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domingo, 30 de julio de 2017

ZOMBIES Capitulo 8 Oscuridad

8
OSCURIDAD

Día 17 de junio de 2010

El blindado comenzó a avanzar por la calle Santa Teresa mientras las gotas de lluvia golpeaban con fuerza la carrocería del vehículo. Tan solo había seis infectados a la vista. Se trataba de una mujer que había en un balcón, esta presentaba una seria mutilación. De entre los coches salían dos chicas jóvenes, estas, tenían las costillas al aire y sus tripas colgaban hasta el suelo. Por el asfalto se arrastraba un hombre que había perdido las piernas, en su lugar solo quedaban dos muñones. Otros dos infectados, estaban saliendo de una de las porterías. Estos estaban como quemados. Su piel estaba oscurecida y tenían manchas rojas.
—No hay muchos, pero aun así debemos ser rápidos. Quién sabe si no habrá más en el interior de los edificios y tiendas. Bastará con que hagamos un ruido para que empiecen a acudir todos los que haya alrededor. Espero que no tengamos ese problema—dijo Víctor
—En ese caso tendríamos que evitar disparar. Supongo que bastará con evitarlos o enfrentarnos a ellos de uno en uno. Evitando en todo momento que lleguen a rodearnos—dijo Bosco
—Bueno, tenemos la lluvia y los truenos. Pueden ser una ventaja para nosotros. Nos pueden salvar el culo ocultándonos. Tenemos que ser precavidos—dijo Víctor deteniendo el vehículo junto a la plaza de la casa de la cultura.
El blindado se detuvo en frente de la casa de la cultura. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de las ventanas del vehículo. Víctor fue el primero en bajarse y entonces, de repente, los infectados parecieron haberles detectado y comenzaron a avanzar en su dirección con los brazos extendidos hacia delante. Bosco salió del blindado con un cuchillo en la mano, se acercó al infectado más cercano y le clavó el cuchillo en la cabeza.
—¿Decías que la tormenta jugaría a nuestro favor? Pues creo que te equivocabas—dijo Bosco mirando a Víctor al mismo tiempo que dejaba caer al infectado que había matado. Seguidamente acabó con el siguiente.
—Bueno. Es evidente que no sabemos nada de estos seres. Quizás podamos aprender más de ellos con el paso del tiempo— dijo Víctor acabando con las dos chicas infectadas. –Por el momento acabemos con estos— Víctor acuchillo en la cabeza al que se arrastraba.
Víctor y Bosco subieron por las escaleras que llevaban a la plaza de la casa de cultura. En ese momento, vieron como un par de infectados salían del interior del bar. Aunque no les hicieron demasiado caso. No parecía que fueran a alcanzarlos, y si lo hacían, podrían ocuparse de ellos rápidamente.
Bosco señaló entonces a la puerta del cine teatro –Vamos. Es ahí donde están los demás esperándonos. No hay tiempo que perder.
Víctor y Bosco abrieron la puerta del cine y llamaron a David y a Félix en voz baja. No tardaron en ver aparecer a David, a Félix, a un chico y a una chica por las escaleras. No parecía que hubiese nadie más.
—Creí que había más gente— dijo Víctor fijándose en que no les seguía nadie más.
—Había más gente, pero están todos muertos. Solo quedaban ellos dos—dijo David señalando al chico y a la chica. –Luego que te expliquen ellos mismos que es lo que ha pasado.
—¿Habéis traído el blindado? — preguntó Félix
—Si. Está ahí fuera. No había muchos infectados y hemos acabado con algunos. Salgamos de aquí antes de que vengan más— respondió Bosco –Si se congregan demasiados puede que no podamos avanzar.
El grupo se dirigió hacia arriba y cuando salieron, un infectado se abalanzó sobre Víctor. Se trataba de uno de los que habían visto antes salir del bar. Bosco se apresuró a quitárselo de encima clavándole un cuchillo en la cabeza. Entonces, Bosco vio a más infectados que iban hacia ellos. Todos estaban saliendo del bar. Era como un rebaño, Víctor entendió algo en ese momento. Esos seres seguían a uno cuando comenzaba a moverse. No eran demasiado inteligentes, pero bastaba con que uno de ellos comenzara a moverse hacia una presa para que los demás lo siguieran, del mismo modo que las ovejas siguen a un pastor.
—Id hacia el blindado. Vamos— dijo Víctor mientras acuchillaba la cabeza de otro infectado.
Bosco, Félix, Rosa, Manuel y David comenzaron a correr hacia el blindado. Quisieron disparar a los infectados que veían, pero Bosco no les dejó. Eso atraería a más.
Víctor seguía luchando con los infectados que se le iban acercando. Se había cegado con ellos. Los odiaba con todas sus fuerzas. Los odiaba tanto que ya solo pensaba en acabar con ellos. Ya había acabado con casi una decena de ellos cuando vio a uno de gran tamaño y con abultados músculos. Víctor se lanzó contra el infectado, pero aquel ser era fuerte. Víctor forcejeaba con el mientras escuchaba el chirrido de los dientes rotos y amarillentos del monstruo. Víctor trataba de clavarle el cuchillo, pero el infectado lo había agarrado del brazo. La boca del infectado se abría y cerraba con ansia, esta, estaba cada vez más cerca de su garganta. Un solo mordisco de aquel grotesco ser y estaría acabado. Estaría infectado el también.

