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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

domingo, 4 de marzo de 2018

ZOMBIES: Capitulo 009 El Infierno en la tierra

Capítulo 009
El infierno en la tierra


Día 19 de junio de 2017
Caserón 20:00 horas…

Bosco miraba por la ventana al lugar donde se encontraba Nora. Aquella muchacha había permanecido allí fuera vigilando desde el momento que su abuelo y los otros se habían marchado.  De vez en cuando, cuando un caminante se acercaba, ella se levantaba, lo atraía hacia una zona de la valla alejada de la puerta y hacía que este se acercara a la valla, después, le clavaba algo afilado en la cabeza a través de los barrotes.
Bosco observaba aquello y no dejaba de darle vueltas a lo que Bernardo le había dicho. No dejaba de darle vueltas a lo de largarse de allí con Anna, lo cierto es que aquello no le gustaba nada. Eran demasiados en la casa y los caminantes llegaban día sí y día también. Lo que Bosco temía, era que un día llegara un grupo grande y no pudieran hacerles frente ni con todas las armas que poseían.
— ¿Qué haces? — la voz de Anna le hizo darse la vuelta de repente y miró hacia donde estaba su novia.
—Ya hace un rato que se fueron. Probablemente ya han llegado al hospital— dijo Bosco. Entonces hizo una pausa, se acercó a Anna, la cogió de la mano. La llevó al salón y ambos se sentaron en el sofá —Necesito hablar contigo sobre un asunto al que no dejo de darle vueltas.
— ¿Qué asunto? — preguntó Anna.
—Es sobre esto. Sobre nuestra situación en este lugar— comenzó a decir Bosco —Estamos en un caserón que pese a ser grande, ya somos muchas personas. La comida pronto comenzará a escasear. Creo que estaríamos mucho mejor por nuestra cuenta. Podemos irnos lejos y buscar un lugar a donde no haya llegado toda esta mierda.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó Anna.
—Que nos iremos de aquí. No les debemos nada a estas personas. No quiero estar aquí cuando se vuelvan los unos contra los otros— respondió Bosco —Tengo que protegerte.
En ese momento, Anna agachó la cabeza, se pasó las manos por su larga cabellera rubia y luego miró a Bosco —No podemos irnos. Necesitamos a estas personas. Estoy embarazada. No puedo ir por ahí así. Nosotros dos solos, no duraríamos nada ahí fuera.
Aquella noticia pilló a Bosco por sorpresa. El embarazo de Anna no era algo que se esperara. Aquello cambiaba muchas cosas, y los obligaba a quedarse allí.
Bosco iba a decir algo cuando escucharon a Bernardo. Este estaba gritando llamando a su mujer. No tardaron en verlo bajar las escaleras y plantarse allí delante.
—¿Habéis visto a mi puta mujer? Hace rato que no la veo.
Bosco no sabía que decir. No contaba con que Bernardo se despertarse y comenzase a preguntar por Sonia, pero era evidente que iba a tener que decirle la verdad. Se levantó y miró a aquel tipo.
—Ella se ha tenido que ir con los demás a hacer algo importante. La vida de un niño corre peligro.
Bernardo no dijo nada. Se limitó a mirar a Bosco y después se dio la vuelta. Se dirigió a las escaleras y comenzó a subirlas para desaparecer de nuevo en el interior de su habitación. Una vez dentro, se agachó junto a la cama y de debajo de esta sacó una botella de alcohol, de la que comenzó a beber frenéticamente, tanto, que algo de bebida le caía por la barbilla. Cuando terminó la botella, la lanzó contra la pared. Estaba realmente furioso, y hacía mucho que no se sentía así. Sentía aquella situación como un desafío directo.

