Es aquí donde bajamos para ir allí. Haz el favor de mirar por el desagüe a ver si hay infectados cerca—dijo Félix –Si no los hay, saldremos. Aunque tendremos que hacerlo con extremo cuidado.
David se acercó a uno de los desagües. Se asomó un poco, pero no se veía nada. Solo la calle vacía y oscura. Pudo escuchar gemidos a lo lejos. No parecía haber infectados cerca. El camino que iban a seguir parecía despejado.
—Despejado. Podemos salir—dijo David
—Entonces vamos. Los demás deben estar esperándonos—dijo Félix mientras abría la tapa de la alcantarilla. Félix salió seguido de David. Una vez fuera, pudieron ver a un infectado al otro lado de la calle como a unos cien metros. Félix miro entonces a la puerta que llevaba al interior del cine y entonces descubrió con horror que la puerta que tanto se habían esforzado en mantener cerrada, estaba abierta.
—Joder— dijo Félix comenzando a correr en dirección a la puerta. David corrió detrás de él y lo detuvo. Félix se revolvió y le empujó —¿Qué haces?
—Evitar que cometas una estupidez— David le pasó entonces una pistola. —¿Sabes usarla?
Félix negó con la cabeza –No. No sé.
—Solo tienes que apuntar a la cabeza y disparar— dijo David.  –Es bastante sencillo. La vas a necesitar si vamos a bajar ahí abajo. Cógela con firmeza.
Félix cogió la pistola y ambos entraron por la puerta. Nada más entrar, Félix se dio cuenta de algo. En el suelo había cristales rotos, sangre y un extraño olor a alcohol. Enseguida se imaginó lo que había pasado. Eso lo llenó de rabia. David se dio cuenta de ello.
—¿Qué pasa? ¿Esto te dice algo? — preguntó David señalando los restos de botellas de cristal rotas.
—Si… Tomás. Ese desgraciado…—dijo Félix
—¿Quién es Tomás? — preguntó entonces David.
—Un tipo alcohólico que había aquí… Debe haber sido culpa suya— respondió Félix.
—Muy bien. Escucha. Si están vivos, pero presentan heridas por mordedura. Tendremos que matarles seguramente—dijo David
—¿Por qué? —preguntó Félix —¿Por qué habría que matarles?
—Se contagia por la mordedura. Un solo mordisco basta para que te infectes. Si a ti o a mi nos mordieran, acabaríamos siendo uno de ellos—explicó David
—¿Y cómo sabes eso? — preguntó Félix
—Nos lo dijo un militar antes de convertirse en uno. Estaba infectado. Le habían mordido—dijo David con pesadumbre. –Es así.
—De acuerdo—dijo Félix con resignación. –Si hay que matar a alguien infectado. Se hará.
—Una cosa más— dijo David —No importa quien sea. Habrá que matarle antes de que sea demasiado tarde. Por lo poco que sabemos, no hay cura, y ocurre demasiado deprisa como para poder hacer algo. Recuérdalo— dijo David comenzando a bajar por las escaleras seguido de cerca por Félix.