Polideportivo de Puzol…

Nos encontrábamos en el bar cafetería del polideportivo, comiéndonos unas raciones que llevábamos en las mochilas y preparándonos para regresar al instituto. También estábamos pensando en qué hacer con Molano.
—Quizás deberíamos llevarle algo a Molano— dijo Jorge –Al fin y al cabo… Es nuestro sargento. No sé. Es lo que pienso.
—Que se pudra— dijo Paco –Ese cabronazo ha perdido por completo la cabeza. Si uno de nosotros estuviera en su lugar, el ni siquiera se plantearía lo de echarnos una mano. Por mí no le daría ni las migas.
—Casi mata a Juanma— dijo Ángel —¿Pretendes alimentar a ese pirado? Ni lo pienses tío.
En ese momento le pasé una de las raciones a Jorge –Llévale esto— En ese momento todos me miraron. Totalmente sorprendidos por mi acción.
—No te tomes a mal mi pregunta, pero… ¿Eres estúpido? Recuerda que casi te mata— dijo Paco –Yo no le daría nada. Que se joda. Que le den por culo a ese pedazo de cabrón.
—Vamos a dejarle aquí. No es necesario que le demos de comer. Si quiere sobrevivir que se las apañe él solito. ¿Quiere comer? Pues que coma de su propia mierda—dijo Ángel.
—A ver. Es verdad que lo vamos a dejar aquí, pero debemos recordar que él es un ser humano. Nosotros no somos como él. Puede que se haya vuelto loco y que haya intentado matarme, pero nosotros no somos así. Le dejaremos comida, le advertiremos que no intente nada y nos largaremos. El estará desarmado en todo momento. No creo que se atreva a hacer nada. Le diremos que se largue… Y tendrá que hacerlo.
—Opino que deberíamos matarle— dijo en ese momento Paco.
—No. No podemos hacer eso. Somos personas. Si lo matamos perderemos parte de nuestra humanidad— respondí.
—El mundo ha cambiado. Ya no hay humanidad que valga. Las reglas son otras ahora. Algún día te tendrás que dar cuenta. Yo ya lo he hecho.
Jorge salió de al exterior. Llovía a cantaros. Se acercó a donde debía estar Molano, pero este había desaparecido, solo quedaban las esposas colgando de la tubería. Jorge se dio la vuelta y comenzó a correr para reunirse con los demás.
Jorge entró en el bar cafetería. Estaba empapado y pálido. En sus ojos podía verse el terror. Nosotros nos levantamos para ver que estaba pasando.
—Oye ¿Qué es lo que pasa? — Ángel sonrió —¿Has visto un fantasma o qué?
Jorge tardó un poco en contestar, pero finalmente respondió —Es Molano. Es el jodido Molano.
—¿Molano? ¿Qué pasa con Molano? —preguntó Paco. Aunque comenzaba a temerse lo peor.
—No está. Se ha escapado. Fui a llevarle la comida y había —dijo Jorge
—Espera ¿Me estás diciendo que ese loco se ha soltado? ¿Qué ese loco anda por aquí suelto? —preguntó Ángel. Entonces me miró –Esto no me gusta nada.
—Esto es perfecto. Como si no tuviéramos bastante con esos miles de podridos ahí fuera. Ahora tenemos a un lunático por aquí suelto—dijo Paco —¿Puede ocurrirnos algo más?
—Lo que está claro es que Molano va a venir a por nosotros— comencé a decir –Le hemos golpeado y esposado. No lo dejará pasar, así como así. Tenemos que ir a por él antes de que el venga a por nosotros—dije mientras le quitaba el seguro a mi fusil. Entonces miré a Ángel –Las reglas han cambiado. El mundo ha cambiado.
—¿Te atreverás a disparar a Molano? ¿Nos atreveremos a dispararle nosotros? —preguntó Jorge mirándonos a todos uno por uno.
—No es necesaria matarle. Basta con herirle. Es el o nosotros— dije yo.

Calle Santa Teresa…

Víctor golpeó al infectado y logró quitárselo de encima por fin., después le clavó el cuchillo en la cabeza y siguió luchando contra los que venían. Algunos comenzaban a rodearlo. El siguió luchando, siendo salpicado por la sangre. Podía escuchar los gritos de los demás. Los escuchaba decirle que lo dejara, que regresara al blindado, pero él no los quería escuchar. Víctor quería acabar con esos seres. En ese momento vio una figura que se lanzaba sobre él. Víctor estuvo a punto de clavarle el cuchillo, pero entonces vio que se trataba de Bosco. Este agarró a Víctor del brazo y comenzó a tirar de el mientras corría hacia el blindado.
—¡¡¡David!!! Pon en marcha el motor ¡vamos! — decía Bosco mientras corría
David pasó de un salto al asiento del conductor y giró las llaves en el contacto. Puso en marcha el motor mientras Víctor y Bosco se acercaban corriendo y disparando a los que se iban cruzando con ellos. Félix abrió entonces la puerta trasera y los dos entraron al interior del vehículo de un salto.
—Acelera— dijo Bosco
David piso el acelerador y el blindado salió prácticamente disparado. Atropellando a todos los infectados que había delante Y golpeando a varios vehículos que había abandonados en la calle.
—¿Estás bien? — preguntó Bosco mirando a Víctor. —¿Qué ha pasado ahí? ¿Qué ha sido eso? ¿Qué demonios pretendías? ¿Qué te mordieran?
—No sé qué me ha pasado. No sé lo que pretendía. Me dejé llevar por el odio y el asco que les tengo a esos seres— explicó Víctor al tiempo que se limpiaba la sangre que lo había salpicado. Entonces vio como la chica y el otro chaval lo miraban. —¿Tengo monos en la cara o qué?
—¿Te han mordido? — preguntó en ese momento Félix.
—No— contestó Víctor. –No me han mordido ¿Y a vosotros? — Todos negaron con la cabeza. Víctor se recostó un poco y sonrió —Cuando lleguemos al instituto me voy a acostar un rato. Necesito dormir. Estoy completamente agotado.
—No serás el único—dijo David mirándolo a través del retrovisor.
—Todos necesitamos dormir y comer— dijo Bosco mientras se recostaba en el asiento y cerraba los ojos. –Cuando hayamos descansado lo suficiente… Quizás podamos ver todo esto con otros ojos y planear que hacer de ahora en adelante.
—Aun habiendo dormido dos días enteros dudo que podamos olvidarnos de este maldito infierno— respondió Félix.
Rosa tosió en ese momento y se tapó rápidamente la boca. —Lo siento. Creo que me he resfriado. Está lloviendo mucho— dijo rosa volviendo a taparse la boca para toser.
—No te preocupes— dijo Félix. –Lidia ya está en el instituto. Cuando lleguemos que te eche un vistazo y te de cualquier cosa. Mientras toma esto— Félix le dio un pañuelo.
Rosa se llevó el pañuelo que Félix le había dado a la boca para limpiarse cuando volvió a toser. Cuando lo retiró, vio que en el pañuelo había sangre. Rápidamente lo ocultó para que nadie lo viera.

