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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

domingo, 4 de febrero de 2018

ZOMBIES: Capitulo 005 Peor que la muerte

Capítulo 005
Peor que la muerte

Día 17 de junio de 2017…
Afueras de Puzol… 00:45 horas…

Leandro, Cristina, David y yo alcanzamos por fin el lugar de donde salían las luces. Se trataba de un enorme caserón en medio de una pinada, a la que nos costó llegar. Fuese quien fuese, había asegurado bien el lugar con alambres de espinos. Cuando llegamos a las vallas de la propiedad, pudimos observar que las luces eran ni más ni menos que luces de navidad.
El caserón era grande y de fachada blanca, aunque se notaba en ella el paso del tiempo. Fue en ese momento cuando un perro salió de entre las sombras al otro lado de la valla y comenzó a ladrarnos. A continuación, unas luces de la casa se encendieron y después se abrió una puerta.
Por la puerta salieron dos personas que comenzaron a caminar hacia las puertas de la valla. No podíamos distinguirlos del todo bien, pero por lo poco que veíamos de las siluetas, eran dos hombres. Nos enfocaron a la cara con unas linternas y tuvimos que cubrirnos el rostro para que la luz no nos cegara.
—Buenas noches— dijo la voz de un hombre, la cual, por el tono grave de esta, parecía un hombre de avanzada edad. Poco a poco, apartaron las luces de nuestras caras y confirmé que se trataba de un hombre mayor, el cual, pasaba de sobra los setenta años. Era delgado y tenía una perilla muy bien recortada, además de un poblado bigote de color grisáceo. Era prácticamente calvo, aunque en el poco pelo que tenía, se podía ver que era de color gris, al igual que el bigote y la perilla.
Detrás del hombre había otro hombre, mucho más joven y con el cabello negro y algo largo, aunque no mucho, apenas llegaba a los hombres. Era alto y delgado. Este hombre nos apuntaba con un rifle de caza.
—Buenas noches— respondí.
Por unos momentos que se me hicieron largos, pude comprobar que nos estaba observando, como decidiendo si podíamos o no, ser peligrosos. Sin mediar palabra, miró al hombre que tenía al lado. —Bosco. Ábreles la puerta.
El tal Bosco abrió la puerta rápidamente y nosotros la cruzamos, después volvieron a cerrarla. Vimos como el viejo se llevaba al perro, lo ataba a un árbol y regresaba junto a nosotros. Con una mano, le hizo bajar el rifle al tal Bosco y nos volvió a mirar. Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Disculpad el recibimiento. No sois los primeros que llegáis. Antes de dejar pasar a nadie, debo asegurarme de que no son peligrosos o me pueden crear un problema. Mi nombre es Mateo— entonces señaló a Bosco —El, como ya os habréis dado cuenta, es Bosco.
Mi grupo y yo nos presentamos uno por uno. Mateo nos sonrió una vez más y se hizo a un lado. Nos estaba invitando a pasar al interior de la gran casa.
Caminamos lentamente por el jardín. Mientras andábamos, David y yo mirábamos a nuestro alrededor, observando el lugar en el que nos estábamos metiendo. Llegamos a la puerta del caserón y pasamos al interior, nada más entrar, pudimos ver a los pies de las escaleras a una chica pelirroja de ojos verdes, muy blanca de piel. Ella debía tener poco más de quince años. Un poco más arriba de la escalera y apoyada en la barandilla, se encontraba una chica joven, delgada y rubia.
—Buenas noches— saludó Cristina.
Mateo entró detrás de nosotros acompañado por Bosco y después cerraron la puerta. Se dirigió a la muchacha más joven y nos miró —Ella es mi nieta Nora. Y la chica que está más arriba es Anna. La novia de Bosco— Mateo nos miró a nosotros y nos fue presentando uno a uno. Miró a su nieta entonces —Nora cariño. Apaga las luces ya. No creo que venga alguien más esta noche— la chica se marchó y Mateo nos condujo hacia el salón de la casa. Una vez allí, se sentó en un sillón —Podéis sentaros. Estáis en vuestra casa.
Nosotros comenzamos a pasearnos por el salón y a ocupar asientos. Cuando yo me senté, miré al anciano —Gracias. Solo estamos de paso. Mañana por la mañana nos iremos. Solo necesitamos descansar un poco. Nos acercamos porque vimos las luces…
—Desde que todo se desmadró. Hemos estado encendiendo las luces por la noche con la intención de guiar a las personas como vosotros. Las dejamos encendidas una hora como mucho. Así evitamos que acudan los muertos vivientes en masa y de momento, ha ido bien. Además de Bosco y Anna, hay otro matrimonio, aunque ellos se fueron a dormir ya hace rato.
— ¿Por qué lo hace? — pregunté
— ¿A qué te refieres? — preguntó Mateo
—A acoger a completos desconocidos— respondí yo.
Mateo suspiró y me miró —Cuando era niño. Estuve en un campo de exterminio. Allí fui rescatado por el ejército americano cuando terminó la segunda guerra mundial. Eso me enseñó a que siempre debemos estar dispuestos a ayudar, sobretodo en estos tiempos de locura. No tengáis prisa por marcharos, quedaros el tiempo que queráis. Aquí estamos seguros.
—Gracias— dijo en ese momento Cristina —Significa mucho para nosotros.
—Estáis cansados. Os mostraré vuestras habitaciones— dijo Mateo levantándose.
Seguimos a Mateo escaleras arriba y nos fue mostrando las habitaciones, A David y a Leandro les indicó un par de cuartos que había al final del pasillo. A Cristina y a mí, nos llevó a una habitación bastante grande. Lo cierto era que el caserón parecía mucho más grande por dentro que por fuera.
Una vez dentro de aquella habitación y a solas, Cristina se sentó en la cama y yo me acerqué a la ventana para mirar al exterior, aunque estaba tan oscuro que no se veía nada.
— ¿Qué haremos ahora? — preguntó Cristina girándose para mirarme.
—Nos quedaremos aquí por el momento. Tu ahora duerme. Yo me quedaré despierto— respondí sin apartarme de la ventana.
—Tú también deberías dormir. Aún no dormiste nada desde que salimos de casa— respondió Cristina.
—Ya dormiré. Hoy vigilaré— respondí mientras me sacaba la pistola del cinturón y la dejaba en el marco de la ventana, después, me senté en el sillón que había junto a esta. Quizás tuviera que utilizarla en algún momento.