Polideportivo…

La piscina estaba vacía de agua y presentaba un aspecto desolador. Había cadáveres por todas partes, amontonados unos encima de otros. Había de todo: niños, mujeres, ancianos, hombres, adolescentes… Era un espectáculo aterrador. Habíamos llegado a la piscina tras buscar por todo el polideportivo. Solo nos quedaba buscar allí y en el bar que estaba justo allí al lado.
—¿Que ha pasado aquí? —pregunté yo observando todo aquello y mirando a mis compañeros. No daba crédito a lo que estaba viendo. Aquello era mucho peor que lo que habíamos visto dentro del pequeño estado cubierto de Futbol Sala.
—Calificaron el polideportivo como un punto seguro— Comenzó a decir Ángel —Por lo visto había infectados entre los supervivientes. El punto seguro se convirtió pronto en una trampa mortal.
Me llevé las manos a la cabeza mientras me dejaba caer de culo sobre el césped artificial –Esto es terrible— En ese momento me puse de pie, caminé hacia la piscina sin agua llena de cadáveres. Bajé por las escalerillas y comencé a buscar entre los cadáveres.
—¿Qué demonios estás haciendo? — preguntó en ese momento Jorge.
—Busco a mis padres y a mis hermanos— respondí mientras apartaba los cadáveres tras comprobar que ninguno de ellos eran mis padres o mis hermanos. Agarré a uno de ellos, un chico, pensé que era mi hermano Carlos, pero lo aparté a un lado cuando vi que no era él.
Jorge bajó de un salto y me agarró –Ya basta. Déjalo. No sigas.
—Suéltame— respondí empujándolo y alejándolo de mí. –Tengo que ver si están aquí ¿No lo entiendes? Quiero encontrar sus cadáveres y darles un entierro digno.
—Podrían estar vivos. Y aunque los encontraras y enterraras, eso no cambiaría nada— respondí empujando de nuevo a Jorge.
En ese momento escuchamos una voz a nuestras espaldas. Nos dimos la vuelta y allí vimos al Brigada Lucas. –Todos están muertos— dijo.
Los demás bajaron de un salto y se acercaron corriendo. Ángel fue el primero en llegar —Mi brigada— Justo cuando iba a llegar, el brigada le apuntó con la pistola.
—Atrás. Estáis infectados—dijo el brigada Lucas. Nosotros nos fuimos acercando lentamente y vimos que estaba rodeado de botellas de alcohol vacías. El brigada tenía una mano ensangrentada sobre su estómago.
Ángel levantó las manos. –No. No lo estamos. Vinimos a buscarle por que escuchamos su llamada de auxilio.
—Ellos sí. Tuvimos que hacerlo. Todos estaban infectados— dijo el brigada –Era lo único que podíamos hacer. Era la única manera de salvarles a todos. Después tuve que destruirles el cerebro para que no volvieran. La mordedura… Es la mordedura.
—¿Qué pasó? — pregunté yo —¿Cómo murieron?
—Con gas— respondió el brigada –Tuvimos que mentirles. Les dijimos que todo iba bien… Y los gaseamos…
—Del mismo modo que mataban a los judíos en los campos de exterminio— dijo Jorge al mismo tiempo que se ponía en cuclillas, preso del desconcierto. No podía creerse a lo que habían llegado. Aquello era horrible.
—Si…— siguió diciendo el brigada Lucas— No tuvimos otro remedio. Estaban infectados… Ese niño de ahí— el brigada señaló el cuerpo de un niño —Me mordió cuando iba a clavarle el cuchillo en la cabeza. No tendría que haber dudado mirándolo. Se reanimó muy pronto. Tuve que dispararle a la cabeza hace unas horas. No pudimos evitar que la infección se extendiese… No pudimos—dijo el brigada
Le quité la mano del estómago al brigada y entonces vi las marcas del mordisco. Eran claramente las marcas de los dientes de un niño. De hecho, había un par de dientes todavía clavados. Miré a los demás. Todos sabíamos que no había nada que pudiéramos hacer por él.
Ángel comenzó a apuntarle en ese momento.
—¿Qué haces? —preguntó el brigada
—Lo siento mucho mi brigada, pero está infectado. No tardará mucho en morir y ser uno más de ellos. Es duro, pero es así.
—Lo sé. Pensé en acabar yo mismo con mi vida, pero no me atreví. Lo único que hice fue sentarme aquí y beber sin parar. Esperando a que llegara el momento y desear que alguien me hiciese el favor de librarme de esa desgracia— dijo el brigada
—Mi brigada… ¿Hay alguien más por aquí? — preguntó Paco –Había más soldados con usted.
—No. Solo quedo yo. Todos los demás están muertos. Habéis llegado muy tarde—dijo el brigada
Eso nos hizo ver que habíamos ido allí para nada. Todo lo que habíamos hecho había sido en vano. J.D había muerto para nada.
Fuera estaba lleno de infectados. Cada vez había más. Todos gimiendo y metiendo los brazos entre los barrotes de las vallas. Era de noche y llovía a cantaros. En esos momentos teníamos que pensar rápido en que hacer y en como volver al Instituto, pero antes, había algo que hacer con el brigada.
—Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Aquí ya no hay nada que hacer— dijo Ángel.
—Tenéis que matarme. Hacedlo ahora. No quiero ser como esos seres. Es lo único que os pido—dijo el brigada –Mi vida ya ha llegado a su fin. No me queda mucho, lo noto.
Yo me adelanté entre mis compañeros y me planté delante del brigada. –Yo lo haré.
—Gracias—dijo el brigada cerrando los ojos.
Puse la pistola en la frente del brigada. Justo cuando iba a disparar, noté que me temblaba la mano. El brigada también se dio cuenta. Alzó las dos manos y las puso sobre la mía, la que sujetaba el arma. —No tengas miedo. Yo ya estoy muerto —dijo el brigada. Cerré los ojos y disparé.
Un relámpago iluminó la calle en ese momento. Allí vimos un centenar de infectados. Todos gimiendo. Si lograban entrar estaríamos acabados. Tras descubrir que habíamos ido para nada, lo único que nos quedaba era salir de allí. Teníamos que pensar cómo hacerlo y luego regresar de una pieza al instituto.