Hospital…

El hospital se alzaba imponente y oscuro ante nosotros. Este había sido la gran inversión del pueblo en 2010. Iba a ser un gran avance en el crecimiento de Puzol… Y así habría sido si el mundo no se hubiese convertido en un infierno. Solo había durado casi siete años.
El aparcamiento del lugar estaba desierto y no se veía ni un alma. Únicamente había cadáveres inertes tanto dentro como fuera de bolsas para cadáveres. También había ambulancias y otros vehículos allí abandonados.
David iba al volante y condujo hasta donde se encontraba la puerta que daba a las urgencias. Según Sonia, era allí donde encontraríamos el metamizol que necesitábamos.
Cuando se detuvo la furgoneta, comenzamos a bajar en silencio. Jordi por su parte, cogió a su hijo en brazos, el pobre muchacho cada vez tenía peor aspecto y era muy probable que ya fuera tarde para él. Aun así, no podíamos rendirnos.
Todos juntos cruzamos las puertas destrozadas de cristal y nos encontramos dentro de urgencias, más bien de la parte exterior, lo que buscábamos estaba al cruzar unas puertas dobles que estaban en algún lugar de aquel pasillo, concretamente dentro de los boxes.
—Todos juntos. No os separéis— dije mientras encendía mi linterna y comenzaba a alumbrar. Entonces, vi una silla de ruedas.
Jordi vio la silla también y rápidamente sentó a su hijo ahí. Yo en ese momento le toqué la frente al muchacho y noté que estaba hirviendo. Miré entonces a Jordi, este también era consciente de aquello.
—Lo conseguiremos. No te preocupes— dije mirando a Jordi. Aunque en su rostro no se borró la preocupación.
Todos juntos recorrimos aquel pasillo, pasamos por la recepción de urgencias y entonces, dimos con la puerta que daba al interior, pero esta, estaba bloqueada con unas cadenas, las cuales, envolvían los tiradores. David se acercó a ella y dio varios tirones intentando abrirlas.
— ¿Puedes? — preguntó Sonia alumbrando con la linterna.
David iba a responder cuando algo al otro lado golpeó las puertas y estas se sacudieron. Más golpes siguieron al primero y luego llegaron los gruñidos y los gemidos. Había caminantes al otro lado. Por eso estaban ahí esas cadenas, para encerrar a los muertos vivientes que había al otro lado.
—Mierda. Lo sabía… Las urgencias eran donde más seres de estos debía haber— dijo David dando unos pasos hacia atrás — ¿Qué hacemos ahora? ¿De dónde sacamos ahora el metanoseque…?
—Normalmente los medicamentos están todos en la farmacia del sótano— dijo Sonia mirándonos —El problema es que los medicamentos de la farmacia del hospital están todos bajo llave. Necesitaremos una tarjeta de identificación…
— ¿Y tú no la tienes? — preguntó Cristina mirándola.
—No… Lo siento— respondió Sonia.
En ese momento, David mostró su pistola —Aquí tengo yo mi tarjeta.
Todos nos encaminamos hacia las primeras escaleras que vimos que bajaban hacia abajo. Allí, había una verja que impedía que bajáramos. Algo normal, los sótanos del hospital estaban únicamente disponibles solo para el personal autorizado. Al menos, gran parte de estos, a excepción de algunas zonas de este.
Cristina se acercó a los barrotes y los agarró, trató de apartar la verja, pero no hubo manera. Fue de repente cuando un brazo putrefacto surgió de repente de la oscuridad y agarró a mi mujer del pelo, tirando de ella y golpeándola contra los barrotes, también, pudimos ver el rostro de un caminante gruñendo. Sin pensármelo dos veces, saqué mi pistola, la metí a través de los barrotes, introduciendo el silenciador en la boca de aquel ser y apreté el gatillo. La cabeza de este ser, se sacudió un poco, soltó a Cristina y después se desplomó cayendo por las escaleras.
— ¿Estás bien? — pregunté abrazando a mi mujer. Ella me miró y asintió.
David avanzó un poco, miró a través de los barrotes y encontró la parte donde hacía contacto para permanecer cerrado. Mi compañero acercó la pistola y disparó haciendo que el cierre saltara por los aires y quedando así la verja abierta.
Entre David y Mateo corrieron la verja y comenzamos a bajar con mucho cuidado. Yo, iba ayudando a Jordi con la silla de ruedas. No tardamos en llegar al sótano. Allí no parecía haber nadie, aunque el olor a putrefacción era bastante notable. Comenzamos a enfocar con las linternas y vimos manchas de sangre en las paredes.