10:56 horas de la mañana…
Caserón…

Me desperté de golpe y sentado en el sillón. Me había quedado dormido cuando se suponía que debía quedarme despierto. Me di cuenta de que había amanecido y miré que hora era. Eran casi las once de la mañana. Miré hacia la cama donde se había quedado Cristina, pero ella ya no estaba allí.
Me levanté del sillón, volví a meterme la pistola en la cintura y salí de la habitación. Caminé por el pasillo y bajé por las escaleras. Nada más llegar al piso inferior, fue entonces cuando escuché hablar a Cristina, su voz parecía venir del salón. Caminé hacia allí y cuando entré, me encontré a mi esposa sentada junto a Anna y otra mujer. Esta mujer era un poco gruesa y de más de cuarenta años. Su pelo era rubio, pero con canas. Entonces, Cristina me miró.
— ¿Ya te has levantado? — Cristina miró a la mujer —Él es Juanma. Mi marido.
La mujer se presentó como Sonia, pero lo hizo sin levantarse para nada. Yo caminé hacia donde estaban y le di un beso a Cristina — ¿Por qué no me despertaste?
—Necesitabas dormir. Así que dejé que descansaras— respondió ella.
— ¿Y David ya se levantó?
—Si. El, Leandro, Mateo y Bosco salieron fuera a hacer una ronda. Querían asegurarse de que no hubiese caminantes.
Al escuchar eso, me di media vuelta y salí al exterior. Al ser de día, podía ver mejor el lugar en el que nos encontrábamos. Se trataba de una propiedad privada bastante grande y rodeada por una valla situada sobre un muro de piedra. Allí había también un árbol con un columpio en una de las ramas, y junto a este, había una casta de perro, el cual, enseguida se acercó a mi moviendo el rabo. Pude fijarme bien en él, y en la raza. Se trataba de un labrador.
—Hola chico— dije agachándome para acariciar al animal. Primero le acaricié la cabeza y luego el lomo — ¿Me dices donde está Mateo?
En ese momento, escuché a mis espaldas la voz de un hombre —No entiendo como hay gente a la que le pueden gustar los perros— al escuchar esa voz, me puse en pie y me di la vuelta. Fue entonces cuando me encontré a un hombre alto y delgado, muy delgado. Tenía el pelo corto y una cicatriz en la mejilla derecha.
—Son el mejor amigo del hombre— respondí —Muchas veces, incluso son más de fiar que las personas.
—Yo los odio— aquel tipo comenzó a caminar hacia mí. Pude ver que llevaba una lata de cerveza en la mano. Cuando me alcanzó, me tendió la mano para que se la estrechara. —Soy Bernardo. Tú debes ser Juanma… El marido de Cristina.
—Eso es— afirmé mientras se la estrechaba y me llegaba el olor a alcohol que desprendía—Tu debes ser el marido de Sonia… Acabo de conocerla…
—Menuda potra tu mujer ¿Eh? Tienes buen ojo. Está bastante buena— dijo en ese momento Bernardo sin escucharme. Él estaba mirando hacia la ventana que daba al salón.
— ¿Perdón? — pregunté mirándolo. No me gustaba para nada la expresión que había usado.
—No te ofendas. Solo comento lo evidente, pero tranquilo, que no pretendo nada con ella— dijo Bernardo. Seguidamente le pegó un trago a la lata de cerveza. Cuando se la terminó, la lanzó por encima de la valla y luego me miró. —Voy a por otra ¿Quieres una?
—No gracias— respondí.
Bernardo se adentró de nuevo en la casa y yo me quedé allí de pie. Entonces, escuché un grito que venía de la parte trasera de la casa. Me saqué la pistola de la cintura y comencé a correr.

