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domingo, 13 de agosto de 2017

ZOMBIES Capitulo 18: Supervivientes

18
Supervivientes

Día 9 de julio de 2010…
Playa de El Puig…

La puerta se abrió de golpe y uno de los hombres empujó a Emilio. Este cayó rodando por las escaleras y acabó boca abajo en el mugriento y húmedo suelo del sótano. Rápidamente, varios de sus amigos se acercaron a él. Jorge miró entonces al que lo había tirado. El tipo los miraba desde lo alto con una media sonrisa y con desprecio.
—Vuestro amigo ha sido muy buen chico. Os sugiero que le echéis un ojo a los dedos. No vaya a ser que se le infecte y pierda la mano— seguidamente, aquel tipo cerró la puerta y la oscuridad los envolvió.
Rápidamente, Jorge encendió unas velas que habían encontrado y la acercó a la mano de Emilio. Entonces, Lidia se acercó a ellos para observar la herida de la mano. Cuando vio que le faltaban dos dedos, miró primero a Jorge.
—Voy a necesitar un trapo húmedo para limpiar la herida. Que el agua esté limpia— Jorge asintió y comenzó a buscar por allí algo que le sirviera. Lidia mientras tanto comenzó a hablarle a Emilio —No puedo creerme lo que te han hecho. Son unos putos salvajes, pero no te preocupes, te curaré esto.
—Lo… Lo siento— se disculpó Emilio —No tuve opción. Me torturaron.
— ¿Qué les has contado? — preguntó Bosco
Emilio bajó la mirada —Les dije que veníamos de Puzol. Que allí habíamos estado refugiados en el instituto… También…
— ¿Les dijiste que había un grupo de los nuestros ahí fuera? — preguntó Bosco acercándose a él y arrodillándose delante de el — ¿Se lo dijiste?
—Lo siento… Me amenazaron con cortarme manos y pies. No tuve más remedio que decir la verdad. Si no lo hubiese hecho… Me habrían matado y habrían pasado a preguntar a otro— respondió Emilio —Lo siento de verdad.
Bosco bajó entonces la mirada y luego volvió a mirar a Emilio —Bueno. No importa. Lo que importa es que estés bien— Bosco se apartó cuando se acercó Jorge con un trapo y un poco de agua. Lidia los cogió y comenzó a limpiar la herida.
—Ahora ya saben que hay más de los nuestros ahí fuera ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Toni —Cuando Juanma y los otros lleguen, serán emboscados por esos tipos.
—Eso es cierto. Juanma y los otros no saben lo que ha pasado. Esos tipos los estarán esperando… Vendrán directos a la trampa— dijo Lidia muy preocupada.
—Debí callarme. Aunque me mataran— confesó Emilio
—Eso no habría cambiado nada… Tal como dijiste antes. Tras matarte a ti, habrían pasado a interrogar a otro. Y así hasta preguntarnos a todos. Al final, alguien habría confesado la verdad. Hiciste lo que tenías que hacer— dijo Lidia mirando a Emilio mientras le limpiaba la herida.
—Se mire por donde se mire, estamos en problemas. Solo nos queda rezar por que ocurra un milagro— dijo Bosco —Puede que…
Bosco no terminó la frase. La puerta del sótano se abrió de nuevo y varios tipos bajaron iluminando con unas linternas. Al frente de ese grupo, iban un tipo viejo y un chico más joven.
—Las chicas… Que se pongan en pie— ordenó uno de ellos.
Anna, Alicia y Lidia se pusieron de pie.  Entonces, el chico joven señaló a Lidia y uno de los otros se acercó a ella. La agarró del pelo y comenzó a tirar de ella. Esta, luchaba por zafarse de aquel agarre.
—Suéltala— dijo Ángel lanzándose contra el tipo, pero entonces, el tipo apuntó a la cabeza de Lidia mientras sonreía.
—Atrás capullo. Ni se te ocurra. Un paso más… Y tendrás que estar quitándote trozos de su cráneo de la ropa mientras te lamentas por haberla matado— dijo el hombre que encañonaba a Lidia —Piensa que si ella muere… Otra ocupará su lugar.
Ángel retrocedió resignado, alejándose del grupo de saqueadores. Se llevaron a Lidia del sótano y después cerraron la puerta, sumiendo al grupo de nuevo en la oscuridad.
—Hijos de la gran puta… Ahora Lidia… Vete a saber que van a hacerle… Juro que los mataré a todos— dijo Ángel mientras le pegaba una patada a un cubo de pintura.
— ¿Tu qué crees que van a hacerle? — preguntó Bosco mientras caminaba hacia Anna y la abrazaba. —Estos tipos no tienen intención de dejarnos vivir. Poco a poco nos irán sacando de aquí para hacernos lo primero que se les ocurra… Miserables…
******
El chico entre aplausos, arrastró a Lidia hasta la puerta de una habitación. Una vez allí, comenzó a temblar. Lidia se percató de ello y trató de convencerlo, intentando aprovechar la juventud y nervios de este.
—Tu no quieres hacer esto. No tienes por qué… Deja que me vaya.
