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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

domingo, 28 de enero de 2018

ZOMBIES: Capitulo 004 La triste realidad

Capitulo 004
La triste realidad

Día 16 de junio de 2017
Ayuntamiento de Puzol…
14:30 horas del mediodía…

—Date la vuelta ahora, lentamente y con las manos en alto. Ni se te ocurra intentar nada raro o te volaré la puta cabeza— decía el desconocido que David tenía detrás.
Muy lentamente y con las manos en alto, David se fue dando la vuelta hasta encontrarse cara a cara con una pistola y el chico que la empuñaba. Se trataba de un chico joven y rubio de pelo largo, pero recogido en una coleta. Era delgado y llevaba puesta una camiseta de tirantes sucia por el sudor.
—Escucha. Soy agente de policía y…
—No me cuentes tu vida crack— el chico interrumpió a David —Lo único que quiero que me cuentes, es como cojones has entrado aquí y el motivo por el que has traído a todos los muertos a mis puertas.
David respiró hondo —Vine con dos personas más. Estábamos huyendo y acabamos subiendo al camión que hay ahí abajo empotrado ahí abajo. Yo trepé por los salientes de la fachada con la intención de ayudarles desde dentro.
David podría haber mentido y decir cualquier cosa, pero se encontraba en una situación que jugaba en su contra, mentir no era buena idea.
—Vamos… No me jodas ¿Hablas en serio? Trepar… ¿Eres el puto SpiderMan o qué? — el chico se quedó un momento pensativo, luego volvió a hablar —Muy bien. Vamos a ver a tus amigos.
David fue llevado a punta de pistola escaleras hacia arriba, hasta que llegaron a la oficina. Durante el trayecto, David podría haberse dado la vuelta y fácilmente podría haberlo desarmado, pero no lo hizo, mantuvo la calma.
*****
Vimos aparecer a David por la misma ventana que había desparecido hacía no mucho rato. Iba a decirle algo, pero entonces, vi al tipo que lo encañonaba. Instintivamente, me puse delante de mi mujer y apunté al tipo que encañonaba a David.
—Suéltalo ahora mismo— le amenacé —Suéltalo o te juro que te meteré una bala entre las cejas. Te aseguro que no fallaré.
—Ni yo— respondió el chico agarrando a David por el cuello con el brazo y situando la pistola en la sien de mi compañero. —Yo sí que no fallaré. Sus sesos saldrán disparados.
—Escucha… Podemos solucionar esto de una manera que podamos salir todos ganando. Solo buscamos sobrevivir y refugiarnos de forma temporal— comenzó a decir David tratando de negociar con aquel tipo. —Todos podemos salir beneficiados de esto. Podemos ayudarnos.
El chico me miró entonces, pero no me miraba a mí, estaba mirando mi pistola — ¿Cuántas de esas tenéis? ¿Cuántas pipas?
—Dos— respondió en ese momento Cristina saliendo de detrás de mí y mostrando la pistola que llevaba. —Tenemos dos.
—Muy bien. Vuestra permanencia temporal aquí a cambio de las pistolas— dijo el chico.
—Y una mierda. No te las vamos a dar—  respondí.
—La negociación es esta. Dos pistolas a cambio de vuestra estancia temporal y de la vida de tu compañero. Yo creo que es un trato justo… Y aunque te parezca un cabrón, soy un tío de palabra— respondió aquel tipo.
Cristina y yo nos miramos y finalmente asentí —Tú ganas.
El tipo sonrió y desapareció en el interior del edificio. Unos minutos más tarde, la ventana por la que íbamos a entrar, se abrió y una escalera de metal surgió convirtiéndose así en un puente. Cristina y yo nos apresuramos a cruzarlo y finalmente, alcanzamos el interior del ayuntamiento. Una vez allí, nos encontramos con David y el tipo que le apuntaba.