Polideportivo de Puzol…

El polideportivo estaba completamente a oscuras. Solo quedaba iluminado de vez en cuando por los relámpagos. La lluvia caía sobre nosotros. A los infectados de fuera no parecía afectarles la lluvia, para ellos era como si no estuviese lloviendo. Seguían metiendo los brazos a través de los barrotes cada vez que nos veían. Habíamos dado varias vueltas al polideportivo, pero no había ni rastro de Molano, pero sabíamos que él estaba todavía allí en algún lugar. Vigilándonos. No se iría sin hacérnoslo pagar.
—Manteneros juntos. Seguramente nos está vigilando. Puede aparecer en cualquier momento. Debe estar deseando agradecernos lo que hemos hecho por el—dijo Ángel sin dejar de apuntar en todas direcciones.
Jorge se detuvo entonces y miró hacia la valla. Estaba observando a los infectados —Fijaros en esos infelices. No tienen emociones de ningún tipo. Me dan pena… A pesar de que ya no son humanos.
—Parece que no sienten dolor. Ni piensan. Tampoco parece que sean muy inteligentes. Aunque parece que se comunican entre ellos de alguna manera. No se… Algo así como con gruñidos— explicó Paco mirándonos a todos al tiempo que señalaba a varios de los infectados.
—¿Porque crees que ha pasado esto? — me preguntó Ángel —¿Dirías que es algún tipo de castigo divino? Aunque no lo creo. Sinceramente.
—No lo sé, pero lo más probable es que haya sido algún tipo de virus. Tal como se decía al principio. Antes de que las cosas se desmadraran del todo.  De hecho… Cuando te muerden te infectan. Es un virus con toda seguridad—dije yo
—Si. Probablemente tengas razón. A ver. Yo no soy religioso, pero no dejo de pensarlo… Pero de verdad ¿Y si esto fuese realmente un castigo de dios? Vamos. El virus tiene que venir de algún lado— dijo Ángel —¿Quién sabe? Quizás el virus lo haya mandado dios en una especie de broma de muy mal gusto.
—Pues entonces dios es un cabrón si nos ha enviado esta plaga. Un enorme cabronazo en realidad. Cuando la palme le pienso pedir explicaciones—dijo Paco
Jorge nos miró a todos –Lo de dios puede parecer una chorrada, pero tiene algo de sentido si tenemos en cuenta ciertas cosas. En una película sobre muertos vivientes. Escuché esta frase: "Cuando ya no quedé sitio en el infierno. Los muertos caminaran por la tierra" No sé si es algún pasaje de la biblia, pero el caso es que tiene mucho sentido viendo lo que nos está pasando. Sé que es una película lo que vi, pero hasta ese momento… Estos seres también pertenecían a las películas.
—Eso también podría ser— dije yo. Aparté la vista de las vallas y miré a mis compañeros. –Venga. Demos un repaso más.
—¿Y qué hacemos si vemos a Molano? — preguntó Paco.
—Ordenarle que se quede quieto… Y si no lo hace… Dispararle en una rodilla.
*****
Molano los observaba desde su escondite. Aquellos que habían sido soldados a sus órdenes se habían revelado contra él y lo habían golpeado. Después lo habían esposado a una tubería y lo habían dejado allí con la esperanza de que muriera, pero él no iba a morir. No así.
Sus soldados no contaban con que él, iba a lograr escapar. Ahora ellos lo estaban buscando y sabía que cuando lo viesen, abrirían fuego, pero él no iba a ser tan estúpido. Él iba a ser el cazador.
Molano se ocultó nuevamente y caminó hacia un cadáver, el de un soldado. Este estaba debajo de unos matorrales. Molano se acercó a él y cogió el fusil que todavía sujetaba entre las manos. Comprobó si quedaba munición y así fue. Aún tenía, pero no demasiada. Aunque con eso, si apuntaba bien, le bastaría para matarlos a todos. Se cargó el fusil a la espalda y sonrió bajo la lluvia. Aquello iba a ser muy divertido. La cacería iba a comenzar.
******
Llegamos hasta el campo de fútbol. Este estaba completamente encharcado debido al agua de la lluvia.  A lo largo del campo podían verse algunos cadáveres. Podrían haber sido infectados o gente que no había podido volver, podían ser solo cadáveres. En cualquier caso, había cientos de ellos.
—Aquí tampoco parece que esté. Creo que deberíamos separarnos. Ya sé que deberíamos mantenernos juntos, pero quizás, separándonos cubramos en doble o triple de terreno. Maldita sea, puede que Molano ni siquiera esté por aquí. Podría haberse marchado —dijo Paco
—Así únicamente conseguiríamos que Molano nos cazase uno a uno. Ese no se ha marchado. Ese sigue por aquí. Es demasiado cabrón como para dejar pasar esto por alto— respondió Ángel. –No. Ni de coña.
—Vale. Nos dividiremos en dos grupos— dije en ese momento –Paco, ven conmigo. Vosotros dos id juntos— les dije a Ángel y a Jorge –Seguimos siendo más que él.
—Pero él tiene mucha más experiencia que nosotros. No creo que sea muy sensato hacer esto. En realidad, creo que deberíamos olvidarnos de esto y volver al Instituto. Sería lo mejor— dijo Ángel –Pero vosotros mismos. Simplemente acabemos con esto a la de ya.
—Muy bien ¿De qué parte nos ocupamos nosotros? — preguntó Jorge
—Echad un vistazo otra vez al bar. Paco y yo iremos hasta las gradas del campo de fútbol. Son los dos únicos sitios donde puede estar escondido sin quedar demasiado expuesto. Nos reuniremos dentro de media hora con vosotros allí. Si no damos con él, nos marcharemos al instituto— les dije a todos. Sentí en ese momento que era como si hubiera tomado el mando del grupo.
—Muy bien. Tened mucho cuidado. Si veis a ese cabrón no dudéis ni un solo segundo— dijo Jorge dándome una palmada en el hombro.
—Lo mismo digo. No hay que darle ni una sola oportunidad.

