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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

sábado, 21 de abril de 2018

ZOMBIES: Capitulo 016 Hasta que la muerte nos separe


Capítulo 016
Hasta que la muerte nos separe



Día 8 de agosto de 2010…
Puzol… 9:00 horas…

—No me digas que no sabes ponerte una corbata.
La voz de mi hermano mediano Carlos me hizo darme la vuelta, y olvidarme por un momento de mi reflejo, en el que me basaba para ajustarme la corbata.
—Esto es más difícil de lo que parece. Además, nunca me he puesto una corbata— le dije a medida que el entraba en la habitación y cerraba la puerta. Avanzó hacia mí y se situó delante.
—Déjame que te ayude— Carlos comenzó a ajustarme la corbata —No puedo creerme que te vayas a casar. Aún estoy alucinando. No me esperaba para nada que dieras este paso… Precisamente tú.
—Tú también podrías haberte casado si no hubieses metido la pata— respondí.
—Mi relación con Susana estaba destinada a fracasar antes de empezar— respondió mi hermano dándole un último ajuste a la corbata.
—Y por eso te acostaste con su hermana…— añadí
— ¿Qué le voy a hacer? — preguntó mi hermano —Esto ya está…
Me di la vuelta para mirarme al espejo y me encontré con mi reflejo y el de mi hermano. Ambos teníamos una diferencia de tres años. Yo era el mayor de tres hermanos, aunque conocíamos la existencia de que, en algún punto de Estados Unidos, teníamos una hermana por parte de padre, fruto de una relación fugaz de mi padre con una mujer Estado Unidense.  Una chica de la que solo conocíamos su edad, ya que nació prácticamente al mismo tiempo que yo.
— ¿Estás listo? — la voz de nuestro hermano pequeño hizo que nos diéramos la vuelta. —El coche ha llegado.
Yo asentí y nos dirigimos hacia la puerta. Era hora de ir a la iglesia. Iba a ser un gran día. En poco menos de dos horas, estaría dando el sí quiero a Cristina. Iba a ser el principio de una larga vida juntos, hasta tal y como se puede decir, hasta que la muerte nos separe.

Día 21 de junio de 2017…
Caserón… 18:50 horas…

Fue como una corriente eléctrica lo que me impulsó a lanzarme contra la puerta para impedir que los caminantes entraran. Golpeé con el pie en el pecho a uno de ellos, haciendo que cayera de espaldas y derribara a los que venían detrás. Rápidamente cerré la puerta y me apoyé contra ella, impidiendo que esta cediera.
—Hay que bloquearla con algo— dije mirando a Mateo. Este comenzó entonces a mirar a su alrededor buscando algo pesado con lo que bloquear la puerta. Yo por mi parte miré a Cristina, ella estaba a los pies de la escalera, totalmente aterrorizada. Entonces, como otra corriente eléctrica, se lanzó contra la puerta y me ayudó a bloquearla.
Mirándola allí a mi lado, me recordó el día de nuestra boda. El día que nos dimos el sí quiero y asumimos que estaríamos juntos hasta que la muerte nos separara, algo, que probablemente estaba a punto de suceder, porque en el momento que lograsen entrar aquellos seres, todo terminaría.
—Cristina— comencé a decir —No tienes que estar aquí. Busca un sitio seguro. No sé cuánto podré aguantar. No quiero que estés aquí cuando eso suceda. Debes sobrevivir como sea.
—No te dejaré aquí solo. Empezamos juntos y terminaremos esto juntos— respondió ella haciendo un gran esfuerzo.
Mientras Cristina y yo bloqueábamos la puerta, Mateo y Anna empujaban un pesado mueble hacia la puerta. Cuando lo acercaron lo suficiente, Cristina y yo pudimos apartarnos de la puerta. Ese mueble aguantaría un rato, pero no lo haría siempre, tarde o temprano, la cantidad más creciente de aquellos seres, acabaría entrando.
— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Anna.
—Bloqueemos las ventanas también— le respondí. Rápidamente miré a Cristina —Cojamos armas y desde el piso superior abatiremos a todos los que podamos.
Cristina asintió y ambos corrimos hacia la habitación donde estaban las armas. Una vez dentro, cogimos varios fusiles y comenzamos a cargarlos. Ella me miraba de vez en cuando y la noté extraña.
— ¿Te encuentras bien?
—Si— respondió ella.
Con los fusiles preparados, salimos de la habitación y corrimos escaleras arriba. Nada más subir, nos encontramos con Nora, ella cargaba con Leandro. Este parecía estar como aturdido. Tenía varios cortes. Seguramente lo había alcanzado la onda expansiva de la explosión, la cual, aun no tenía ni idea de donde había salido, aunque, la verdad era que empezaba a resultarme bastante obvio lo que había sucedido y quien lo había provocado, pero en esos momentos, había otras cosas en las que pensar. Cosas mucho más importantes.
Cristina y yo alcanzamos el tejado saliendo por una ventana de una de las habitaciones. Una vez allí, ambos comenzamos a disparar a los muertos que rodeaban el caserón. Nuestros disparos eran certeros a la cabeza, nos habíamos centrado en acabar con aquellos que trataban de atravesar las puertas y las ventanas. Una vez allí, me di cuenta de algo. Ni gastando toda la munición de la que disponíamos, íbamos a poder acabar con todos. Allí, en el tejado, bajo la lluvia y junto a la mujer de mi vida, supe que íbamos a morir. Hasta ahí habíamos llegado.