—Venga. Ahora dadme las pistolas, metedlas en esta bolsa— el chico me lanzó una bolsa de tela. Yo la cogí y tanto Cristina como yo, metimos las pistolas. Le devolví la bolsa y este sonrió, entonces soltó a David y lo empujó hacia delante sin dejar de apuntarnos. —Ahora haced lo que yo os diga. Delante de mí, los tres.
David, Cristina y yo comenzamos a caminar. Detrás de nosotros, a pocos pasos, ese tipo caminaba apuntándonos y guiándonos por donde teníamos que ir. Estábamos a salvo en el interior del ayuntamiento, pero encañonados por un tipo al que no conocíamos de nada y que, en cualquier momento, pese a que había dado su palabra, podría romper el pacto.
Nos llevó hasta la sala principal de reuniones. Al entrar, nos encontramos con un grupo de siete personas más. Eran cinco chicos más y dos chicas. Todos estaban sucios y cansados. Nos miraban con recelo, no éramos bienvenidos. De hecho, uno de los hombres, un tipo alto y robusto, se acercó a nosotros, me miró a mí y luego a nuestro captor.
— ¿De qué coño va esto Javi? ¿Quiénes son estos?
—¿Qué importa quienes sean? Lo que importa es el regalito que nos han traído— el tal Javi le entregó la bolsa donde había metido las pistolas. El tipo grande la abrió, miró al interior y luego nos miró a nosotros.
— ¿De dónde han sacado esto?
—Supuestamente son polis… Al menos eso es lo que dice el de las greñas— respondió el tal Javi refiriéndose a David.
—Polis… ¿Y las placas? — preguntó el grandullón.
David y yo nos llevamos las manos a los bolsillos y sacamos las placas para mostrárselas. Seguramente esperaba que Cristina también mostrara la suya, pero eso no sucedió, ella no tenía. Eso, hizo que el tipo grandote se acercara a ella.
— ¿Y tú que cariño? ¿Tú no tienes placa?
Cristina apartó la cara cuando aquel tipo se le plantó delante y le echó el aliento. Entonces habló —Yo no soy policía. Soy profesora en el instituto…
—No me jodas. Tenemos aquí a una profesora… Aunque aquí no necesitamos que nos enseñen nada— el tipo grande la miró más y sonrió —O tal vez si… Seguro que hay algo maravilloso debajo de tanta ropa. Algo que seguro que en algún momento podamos ver… Y tocar…
Escuchar eso, me hizo enfurecer, me planté entre ellos y le lancé una mirada de odio a aquel tipo —Si le pones una mano encima te mataré.
—Mucho ojo tío… Mucho ojo. Te recuerdo que aquí y ahora, yo soy algo así como tu casero, y ya sabes lo que pasa si le tocas los huevos al tío que te tiene alquilada su casa. Pasa que te larga… Y viendo el percal de ahí fuera— el tipo comenzó a negar con la cabeza —Yo juraría que no te conviene.
El tipo grande se apartó un poco de nosotros y se sentó sobre una mesa para mirarnos bien a los tres. De hecho, todos nos miraban.
— ¿Por qué nos miráis así? — preguntó David.
—Es que casi se nos pasa por alto una cosa. Una muy importante…
— ¿El qué? — preguntó Cristina
— ¿Os han mordido a alguno de vosotros? — preguntó el tipo grandote.
David, Cristina y yo nos miramos y finalmente, yo me adelanté —No. No nos han mordido a ninguno. Apenas hemos tenido contacto directo con los caminantes.
—Comprobémoslo— el tipo se bajó de un salto de la mesa e hizo un gesto con la mano —Venga. Fuera ropa. No nos arriesgaremos a que nos jodais si estáis infectados.
Sin decir nada, los tres comenzamos a quitarnos la ropa hasta quedarnos en ropa interior. Una vez estuvimos desnudos, dimos varias vueltas para demostrar que realmente no teníamos ninguna herida de mordisco.