Instituto de Puzol…
18 de junio de 2010…
00:10 horas de la madrugada…

El blindado llegó al instituto. Lo hicieron sin problemas. Cuando les abrieron la puerta y el blindado se refugió al otro lado de la valla, Lidia salió a recibirles. Los demás estaban durmiendo. Jonatán y José estaban montando guardia bajo el toldo improvisado en la terraza del gimnasio.
Lidia se reunió con el grupo del blindado y se quedó atónita al ver que solo habían traído a Manuel y a Rosa —¿Dónde está la gente que falta? ¿Qué les ha pasado?
—Muertos— respondió Félix –Cuando llegamos nosotros era demasiado tarde. Solo quedaban ellos dos. Rosa nos ha contado que todo fue culpa del imbécil de Tomás.
Rosa se acercó a Lidia en ese momento y le dio un fuerte abrazo. Lo hizo con lágrimas en los ojos. Lidia trató de tranquilizarla. –No te preocupes. Ya pasó todo. Ahora estás a salvo.
—Ha sido horrible— respondió Rosa sin dejar de sollozar. Entonces comenzó a toser. Lidia le tocó la frente entonces y la miró.
—Estás ardiendo. Tienes algo de fiebre. Ven conmigo, tienes que descansar.
—Gracias. Creo que podría haberme acatarrado— respondió Rosa.
Lidia y Rosa entraron al interior del instituto, dejando a los demás aparcando el blindado cerca de la salida. Era necesario tenerlo ahí por si hacía falta salir de allí. Bosco y David entraron también en el edificio principal, pero ellos fueron directos a la cafetería. Una vez allí. David se acercó a Bosco y comenzó a hablarle en voz baja.
—Oye. No lo sé seguro, pero creo que esa chica, la tal Rosa, oculta algo— dijo David –La noto rara. Está como muy tensa. Y ese chico. Manuel… Hay algo que no nos han contado. Estaban como muy callados en el blindado. No sé qué puede ser, pero no me da buena espina.
—Si. Yo también me he dado cuenta. Quizás deberíamos vigilarlos a los dos —respondió Bosco

Polideportivo de Puzol…

Paco y yo avanzábamos con cautela por las gradas. Si Molano estaba ahí escondido, probablemente trataría de sorprendernos. Dimos varias vueltas más y no vimos nada. Incluso le dimos la vuelta a varios cadáveres para asegurarnos que no se estaba haciendo pasar por uno de ellos. Al no encontrarlo, miré a Paco y este me devolvió la mirada.
—Parece que aquí no está. Quizás deberíamos considerar que se pueda haber marchado—dijo Paco –Si te soy sincero, si yo estuviese en su pellejo me largaría. Estando en minoría no me arriesgaría a ir a por cuatro tíos armados. Deberíamos volver con los demás y salir de aquí. Ahora solo falta ver por dónde.
En ese momento le pegué una patada a una papelera y me senté en el suelo. –Mierda. Hemos venido aquí para nada. Nada de lo que hemos hecho hoy ha servido para nada. Y hemos perdido a J.D…
—No le des más vueltas a eso. No podías hacer nada. No te sientas culpable por eso. Nosotros tampoco pudimos hacer nada. No es justo que te martirices tu solo por eso. La culpa está repartida. Créeme— dijo Paco poniéndome la mano en el hombro. –Ahora reunamos con Jorge y Ángel. Volvamos al instituto. ¿Sabes cómo volver?
Entonces me puse de pie y miré a mi compañero. –Gracias por darme esos ánimos. Te lo agradezco— me di la vuelta y entonces señalé a una de las vallas que podíamos ver al otro lado del camp —Fíjate en esas calles. Están vacías. Si las seguimos rectas, en pocos minutos estaremos en el instituto. Es por ahí por donde tendríamos que haber entrado.
—Muy bien. Ya está todo claro entonces. Vayamos a buscar a Ángel y a Jorge. Vámonos de aquí y que le den a Molano.  Ojalá se pudra allí donde esté— dijo Paco dándome una palmada en la espalda.
*****