En ese momento, un hombre apartó al chico de un empujón. —Sabía que él no iba a ser capaz. Puto crio de mierda. Esto es cosa de hombres— Aquel tipo agarró a Lidia del pelo. —Iros ahí abajo y esperad a que termine. Después ya podréis ir pasando. Aquí el primero seré yo— el hombre abrió la puerta y arrastró a Lidia al interior. Después la empujó sobre la cama y cerró la puerta. Después se acercó a la puerta y gritó —¡¡¡Largo de aquí todos!!! ¡¡¡Hostias!!!— nuevamente volvió a mirar a Lidia —Bueno guapa. Ya estamos solos. Es hora de que nos conozcamos en profundidad. Lo vamos a pasar bien… Pero que muy bien— dijo el hombre quitándose el cinturón y dejándolo sobre el mueble. Lidia pudo ver como también dejaba las armas.
—Déjame— dijo Lidia levantándose de la cama y pretendiendo llegar hasta la puerta, pero aquel tipo le bloqueó el paso y volvió a empujarla contra la cama. Lo hizo con tanta fuerza, que ella chocó contra el cabecero de la cama y se hizo una pequeña brecha sobre la ceja.
—Hazme un favor y no compliques esto. Ya sabes para que te he traído aquí. Acéptalo y no seas tonta. Entre nosotros… Te dolerá menos si te dejas y no te resistes. Así que venga. Empieza a desnudarte— dijo el hombre mientras se quitaba la ropa. Lidia sin embargo no hizo nada. Se quedó mirándolo con odio mientras se cubría la herida con una mano. Aquel tipo ya había terminado de desnudarse y volvió a mirarla — ¿No me has oído? que te desnudes de una jodida vez.
— ¿Por qué hacéis esto? — preguntó Lidia
Entonces el hombre perdió la paciencia. Se lanzó sobre ella y la cogió por el cuello.  La levantó y rápidamente la estampó contra la pared. Lidia sintió entonces un fuerte dolor en la espalda.
—Joder tía. No me hagas que te lo vuelva a decir. Limítate a desnudarte y a guardar silencio, o te juro que sufrirás. Hablo muy en serio. No eres la primera putilla a la que mato— dijo el hombre —Quítate la puta ropa— En ese momento, alguien llamo a la puerta.
— ¿Quién es? — un hombre que por la voz parecía más mayor, respondió.
—Loco. Date prisa. Aquí nos estamos desesperando. Yo ya hace rato que me tomé mis pastillas azules y tengo la picha a punto de explotar.
—Ya va… Ya va. Ahora vete abajo y déjame. Me cortas el royo— el tipo miró a Lidia con una sonrisa — ¿Oyes eso? Los demás están esperando su tueno. Yo solo seré el primero de siete personas. Espero que tengas energías para todos. Las otras dos chicas son para otro momento. Hoy solo nos han dejado que escogiéramos a una… La afortunada has sido tú.
—Me das asco— dijo Lidia escupiéndole.
—Ya lo sé… Lo supongo. Pero no te preocupes. Ese sentimiento no durará mucho. Puede que incluso me cojas cariño después de todo. Soy bastante buen tipo mientras no me toques las pelotas. Ahora se buena y desnúdate. Enséñame esas tetas y ese coño— dijo el hombre mientras se acariciaba el miembro viril.
******
Héctor y yo avanzábamos por la arena. Lo hacíamos despacio y amparados por la oscuridad. Héctor iba unos metros por delante. Yo me había quedado un poco atrás debido a que había comenzado a sentir dolor. Por eso tuve que pararme para tomarme las pastillas. Al verme, Héctor retrocedió un poco y se me acercó.
—¿Va todo bien? Pareces cansado.
Me metí las pastillas en la boca. Bebí un trago de agua y asentí. —Si. Solo tenía que tomarme esto… Y estaré mucho mejor cuando saquemos a los nuestros de aquí.
Héctor miró a su alrededor y señaló a una casa — ¿Cuál es la casa? ¿Es esa?
Yo miré a la casa que señalaba y asentí —Sí. Es esa ¿No ves el autobús?
—Si. Lo veo— Afirmó Héctor
En ese momento. Vi a un par de haces de luz que rodeaban el autobús. Rápidamente, le hice la señal a Héctor y los dos nos tumbamos en la arena.
— ¿Crees que nos han visto? —preguntó Héctor mientras miraba las dos luces que se iban moviendo. Parecía que andaban buscando algo.
—No. No creo que nos hayan visto— respondí. Acto seguido, miré hacia dos casas más pequeñas y le hice una señal a Héctor. —Cuando yo te diga. Nos levantamos y corremos hacia allí ¿De acuerdo? — Héctor asintió. Yo esperé el momento oportuno y fue cuando le hice la señal. Rápidamente nos levantamos y corrimos hacia un callejón. Una vez llegamos, nos ocultamos detrás de unos contenedores llenos de basura hasta los topes.
Héctor aparco el blindado entre dos casas y bajamos. Desde allí, vimos pasar al par de tipos con las linternas.
— ¿Qué es lo que pasa? — preguntó Héctor
—Están vigilando. Es como si nos estuviesen buscando. Puede que me equivoque, pero quizás sepan que faltan personas en el grupo. Nosotros…— respondí. Al decir eso, me temí lo peor, quizás habían estado interrogando a los demás. Y eso, me hacía imaginarme cosas que podrían haberles hecho para que hablaran.