— ¿Qué demonios está pasando aquí? — La voz de un hombre nos sorprendió de repente. Nos dimos la vuelta y detrás de nosotros vimos a un chico joven, de no más de treinta años, de piel morena, delgado, pero fibroso. Su pelo era liso y estaba recogido en una pequeña coleta, sus rasgos faciales delataban que era de latino américa, tenía algo de bigote, uno bastante fino que bordeaba el labio superior. Su acento evidentemente, también lo delató como un chico latino —Volveré a repetir la pregunta ¿Qué está pasando aquí?
—Tenemos nuevos inquilinos— respondió el tipo grandote. Este nos miró entonces —Este buen hombre que tenéis detrás es quien manda aquí. Su nombre es Leandro.
— ¿Por qué están desnudos? — preguntó Leandro caminando al frente y pasando por delante de nosotros para plantarse frente a frente con el tipo grande.
—Solo les estábamos haciendo la prueba de control para ver que no les habían mordido. No es necesario que te pongas así. Por cierto ¿Dónde te habías metido tú?
—Darle a mi hermana una despedida digna. Soy el único aquí que está haciendo algo— respondió Leandro. —No soy como vosotros, que ya os da todo igual. Os habéis rendido tanto que ya ni os comportáis como personas.
—Bueno. Esa es la triste realidad del ser humano.
Leandro se apartó del tipo grande con un empujón y se dirigió a nosotros —Podéis vestiros. Disculpad a mi compañero. Cuando os hayáis vestido acompañadme.
— ¿Para qué? — preguntó Cristina.
—Solo acompañadme— respondió Leandro tajantemente.
Terminamos de vestirnos y seguimos a Leandro hasta un despacho. Una vez entramos, vimos que había varias velas encendidas. Este caminó mirándonos y se sentó frente a nosotros.
—Disculpad el recibimiento. Las cosas aquí se han desmadrado un poco en las últimas horas. Os he apartado del resto por que no quiero que nos interrumpan mientras os hago algunas preguntas. Vosotros venís de fuera. ¿Sabéis cuál es la situación en el resto del pueblo o en los pueblos de alrededor?
—No— respondí sentándome frente a el —Nos dirigíamos al instituto cuando nos vimos sorprendidos por una horda de muertos. Nos refugiamos aquí. Aunque no sabíamos que ya había gente dentro.
—Tus amigos nos dieron un recibimiento cojonudo. Nos han quitado las armas, las únicas que teníamos— dijo David.
—No son mis amigos. Solo son unos clientes de mi gimnasio. Vine a reunirme con mi hermana aquí y ellos me siguieron. Mi hermana Aurelia trabajaba en las oficinas— explicó Leandro —Este es su despacho.
En ese momento recordé lo que dijo Leandro al entrar y conocernos. Venía de despedir a su hermana. Miré de nuevo a Leandro y comencé a hablar —Escucha. Nosotros no pretendemos quitaros vuestro espacio. Tenemos muy claro a donde nos queremos dirigir. Entramos aquí para huir de los caminantes, así que nos vamos a largar.
— ¿Al instituto has dicho? — preguntó Leandro acariciándose la barbilla.
—Si. Nuestras familias nos esperan allí. Supuestamente es un puesto de militares. Es uno de los varios puntos seguros del pueblo. Es lo bastante grande como para resguardar y abastecer a centenares de personas— dijo en ese momento Cristina. —Mi madre está allí junto a mi padre.
—Os acompañaré— dijo en ese momento Leandro —Yo no voy a permanecer ni un minuto más con estas personas. Se acabarán matando los unos a los otros. Es cuestión de tiempo.
—Nos quitaron nuestras pistolas. Además, el edificio entero está rodeado— dijo David.
—No todo. Estaba en la azotea y vi la zona. Hay una escalera de mano que da a un callejón entré el ayuntamiento y la iglesia. Este, está bloqueado por una furgoneta que impide que la horda entre. El otro extremo del callejón, da a una calle despejada. Podemos salir por ahí.
—Pero necesitaremos nuestras armas. Es un suicidio caminar por ahí sin ellas. Aunque las balas no les matan, los frenan— dijo David.
—Si. Si les disparáis a la cabeza— dijo Leandro. Esa respuesta hizo que nos miráramos y que él nos mirara a nosotros — ¿No lo sabíais? ¿Qué es exactamente lo que sabéis?