Cuando llegamos al bar cafetería, vimos que parecía vacío. Había un cadáver sobre la barra, uno que no habíamos visto anteriormente. Era un tipo vestido de militar. Por unos momentos pensé que era Molano y me acerqué a él para asegurarme. Cuando le levanté la cabeza y lo miré, vi que no era él. Estaba completamente destrozado. Su cara era un desastre, probablemente algún infectado se había estado dando un festín con él.
—Nos atacó cuando abrimos un armario. Escuchamos un ruido, pensamos que era Molano—dijo Ángel saliendo por una de las puertas. Hizo una pausa y nos miró. –No hay ni rastro del sargento ¿Y vosotros? ¿Habéis tenido suerte? — Paco y yo negamos con la cabeza.
—Entonces, puede que Molano se haya marchado. No hay otra opción. Hemos buscado por todo el polideportivo. Ese ya no está aquí—dijo Jorge –Deberíamos volver al instituto. Una vez allí deberíamos doblar las guardias y darles armas a todos, por si acaso se le ocurriera volver.
—Si. Venga, seguidme. Yo os diré por dónde saldremos— dije mirándolos a todos.
—¿Y por dónde saldremos? La calle está plagada de esos seres. No llegaríamos muy lejos si nos ponemos a correr entre ellos. Nos harían pedazos—dijo Ángel –Tendrá que ser muy buen plan el tuyo.
—Al lado del campo de futbol hay unas vallas. La calle esa está despejada. Cuando las saltemos. Si cogemos un camino recto. Estaremos en el instituto en pocos minutos. Ese era el camino que tendríamos que haber tomado al principio. De haberlo hecho, estoy seguro que nos habríamos ahorrado muchos problemas y quizás J.D seguiría vivo— les expliqué.
De repente, los cristales de las ventanas reventaron en mil pedazos junto al sonido de una ráfaga de disparos. Las balas zumbaron a nuestro alrededor. Rápidamente, los cuatro nos lanzamos al suelo y buscamos rápidamente una cobertura. Aunque no podíamos verlo, era evidente que alguien nos estaba disparando desde fuera. Y ese alguien no podía ser otro que Molano. Por fin había aparecido.
Me arrastré por el suelo y me situé detrás de la barra del bar junto a Ángel cuando lo escuché maldecir, cuando me acerqué a él cuándo me di cuenta de este sangraba abundantemente por un hombro. Era evidente una de las balas le había alcanzado.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Paco desde un punto que no podía ver. —¿Quién coño nos ha disparado?
—Han alcanzado a Ángel— dije mientras le ayudaba a hacerse el torniquete. Ángel terminó de hacerse el torniquete y dejó escapar una mueca de dolor. Iba a decirle algo cuando de repente, desde fuera, escuchamos la voz de alguien a través de un megáfono. Una voz que sonaba muy sarcástica.
—¿Todavía estáis vivos? Que bien. Venga dad la cara. Esto no ha hecho más que empezar.
Paco apareció de repente saltando por encima de la barra, cayó a mi lado y me miro horrorizado. Esa voz pertenecía indudablemente a Molano. No se había marchado, seguía allí y ya había tratado de matarnos. Yo dejé a Ángel y nuevamente me arrastré por el suelo. Fui hasta las ventanas y me situé debajo de una de ellas. Primero miré a mí alrededor para ver que todos estaban bien, entonces me asomando con cautela. Asomé un poco la cabeza y entonces vi a Molano sobre el tejado del estadio cubierto, el mismo donde habíamos encontrado todos aquellos cadáveres. En una mano llevaba un fusil y en la otra un megáfono. Este miraba hacia las ventanas con una sonrisa en la cara. Se le notaba estar disfrutando del momento. Parecía muy seguro de sí mismo, porque aun estando en minoría, no se estaba ocultando.
En ese momento, Molano volvió a la carga con sus provocaciones –Venga niñas. Sé que estáis todavía vivos. Contestad. Sois necesarios para hacer más divertido este juego. Vosotros lo habéis empezado, al fin y al cabo. Ahora os toca pagar— Volví junto a mis compañeros.  Esperando que alguno dijera lo que podíamos hacer para salir de esa.
—Ese loco está en el tejado del estadio cubierto— comencé a decirles —Si salimos seremos un blanco fácil. Y aunque comenzásemos a dispararle, alguno de nosotros acabaría herido. Como Ángel. Tampoco tenemos mucha munición.
—Pues tenemos que hacer algo. Pensad en algo— dijo Ángel. –Yo aún puedo plantarle cara a ese malnacido.
—Hay que curarte. No aguantarás mucho con eso— dijo Paco mirando a Ángel.
Molano interrumpió en ese momento nuestra conversación –Supongo que estaréis muy ocupados debatiendo que hacer y me duele interrumpiros, pero veréis, como veo que no parece que vayáis a decidiros, os voy a hacer una propuesta. Ahí fuera hay miles de ellos ¿Cuánto creéis que aguantaríais ahí dentro si comenzasen a entrar? Eso seguro que os haría salir de vuestra madriguera— Jorge quiso moverse de su sitio, pero entonces, Molano efectuó un nuevo disparo. Haciendo que Jorge no pudiese moverse del sitio. Yo me puse de pie sin que me viera y me oculté en un trozo de pared que estaba entre dos ventanas. Me intenté asomar un poco para dispararle, pero el ya no estaba, entonces escuché un disparo muy cerca de mí. Rápidamente me volví a ocultar. Volví a escuchar la voz de Molano –No seáis estúpidos. Vosotros seréis más, pero el que tiene la sartén por el mango soy yo. Os voy a repetir la pregunta: ¿Creéis que aguantaríais si esos seres comenzaran a entrar?