Día 13 de octubre de 2010…
Puzol… 19:00…

Llegué a casa del trabajo. Aparqué el coche en el garaje y vi que la luz estaba encendida. Cristina había salido del trabajo bastante más pronto de lo que esperaba. Creía que ese preciso día, iba a quedarse corrigiendo exámenes hasta tarde, un hecho que había querido aprovechar para prepararle una cena romántica, algo que acababa de irse al garete.
Suspiré con cierto mal humor y me resigné, la cena romántica y sorpresa iba a tener que esperar. Aunque hubiese preferido que mis planes no se hubiesen estropeado.
Bajé del coche, salí del garaje y me dirigí a la puerta. La abrí con las llaves y entré. Cerré la puerta y cuando me di la vuelta para mirar al pasillo, me encontré con Cristina parada delante de mí, con una sonrisa y con las manos detrás de la espalda. Algo que no me esperaba para nada ¿Acaso estaba esperándome?
— ¿Ha pasado algo? — pregunté mirándola con cierta confusión. Ella no dejaba de sonreír. — ¿Nos ha tocado la lotería?
En ese momento, ella echó las manos hacia delante y me mostró un pequeño artefacto que parecía un termómetro. Al menos, fue lo que me pareció al principio, pero no era un termómetro. Era un test de embarazo. Al verlo, miré a mi mujer a los ojos y su sonrisa se hizo mucho más amplia.
—Estamos embarazados— dijo ella en ese momento.
Dejé caer lo que llevaba en las manos y me acerqué a ella. La abracé con todas mis fuerzas y luego la besé. No pude contener mis lágrimas, estaba inmensamente feliz. Íbamos a ser padres.