—No demasiado, la verdad— respondí. —La última vez que escuchamos las noticias, fue cuando salimos de casa.
—Entonces no tenéis ni idea de lo mal que están las cosas— respondió Leandro.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó Cristina
Leandro se puso en pie y nos miró —Os lo contaré todo hasta donde sé, pero lo importante ahora es que nos marchemos de aquí. Vosotros quedaros y yo os traeré las armas.
— ¿No necesitas que te acompañe? Es tu amigo el rubio quien las tiene. Me apuntó con un arma y me encantará devolverle el favor.
—No vale la pena. Además, quitarles las pistolas será como quitarle el caramelo a un niño. Créeme que la mayoría de estos tíos no saben mear sin mojarse el pantalón. Vosotros quedaros aquí y estad preparados.
—Las pistolas las metieron dentro de una bolsa— dijo en ese momento David.
—Está bien. Enseguida volveré.
Leandro salió del despacho y se encaminó hacia la sala donde estaban todos los demás. Nada más entrar, se vio abordado por el tipo grande.
— ¿Dónde están los polis y la tía esa?
—Ahora mismo están en otro despacho. No quiero que pasen demasiado tiempo cerca de ti. Con el paso del tiempo te estás volviendo paranoico. Todos vosotros— respondió Leandro. Ellos se van a terminar largando, ellos están solo de paso.
— ¿Por eso te mantienes apartado? ¿Tanto miedo te doy?
—Si. Me das miedo— se sinceró Leandro —Tarde o temprano acabarás matando a alguien o te acabarás matando tu solo. Yo no estaré cerca cuando eso ocurra.
— ¿Significa eso que tú también te largas? Ya sabes que ahí fuera solo hay muerte…— Aquel tipo hablaba sin parar, pero Leandro no le prestaba atención. Él estaba buscando otra cosa. Finalmente dio con lo que quería. La bolsa de las pistolas estaba sobre una mesa, totalmente desprotegida. Supo que era la bolsa que buscaba porque las dos armas, sobresalían, por uno de los lados.
—Así es. Yo también me largo. Nuestros caminos se separan aquí— respondió Leandro —Recogeré un par de cosas y me largaré.
—Tú mismo.
Leandro bordeó a aquel tipo y caminó hacia el fondo de la sala. Allí agarró una bolsa de deporte y metió unas botellas de agua, las que a él le correspondían. También cogió su parte de bolsas de snacks. Una vez lo tuvo todo, regresó sobre sus pasos y con toda la idea del mundo, dejó la bolsa sobre la que contenía las pistolas. Se acercó al tipo grande y lo miró con una sonrisa.
—Bueno Edu. Ha sido un placer pese a que hayamos tenido siempre nuestras diferencias. Cuidaros mucho. Un abrazo— dijo Leandro.
—Mariconadas las justas— respondió el grandullón negándole el abrazo. Eso hizo que Leandro retrocediese y cogiese la bolsa. Salió por la puerta y se dio la vuelta.
—Cuidaros.
Nadie le respondió. Lo único que recibió, fue que Edu cerrase la puerta y escuchase como este, cerraba con llave desde el otro lado. Leandro sonrió en ese momento, su jugada había salido bien. Sacó las pistolas de la bolsa que había robado, se las metió en la cintura y comenzó a correr.
*****

Estábamos en el despacho esperando pacientemente cuando vimos que la puerta se abría de golpe. Leandro se asomó y nos miró.
—Gente. Nos vamos de aquí… Ya…
Los tres salimos del despacho y seguimos a Leandro hasta la azotea del ayuntamiento. Una vez allí nos llegó un olor a carne quemada. No tardamos en descubrir de donde venía, a unos metros de nosotros, había una caja de madera con restos humanos que aún estaban ardiendo. Quise decirle algo a nuestro nuevo compañero, pero él, ni siquiera lo miró. Supe entonces que eran los restos de su hermana.