—¿A qué se refiere? —preguntó Paco en ese momento levantando la voz para que Molano le escuchase.
Molano volvió a hablar —Por fin responde alguien. Pues bien. Os explico. Una bala podría reventar el candado de las puertas. El que por sí solo resiste bastante bien, pero a lo que voy, si eso pasa, las puertas se abrirían de par en par, dejando paso a toda esa muchedumbre.
—Maldita sea. Se ha vuelto completamente loco— susurró Jorge.
Molano volvió a hablar –Veréis. Yo ya tengo una ruta de escape, pero ¿Y vosotros? Me encantaría quedarme para verlo, pero bueno—  Volvimos a escuchar un disparo en ese momento. Seguidamente escuchamos un ruido metálico. Yo me asomé un poco y vi como las puertas de la entrada se abrieron de par en par, dejando paso a todos los infectados de la calle. Miré al tejado donde debía estar Molano, logré verlo salir corriendo por el tejado. Nos había dejado atrapados.
Los primeros infectados llegaron al bar, atraídos por nuestra presencia. Enseguida comenzaron a aporrear los cristales agrietados por las balas y las puertas que Paco y Jorge se habían apresurado a bloquear. Ya sabían que estábamos allí y escapar iba a ser complicado.
—Tenemos que salir de aquí—dijo Jorge poniendo una mesa delante de una ventana para impedir que se colaran infectados.
—¿Hay alguna otra salida? — me preguntó Paco. –Están entrando también en la zona de la piscina. El bar está totalmente rodeado.
—No. Solo esas puertas que hemos bloqueado para que no entraran— respondí yo llevándome las manos a la cabeza.
—¡¡¡Joder!!!— gritó Jorge pegándole una patada a una de las sillas –Estamos completamente jodidos.
—No. Me niego a morir así. Yo tengo una idea, pero es algo arriesgada. No sé si lo conseguiríamos. No tenemos suficiente munición— dijo en ese momento Ángel mientras se hacía un nuevo torniquete.
—¿Qué idea? —pregunté yo acercándome a él.
—Abrirnos paso entre ellos. No será fácil, pero si nos organizamos lo conseguiremos. Tenemos balas. Cuando se nos acaben, los dejaremos tiesos con las culatas y los cuchillos. Tenemos que intentarlo— explicó Ángel. –La calle que dices… ¿Queda muy lejos?
—No— respondí –Tenemos a todos aquí delante. Bastará con avanzar unos cuantos metros para poder avanzar con más tranquilidad.
—Entonces hagámoslo— respondió Ángel. –Tiene que ser ahora o nunca.
—¿Qué tal te encuentras del hombro? ¿Aguantarás? —le pregunté a Ángel.
—Sobreviviré—contestó el. –Ahora hay algo más importante en lo que pensar.
Algunos infectados ya estaban comenzando a entrar en el bar y nosotros retrocedimos un poco. Yo me puse en pie y comencé entonces a disparar —¡¡¡Vamos!!!
Los cuatro disparábamos sin parar mientras avanzábamos. Habíamos derribado a una docena cuando llegamos a la puerta del bar. Fuera seguía lloviendo a cantaros. Al salir, los infectados que todavía no habían entrado, parecieron excitarse. Todos comenzaron a gemir y estirar los brazos hacia nosotros. Disparamos a los más cercanos hasta que agotamos casi toda la munición. Comenzamos a usar entonces los cuchillos y las culatas de los fusiles. Avanzábamos espalda contra espalda, protegiéndonos los unos a los otros. Estábamos organizándonos, sin dejar puntos muertos. Finalmente logramos salir de entra la multitud.
Fue entonces cuando comenzamos a correr en la dirección que indiqué mientras detrás de nosotros se iba formando otra multitud de aquellos seres.
Detrás de nosotros había al menos unos cien infectados. Finalmente llegamos al campo de fútbol. Saltamos las vallas y lo comenzamos a atravesar rápidamente. La lluvia lo había convertido en un auténtico barrizal. Los infectados ya habían llegado al campo. Los más torpes tropezaban y caían al barro. Los que venían detrás, al estar más enteros, les pasaban por encima a los caídos. Algunos se tropezaban con sus cuerpos. A pesar de la descomposición, algunos aun eran bastante rápidos, no tanto como antes, pero rápidos en sus movimientos. Ángel iba detrás de mí y tropezó. Me di cuenta entonces de que estaba perdiendo sangre. El torniquete se le debía haber aflojado, Jorge y yo retrocedimos y lo cogimos entre los dos antes de que se desmallara. Comenzamos a cargar con él. Paco iba delante y se paraba para disparar a cada dos metros para frenarlos un poco. Los infectados nos estaban ganando terreno a Jorge y a mí debido a que Ángel al ser más alto y robusto que nosotros nos pesaba cada vez más, y el barro nos frenaba, si tropezábamos o cometíamos algún error, sería nuestro fin. Y tampoco íbamos a dejar tirado a Ángel.
Llegamos por fin a la valla. Comencé a buscar una puerta de tela metálica, ya que con Ángel casi inconsciente no iba a poder trepar. Paco y Jorge nos estaban cubriendo. Cuando encontré la puerta, le di un golpe con la culata del fusil al candado y este se partió, dejando así la puerta abierta. Rápidamente, comenzamos a cruzar la puerta. Cuando los cuatro salimos, cerramos la puerta impidiendo que los infectados también salieran. Aunque la puerta no resistiría mucho, pero al menos nos daría tiempo para que los infectados nos perdieran el rastro.