Centro comercial de Puzol…

Félix y Lidia habían acordado no decir nada de las luces que habían visto por la noche. Decir algo de eso sin saber bien lo que era, podría dar pie a que se malinterpretarse y que se crearan falsas esperanzas. Para evitar eso, ambos habían ido a la terraza para hablar tranquilamente, mirando en la dirección en la que habían visto las luces.
— ¿Qué crees que hay en esa dirección? — preguntó Lidia señalando.
—Alguna vez he tomado esa ruta con la bicicleta. Hay varios pinos y si no recuerdo mal… Hay un caserón. Aunque creo que no vive nadie— respondió Félix
—Pues ahora parece que sí. Eso eran luces que alguien encendió— dijo Lidia mirando a su compañero. —Quizás deberíamos acercarnos. Puede que puedan ayudarnos.
Félix se asomó un poco más y miró hacia abajo. Allí vio a varios de los No Muertos en el parking. Debía haber más de un centenar allí abajo, sin contar los que había dentro en las plantas inferiores, y esos eran los únicos que podían ver. En la parte trasera del edificio, probablemente había más… Muchos más.
—Tal vez debamos ir, no te lo niego, pero hay mucho camino y muchos muertos. No sé si llegaríamos muy lejos. Se nos echarían encima. Quizás no deberíamos arriesgarnos. Aquí de momento estamos bien.
—Pero eso no será siempre. La comida que tenemos no durará siempre. Nos la comeremos o se pudrirá. Llegará un momento que tengamos que pensar en salir de aquí— dijo Lidia.
En ese momento, escucharon un grito que venía del interior del centro comercial y que enseguida los sobresaltó. Ambos se miraron y comenzaron a correr de regreso al interior. Cuando llegaron al pasillo, vieron a Manuel con su novia Rosa, también había acudido más gente.
— ¿Qué ha pasado? — preguntó Lidia.
En ese momento, un hombre de cincuenta años y pelo canoso llamado Julián comenzó a hablar —La madre del crio se ha matado.
Félix y Lidia se miraron y se adentraron dentro de una de las tiendas de ropa. Nada más entrar, vieron a Carmen sentada en el suelo y apoyada en una pared. Tenía varios cortes sangrantes en ambos brazos. En una de las manos, aun sostenía un trozo de cristal.
—La muy loca no ha soportado la muerte del crio— dijo en ese momento Julián.
— ¿Podrías mostrar un poco de respeto? — preguntó Félix dándose la vuelta para mirarlo.
—Hay que sacarla de aquí. No sabemos el tiempo que lleva muerta. Podría volver en cualquier momento— dijo en ese momento Lidia.
Lidia y Félix se adelantaron y se situaron a los lados de la mujer. Poco a poco la fueron levantando y la sacaron de la tienda. Una vez fuera, la dejaron tumbada en el suelo.
— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Félix
En ese momento, Julián se adelantó, agarró el cadáver de Carmen y la lanzó por encima de la barandilla. El cuerpo de la mujer cayó a la primera planta golpeándose en uno de los maceteros. Todo ocurrió tan rápido que ni a Félix ni a Lidia les dio tiempo de reaccionar. Solo se quedaron mirando a Julián.