Día 21 de junio de 2017…
Caserón… 19:00 horas…

Cristina y yo nos encontrábamos en el tejado del caserón. Desde allí, teníamos un buen ángulo de tiro para abatir a todos los caminantes posibles. Habíamos abatido a tantos que se había formado un montón frente a las ventanas, y eso, impedía el paso de los demás. Eso les había dado un tiempo precioso a los demás para que pudieran bloquear las ventanas y todas las puertas posibles de la casa.
—Juanma— dijo Mateo asomándose por una de las ventanas y caminando a mi encuentro.
— ¿Va todo bien ahí abajo? — pregunté yo acercándome a él.
—Si. De momento hemos impedido que entren. Eso nos dará un gran margen— respondió Mateo —Lo malo es que no podremos salir. Te sugiero que nos ocultemos en el sótano mientras podamos. Allí podremos pasar cierto tiempo hasta que la cosa se calme.
—Me parece bien— respondí. —Cristina y yo hemos terminado aquí— me di la vuelta entonces para mirar a mi mujer. Ella se encontraba apoyada contra la chimenea. Se le notaba cansada.
Justo en ese momento se escuchó un ruido muy similar a un disparo. Fue repentino, pero conocía muy bien ese sonido. Alguien había disparado. Fue en ese momento cuando Mateo se derrumbó como si fuera un saco de patatas. Cayó sobre las tejas y comenzó a rodar. Aquello fue tan repentino que apenas me dio tiempo de lanzarme sobre las tejas y agarrarlo del brazo antes de que cayera.
Sosteniendo a Mateo evitando que cayera pude ver la mancha oscura que se había formado en el costado. Fue en ese momento cuando me miró a los ojos, estos estaban empañados en lágrimas —Prométeme que cuidaras de mi nieta.
Iba a responder, pero entonces, un nuevo disparo impactó justo a mi lado. Haciendo que saltaran trozos de las tejas. Fue en ese momento cuando inevitablemente, solté a Mateo. Este cayó abajo sin que yo pudiera hacer nada.
Más balas comenzaron a impactar a mi alrededor. A duras penas me levanté, evitando resbalar y caer yo también. Busqué a mi mujer y la llamé.
Nos estaban disparando desde algún punto y yo no podía ver de quien se trataba. Tiré de mi mujer cuando la alcancé y corrimos hacia la ventana para volver de nuevo al interior de la casa. Cristina entró primero, justo cuando iba a entrar yo, escuché otro disparo al que le siguió un fuerte dolor en mi pierna derecha. Después de eso, me lancé al interior de la casa y rodé por el suelo.
— ¿Estás bien? — preguntó Cristina.
Miré a mi pierna y vi que estaba sangrando. Además del dolor penetrante que sentía. Miré entonces a Cristina y asentí —Salgamos de aquí.
Bajamos las escaleras con la intención de bajar al sótano. Una vez en la planta baja me encontré con la mirada de Nora. Ella me miró primero a mí y luego a Cristina. Después, con su mirada buscó a su abuelo, sin éxito.
— ¿Dónde está mi abuelo?
Sin saber que decir, directamente la abracé. No hizo falta que dijera nada más, ella rompió a llorar en ese momento. Habíamos perdido a uno más de nuestro grupo. Una persona al que le había dado mi palabra de que cuidaría de su nieta.
Pasados unos minutos, me senté en uno de los sillones del salón y comprobé la herida de bala de mi pierna. Me dolía, pero era soportable, aun así, debía frenar la hemorragia. La bala seguía dentro, pero eso podía esperar. De momento, era más importante salir vivos de allí. No iba a ser fácil, había muertos vivientes rodeando toda la casa pretendiendo entrar, algo que al final lograrían. Nosotros íbamos a meternos en el sótano, allí, esperaríamos a que todo pasara y pudiésemos salir.
—Anna y yo iremos llevando cosas al sótano. Armas y comida— dijo en ese momento Leandro. Entonces hizo una pausa y nos miró a todos —Antes de que se me olvide… Esas personas con las que contacté… Están en el instituto.
Anna y Leandro comenzaron a llevar cosas al sótano mientras yo me hacía un torniquete. Mientras me detenía la hemorragia, me fijé en Cristina, ella seguía consolando a Nora. El perro estaba a su lado, con el pelo del lomo erizado y gruñendo con cada ruido que provocaban los muertos vivientes del exterior.
De pronto, escuchamos un ruido y vimos a los caminantes irrumpiendo en la casa, habían accedido por alguna de las puertas traseras de la casa tras echarla abajo. Era evidente que nos estaban saboteando con intención de matarnos… Y ese alguien era indudablemente Bernardo. Había vuelto y estaba consiguiendo acabar con nosotros… Y ya había matado a Mateo, además de que me había logrado herir.
Esa irrupción hizo que me pusiera en pie rápidamente, sin terminar de hacerme el torniquete. Antes de que nos diéramos cuenta, esos muertos nos cortaron el paso y no pudimos correr hacia el sótano junto a Anna y Leandro.
—Hacia la buhardilla— dijo en ese momento Nora corriendo escaleras arriba.
Cristina la siguió y yo comencé a cubrirlas disparando a los caminantes que trataban de alcanzarlas. Quise llevarme al perro también, pero era ya demasiado tarde. Los No Muertos lo habían rodeado y echado encima.
Subí las escaleras de espaldas mientras disparaba, pero había demasiados. De hecho, la puerta principal ya había cedido y eran cientos de aquellos seres los que estaban entrando. Se me acabó la munición del cargador, y aunque llevaba otro, no me daría tiempo de cargarlo.
Uno de los caminantes, un chico joven con el pelo cortado estilo cenicero, logró alcanzarme y agarrarme del brazo. Sin embargo, yo fui más rápido y antes de que pudiera morderme, lo empujé y pasó por encima de la barandilla cayendo al piso inferior.
Seguí retrocediendo y llegué al piso superior. Allí vi que Cristina y Nora ya habían llegado a la buhardilla. De hecho, estaban esperándome en la trampilla. Corrí como pude hacia ellas, pese al palpitante dolor de la pierna.
Alcancé las escaleras y subí rápidamente. Una vez arriba, cerraron la trampilla y yo me quedé tumbado boca arriba, respirando aliviado. Allí estaríamos a salvo, ya que de ninguna manera iban a poder subir, sin embargo, lo malo de aquello, era que, nosotros tampoco íbamos a poder salir a menos que toda aquella multitud de infectados se marchara. Tampoco sabíamos el estado de Leandro y Anna.
Me incorporé poco a poco y miré a Nora y a Cristina. Fue en ese momento cuando vi algo raro en mi mujer. Estaba pálida, nuestras miradas se cruzaron y fue entonces cuando ella se derrumbó por completo. Me acerqué a ella prácticamente a rastras y cuando la toqué, noté que estaba ardiendo. Tenía fiebre, mucha. Fue entonces cuando vi algo oculto tras el cuello de la camisa, primero vi las manchas de sangre y después lo que tanto temí… La marca de los dientes. Le habían mordido.