Llegamos a un punto de la azotea donde vimos las escaleras que nos había nombrado. Una vez allí, sacó las pistolas y nos las entregó. Seguidamente, comenzamos a bajar rápidamente, primero bajó David, seguido por Cristina, después comencé a bajar yo, seguido de cerca por Leandro.
Una vez en el callejón, comenzamos a recorrerlo. Cuando estábamos a punto de abandonarlo, escuchamos un grito. Nos dimos la vuelta y en una de las ventanas vimos al tipo grande. Este nos miraba y respiraba agitadamente.
—¡¡¡Eres un cabrón de mierda!!!— nos gritó
Leandro no dijo nada. Únicamente lo miró y le levantó un dedo. Después de eso, comenzamos a correr, dejando el ayuntamiento atrás, y también a la horda de caminantes que había frente a este.

19.46 horas de la tarde…

Por recomendación de Leandro, habíamos abandonado las calles del pueblo y habíamos alcanzado las afueras. Según nuestro nuevo compañero, el pueblo era un hervidero de No Muertos. Había miles de ellos pululando por él.
Eran casi las ocho de la tarde cuando decidimos parar a descansar. Nos adentramos en una fábrica que estaba vacía y allí comimos de lo que llevaba Leandro en la bolsa. La verdad era que lo necesitábamos, hacía horas que no probábamos bocado.
—Llevo tantas horas sin comer, que estas galletas saladas me saben a gloria— dijo David comiéndose algunas y hablando con la boca llena —Disculpad esto, pero es que estoy pletórico.
—No te disculpes— respondió Leandro. —No creo que nadie te vaya a criticar por esto— en ese momento se sacó un paquete de tabaco del bolsillo y nos miró — ¿Fumáis?
—Yo si— respondió David alargando la mano para coger un cigarrillo. Leandro le alargó el paquete.
Estábamos bien en ese momento. Sentados en círculo alrededor de la bolsa de deporte. Los cuatro estábamos tranquilos, pero yo, llevaba tiempo dándole vueltas a una única cosa. Una cosa que solo uno de los allí presentes sabía, y ese era Leandro.
— ¿Qué se sabe de la situación actual? — pregunté finalmente.
Leandro le dio una calada al cigarro, le cambió la expresión y comenzó a hablar —La radio, la televisión e internet cayeron del todo a las once de la mañana. A diferencia de Internet que volvía a ratos, la tele y la radio seguían hablando de esto. En concreto, hablaban de las grandes ciudades. La situación es peor de lo que pensáis… A ver, os cuento. El mordisco te infecta y acaba matándote, luego vuelves. También sabemos que, para matar a estos seres, es necesario destrozarles el cerebro… Pues bueno. Eso se descubrió demasiado tarde. Una vez se supo eso, ya no había forma de pararlo. Comenzó a perderse el contacto con diferentes países, incluso volaron una ciudad con una bomba nuclear. No recuerdo cual fue, pero si no recuerdo mal, estaba en Europa.
—Eso es horrible— dijo Cristina
Leandro la miró, le dio una calada al cigarro y continuó hablando —Es horrible, pero lo hicieron para contener la infección. Las bajas civiles fueron mínimas.
—Aun así, fue un fracaso— respondió David.
—Exacto. Ya no había nada que hacer. Después de eso, poco a poco las noticias se fueron apagando. La última noticia que supe de los Estados Unidos, era que Trump estaba deseando buena suerte a sus compatriotas… Algo fácil de decir desde un bunker bajo tierra… Pelucas cabrón…— murmuró Leandro.
— ¿Y España? — pregunté
—Lo mismo. La radio y la tele se fue yendo a la mierda poco a poco. Y todo eso en pocas horas. Aún queda gente viva evidentemente, nosotros somos un claro ejemplo de ello. Puede que incluso haya todavía cadenas emitiendo en otros países, pero la triste realidad es que antes del apagón, se hablaba de que se había perdido a más de un ochenta por ciento de la población mundial… Y que esto no tenía pinta de mejorar— finalizó Leandro.