—Busquemos esa farmacia y salgamos de aquí cuanto antes. Este sitio me pone los pelos de punta— dijo en ese momento Cristina.
Mateo y David pasaron al frente junto a Sonia. Era ella quien nos iba guiando. Yo me quedé atrás junto a mi mujer y Jordi. Yo la miré a ella y vi que de vez en cuando temblaba.
—Debiste quedarte en la casa.
—Sería incluso peor. No podría estarme quieta, esperando a tu regreso— respondió Cristina.
—Habría vuelto— le dije —Siempre he vuelto. Lo mismo pasaba cuando trabajaba.
—Y por eso, había noches que me las pasaba en vela y días que el corazón me daba un vuelco cada vez que un coche de policía pasaba por delante de nuestra casa. Pensaba que venían a anunciarme que habías muerto en acto de servicio… Por no hablar de las veces que sonaba el teléfono y veía que se trataba del número de tu hermano… Hasta eso me asustaba.
—Siento haber hecho de tu vida una película de terror constante— respondí.
—Bueno. Era tu trabajo. No ibas a quedarte en casa regando las plantas— dijo Cristina. —Por cierto… ¿Cómo llevas tú lo de no saber nada de tu familia? No hablas de ello nunca…— Cristina me miró y rápidamente quiso cambiar de tema —Perdona… Supongo que lo llevas mal…
—No te preocupes…— respondí —Puede que no hable de ello, pero los tengo en la mente siempre. Llevo días donde se a ciencia cierta… O prácticamente tengo seguro, que no lo han conseguido. Ni mis padres, ni mis hermanos… Por cierto… Nunca te he…
—Es aquí— dijo en ese momento Sonia e interrumpiendo lo que yo iba a decir. Entonces, me di cuenta de que nos encontrábamos delante de unas puertas dobles de cristal, con un logo de color verde donde podía leerse claramente la palabra farmacia. Justo debajo, había marcada una mancha de sangre en forma de mano, la cual, se había ido cayendo y dejando un rastro hasta el piso, aunque al otro lado no se vislumbraba ningún cuerpo.
—Muy bien. Sonia, atrás— dije dando unos pasos hacia delante y plantándome ante la puerta. A mi lado, se situaron David y Mateo. Yo le hice un gesto a David y este alzó el arma. La cosa iba a ser así: Yo abriría la puerta, me retiraría y después, Mateo y David apuntarían al interior. Así lo hicimos, abrí la puerta de un empujón y ambos apuntaron al interior con sus armas y las linternas, pero no había nada al otro lado, solo había un rastro de sangre, como si hubiesen arrastrado un cuerpo o se hubiese arrastrado el mismo.
—Despejado al parecer— dije mirando a los demás. Después, miré a Cristina y a Jordi —Quedaros aquí y vigilad por si viene alguien. Nosotros salimos enseguida.
Mi mujer asintió y se quedó fuera junto a Jordi mientras Mateo, David, Sonia y yo, entrabamos más en la farmacia. Pasamos junto al mostrador y vi un teléfono. Nos quedamos mirando y entonces, Sonia avanzó hacia el teléfono, lo cogió y se lo llevó al oído. Entonces nos miró.
—No hay línea— Sonia quiso volverlo a colgar, pero entonces se le resbaló y el auricular cayó chocando contra el suelo y produciendo un golpe seco.
— ¿Estáis bien? — preguntó Cristina desde fuera.
—Sí, solo…—  no terminé de responder. Un ruido desde el interior de la farmacia nos alertó a los cuatro que habíamos entrado. Era un ruido similar a una bandeja que se había caído.
Mateo, David y yo alzamos las armas y apuntamos al frente, no tardamos en ver surgir a una silueta. Se trataba de una mujer en camisón de hospital de color azul. Tenía una fea herida en la cabeza y el pecho estaba manchado de sangre, también podían verse trozos resecos de carne pegados. En una de las manos, sostenía un peluche que parecía ser de un gato. Esta, al vernos, comenzó a avanzar hacia nosotros. Lo hacía tambaleante y varias veces pareció estar a punto de caerse.
—Yo me ocupo— dijo David bajando el ama y sacando un cuchillo. Avanzó hacia la chica atrayéndola hacia un lado de aquella sala. La rodeó fácilmente y le clavó el cuchillo en la nuca. Cuando el cuerpo cayó, nos miró a los demás mientras limpiaba el cuchillo —Cuando hay uno solo, no son tan peligrosos.
En ese momento, Sonia se apartó un poco y vomitó. Era evidente que ella no soportaba bien lo de ver esas cosas. A decir verdad, personalmente, desde que la conocía, podía contar con los dedos de una mano las veces que ella había tenido cerca a uno de esos muertos vivientes.
— ¿Estás bien? — preguntó Mateo.