Cine teatro de Puzol…

El cine estaba oscuro. Solo se veía donde David enfocaba con su linterna. De repente escucharon un golpe. David y Félix avanzaron con cautela, buscando el origen de los golpes. Los cuales eran cada vez más fuertes. Llegaron a unas puertas dobles que estaban abiertas. Las cruzaron y comenzaron a recorrer un pasillo.
—¿De dónde viene eso? —preguntó David sin dejar de apuntar con su arma.
—Viene de ahí delante. Esto son camerinos y armarios de la limpieza. Los hemos estado usando como habitaciones— dijo Félix mirando a David.
Félix y David llegaron otro par de puertas. Allí vieron sangre, pero ningún cuerpo. A unos metros de donde estaban ellos, se escuchaban los golpes. David enfocó con su linterna y vio a varias personas de pie. Estaban aporreando una puerta. Félix los reconoció a la mayoría. Eran Tomás, las dos mujeres y Ricardo, además de otros desconocidos. La luz de la linterna los hizo percatarse de la presencia de David y Félix. Tomás fue el primero en darse la vuelta, mirarles y comenzar a avanzar. Los demás no tardaron en seguirle.
—Recuerda lo que te dije. Dispárales a la cabeza—dijo David mientras apuntaba al tipo grande que se acercaba.
David y Félix comenzaron a disparar. No tardaron en acabar con aquellos seres. Félix se acercó a ellos y los observó uno por uno. Finalmente, se detuvo junto al cuerpo del chico más joven. –Este era Ricardo. Nunca me cayó bien, pero no se merecía acabar así— Félix se puso en pie, caminó hacia el cuerpo del hombre grande y comenzó a patearlo. –Todo por tu culpa. Jodido borracho de mierda.
David se acercó a Félix y lo inmovilizó. –Déjalo. Ya está. Todo ha terminado.
En ese momento escucharon un ruido al otro lado de la puerta y luego se escuchó una voz. Era la de una chica que parecía joven.
—¿Quien está ahí? —preguntó la chica desde el otro lado de la puerta.
—¿Rosa? Soy yo. Soy Félix.
La puerta se abrió y apareció la chica, pero no estaba sola, también había un chaval. Ella abrazó a Félix y luego miró a David. El chico únicamente se quedó quieto mirándolos.
—Escuchad. No hay tiempo que perder. Nos vamos de aquí. Iremos al instituto. Lidia, Alex y Julián ya están allí— dijo Félix. Después señaló a David –Él es David. Es uno de los supervivientes del Instituto. Allí estaremos mejor.
Rosa se llevó las manos a la boca cuando vio los cadáveres de aquellas personas que hasta hace poco habían compartido más de una comida. Estaba tan conmocionada que parecía que no había escuchado las buenas noticias que le había dado Félix.
—¿Cómo se infectaron? — preguntó Manuel mirando los cadáveres.
—Probablemente mordieron a Tomás. El muy imbécil saldría a por alcohol. Seguramente fue así como entraron. Algo que se podría haber evitado si hubieseis vigilado, pero eso ya no importa. Ahora nos vamos.
—¿Qué tienen que ver las mordeduras? — preguntó en ese momento Manuel.
—Al parecer es así como se contagia— respondió Félix. –Así es como me lo dijo el— dijo señalando de nuevo a David. –A vosotros no os habrán mordido ¿Verdad?
Manuel respondió rápidamente —¡¡¡No!!! No nos han mordido a ninguno de los dos.
David vio la reacción de la chica y el chico. Ocultaban algo.

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