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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

domingo, 7 de enero de 2018

ZOMBIES: Capitulo 001 El comienzo

Capitulo 001
El comienzo

Todo comenzó a mediados de mayo, aunque nadie sabía con exactitud ni el cómo ni el dónde, pero cuando quisimos darnos cuenta, ya era demasiado tarde.
El mundo comenzó un viaje sin retorno hacía su final… Un final terrorífico y macabro.

Día 15 de junio de 2017
Puzol… 20:30 de la tarde…

Me encontraba en el baño de mi casa, mirándome en el espejo tras lavarme la cara y las manos, mientras trataba de asimilar lo que estaba ocurriendo y lo que estaba por venir. Me veía a mí mismo y era como ver a un desconocido, los últimos días había descuidado mi aspecto y la barba había comenzado a cubrirme la cara, mi cabello negro estaba revuelto y grasoso. Mi mirada era cansada debido a que hacía días que no dormía nada.
De repente el sonido de un disparo me sobresaltó, aunque no era el único que se escuchaba, eso, era algo que se repetía desde hacía días en distintos puntos de nuestro pueblo, pero hasta eso momento, no se había escuchado tan cerca. Este venía de mi misma calle. Salí del baño, me tropecé con el mueble que había al lado de la puerta, pero pese a que me hice daño, seguí avanzando, llegué a la ventana más cercana y miré a través del cristal.
Mi mirada se dirigió hacia la calle, justo detrás del muro que separaba mi casa de la acera. Al otro lado, podía ver las demás casas de la urbanización donde vivía con mi mujer. Escuché el motor de un helicóptero y alcé la vista, justo en el momento preciso para ver el aparato de metal surcar el cielo, un cielo que pese a ser todavía de día, estaba oscurecido por culpa de las numerosas columnas de humo que se erguían desde distintos puntos del pueblo. Era evidente que había multitud de incendios, los cuales, nadie iba a apagar.
Un nuevo ruido llamó mi atención y volví a bajar la mirada. Fue en ese momento cuando vi a los vecinos de enfrente salir de su casa cargados con maletas. Ellos estaban nerviosos, el marido en concreto iba armado con un bate de baseball y miraba en todas las direcciones. Cargaron sus pertenencias en su vehículo y salieron de allí a toda velocidad. Eso, era lo que nosotros íbamos a hacer.
Me aparté de la ventana y me dirigí a las escaleras de la casa. Comencé a subir poco a poco los escalones en medio de la cada vez más creciente oscuridad. Podría haber encendido la luz, pero no era necesario, no lo necesitaba. Una vez en el piso superior, me dirigí a la habitación que compartía con mi esposa Cristina. Me paré frente a la puerta, poco después entré y me la encontré sentada en la cama mirando una fotografía de nuestra hija, sin prestar atención a la televisión donde una y otra vez se repetían las direcciones de los lugares del pueblo a donde podíamos ir a refugiarnos con los demás habitantes del pueblo, hacia donde en teoría se dirigirían nuestras familias, con las cuales no habíamos podido contactar todavía pese a que lo habíamos intentado varias veces. Al mismo tiempo, una voz en off repetía una y otra vez las precauciones que debíamos que tener con los infectados, los cuales, eran peligrosos. A los que no debíamos acercarnos bajo ningún concepto… Ni, aunque fueran familiares. Antes de que la programación habitual se fuera al garete, había varios debates y noticieros donde se referían a los infectados como muertos vivientes. Esa fue la primera vez que se escuchó esa palabra… Y el número de estos, no dejaba de crecer.
Cristina, mi mujer alzó la mirada cuando me escuchó entrar y se apartó el mechón de pelo negro que tenía sobre la cara. Me fijé entonces, sus ojos estaban rojos a causa de haber estado llorando mientras observaba la foto de nuestra difunta hija. Ver esa fotografía, trajo a mi mente aquel maldito día donde un conductor que se dio a la fuga, atropelló a nuestra pequeña. Un día que ninguno de los dos iba a poder olvidar jamás.
—¿Has seguido intentando contactar con tus padres? — pregunté señalando al móvil que estaba en la cama justo a su lado.
Ella negó con la cabeza —No contestan…
—Cristina…— murmuré acercándome a ella. Sabía perfectamente lo que estaba pasando por su mente. Ella desde el primer momento no quiso abandonar nuestra casa por nada del mundo, porque era como dejar atrás los recuerdos sobre nuestra hija.
—No quiero dejar atrás nuestra casa. Hay demasiados recuerdos— dijo ella.