—Entonces…— murmuró Cristina —…Es el final…
—Me temo que si— respondió Leandro —Los hechos así lo confirman.
—De todos modos— comencé a decir —Nos queda llegar al instituto. Nuestras familias…
—No quiero joder a nadie, pero hay otra cosa y que yo estoy dispuesto a negar hasta que lo vea con mis propios ojos, pero, antes de que todo se quedara en silencio, supimos que los puntos seguros de Puzol estaban jodidos. Aun así, existe una pequeña posibilidad de que alguno haya aguantado. Por eso debemos comprobarlo— dijo Leandro —Iremos al instituto y veremos si sigue en pie, pero por otro lado… Y aunque sea duro, debemos asumir que es posible que encontremos algo que no queremos.
Todos nos quedamos en silencio, Leandro tenía mucha razón. Era bastante probable que el refugio del instituto hubiese sido arrasado y nuestras familias hubiesen muerto. La verdad es que eso nos dejó helados.
—Escuchad, descansemos un poco más y después sigamos. Llegaremos al instituto esta noche. Nos será más fácil ver de lejos si hay luces. Así sabremos si hay todavía refugio— aclaró Leandro.
Llegó la noche y llegó el momento de ponerse en marcha. Salimos de la fábrica y caminamos rumbo al instituto. A cada aso que dábamos no solo vigilábamos que no nos atacara algún infectado, sino que, además, el miedo y la incertidumbre se iba apoderando de nosotros. No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar.
Llegamos por fin a un lugar desde el que podíamos ver el instituto, desde allí, pudimos observar que la oscuridad invadía este. No había luz, no había vida, no había nada. Todos nos miramos consternados y tristes, entonces, Cristina se dejó caer de rodillas al suelo y comenzó a llorar desconsoladamente. Yo me agaché a su lado y traté de consolarla, David seguía de pie y no lloró, solo se dio la vuelta y golpeó un árbol. Leandro por su parte, permaneció en silencio.
—Mi madre… Mi padre…— sollozaba Cristina.
Abracé muy fuerte a mi mujer y la fui ayudando a ponerse en pie. Allí fuera estábamos demasiado expuestos y en cualquier momento, un grupo de caminantes podría atacarnos.
Los cuatro comenzamos a alejarnos de allí, yo cargaba con mi mujer ayudándola a caminar. Podía entender cómo se sentía ella y como se sentía David, el cual no hablaba. Yo estaba exactamente igual, mis padres y mis hermanos también debían estar allí, pero allí no había nadie, todo lo contrario, pese a la oscuridad que envolvía el lugar, se podía observar que allí había habido una batalla, una que los militares que protegían el lugar no pudieron ganar.
Nos sentíamos tristes y derrotados, sin ganas de nada, sin ganas de seguir. Llegamos a un camino con árboles a ambos lados y allí nos paramos. Necesitábamos descansar. Ayudé a Cristina a sentarse y traté de consolarla, pero sin éxito.
—Escuchad. Sé que no estáis para muchos trotes, pero hay que decidir qué hacer— dijo Leandro. — ¿Qué hacemos?
—No podemos quedarnos aquí. Eso está claro. Creo que lo mejor que podemos hacer ahora mismo, es buscar un sitio seguro para pasar la noche y ya mañana, decidir qué hacer. Ella necesita descansar— respondí mirando a Leandro.
—Puedo andar. No te preocupes— dijo en ese momento Cristina sobreponiéndose al llanto.
—Acabas de…— le dije, pero ella me interrumpió.
—¡¡¡He dicho que puedo andar!!! Busquemos ya un lugar o salgamos de este maldito pueblo.
—Está bien— respondí.

Los cuatro nos pusimos en marcha, estuvimos caminando un buen rato y alcanzamos de nuevo las afueras del pueblo. Eran pasadas las doce de la madrugada cuando de repente, vimos unas luces que se encendían no muy lejos de nosotros. Alguien, fuese quien fuese, había encendido esas luces, y eso, solo significaba una cosa. Supervivientes.

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