— ¿Y ahora qué? ¿Qué podemos hacer? — preguntó Héctor
Yo me asomé por la esquina del contenedor y vi a los dos hombres. Estos habían dado la vuelta y habían comenzado a avanzar hacia nuestra posición. Venían directos al callejón. En muy poco tiempo los tendríamos delante. Teníamos que pensar rápido. Miré a Héctor, le hice una señal para que se quedará escondido, me guardé la pistola detrás de la espalda y salí de mi escondite con las manos en alto. Eso hizo que aquellos dos tipos me alumbraran con las linternas y me apuntaran con sus armas.
—Tu… ¡¡¡Quieto!!! ¿De dónde cojones has salido? — preguntó uno de aquellos tipos.
Yo sonreí en ese momento —Vaya… Me alegro de ver a más gente como yo. Es un placer. Creo que me he perdido. Estoy hambriento… ¿Tenéis algo de agua que podáis darme? —pregunté. —Me lo dais y me marcho. Como si no me hubieseis visto.
Los dos hombres siguieron apuntándome con sus armas. Uno de ellos. Un tipo calvo y no muy alto. Se acercó más a mí. —Tú debes ser uno de los que andamos buscando. Ponte de rodillas y pon las manos detrás de la cabeza.
—Tranquilos… Soy inofensivo— dije mientras me arrodillaba obedeciendo.
—Llama a los otros y diles que tenemos a un tipo aquí— dijo el calvo girándose para mirar al otro tipo. Un chico joven con una gorra de color rojo. En ese momento, aprovechando el momento de guardia baja. Saqué la pistola y disparé al tipo calvo en la cabeza. También disparé al chico, pero fallé. Le acerté en el hombro, pero este no cayó. Quiso dispararme, pero entonces se escuchó un disparo y la cabeza del chico se sacudió. Una flor roja brotó entonces de su cabeza. Justo después, Héctor salió de su escondite.
—Joder… Gracias… Me has salvado la vida— entonces miré al chico —No te lo has pensado mucho.
—Estos dos hijos de puta casi me mataron. Ellos eran dos de los que vi. De los que masacraron a mi grupo— dijo Héctor
Yo asentí. —Muy bien. Escúchame ahora… Es muy posible que hayan escuchado los disparos y que manden a un grupo hacia aquí. Tenemos que movernos. Es hora de seguir con el plan.
Héctor y yo cacheamos a los dos tipos. Quitándoles armas y cargadores. También conseguimos algunas granadas. Fue en ese momento cuando recordé algo. Recordé cuando estuvimos en el Caxton. De cuando el soldado que encontramos, nos contó que un grupo de saqueadores había pasado por allí. Volvía a mirar los cuerpos y entonces até cabos. Habían sido esos tipos. No me cabía duda.
******
El hombre volvió a empujar a Lidia contra la cama. Ella se negaba a desnudarse y el, estaba comenzando a ponerse mucho más violento. Entonces se lanzó sobre ella. Se situó encima y comenzaron a forcejear.
—He dicho que te desnudes. Desnúdate de una puta vez— decía aquel tipo mientras la inmovilizaba agarrándola de los brazos.
—No— dijo Lidia alzando la cabeza y mordiéndole en la mejilla, arrancándole un trozo de carne. Eso hizo que aquel tipo lanzara un grito de dolor y se retirara. Este se enfureció y le asestó una patada en la cara a Lidia. Esta comenzó a sangrar por la nariz y por el labio inferior. Estaba completamente aturdida.
—Te has pasado… ¿No quieres desnudarte? Bien, pues como tú quieras. Lo haré yo. Después, te cortaré el cuello. A los demás les diré que ha sido un accidente. No tendrá mucha importancia— dijo el hombre lanzándose nuevamente sobre Lidia.
Lidia se encontraba con aquel tipo encima. Ella, pese a estar aturdida comenzó a forcejear. Intentó quitárselo de encima, le golpeó y trató de morderle otra vez, pero aquel tipo la volvió a inmovilizar. Con un rápido movimiento le dio la vuelta y comenzó a quitarle los pantalones.
—No luches… Primero te la meteré por el culo. Te va a gustar— dijo aquel tipo mientras le arrancaba las bragas. —Estoy deseándolo…
Lidia trató de huir, pero aquel tipo volvió a tirar de ella. Esta ya estaba notando el miembro de aquel tipo tocándola. Lidia alargó la mano hacia la mesita que tenía al lado. Agarró la lámpara que tenía en la mesita y golpeó a aquel hombre en la cabeza. Este se retiró presa del dolor y cayó por un lado de la cama. Lidia se levantó, se acercó a donde aquel despreciable ser había dejado sus armas y cogió el cuchillo. Justo cuando aquel tipo se ponía de pie para volver a lanzarse sobre ella. Lidia se armó de valor y se lanzó contra él. Primero le clavó el cuchillo en el pecho y después en el cuello. Aquel tipo cayó sobre la cama, derramando sangre sin parar. Lidia se situó sobre él y comenzó a clavarle el cuchillo varias veces, siendo salpicada por la sangre de este.
Con aquel tipo muerto, Lidia seguía escuchando las risas en el piso de abajo. No parecía que se hubiesen dado cuenta de lo que había pasado, aunque no tardarían mucho en subir a ver que estaba pasando y porque tardaba tanto. Cuando eso ocurriera, descubrirían el cadáver y ella estaría en problemas, tenía que salir de allí.