Sonia asintió y seguimos por el interior de aquel lugar. Llegamos por fin a la puerta que daba al interior de la farmacia, ahí donde guardaban todos los medicamentos. Aunque no estaba cerrada la puerta, contra todo pronóstico, aquella puerta estaba abierta.
—Hemos tenido suerte, supongo— dijo David dando unos pasos hacia delante y alumbrando con su linterna. Apuntó hacia abajo y entonces, vimos un brazo que impedía que la puerta se cerrase.
Con cuidado abrimos la puerta y vimos que el brazo estaba cercenado. No había más cuerpo más allá del codo. Dentro estaba oscuro, pero, aun así, podíamos ver las hileras de estanterías. Rápidamente, Sonia se adelantó y comenzó a buscar mientras Mateo la cubría.
David se llevó la mano al bolsillo y se sacó un paquete de tabaco. Después, sacó un cigarro y se lo llevó a la boca. Después volvió a llevarse las manos a los bolsillos buscando un encendedor, sin suerte.
—No me jodas. Me he dejado el puto mechero— dijo mi compañero sacándose el cigarro de la boca —Ahora me vendría bien un pitillo. Serviría para aliviar un poco la tensión que me provoca este lugar.
—Mejor así— dije mientras caminaba hacia una de las estanterías y cogía una caja donde podía leerse el nombre de un medicamento, aunque para mí, era completamente ilegible. Me di la vuelta y lo miré —Ahora hay mejores maneras de morir. Mil veces más emocionantes que la que te puede dar un simple palito.
— ¿Qué es esto? ¿El regreso del tío antitabaco? — preguntó David. El me miró entonces — ¿Te pasa algo? Te noto como raro.
—¿Recuerdas cuando estuvimos en la comisaria y encontramos a Leo? Regresé para matarlo y darle descanso. El caso, es que no vi mordiscos en su cuerpo… Y aun así…
— ¿Qué insinúas?
—No nada. No me hagas caso. Es una tontería— respondí pasándome la mano por la cabeza.
Ambos nos quedamos allí de pie mientras Mateo y Sonia seguían buscando lo que necesitábamos. Una vez lo consiguiésemos, y esperaba que fuese pronto. Se lo administraríamos al chico y nos largaríamos de allí.
*****
Adrián tosió y su padre se apresuró a darle de beber de la botella de agua. El muchacho a duras penas pudo sostener la botella. El pulso le temblaba y por la barbilla le caía algo de agua y lo que parecía sangre. Cristina rápidamente se apresuró a limpiarle la barbilla con un pañuelo. El chico volvió a toser y entonces quedó claro que estaba tosiendo sangre. Cristina volvió a limpiar.
—Gracias…— murmuró Jordi mientras cubría a su hijo con la manta que había cogido de la casa antes de salir. El pobre muchacho estaba tiritando —No sé lo que haré si lo pierdo a él también. Ya perdí demasiado.
—Te entiendo muy bien… Yo también he perdido a mi familia. O eso creo. No sé nada de ellos desde hace unos días. Concretamente desde que comenzó esto. Supongo que estarán muertos. Realmente solo me queda mi marido. Yo no sé lo que haría si lo perdiera a él.
—Es un buen hombre— dijo en ese momento Jordi —Lo ha demostrado viniendo hasta aquí por alguien como yo. Solo soy un desconocido.
—Eres uno más de los nuestros. Tu hijo y tú lo sois— respondió Cristina —Cuando tu hijo esté bien, tendremos que buscar una manera de empezar de nuevo. Empezar de nuevo a vivir. No será fácil supongo, pero lo intentaremos todos juntos. Dure lo que dure esto.
En ese momento, tanto Jordi como Cristina escucharon un ruido en el pasillo. Ambos se miraron y Cristina alzó la pistola que llevaba. Era evidente que ese ruido venia de aquel pasillo del sótano. Concretamente al doblar la esquina. Era imposible que aquel ruido viniera del interior de la farmacia.
— ¿Qué ha sido eso? — preguntó Jordi preparando su arma y mirando a Cristina.
—Quédate aquí con el chico. Iré a mirar— dijo Cristina comenzando a caminar con la pistola en las manos.
El corazón de Cristina palpitaba cada vez más fuerte con cada paso que daba. Las manos le temblaban y la pistola se sacudía con fuerza entre sus manos, tanto, que parecía que se le iba a caer en cualquier momento. Ella apagó la linterna mientras avanzaba, solo la encendería cuando se asomase por la esquina. Imaginaba que bastaría con eso para ver lo que había ahí. Se pegó a la pared y siguió avanzando. Se paró y entonces, vio algo que le heló la sangre. Había un letrero en la pared con una flecha señalando la dirección. Esa flecha señalaba hacia la morgue… Y allí, solo se podía encontrar una cosa… Cadáveres.