— ¿Qué?... Iba a reanimarse ¿No? Asunto solucionado— Julián se dio la vuelta y comenzó a caminar alejándose de allí.
Félix estaba en estado de shock. Aquel tipo no había tenido reparos en lanzar por los aires el cuerpo de una mujer que acababa de suicidarse. Félix se puso de pie rápidamente y comenzó a caminar detrás de Julián. Cada vez andaba más rápido, alcanzó a Julián y entonces lo agarró del hombro. Julián se dio la vuelta y entonces, Félix le asestó un puñetazo.
Julián cayó al suelo y Félix se lanzó sobre el para seguir golpeándole. Estaba lleno de rabia. En una de las veces que Félix trató de golpearle de nuevo, Julián logró esquivarlo y contraatacar. Julián le asestó un cabezazo en la cara y se lo logró quitar encima. Lo tiró al suelo y Julián le puso el pie sobre el pecho.
— ¿Quién te crees que eres? Te voy a reventar.
Lidia y los demás comenzaron a acercarse para tratar de parar la pelea, pero Julián los miró. —Si alguien se acerca, le parto el cuello al desgraciado este.
Félix aprovechó el despiste de Julián y consiguió asestarle un golpe entre las piernas, haciendo que aquel tipo se doblara de dolor. Félix se incorporó rápidamente y le asestó un rodillazo en la cara, seguido de un puñetazo en el mentón. Sin embargo, Julián era bastante fuerte y esos dos golpes no lo tumbaron. Se incorporó más, empujó a Félix y le asestó una violenta patada en la boca del estómago haciendo que Félix cayese de rodillas sosteniéndose la barriga. Julián no lo dejó en paz, lo agarró del cuello y lo arrastró por el suelo, entonces estampó su cara contra uno de los escaparates, atravesando el cristal.
Félix sentía mucho dolor en la cara, notaba como la sangre caliente corría por su cara, le llegaba a la boca y le recorría el cuello.
Julián cogió un trozo de cristal, estaba dispuesto a matar a Félix, lo sacó de un tirón del escaparate, produciéndole más cortes. Lo tumbó boca arriba y le enseñó el trozo de cristal.
—Te voy a sacar esos dos ojitos azules que tienes. Luego se los daré de comer a esos trozos de carne putrefacta… Te voy a…— Julián no terminó la frase. Enseguida notó el frio cañón de un arma apuntándole a la cara. Julián miró de reojo y se encontró con Lidia apuntándole con un fusil.
—Déjalo en paz o te juro que disparo.
—No tienes lo que hay que tener. No dispararías— respondió Julián. Miró a Félix, le escupió a la cara y lo dejó ir. Después tiró lejos el cristal. —Solo hice lo se debía hacer. Si vuelve a acercarse a mi… O a alguien se le ocurre mirarme mal. Lo mataré. Ya estamos en la mierda de todos modos. No hay mucho que perder.
Julián se alejó de allí y Lidia acudió en ayuda de Félix. Se colgó el fusil del hombro y ayudó a Félix a ponerse en pie.
—No debiste hacerlo. Te llevaré al baño y allí te curaré esas heridas— dijo Lidia mientras se pasaba el brazo de Félix por el hombro.
— ¿Tiene muy mala pinta? ¿Tanta como creo?
—No… Sigues siendo tan guapo como un actor de cine— respondió Lidia.
—Mientes…— respondió Félix con una débil sonrisa.
—Sí, pero al menos sigues vivo para poder sonreír.