Lidia se puso bien los pantalones. Se limpió un poco la sangre y después, cogió todas las armas de aquel tipo. Pensó en bajar por las escaleras y comenzar a disparar, matando a todos los que pudiera, pero se lo pensó mejor. Eso no serviría de nada, quizás podría matar a uno o dos, pero sin ninguna duda, no podría matar a ninguno más, por que caería muerta. Tras coger las armas, se acercó a la ventana y comenzó a abrirla con mucho cuidado. Se asomó y vio que no había nadie. Se fijó en una tubería que tenía cerca. Comenzó a salir por la ventana. Después, logró alcanzar la tubería, por la que comenzó a bajar. Logró llegar al suelo. Enseguida comenzó a correr por la arena, tenía que alejarse para pensar en qué hacer y en cómo sacar a los que seguían cautivos.
******
Héctor estaba llegando al autobús. Fue en ese momento, cuando alguien se chocó con él. Ambos cayeron al suelo y cuando Héctor quiso incorporarse, se encontró con el cañón de un arma apuntándole a la cara. Una chica era quien le estaba apuntando. Yo que estaba llegando también, vi que se trataba de Lidia.
— ¿Quién coño eres tú? — preguntó Lidia. Justo cuando iba a disparar, me apresuré a llegar.
—Tranquila… Es Héctor… Está con nosotros— dije yo entre jadeos debido al esfuerzo y al dolor. Al verme, Lidia no pudo contenerse, bajó el arma y me abrazó mientras lloraba. Pude notar como temblaba. La separé un poco de mí y vi las manchas de sangre.
—Tranquila ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? — pregunté yo mirándola a los ojos.
—No… No lo estoy… Uno de esos mal nacidos ha intentado violarme… Casi lo consigue. Ha sido horrible— contestó Lidia entre lágrimas.
—Ven. Tenemos que ocultarnos— le dije. Tenía que lograr que se calmara —No quiero que nos vean— Héctor, Lidia y yo regresamos por donde habíamos llegado y nos ocultamos en el callejón en el que nos habíamos ocultado antes. Al llegar, Lidia se quedó parada al ver los cadáveres de los hombres a los que Héctor y yo habíamos matado. Una vez más tranquila y con Héctor vigilando. Ella me contó lo que había pasado.
— ¿Dónde están David y Félix? ¿Ellos están bien? — preguntó Lidia
—Si. Lo están. Ellos están colocando cargas C4 en las barricadas que han construido. Las detonarán para crear confusión en esos tipos. Solo así podremos ganar el enfrentamiento. Nos superan en número. Hay demasiados. Solo así conseguiremos sacar a los otros de ahí— miré entonces a Lidia — ¿Dónde tienen retenidos a los demás?
Lidia me miró —Los han metido en el sótano. Lo sé porque yo también estuve ahí abajo.
— ¿Están todos bien? — pregunté. Temía que hubiesen matado a alguno.
—A Emilio le han cortado dos dedos de la mano. Los demás están bien… De momento. No sé hasta cuando los mantendrán vivos.
— ¿Y José? — pregunté yo.
—Sigue en la habitación que estaba. No le han hecho nada. Hui muy rápido y aterrada. Debí haber hecho algo. Aunque eso significase mi muerte. He sido una cobarde— dijo Lidia con lágrimas en los ojos.
—Hiciste lo correcto. No te preocupes. Lograremos sacarlos de ahí. Tenemos un plan— respondí —Si lo hacemos bien, les pillaremos con los pantalones bajados— miré entonces a Héctor. —Ve con ella y reuniros con David y Félix. Terminad de colocar las cargas y detonadlas. Yo me ocuparé de José y de los demás.
—Tú no puedes hacer nada. Mírate. No estás bien. Lo haré yo. Puedo hacerlo— dijo Lidia tratando de impedirme que me arriesgara. La verdad es que no me encontraba nada bien. Sentía un fuerte dolor en el hombro. Aunque no parecía que nuevamente se me hubiesen saltado los puntos. Aun así, me mantuve en mis trece.
—No. De verdad.  Id con David y a Félix. Detonad las cargas para que yo pueda entrar en la casa y sacar a los demás de allí. Llévales esto también— dije yo pasándole las granadas que les habíamos quitado a los que nos asaltaron en la carretera —Hay que distraerlos. Lanzad las granadas cuando salgan. Eso os dará cierta ventaja y hará que la lucha se concentre en la parte delantera. La parte trasera donde están los vehículos quedará libre y los demás podrán salir. Tomaremos los vehículos y pasaremos a recogeros. Después, nos marcharemos de aquí— les expliqué.
— ¿Estás seguro de que eso saldrá bien? Podrían perseguirnos— preguntó Lidia
—Para eso son las granadas. Hay que dejarles sin vehículos con los que perseguirnos. Ahora vamos. No perdamos más el tiempo— En ese momento escuchamos varios gritos que venían de la casa. Nos asomamos y vimos que había movimiento.
—Deben haber encontrado al que maté. Deben estar buscándome— dijo Lidia.
—Entonces no perdamos más el tiempo. El reloj ha empezado a correr— respondí.