—Yo tampoco, pero debemos hacerlo. Por lo menos hasta que esto se solucione. Es solo algo temporal— respondí.
Nuestra idea era ir al Instituto donde ella trabajaba como profesora. El instituto era uno de los lugares indicados como refugio y era allí donde mediante mensajes, antes de perder el contacto, habíamos enviado a nuestras familias, con la esperanza de encontrarnos después.
Me acerqué a mi mujer y me agaché delante de ella, mirándola a los ojos mientras le cogía de las manos. —Guarda esta foto. Es el único recuerdo que no debemos dejar atrás, volvamos a casa o no. Llévala contigo cerca del corazón.
En ese momento, escuchamos una gran explosión, seguida de una enorme bola de fuego que pudimos ver desde la ventana de nuestra habitación. Me levanté y me acerqué a la ventana. Lo que había explotado, a juzgar por la columna de humo, era la gasolinera que teníamos relativamente cerca. La única que había en la urbanización. Iba a decir algo cuando noté que mi móvil comenzaba a vibrar. Rápidamente me llevé la mano al bolsillo y lo saqué pensando que podría ser alguien de nuestras familias, pero no era ninguno de ellos, era David, mi compañero. Ambos éramos inspectores de policía.
Sin pensármelo mucho, descolgué el teléfono —Aquí estoy…
—¿Estáis bien? Las cosas están muy jodidas tío. En breves momentos pasaré a recogeros. Estad preparados.
Miré a Cristina, la cual, había vuelto a centrar su atención en la fotografía. Asentí y comencé a hablar —¿Has podido contactar con tu familia? Nosotros hemos perdido el contacto desde hace horas.
—La línea va a ratos. Caerá en cualquier momento. Estoy llegando, bajad a esperarme… Y tened cuidado…— dijo David a través del auricular.
La llamada se cortó, me guardé el teléfono móvil en el bolsillo y me dirigí a la cómoda. Abrí un cajón, levanté el fondo, el cual era doble y entonces saqué mi arma reglamentaria de la policía. Cuando David me dijo que tuviéramos cuidado, enseguida supe que probablemente iba a tener que usarla en algún momento.
Me dirigí al armario más cercano y saqué un par de mochilas, enseguida comencé a llenarlas de cosas. Cogí linternas y pilas para estas. Cuando terminé con eso, me dirigí a Cristina.
—Llegó el momento. Vamos.
Ella cogió una de las mochilas y se la colgó al hombro. Se puso en pie mientras se guardaba la fotografía de nuestra hija en el bolsillo. Ambos salimos de la habitación. Ni siquiera nos molestamos en apagar el televisor de nuestro cuarto. Bajamos las escaleras poco a poco, una vez llegamos al salón, vimos un haz de luz que se filtraba a través de las ventanas. Por un momento pensé que podría ser David, pero enseguida me di cuenta de que no. Cuando miré a través del cristal, vi un vehículo militar. Al lado, había dos militares que estaban bloqueando una puerta, a la que habían marcado una X de color rojo.
Cristina sin saberlo, se dirigió hacia la puerta de nuestra casa con intención de abrirla, pero yo, le hice un gesto para que se detuviera. Si los militares nos veían, podrían creer que estábamos infectados y disparar contra nosotros.
Nos quedamos un rato observando a los militares. Estos estuvieron varias veces a punto de adentrarse en nuestro jardín, pero entonces, uno de ellos le hizo un gesto al otro. Después, ambos se subieron a su coche y se marcharon. Apenas un minuto después, supe el por qué se marchaban. Varias siluetas tambaleantes tomaron la calle, avanzando todos a la vez. Llegué a contar hasta una docena de ellos. Eran infectados, muertos vivientes… Caminantes…
Cristina se acercó a mí y también miró. Al igual que yo, era la primera vez que los veíamos tan de cerca. Las únicas veces que los habíamos visto antes, había sido a través de internet o de la televisión.
Se hicieron las nueve de la noche y fue entonces cuando vimos un vehículo llegar a nuestra calle. Se trataba de un coche de color blanco. Este se paró frente a nuestra puerta y de él, se bajó un hombre de pelo castaño. Era David, había llegado.
—David está aquí— dije mirando a Cristina.
Ambos salimos por la puerta y recorrimos el jardín. Llegamos a la puerta y salimos a la calle. Una vez fuera, nos encontramos con David. Yo le estreché la mano y después, Cristina le dio un abrazo. Fue entonces cuando vi que, en la camisa blanca de David, había una mancha de sangre tan grande como un puño. Él se dio cuenta y me miró.