Día 21 de junio de 2011…
Hospital de Puzol…

—Vamos mi amor. Solo un esfuerzo más— le dije a mi mujer mientras la cogía de la mano y ella empujaba.
Hacía unas pocas horas que se había puesto de parto. Nuestra hija venía en camino.
Mi mujer hizo un último esfuerzo y por fin, la niña salió. Pasaron unos segundos y el llanto nos llegó a ambos. Era algo emocionante, tanto que ni Cristina ni yo pudimos contener las lágrimas. Estábamos rebosantes de felicidad.
Cortaron el cordón umbilical y después depositaron a nuestra hija sobre el pecho de su madre. Yo las miré a las dos, y mi mujer, al ver que las lágrimas brotaban sin parar de mis ojos, sonrió y me acarició la mejilla, después me besó en los labios.
—A ver si ahora papaíto se va a deshidratar con tanta lagrima.
No pude evitar sonreír. Ante mi tenía lo más importante de mi vida. Las dos personas por las que daría mi vida entera.
— ¿Ya has pensado un nombre? — pregunté.
— ¿Qué te parece que la llamemos Cristina?
—Lo veo perfecto— respondí. Entonces miré a mi hija y acerqué mis labios a la pequeña cabeza de la recién nacida y la besé —Bienvenida Cristina. Bienvenida al mundo.
*****
Habían pasado ya unas horas desde que Cristina había dado a luz. Enseguida nos habían dado una habitación. Allí nos habíamos instalado. Al día siguiente comenzarían a llegar los familiares para visitarnos. Yo me encontraba sentado en el sillón observando la tormenta que había estallado no hacía mucho, y las tormentas me encantaban. Fue en ese momento cuando mi hija comenzó a llorar. Seguramente tenía hambre, pero mi mujer en esos momentos dormía. Cogí a la pequeña en brazos y comencé a mecerla mientras miraba a través de la ventana y le cantaba una canción de cuna que nos cantaba mi madre a mis hermanos y a mi cuando éramos pequeños, imaginándome en un futuro observando la tormenta con mi hija al lado.