—Espero que tengas razón— dijo Lidia colgándose la bolsa de granadas al hombro y echando a correr junto a Héctor para ir al encuentro de David y Félix. Yo por mi parte, esperé unos segundos, me asomé para ver la situación en la playa. Vi como varios corrían por allí con las linternas. Entonces salí de mi escondite y comencé a avanzar de nuevo. Ocultándome detrás de los setos, contenedores y vehículos abandonados.
******
Félix y David avanzaban entre los coches ocultándose. Ya habían terminado de colocar las cargas y estaban esperando el momento oportuno para detonarlas. Estaban cerca de la casa. Fue en ese momento, cuando desde su posición escucharon los gritos que venían desde el interior, parecía que había ocurrido algo. Los que estaban de guardia en el exterior, entraron corriendo.
—Algo ha pasado— dijo Félix
David escuchó con atención y miró a Félix —Hablan de una chica que ha huido. Deben referirse a Lidia, Anna o Alicia.
En ese momento, vieron a dos personas llegar hasta ellos. Eran Héctor y Lidia. Entonces, David vio claro que la chica huida era Lidia.
— ¿Qué hacéis aquí? ¿Y por qué estás cubierta de sangre? — preguntó Félix señalando a Lidia. — ¿Qué ha pasado?
—Uno de esos mamones intentó violarme. Tuve que matarle. Después, logré salir por la ventana y me encontré con este chico y con Juanma.
— ¿Y dónde está Juanma? — preguntó David.
—Él está bien. Se encargará de sacar a los demás. Me dio esto— dijo Lidia descolgándose la bolsa de granadas —Es para que se las lancemos a ellos y a los vehículos.
David asintió —Muy bien, pues adelante. Hagámoslo.
David, Héctor, Lidia y Félix retrocedieron unos metros alejándose de la zona donde habían colocado las cargas. Se situaron en un lugar seguro y David sacó el detonador. Sin pensárselo mucho, apretó el botón y las cargas detonaron. Creando una gran explosión, una tan fuerte que alcanzó a los vehículos de aquellos tipos, provocando una reacción en cadena y una enorme bola de fuego que vieron desde donde se encontraban.
—Ahora. Avancemos y empecemos a atacar— dijo David empezando a correr.
Llegaron a la zona y vieron que era como un infierno. Había fuego por todas partes y aquellos tipos habían sido atraídos hacia el lugar. David apuntó entonces a uno de ellos y disparó.
******
Estaba cerca de la casa cuando llegó la explosión. Eso hizo que los que buscaban a Lidia por la playa se volviera corriendo a la casa. Estaba saliendo todo como habíamos planeado. El cielo no tardó en volverse rojo.
Con el camino despejado, comencé a correr en dirección a la casa. Lo hice pese al dolor, suponía que las fuerzas me salían gracias a la descarga de adrenalina. Estaba llegando a la casa cuando un tipo salió a mi encuentro, sin pensármelo dos veces, abrí fuego contra él. Cuando este cayó al suelo abatido, pasé por encima y me adentré en el jardín de la casa, mientras en la parte delantera, se sucedían disparos y explosiones.
Entré en el interior de la casa y disparé a otro tipo. Tenía que llegar al sótano. Busqué la puerta pese a que el humo que entraba en la casa, me dificultaba un poco la visión. Finalmente. Alcancé a ver la puerta y corrí, cuando llegué intenté abrir la puerta, pero esta, estaba cerrada con llave. Intenté abrirla a patadas, pero no había manera. Entonces pensé en algo, di unos pasos hacia atrás, apunté al pomo y disparé.
El pomo de la puerta saltó por los aires, justo cuando iba a cogerlo, sentí un fuerte golpe y caí al suelo. Cuando alcé la vista, me encontré con un tipo, este cogió una bayoneta y quiso clavármela. Con un rápido movimiento logré esquivarlo, rodé por el suelo y traté de ponerme de pie, pero aquel tipo me agarró del tobillo y tiró de mí.
—Te mataré cabrón.
Pensé que iba a matarme, pero entonces, alguien golpeó al tipo, le arrebató la bayoneta y se la clavó después a través de la cuenca del ojo. El cuerpo de aquel tipo, se quedó temblando en el suelo. Entonces, una mano me agarró y me ayudó a levantarme. Fue entonces cuando me encontré cara a cara con Jorge.
—Pensé que no vendrías nunca.
—Tenemos que salir de aquí. David y los otros están ahí delante. Son ellos quien los distrae. Vamos— les dije.
******
David, Félix y Héctor disparaban a los tipos que veían salir.  No les importaba matarlos o no. Lo único que querían, era inutilizarlos, y para eso, bastaba con dispararles a las piernas. Lidia por su parte, lanzaba las granadas, creando nuevas explosiones y volando los muros del jardín de la casa. Las explosiones habían sido tan devastadoras que la zona era apenas reconocible. Lidia lanzó una nueva granada y esta cayó en la piscina, provocando una nueva explosión. Entonces, ella miró a una zona concreta y vio algo que le llamó poderosamente la atención, era una serie de figuras que se iban acercando mientras se tambaleaban, estaban saliendo de los edificios de la zona y estaban avanzando sin vacilar, no temían el ruido de las explosiones, de hecho, se sentían atraídos por ellas. Eran infectados, y estaban llegando.