—No es mía— dijo David refiriéndose a la sangre —Me salpicó cuando disparé contra un infectado que se me echó encima. Aunque no lo maté, pese a que le disparé en el pecho y luego en las piernas… Seguía moviéndose e intentando levantarse. No me avergüenza reconocer que me acojoné.
En ese momento escuchamos un ruido al final de la calle. Un coche abandonado había sido golpeado y la alarma se había activado. Justo a su lado, una nueva multitud de caminantes avanzaba hacia nuestra posición. Eso hizo que mirara a David.
—Salgamos de aquí ahora mismo.
Los tres nos subimos al coche rápidamente. David se puso al volante y encendió el motor. Enseguida el coche comenzó a moverse.  Yo miré una vez más a nuestra casa desde el asiento del copiloto. Quizás, esa era la última vez que la miraba.
El vehículo circulaba por las calles de la urbanización. Nuestro destino era el instituto, y para llegar a él, debíamos primero adentrarnos en el pueblo y cruzarlo.
David entonces encendió la radio. Enseguida escuchamos la frecuencia de la policía. En ella, nos estábamos enterando de todo. De la situación en nuestro pueblo y en los demás pueblos cercanos. Una situación totalmente fuera de control. Hablaban de que no lograban abatir a los caminantes que avanzaban y de que las bajas civiles como de las fuerzas del orden, eran cada vez mayores. Llegamos a un cruce y allí, vimos a varios caminantes inclinados sobre el cuerpo de un hombre, que, por las ropas, aunque destrozadas y ensangrentadas, se trataba de un militar.
Dejamos atrás ese cuerpo y seguimos avanzando hasta salir de la urbanización en la que vivíamos. Tomamos un camino que nos llevaba directos al pueblo. Pasamos junto al hospital del pueblo y vimos que estaban tratando de evacuarlo tanto por tierra como por aire. Seguimos avanzando y nos cruzamos con un convoy de vehículos particulares que huían en dirección contraria a la nuestra. Eran personas que habían tomado la opción de escapar del pueblo en lugar de refugiarse en uno de los puntos ubicados en él.
—En el pueblo las cosas están más desmadradas— comenzó a decir David —La gente está desesperada y los militares están desbordados. Los nuestros están también saturados.
Lo que dijo en ese momento David, me hizo recordar como aquella misma mañana, él y yo habíamos dimitido de nuestros puestos para dedicarnos única y exclusivamente para salvar a nuestras familias. Quizás un acto egoísta, pero en esos momentos, poner a salvo a nuestras familias, era lo más importante. Y no habíamos sido los únicos, el primero en abandonar el barco había sido el comisario, para irse con su amante.
Llegamos al puente, uno de los dos que nos llevaban directos al pueblo, pasando por encima del rio. Fue cuando nos llevamos una desagradable sorpresa. Había un atasco enorme entre gente que trataba de acceder a los refugios del pueblo y gente que desesperadamente, trataba de escapar de él. Aquello era dantesco y la gente, salía de los vehículos para tratar de averiguar que pasaba más a delante.
— ¿Qué demonios hacemos ahora? — preguntó Cristina mirando entre los dos asientos.
La pregunta de Cristina hizo que David y yo nos miráramos. Rápidamente, me di la vuelta y miré a mi mujer —Vamos a ver qué pasa ahí delante. Quédate en el coche.
Mi mujer asintió y nosotros salimos del coche. Delante de nosotros y a ambos lados, había tanto vehículos como personas. Algunas incluso, habían pasado por encima de la valla y avanzaban de lado agarrándose a la barandilla, una acción peligrosa si teníamos en cuenta que un paso en falso o un golpe, los haría caer desde una altura de casi diez metros.
David y yo avanzábamos entre los vehículos mientras yo me iba fijando en las personas que se cruzaban con nosotros. Aquello era un verdadero caos. Llegamos al centro del puente y desde allí teníamos una visión perfecta del otro extremo. Lo que había provocado el atasco, había sido una barrera de militares. No nos estaban permitiendo entrar al pueblo.
—La madre que los parió— dijo David. Después me lanzó una mirada —Volvamos al coche. Intentaré dar la vuelta.
Yo asentí sin dejar de mirar a la barrera de los militares. Podía ver a la gente increpando a los soldados cuando no les dejaban pasar. La verdad es que sentí ganas de ir hacia ellos y obligarles de algún modo a que nos dejaran cruzar.
Los helicópteros comenzaron a sobrevolar el puente. Desde ellos, mediante megáfonos, nos decían que diéramos la vuelta. Aunque eso no era lo que queríamos hacer. Nuestra intención era llegar al instituto. Nuestras familias estaban, o por lo menos, debían estar allí.