Caserón…

Alcancé el lugar donde estaban Mateo, David, Bosco y Leandro. Cuando llegué, vi que había pasado. Todo había sido un susto al no ver a un caminante atrapado entre unos barrotes. Fue Bosco quien gritó cuando pasó por al lado sin verlo y aquel ser trató de agarrarlo. Me fijé en el muerto, era un hombre con poblada barba. Su piel se había vuelto muy pálida y sus ojos estaban como amarillentos, y al mismo tiempo, no mostraban nada de vida. Sin pensárselo mucho, Leandro caminó hacia él y con una piedra que había cogido del suelo, le asestó un golpe en la cabeza. Matándolo al instante.
—Es la única forma que se conoce para matarlos— les explicó a Bosco y a Mateo. Ellos parecía que no conocían todavía ese detalle.
— ¿Ya te has levantado? — preguntó David cuando me vio acercarme.
—Me quedé dormido sin querer— respondí sin dejar de mirar el cuerpo. El cual, Leandro estaba empujando para sacarlo de los barrotes. — ¿Habéis visto alguno más?
— ¿Caminantes? Si. Alguno más hemos visto entre la maleza y en el camino, pero no parecía que nos hubiesen visto. El único que nos dio un susto fue ese.
Comencé a recordar lo que habíamos visto el día anterior delante del ayuntamiento y en el puente antes de saltar al rio. Después miré hacia la casa y vi las luces de navidad que la rodeaban.
— ¿Qué pasa? — preguntó entonces David —Parece que te preocupa algo.
—¿Qué crees que pasaría si una horda como la que vimos llega hasta aquí? Arrasarían este lugar. Vamos a necesitar con lo que defendernos si eso ocurre. Voy a hablar con Mateo.
Me acerqué a hablar con Mateo, y cuando este me vio, sonrió de forma afable. —Buenos días. Espero que hayas podido dormir bien.
—Necesito hablar con usted— respondí.
—Claro ¿En qué puedo ayudarte? — preguntó entonces Mateo.
— ¿Qué es lo que sabe a cerca de lo que ocurre en el pueblo? — pregunté. En ese momento, Bosco, David y Leandro se acercaron a nosotros para escucharnos.
—Mi nieta y yo nos trasladamos aquí durante los primeros días— respondió Mateo —Cargamos la furgoneta con nuestras cosas y nos vinimos aquí. Supuse que, si las cosas se complicaban, después sería mucho más difícil abandonar el pueblo.
—Nosotros llegamos aquí la primera noche. Al igual que Bernardo y su mujer— dijo en ese momento Bosco —Vinimos siguiendo las luces.
—Entonces la respuesta es que sabéis muy poco. Antes de venir— miré a Leandro —Él nos contó que la mayor parte de la población mundial había quedado completamente diezmada. Y nosotros mismos, comprobamos la enorme cantidad de estos seres que hay en el pueblo. Uno o dos caminantes no harán nada aquí. El problema es si aparece una gran horda como la que casi acaba con nosotros. Había tantos que acabarían tirando la puerta abajo… O se amontonarían junto a las vallas hasta pasarlas por encima.
—Entonces solucionado. No encenderé más las luces— respondió Mateo.
—Existe otro problema. La gente— declaré —Este lugar es seguro y está en las afueras. Cualquier grupo podría encapricharse de él y querer arrebatárnoslo. Si eso pasa, tenemos que estar dispuestos a defenderlo… Y para eso vamos a necesitar armas.
—Bueno. Si vienen personas, puedo acogerlas, como a vosotros— respondió Mateo.
—Si. Eso es otra posibilidad, pero… ¿Y si no quieren compartirlo? ¿Y si nos lo quieren arrebatar? Puede que no suceda nunca, pero debemos estar preparados para cualquier cosa.
—Entonces ¿Que propones? ¿De dónde sacarás las armas? — preguntó Bosco
—De la comisaria— dijo en ese momento David —Podemos sacarlas de allí. Es muy posible que aun podamos hacernos con unas cuantas. Podemos ir y volver en un solo día.
— ¿De verdad es necesario esto? — preguntó Bosco —Creo que exageráis.
—En absoluto. Ahora mismo estamos en un punto que cada uno mira pos sí mismo. Si llega un grupo de personas y nos quieren quitar el caserón, no dudarán en ello. Debemos estar preparados para cualquier cosa. Y todavía será peor si nos atacan los muertos. Con ellos no se puede razonar.
—Muy bien. Lo haremos ¿Cuándo? — preguntó David.
—Mañana por la mañana— respondí.
— ¿Necesitáis que os acompañe? — preguntó Leandro.
—No. De esto podemos encargarnos David y yo. Tu quédate aquí por si pasara algo— respondí mirando a David. El me devolvió la mirada y asintió. Ya estaba todo claro. Al día siguiente, David y yo nos adentraríamos nuevamente en el pueblo, con la intención de alcanzar la comisaria.


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