—Tenemos compañía— dijo Lidia mirando a sus compañeros.
David miró a la horda de infectados que se acercaban atraídos por el ruido. Entonces, se dirigió a los demás —Salgamos de aquí. Vamos hacia los vehículos.
Los cuatro abandonaron su cobertura y comenzaron a correr. Comenzaron a cruzar la calle y vieron a la horda cada vez más creciente. Estaban a pocos metros, en menos de un minuto, invadirían esa zona y la casa.
******
Bosco y los demás habían llegado a los vehículos, mientras que Paco, Jorge y yo, habíamos llegado a la habitación de José. Este seguía igual. Lo levantamos entre los tres, aunque sabía que moverlo no era lo más sensato, pero aun así debíamos arriesgarnos. No podíamos dejarlo atrás, yo me negaba a ello.
Con José en brazos, comenzamos a bajar las escaleras, cuando estábamos llegando al primer piso, escuchamos gritos y disparos, vimos aparecer a un tipo, el cual, rápidamente fue acorralado por tres personas, las cuales, se le echaron encima y comenzaron a morderle.
—Infectados…— murmuré.
Nada más llegar a la planta baja, vimos a varios infectados irrumpiendo en la casa y acorralando al resto de saqueadores. Vi a varios de ellos y a un tipo con una cicatriz en la cara. Este me miró y rápidamente tuvo que apartar la mirada de mí y concentrarse en el infectado que se le había echado encima.
Conseguimos llegar a la parte trasera, donde nos encontramos con Bosco y los otros. También nos encontramos con David, Héctor, Félix y Lidia. A unos metros por detrás de ellos, una horda de infectados venia hacia nosotros.
Subimos a José al autobús y lo tumbamos. Rápidamente, los vehículos se pusieron en marcha y comenzamos a alejarnos de allí.
Por fin podía respirar tranquilo. Me asomé por la ventana y vi el fuego consumiendo la casa, vi a los infectados invadiendo la zona. Dejamos aquella casa atrás y supe que íbamos a tener que seguir viajando sin rumbo, sin saber cuál iba a ser nuestro próximo destino.

Día 11 de julio de 2010… Afueras de El Puig…
22:00 horas de la noche…

Habían pasado dos días desde que habíamos dejado atrás la playa de El Puig. Héctor se había integrado muy bien en el grupo, de hecho, gracias a él, habíamos encontrado un lugar en el que acampar, se trataba de un campo que perteneció a su familia, el cual, se ubicaba en un camino a medio camino entre El Puig y Rafelbuñol. Era a donde tenía pensado ir cuando nos lo encontramos, ya que allí, había una pequeña casita rodeada por vallas. Era de noche, hacía una hora que habíamos comenzado a cenar. Con uno de los platos en las manos, me dirigí hacia el autobús, donde se encontraban Ángel y Víctor vigilando desde el techo. Desde ahí controlaban todo el camino.
—Aquí os traigo la cena. Albóndigas calentadas sobre una plancha de hierro— dije mientras Víctor me ayudaba a subir. Cuando estuve arriba, les di el plato. —No es que estén muy buenas, pero tampoco vamos a ponernos a hacerle ascos a la poca comida que tenemos.
Víctor probó una. Al principio hizo una mueca de asco, pero finalmente se la tragó. Fue a pasarle el plato a Ángel, pero entonces, este se puso en pie y miró hacia el camino — ¿Qué pasa? —preguntó Víctor
—Se acercan vehículos por carretera.  Tres, puede que cuatro— respondió Ángel sin dejar de mirar hacia el camino.
— ¿Qué? —preguntó Anna cuando escuchó a Ángel. Eso, hizo que todos comenzaran a levantarse y a tomar las armas.
Me puse de pie y también miré hacia el camino. Fue entonces cuando vi los faros de los vehículos que iban acercándose hasta nuestra posición. Fue entonces cuando miré hacia la hoguera. Caí entonces en el detalle de la luz rojiza de las llamas y en la columna de humo, que, aunque pequeña, podía verse perfectamente desde los alrededores. Entonces temí lo peor. Miré entonces a Ángel —Puede que sean esos saqueadores. Puede que hayan sobrevivido algunos…— bajé con cuidado del techo de autobús y comencé a impartir ordenes —Todos a sus puestos. Anna, Alicia. Entrad en el autobús. Ni se os ocurra salir.
Todos ocupamos nuestras posiciones y preparamos las armas. Por el camino, aparecieron los focos, los cuales a medida que iban llegando, iban aminorando la marcha. No tardamos en ver aparecer una auto caravana seguida por varios vehículos. Los cuales, se detuvieron justo delante de la entrada. La puerta de la auto caravana se abrió y de dentro, se bajó un anciano.  Detrás de él, bajaron dos chavales jóvenes y una chica. Miré atentamente al anciano y vi que no pertenecía al grupo de saqueadores a los que nos enfrentamos. Aun así, no podía fiarme. Se acercó a la puerta, pero no intentó abrirla.  Fue entonces cuando yo salí a su encuentro.
— ¿Quiénes sois y que queréis? Si sois saqueadores, debéis saber que nos defenderemos si intentáis robarnos— le dije al anciano mientras le apuntaba con la pistola. Al verme, rápidamente el anciano, los dos chicos y la chica, levantaron las manos. Dos chicos más se acercaron corriendo y al verme, también ellos levantaron las manos.