David y yo regresamos al vehículo. Justo cuando íbamos a entrar, escuchamos un fuerte estruendo, acompañado de un resplandor de color rojo. Toda venia del otro extremo del puente, donde estaban los militares. David y yo volvimos a mirarnos y Cristina, también salió del vehículo.
— ¿Qué ha pasado? ¿Eso fue una explosión?
—Eso parece— respondí.
De pronto, comenzaron a escucharse disparos en ráfagas y los gritos. En pocos segundos, una marabunta de gente comenzó a surgir delante de nosotros. Cientos de personas venían hacia nosotros. Todos gritaban de puro pánico. Nosotros estábamos confusos, no entendíamos que estaba sucediendo. Aun así, no esperé. Agarré a mi mujer de la mano y comenzamos a correr, con David justo detrás de nosotros, dejando atrás su coche. Teníamos que salir de allí cuanto antes.
Estábamos llegando a la parte inferior del puente cuando vimos unos helicópteros militares. Estos estaban sobrevolando la zona. No tardamos en ver como comenzaban a disparar. Nosotros nos detuvimos ocultándonos detrás de un contenedor de basura. Desde allí, vimos como el puente se venía abajo, con vehículos y personas incluidas. Muy pocos habían logrado escapar.
—Dios mío…— dijo Cristina llevándose las manos a la cara. Estaba totalmente consternada por lo que acababa de presenciar. Y no era la única.
—Han volado el puto puente— dijo David totalmente pálido. Por su cara, no terminaba de creérselo. Se giró entonces para mirarme —Han asesinado a gente…
Sin saber que decir, me fui dejando caer hasta quedarme sentado, con la espalda pegada al contenedor de plástico. Necesitaba reponerme. Intenté entender que había pasado y enseguida, una idea me vino a la mente. Justo antes de que lanzaran las bombas sobre el puente, la gente huía en dirección contraria y los militares habían comenzado a disparar. Quizás, los infectados habían llegado al puente.
—Juanma…
La voz de mi mujer me sacó de mis pensamientos y alcé la vista para mirarla. Ella clavó sus ojos marrones en los míos —Tenemos que irnos de aquí.
—Tomaremos el otro puente. Espero que siga en pie— dijo David.
El otro puente al que se refería David no era tan alto. Era uno cubierto que iba en línea recta en lugar de en forma de arco como el que habíamos acabado de ver venirse abajo. El único problema, era que estaba un poco lejos e íbamos a tener que alcanzarlo a pie, arriesgándonos demasiado.
—Caminemos junto al rio. Si el puente ha caído… Tendremos que cruzarlo a nado como podamos— dije mirando a mi mujer. Ella no sabía nadar y quería evitar esa opción.
Los tres bajamos hasta la orilla y comenzamos a caminar. Con cada paso que dábamos, escuchábamos las explosiones y los disparos que venían de todas las direcciones posibles. También veíamos los distintos resplandores rojos que venían del pueblo a causa de los incendios.
Llevábamos una media hora andando cuando Cristina nos pidió que paráramos a descansar. Aunque me imaginé que lo que le pasaba no era cansancio, si no estrés. Necesitaba parar… Y David y yo también. Necesitábamos respirar.
Buscamos un sitio que parecía seguro y allí nos quedamos, rodeados de pinos y sentados en unos bancos del parque que había junto al rio. Allí no había ni un alma. De no ser por los disparos y explosiones que se escuchaban, allí reinaría el silencio. En tiempos pasados, había sido un sitio tranquilo, ideal para parejas que buscaban intimidad.
—Deberíamos tener los ojos bien abiertos aquí…— dijo David comprobando el cargador de su pistola. —A ver, sé que tenemos que llegar al instituto, pero es de noche. Quizás a la luz del día sea más seguro. Propongo que pasemos aquí la noche. Hay un cobertizo de guardas aquí cerca. Podríamos descansar ahí ¿Qué opináis?
—Yo estoy agotada… Lo que he visto hoy… Ha sido demasiado. No sé si podría seguir…— dijo Cristina dejando de mirar al suelo y mirándome a mí. Yo asentí. Podía comprenderla perfectamente.
Nos quedamos allí en el mismo sitio unos diez minutos y después, nos pusimos en marcha. Íbamos a intentar pasar la noche en el cobertizo que había mencionado David. Nos encerraríamos dentro y trataríamos de dormir. Quizás. Al día siguiente, las cosas hubiesen mejorado y fuera más seguro avanzar y alcanzar por fin el maldito instituto. Era increíble que algo que había en el mismo pueblo, al mismo tiempo pareciera estar tan lejos.