Día 21 de junio de 2017…
Caserón… 19:30 horas…

No daba crédito a lo que estaba viendo. No quería creerlo. Eso no podía estar pasando. Miré a Cristina con los ojos totalmente llorosos. Habían mordido al amor de mi vida. Lo habían hecho en el cuello y todos sabíamos lo que iba a pasar.
Cristina me puso la mano en la mejilla y yo rompí a llorar con ella en mis brazos. La miré a los ojos —¿Cuándo ha sido?
—Cuando la nube de humo tras la explosión. Cuando te quité al No Muerto de encima— respondió ella con un débil tono de voz.
Recordé el momento exacto. A mí, se me había echado encima un No Muerto y ella me lo quitó de encima, cayendo los dos al suelo. Yo quise ayudarla en ese momento, pero fui atacado por otro. Justo después, cuando pretendí ir en su ayuda, ella ya corría hacia mí. La habían mordido por que me había salvado la vida. Yo era entonces el responsable.
—No te culpes por esto. No es culpa tuya. No pudiste hacer nada— dijo en ese momento acariciándome la cara. Nora nos miraba desde el otro extremo de la buhardilla con los ojos llorosos.
—¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué lo ocultaste? — pregunté
—No habría cambiado nada. Solo te habría preocupado— respondió ella —Creí que aguantaría más.
—¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No quiero perderte a ti también. Ya perdí demasiado— respondí. Me sentía totalmente hundido. No entendía porque me estaba sucediendo esto. No entendía por que tenía que haber sido Cristina.
Entonces, haciendo un esfuerzo enorme, Cristina comenzó a incorporarse, demostrando una gran fortaleza. —No sé el tiempo que me queda, pero no pienso pasarlo así. Tenéis que salir de aquí— Cristina me miró —Solo te pediré una cosa a ti. Mantén a esta gente con vida. Lucha por sobrevivir y haz lo que sea necesario, sin importar lo que sea.
Ella tenía razón, las cosas habían cambiado tanto que ya nada del pasado importaba. Había nuevas reglas y para sobrevivir, íbamos a tener que tomar decisiones que nunca antes habríamos tomado. Yo, sin embargo, seguía pensando en todo aquello, en que mi mujer no merecía eso. Yo no podía perderla. Un año antes ya habíamos perdido a nuestra hija de forma trágica.

Día 13 de junio de 2016…
Hospital de Puzol…

David y yo entramos corriendo en el hospital. Todo el mundo se apartaba a nuestro paso. Hacía apenas veinte minutos que mi mujer me había llamado por teléfono, rota de dolor diciéndome que a nuestra hija la habían atropellado y el conductor se había dado a la fuga. El impacto que sentí fue tan fuerte que dejé caer el teléfono y salí corriendo de comisaria con David detrás de mí.
Llegamos a la sala de espera y allí me reuní con mi mujer. Ambos nos abrazamos. Justo en ese momento, el medico vino a vernos. Cuando le vi la cara, mi mundo y el de Cristina se vino abajo.
—Lo lamento. No hemos podido hacer nada por su hija. Les acompaño en el sentimiento. Lo que necesiten, pueden contar con ello. Tienen un equipo de psicólogos totalmente a su servicio. Ahora les dejo solos.
El medico se alejó mientras nosotros nos quedábamos completamente paralizados. Habíamos perdido a nuestra pequeña. Una niña que tenía toda la vida por delante. Aquello me marcó de por vida. No creí que pudiera haber nada peor en el mundo.

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