— ¿Qué pasa padre? — preguntó uno de los chicos sin dejar de mirarme.
El anciano sin bajar las manos, se fue acercando a la puerta. Yo hice lo mismo. Detrás de mi vino David sin dejar de apuntarle. Me sorprendió mucho que no sacasen armas de ningún tipo. El anciano les hizo entonces un gesto a sus acompañantes y luego se dirigió a mí.
—Buenas noches. Puedes bajar esa arma. Tranquilo muchacho. Nosotros no somos saqueadores. Ni siquiera vamos armados. Tampoco sabíamos que hubiese tanta gente aquí. Vimos el humo y erróneamente creímos que quizás… No se… Que encontrásemos algo de esperanza. Estamos muertos de hambre. No tenemos ni comida ni agua, aun así, si molestamos, seguiremos nuestro camino, pero os estaría muy agradecido si pudierais darnos algo para comer…. Aunque no tenemos nada que podamos ofrecernos— dijo el anciano con tono afable. La verdad era que no parecía alguien peligroso. Ni el, ni ninguno de sus acompañantes. Sin embargo, no podía fiarme de él.
— ¿Cómo puedo creerte? Podrías estar mintiendo… Podrías estar esperando para jugárnosla. No me arriesgaré— decía yo sin dejar de apuntarle. Mientras tanto, los demás iban saliendo de sus puestos para situarse ante la puerta y apuntar a los recién llegados con sus armas. Había mucha desconfianza por nuestra parte.
El anciano miró a un lado y se acercó más a la puerta. Tanto, que metió parte de su cabeza entre los barrotes. Fue en ese momento vi un brillo en sus ojos, poco después vi las lágrimas. Ese hombre estaba llorando —Escucha… No puedo culparte por tu desconfianza. Es algo lógico… Estoy seguro que lo habéis pasado muy mal. Solo… Lo único que te pido… Es algo de comida… Hay niños que necesitan comer. Están muertos de hambre y de sed. Solo algo de comida para ellos. Después seguiremos nuestro camino y os dejaremos en paz. Te doy mi palabra… Pareces buena persona— decía el anciano haciendo un esfuerzo para que la voz no se le quebrara por completo.
Me acerqué entonces a la puerta, la abrí y salí al camino seguido por David, miré hacia el lugar donde había mirado antes el anciano. Fue en ese momento cuando vi que no mentía. Había una chica cogiendo de la mano a dos niños, los cuales, no alcanzaban ni los diez años. Eran bastante pequeños.
Bajé el arma y me acerqué al anciano. —Tenemos algo de comida que podemos darles. No es gran cosa, pero servirá para de momento calmarles el hambre. Pueden pasar.
El anciano sonrió agradecido y me dio un abrazo. Cuando lo hizo, pude escuchar como sollozaba. Ese hombre no estaba fingiendo.
Todos los integrantes del grupo comenzaron a entrar ante la mirada de los miembros de mi grupo. Bosco bajó el arma y se acercó a mí — ¿Qué haces? No conocemos de nada a toda esta gente. Podría ser una treta para jodernos vivos.
—Ya lo sé, le he dado muchas vueltas antes de tomar esta decisión. Fíjate en ellos, no llevan armas y llevan niños totalmente expuestos. Sinceramente, no creo que sean peligrosos. Bajad las armas— dije yo mirando a los demás. Rápidamente, todos obedecieron.
El anciano me miró de nuevo —Muchas gracias. De verdad. Nos has salvado la vida. Espero que lo de dejarnos pasar no te traiga problemas con tu gente— entonces me tendió la mano y yo se la estreché.
—Mi nombre es Juanma. Siento lo que ha pasado. No hace mucho tuvimos un desafortunado encuentro con unos saqueadores que no eran buenas personas. Intentaron matarnos. No podemos fiarnos de cualquiera.
—No te preocupes. Te entiendo perfectamente. Solo quieres proteger a tu gente. Haces bien. Yo soy Lucas. Soy sacerdote… Aunque ese trabajo ya no existe. Solo me queda mi fe en dios— dijo aquel afable anciano.
— ¿Es sacerdote? — pregunté sorprendido. La verdad era que de entre todas las personas que podía encontrarme, el ultimo con el que pensé encontrarme, era un sacerdote.
—Perdona…— dijo entonces el anciano —Estoy algo cansado ¿Te importa si me siento para seguir conversando contigo?
—Sí. Siéntese con nosotros y coma algo. Usted también lo necesita. Sinceramente, me alegro ver a gente honrada en este infierno— le dije mientras le invitaba a tomar asiento en torno a la hoguera.
El padre Lucas y todos sus acompañantes comenzaron a sentarse en torno a la hoguera. Se les veía contentos por habernos encontrado. Fue entonces cuando Bosco se acercó a mí. En su cara, pude ver que no estaba nada conforme con lo que estaba sucediendo.
—Espero que sepas lo que haces. Yo no les quitaré ojo de encima.
—No te preocupes— le respondí —Todos ellos parecen buena gente— entonces bajé el tono de voz para no ser escuchado —Sin embargo, si en algún momento veo que alguno intenta algo raro… Lo mataré y echaré de aquí al resto.