23:00 horas…

Alcanzamos el cobertizo que estábamos buscando. Nada más acercarnos, pudimos comprobar que la puerta estaba cerrada con llave, algo bastante lógico, pero lo que de verdad nos llamó la atención, fue la mancha de sangre que había en la puerta, y era sangre reciente. Eso nos hizo ponernos todavía más alerta.
—Tendremos que forzarla y luego bloquearla desde el otro lado una vez estemos dentro— dije mirando a David. Mientras, mi mujer miraba a través de los cristales de la ventana del cobertizo.
— ¿Disparo al cerrojo? — preguntó David.
—No. Podríamos tener problemas si hacemos eso. Tiene que haber otra manera… Tiene que…— no terminé la frase. Un fuerte ruido me interrumpió, pero no era un ruido cualquiera. Era atronador.
— ¿Qué demonios es eso? — preguntó Cristina corriendo hacia nosotros.
Fue en ese momento, como respondiendo a la pregunta de mi mujer. La sombra de una enorme figura se situó sobre nosotros. Rápidamente alzamos la mirada y vimos un avión de pasajeros pasarnos justo por encima. Lo hizo a tan poca altura, que sentimos como si el suelo nos atrajese hacia él. Nos tiramos al suelo rápidamente. Segundos después, escuchamos un fuerte estruendo seguido de una explosión. Nos levantamos tambaleantes, todavía mareados por la presión del ambiente tras el paso del avión, fue entonces cuando vimos que el enorme aparato de metal se había estrellado en el rio. A unos doscientos metros más o menos de donde estábamos nosotros.
—Dios mío…— dijo Cristina. Yo la miré y vi como las lágrimas comenzaban a surgir de sus ojos. Estaba pasándolo francamente mal. Todos lo estábamos pasando mal en realidad. A mí me estaba costando mucho mantener la cordura después de ver todo lo que estábamos viendo.
—Vuela el puto cerrojo— dije mirando a David.
David disparó al cerrojo de la puerta y esta quedó completamente abierta. Rápidamente nos metimos dentro y bloqueamos la puerta desde dentro con unas taquillas. Lo hicimos de tal manera que nadie desde fuera, por mucho que lo intentara, iba a poder entrar. Tampoco podrían hacerlo a través de la ventana, porque había barrotes.
Una vez dentro. Mientras David miraba a través de la ventana montando guardia, yo me situaba en un rincón con mi mujer. La agarré de las manos y noté como temblaba.
—Tengo miedo. Tengo mucho miedo. Todo lo que hemos visto… ¿Por qué está ocurriendo esto?
—No lo sé. No sé nada… Todo ha pasado demasiado rápido…— respondí —Ahora escucha. David y yo montaremos guardia toda la noche y nos iremos al amanecer. Tu intenta dormir. Te despertaré cuando se haga de día.
Cristina asintió y se acurrucó cerrando los ojos y dándonos la espalda a mí y a David. Yo me situé en la ventana al lado de mi compañero. Desde nuestra posición, teníamos una visión perfecta de todo el parque y de los edificios más altos del pueblo.
Era evidente que no íbamos a poder dormir, allí fuera, se estaba librando lo más parecido a una guerra. A cada rato, nos llegaban sonidos de disparos y explosiones. Muchas veces, también nos llegaba el sonido de un grito lejano.
—No quiero ni imaginarme como serán las cosas en el pueblo. Nosotros estamos prácticamente en las afueras… Y, aun así, nos llegan los ruidos— comencé a decir mientras escuchaba a numerosos helicópteros surcar el cielo. Estos iban y venían.
—Dime… ¿Qué haremos si llegamos al instituto y allí no hay nadie? —preguntó David en voz baja mientras miraba a Cristina. En esos momentos, parecía que ella dormía.
—No pienses en eso ahora. Seamos positivos y tengamos la esperanza de que mañana todo será distinto, de que llegaremos al instituto y de que todo esto será un mal sueño— respondí mirando a mi mujer.