Cristina sabía que, durante los primeros días, el hospital había sido un caos, donde la gente moría y acudían enfermos en masa. Tragó saliva y se fue asomando poco a poco.
Lo que Cristina vio, fue algo horrible, terrorífico y macabro. Allí en el pasillo, había varias camillas y carros de la ropa sucia. Todo aquello formaba una especie de barricada. Al otro lado, parecía verse movimiento, como si hubiese gente deambulando al otro lado.
Cristina encendió la linterna y reguló el alumbrado de esta hacia el mínimo, para que el haz de luz, fuese lo más bajo posible. Dobló la esquina prácticamente de puntillas y apuntó hacia la barricada. Fue en ese momento cuando vio lo que había al otro lado, más bien lo confirmó. Al otro lado, había una enorme cantidad de caminante deambulando de un lado al otro, entrando y saliendo de la morgue, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. También había caminantes en el suelo comiendo restos humanos. Rápidamente volvió a apagar la linterna.
— ¿Qué demonios es eso? — la voz de Jordi a sus espaldas, sobresaltó a Cristina. Ella rápidamente se dio la vuelta y se encontró cara a cara con él. Pudo entonces ver la expresión de su rostro. Una mezcla entre terror y confusión.
—No parece que puedan salir… De todos modos, será mejor que no llamemos su atención. No parece que sepan que estamos aquí… No al menos todavía. Regresemos con los demás.
*****
Sonia y Mateo salieron de entre la oscuridad. Ambos iban cargados con unas cajas de plástico hasta arriba de varios utensilios médicos y unas bolsas de color azul.
— ¿Tenéis lo que necesitáis? — preguntó David cuando los vio salir.
—Si. Y hemos conseguido varias cosas que nos serán útiles— respondió Sonia.
Salimos del interior de la farmacia y entonces, nos encontramos con Cristina y Jordi. Me fijé en su expresión y me di cuenta de que algo pasaba. David también se dio cuenta.
—Parece que hayáis visto un fantasma.
—Hay muchos caminantes encerrados en ese pasillo de ahí. No parece que puedan salir, pero será mejor no correr riesgos— Cristina se fijó entonces en Sonia — ¿Lo tienes?
Sonia asintió y enseguida comenzamos a volver sobre nuestros pasos. Subimos nuevamente al piso superior y justo cuando nos disponíamos a salir, vimos una gran cantidad de No Muertos. Estos estaban deambulando por el parking y había una gran cantidad de estos entre nosotros y nuestra furgoneta.
—Venga ya. No me jodas ¿De dónde han salido todos estos? — pregunté observando a todos aquellos muertos vivientes que habían aparecido de repente, entonces, me di cuenta de otra cosa. De la puerta, esta estaba cerrada desde dentro del hospital. Alguien había puesto unas cadenas en la misma puerta por la que habíamos entrado… Y eso solo podía significar una cosa… De pronto, todas las dudas que pudiéramos tener, se disiparon. Alguien salió de entre las sombras apuntándonos con un fusil de asalto.
Al ver a aquel tipo, rápidamente le apuntamos, aunque nadie disparó. Aquel tipo estaba sucio y parecía que se había echado por encima, kilos y kilos de entrañas. Aunque se podía ver claramente que era un hombre que debía tener unos cincuenta años. Este, nos miraba a todos uno por uno.
—No me esperaba para nada que hubiese más gente viva…
— ¿Quién es usted? — pregunté sin dejar de apuntarle.
—Otro habitante más de este infierno en la tierra— respondió aquel hombre mientras bajaba el fusil. Un acto que me resultó extraño. Aunque quizás se debía a que estaba solo y la inferioridad numérica, no era solo alarmante, si no evidente. Este miró entonces hacia el exterior y luego me miró a mí —Creo que acabo de complicaros un poco la huida.
En ese momento, Adrián volvió a toser y el hombre se percató — ¿Qué le pasa a ese niño? ¿Le han mordido?
—Es mi hijo— respondió Jordi —Si… Le mordieron.
— ¿Y cuánto hace de eso? — preguntó el hombre caminando hacia nosotros e ignorando por completo el hecho de que le estábamos apuntando. Entonces me miró a mí —No soy una amenaza. Creo que podría ayudaros. Soy un médico que trabaja en este hospital y estoy buscando una cura.

Aquella confesión nos pilló a todos por sorpresa. Aquel tipo parecía estar muy seguro de lo que decía. Todos nos miramos y el de nuevo me miró a mi —Seguidme.

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