—¿Te estás escuchando? Hablas de matar con toda naturalidad… ¿Qué nos está pasando?
—El mundo ha cambiado Bosco. Desde lo de Molano y lo ocurrido con los saqueadores… Me he dado cuenta de que el mundo que conocimos es ya solo un recuerdo del pasado. De ahora en adelante veremos cosas horribles y seguramente, tengamos que luchar por nuestras vidas en más de una ocasión— le respondí a Bosco. Después de eso, nos unimos al resto y continuamos cenando.
Cenamos animadamente con las personas que acabábamos de conocer, fue el sacerdote quien comenzó las presentaciones. Eran un grupo tan grande como el nuestro. Estaba el padre Lucas, que era quien, al parecer, lideraba aquel grupo. También había dos hermanas de unos treinta y veinticinco años, llamadas Andrea y Julia. Los dos niños de siete y ocho años, se llamaban Tomás y Miguel, ellos eran el principal motivo por el que había permitido la entrada a ese grupo. Había un grupo de chicos jóvenes cuyas edades estaban entre, los veinte y los veintiséis años. Sus nombres eran Jaime, Andrés, Carlos, Fernando y Elías, estos eran universitarios y por la ropa que llevaban, pertenecían a algún equipo de baloncesto. También había dos chicas algo mayores de veintitrés años, Carol y Sofía. Había otros dos chicos que no tenían más de dieciocho años, Hugo y Rubén. También había un hombre de unos cuarenta y pocos años llamado Samuel, este me llamó la atención, era el único que no hablaba. Estaba sentado en silencio. Después de las presentaciones, comenzaron las preguntas. Fui yo quien comenzó.
— ¿Desde dónde vienen?
—Desde Castellón— dijo el Padre Lucas —Hasta hace unos días estuvimos en un refugio con más gente y con militares que se suponía que debían protegernos, pero estos se marcharon abandonándonos a nuestra suerte.  Unos días después, atraídos por el ruido, los muertos nos atacaron. Éramos casi cien personas allí. Todos orinando y comiendo en el mismo sitio. Había muchas peleas. Tras la llegada de los infectados, solo sobrevivimos nosotros… Tuvimos mucha suerte. Aquello fue una masacre… Puede que, si los militares hubiesen seguido allí, no habrían pasado ni la mitad de las cosas que ocurrieron— el padre Lucas hizo una pausa y miró a los dos niños que ajenos a la conversación, seguían comiendo –Ellos perdieron a sus padres. Fue una verdadera desgracia ¿Y qué me dices de ti? Estás muy herido.
—Es una herida sin importancia. Ya me estoy recuperando gracias a dios— Miré entonces a Lidia – Ella es médico… Y es muy buena. No estaría aquí de no ser por ella. Se lo debo todo.
—Carol estaba estudiando cirugía. Aunque no terminó de estudiar. Sabe mucho— dijo el padre Lucas con orgullo mientras miraba a la chica castaña que respondía al nombre de Carol. Los ojos verdes de esta se cruzaron en ese momento con los míos. Ella apartó rápidamente la mirada y sonrió.
—Bueno… Eso está muy bien. Dos médicos son mejor que uno ¿No? — pregunté.
En ese momento, Bosco se dirigió al padre Lucas. — ¿Hacia dónde se dirigían ustedes?
El padre Lucas se levantó en ese momento, fue hacia la auto caravana y al poco rato regresó. Con él, traía lo que parecía una radio. La dejó en el suelo y me miró —Se trata de un mensaje que se repite en bucle desde hace días. Dura tres minutos, termina y vuelve a empezar. Escuchad con atención.
El padre Lucas encendió la radio y comenzamos a escuchar. Se trataba de la voz de un hombre, este, primero dictaba una serie de números, después hablaba. Decía que estaban en Valencia capital y que aquello era seguro. Que se encontraban en la plaza de Toros de Valencia.
Cuando el mensaje terminó, todos nos quedamos en silencio, nadie sabía que decir. Fue entonces cuando el padre Lucas me miró. —Es aquí donde nos dirigimos. Creemos que allí estaremos a salvo.
La revelación nos dejó atónitos. Nunca podíamos haber imaginado algo así. Aquella grabación nos demostraba que había gente viva y que estaban refugiados en la plaza. Eso también nos daba esperanzas, de hecho, fue Anna la que habló.
—Podríamos ir. No perdemos nada. Es una oportunidad que tenemos. Deberíamos… No podemos estar como hasta ahora viajando sin rumbo sin saber a dónde ir. Esto nos plantea la posibilidad de un hogar.
—Se supone que debíamos alejarnos de las zonas urbanas. Valencia es una ciudad muy grande. Imaginaros la cantidad de infectados que habrá allí. Por no hablar de que la plaza está justo en la entrada de la ciudad. No se…— dijo David.

Yo por mi parte comencé a divagar. Yo también quería creer en la posibilidad de encontrar un lugar seguro. Así que había llegado el momento de decidir si nos separábamos de aquel grupo y seguíamos viajando sin rumbo fijo o si, por lo contrario, nos uníamos a ellos y todos juntos nos aventurábamos a adentrarnos en la ciudad en busca de una esperanza que no sabíamos si se había esfumado.

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