Avanzamos por la carretera a oscuras y bajo la lluvia. Paco iba delante de nosotros, cubriéndonos, preparado para cualquier cosa que pudiera pasar, mientras Jorge y yo cargábamos con Ángel. El cual de vez en cuando decía algo que no lográbamos entender. Ya habíamos llegado a una zona urbana. Ángel estaba inconsciente, aunque todavía vivía, necesitaba atención médica cuanto antes. Tuvimos que detenernos para que Jorge le apretara el torniquete. Entonces Ángel recuperó la consciencia y me miró.
—No me encuentro nada bien. La cabeza me da vueltas—dijo Ángel
—Has estado inconsciente— respondí parándonos y sentando a Ángel en el suelo. Lo pusimos a cubierto para que no se mojara. Teníamos suerte de que esa calle estuviese despejada, al menos por el momento.
Jorge le revisó nuevamente la herida y me miró —Tenemos que sacarle esa bala. Si se le infectase podría perder el brazo. Podría incluso morir.
Yo me levanté, miré a mí alrededor. Recordaba que por allí cerca había una farmacia. Cuando la divisé, me agaché junto a Ángel y le ayudé a incorporarse –Ahí hay una farmacia. Seguidme.
Jorge y yo cargamos nuevamente con Ángel y comenzamos a caminar.  Estábamos en una calle llena de coches abandonados. En algunos, había infectados atrapados. Probablemente mordidos. Estos, cuando pasábamos cerca, posaban las palmas de sus manos sobre los cristales del coche y comenzaban a dar golpes. Algunos lograban romper el cristal, pero seguían allí atrapados. Seguramente para siempre.
—Joder. Esto no es nada bueno. Hacen demasiado ruido. A este paso atraerán a más—dijo Paco al mismo tiempo que le clavaba el cuchillo en la cabeza a uno que había entre el asiento y el capó del coche.
Llegamos a la puerta de la farmacia. Por suerte, la persiana metálica del establecimiento estaba abierta.  Los tres, con Ángel a cuestas, caminamos hacia el interior de la farmacia. Jorge cargaba con Ángel mientras que Paco y yo entrabamos apuntando hacia el interior por si aparecía algún infectado, pero estaba vacío. Parecía que la habían saqueado a conciencia. Quizás durante todo el pánico.
Una vez dentro de la farmacia, cerramos la puerta y fuimos hacia la parte interior. Allí tumbamos a Ángel en el suelo y Jorge le quitó el trozo de trapo con el que Ángel se había hecho el torniquete. La herida no tenía muy buena pinta.
—Tenemos que sacársela y volver al instituto cagando leches. Molano podría regresar antes que nosotros y hacer daño a los que están allí— dije yo.
Mientras Jorge y yo atendíamos a Ángel, Paco comenzó a llenar su mochila de medicamentos que pudiéramos necesitar más adelante.
—Necesito unas pinzas que estén esterilizadas. Busca por aquí. Tiene que haber algo de eso—dijo Jorge alumbrando la herida de Ángel con la luz de su linterna.
Yo me puse en pie y comencé a rebuscar por todos los cajones. Entonces encontré unas pequeñas, de esas que se usan para arrancar pelos pequeños. Se las mostré a Jorge –¿Estas te van a servir?
—Si. Pásamelas— respondió Jorge. Yo se las lancé y el las cogió al vuelo.
—¿Necesitas algo más? — pregunté.
—Voy a necesitar un mechero para cauterizarle la herida después. Que Paco te de el suyo— respondió Jorge al tiempo que se quitaba el cinturón y se lo metía a Ángel en la boca. –Muerde esto y aguanta. Esto no te va a gustar.
Yo me acerqué a Paco y le pedí su mechero. Cogí el mechero y volví junto a Jorge y Ángel. Jorge había preparado algunas vendas.
—¿Sabes extraer balas? — pregunté yo –Por favor. Dime que sí.
—Si. Ese día no estabas, pero asistimos a un tipo de cursillo de primeros auxilios. Una de las cosas que nos enseñaron era sacar balas. Fue lo más básico. Aunque nos enseñaron como teníamos que hacerlo en una situación extrema. Esto es bastante extremo— me respondió Jorge.
Paco se asomó a la trastienda donde estábamos y nos miró —Eh chicos. Los infectados parece que se acercan. Será mejor que guardemos silencio. No creo que sepan que estamos aquí.
—Bueno Ángel. Allá voy— comenzó a decir Jorge. –Intenta no gritar.
Ángel lanzó un suspiro –Venga, hazlo ya. He soportado cosas peores
*****
Jorge había logrado sacarle la bala a Ángel. Este ya estaba consciente y estaba comiéndose una ración. Se había tomado unos antibióticos para la infección. Jorge había hecho muy buen trabajo. Había logrado extraer el proyectil sin problemas y después había cauterizado la herida calentando la hoja de su navaja. Estábamos tranquilos allí dentro. En el exterior, la horda de infectados que había visto Paco, había pasado de largo y muchos se habían dispersado.
—¿Qué hora es? —preguntó Jorge tratando de verla en el reloj que allí había.
Me acerqué al reloj –Son las cuatro de la madrugada. Faltan tres horas para que amanezca.
—Parece ser que los infectados nos han perdido en rastro. La calle está despejada. Hay algunos dispersados, no serán un problema, aunque nos vean—dijo Paco
—En ese caso deberíamos regresar al instituto. Yo ya estoy bien— dijo Ángel –No perdamos más el tiempo aquí. Salgamos cuanto antes.
—Muy bien. Pues vamos. Pongámonos en marcha cuanto antes—dije yo
Seguía lloviendo a cantaros. Salimos de la farmacia y comenzamos a andar por la carretera, a lo lejos vimos el instituto. Estaba muy oscuro, pero yo podía distinguir la silueta. Estaba deseando llegar y asegurarme de que Molano no había regresado antes que nosotros. Esa idea me aterrorizaba, temía que Molano hubiese llegado y que les hubiese hecho algo a los que allí nos esperaban y que desconocían por completo lo que había sucedido en el polideportivo. Desconocían por completo que Molano se había convertido en nuestro enemigo.