Día 16 de junio de 2017…
02:45 horas…

Las horas pasaban lentamente. Al mismo tiempo, los sonidos de explosiones y disparos del pueblo, iban disminuyendo. También pasaban menos helicópteros. Ni David ni yo dijimos nada. Nuestras miradas hablaban por si solas.
Eran casi las tres de la madrugada, cuando vimos algo que nos llamó la atención a los dos. Se trataba de una silueta humana que caminaba entre los árboles. Ambos nos fijamos bien y vimos lo que parecía tela de color blanco. Poco a poco, la silueta se fue haciendo más visible y ambos pudimos ver que se trataba de una mujer. Esta tenía el pelo de color negro hasta los hombros, y tal como habíamos visto en un principio, vestía una bata de color blanco. La mujer debía tener unos cincuenta años como mucho, al menos, era lo que podíamos deducir pese a verla solo de perfil. Ella iba descalza y caminaba como si estuviese borracha. Por unos momentos, David y yo pensamos en salir a socorrerla, pero rápidamente cambiamos de idea. Cuando se dio la vuelta y la vimos de frente, nos dimos cuenta de la realidad. La parte del cuerpo que todavía no habíamos visto, quedó en ese momento al descubierto, una parte de la bata estaba rasgada y ensangrentada, uno de sus pechos estaba al descubierto y su brazo derecho, colgaba, únicamente unido al cuerpo por los tendones y el hueso. Su cara, concretamente la parte derecha, estaba rasgada también, como si le hubiesen arrancado parte de la mejilla de un mordisco. Era uno de ellos.
David y yo nos apartamos de la ventana y nos pegamos a la pared, si alguien más pasaba por fuera, no iba a poder vernos.

06:55 horas de la mañana…

Estaba amaneciendo. Como era de esperar, el silencio había llegado. Ya no se escuchaba nada del pueblo. Ni explosiones ni disparos. Para bien o para mal, todo había terminado. Era hora de comenzar a moverse, era hora de intentar llegar al instituto.
Me acerqué a mi mujer y le puse la mano en el hombro con delicadeza para despertarla. Ella movió la cabeza y me miró.
—Ya es de día. Es hora de ponerse en marcha— le dije.
En ese momento, mi mujer y yo sentimos un ruido similar al de una vibración, y en efecto lo era. El móvil de Cristina había vibrado. Rápidamente desbloqueó la pantalla y vio que le habían llegado muchos mensajes de WhatsApp. Eran todos de su madre.

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