—Ya estamos llegando— dijo Jorge –Estaremos allí enseguida.
—Espero que Molano no esté allí—dijo Paco mientras me miraba.
—Si Molano ha llegado antes que nosotros y les ha hecho algo. Juro que le mataré— dije mientras corríamos.
Por fin llegamos a la entrada del instituto. Al principio me temí lo peor, pero cuando Jonatán se asomó desde la terraza del gimnasio, sentí que todo estaba bien. Que allí no había pasado nada. Que Molano no estaba allí. De estarlo, seguro que les habría hecho algo. Rápidamente nos abrieron la puerta y los cuatro entramos. Jonatán y José bajaron a recibirnos.
—Me alegro de veros—dijo Jonatán acercándose. Cuando estuvo delante de nosotros se percató de que faltaban J.D y Molano. —¿Dónde están los demás?
—¿Dónde están J.D y Molano? — preguntó José caminando a nuestro encuentro.
—Es algo largo de contar, pero resumiendo: J.D no lo ha conseguido, está muerto. Molano se volvió loco e intentó matarnos.  Conmigo casi lo consigue— contestó Ángel señalando su hombro herido. –A él le debo esto.
—Molano…— comencé a decir –Él no ha venido por aquí ¿Verdad?
—No. Por aquí no ha aparecido— respondió Jonatán. –Supongo que no lo hará ya.
—No nos confiemos— dije –Habrá que doblar, incluso triplicar las guardias. Va a querer vengarse. Lo conozco bien. ¿Ha pasado algo mientras estábamos fuera? — pregunté finalmente.
—Algunas cosas— respondió Jonatán. –Mientras estabais fuera ha llegado más gente. Algunos ya duermen. Id a dormir vosotros también. Necesitáis descansar. Mañana será otro día.
Yo me despedí de Jonatán y José. Decidí irme a dormir y entré al interior del instituto seguido de Paco. Fui a una de las clases y allí me encontré con David y Leandro fumándose un cigarro.
—Hola— les saludé con una mueca de cansancio.
David se levantó y caminó hacia mí. —¿Cómo ha ido la misión? — preguntó.
—Un desastre— les respondí.
—¿Qué es lo que ha pasado? — preguntó Leandro.
Les conté todo lo que había pasado resumiendo algunas cosas. Ellos me contaron lo que había pasado allí. Después de eso, me fui a una de las clases, allí estaban los recién llegados. Vi a los que conocía. A otros no, aun así, decidí que era hora de dormirme. Me tumbé en el suelo sobre unas mantas y allí me quedé dormido.
*****
Rosa se encontraba en la enfermería del instituto. Tumbada en una camilla. Estaba sudando a mares y tenía una fiebre muy alta. Lidia estaba muy preocupada. Tanto que dudaba de que fuese un simple resfriado. Aun así, no quería preocupar a Rosa. Sabía que, si le decía algo, la muchacha se pondría histérica.
—Menudo catarro has cogido. Va a ser mejor que te quedes en la enfermería si no te importa. Podría ser muy contagioso y lo último que necesitamos es que la gente de aquí enferme—dijo Lidia —¿No te importa?
—No me importa. Haré lo que tú me digas y me quedaré aquí— dijo Rosa. Aunque estaba tan febril que ni ella misma sabía lo que decía. —¿Podrá venir Manuel a verme?
Lidia no respondió. La inspeccionó un poco más y entonces vio algo de lo que antes no se había percatado. Rosa tenía una herida sangrante. La cual estaba tapada. Con mucho cuidado. Lidia quitó la gasa que cubría la herida. Fue en ese momento cuando descubrió el mordisco. Ella se quedó pálida. Probablemente era eso lo que había hecho enfermar a Rosa.
—¿Qué pasa? — preguntó Rosa levantando la cabeza
—Nada— se apresuró a decir Lidia –Ahora, lo mejor será que te quedes tumbada y descanses— Lidia sacó unas pastillas y se las metió en la boca —Tomate esto y duerme. Te bajará la fiebre.
—Vale, pero por favor. No le digas a nadie que estoy tan mal. No quiero que se preocupen. Especialmente mis padres… No quisiera ser una carga para ellos. A partir de ahora quiero ser buena hija— dijo Rosa con lágrimas en los ojos. Seguramente no sabía ni lo que decía.
—Tranquila. Ahora duerme— dijo Lidia saliendo de la enfermería. Una vez fuera, cerró con llave. Creía saber lo que le iba a pasar a Rosa. Aunque no lo sabía seguro, tampoco podía arriesgarse.
*****
Bosco se despertó con el sonido de un trueno. Anna estaba dormida a su lado. El la miró con un gesto de ternura. El, la quería, a pesar de que las cosas no habían ido muy bien entre ellos últimamente. De hecho, ella había estado a punto de dejarle cuando había comenzado todo aquello. Con cuidado de no despertarla, se puso en pie y miró a su alrededor. Todos dormían tranquilamente. Con cuidado de no despertar a nadie, se fue acercando a la ventana. Miró a la calle, al otro lado de las vallas y vio a infectados en el exterior. Estos se paseaban de un lado a otro mientras algunos chocaban entre sí. También podía escuchar sus gemidos. Esos gemidos eran estresantes. Se tapó los oídos, no podía soportar esa tensión. Tenían que salir de allí. Salir del pueblo ¿Pero a donde podrían ir? Fuesen donde fuesen. La situación era la misma o incluso peor.  Los infectados estaban por todas partes. El mundo que él conocía y en el que esperaba poder criar y ver crecer a los hijos que podría tener con Anna, se había ido al infierno.

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