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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

jueves, 10 de mayo de 2018

ZOMBIES: Capitulo 020 El final de una etapa y el inicio de otra


Capítulo 020
El final de una etapa y el inicio de otra


—Han pasado muchas cosas desde que te fuiste. No sé si estarás orgullosa de mi, pero, hay cosas que he tenido que hacer para sobrevivir. Las cosas aquí van bien… Te gustaría verlo… Tu madre te echa de menos— hice una pausa delante de la tumba. Pasé mi mano por encima de la cruz de madera y continué —Hoy va a ser un día largo y duro, pero supongo que saldrá bien. Vendré a verte en cuanto regrese… Tu madre vendrá a verte después. Como ya te dije, no deja de pensar en ti— levanté la cabeza al escuchar el claxon que me llamaba, era momento de partir. Era momento de ir a conseguir suministros para las casi ochenta personas que vivíamos en el instituto.
No volví a coger la foto que había dejado. Me puse en pie de nuevo y comencé a caminar hacia el coche donde me esperaban David y Félix. Era un nuevo día en el instituto.

Día 23 de junio de 2017…
Puzol…

Había seguido el rastro de sangre dejado por Bernardo. Eso me había llevado hasta un edificio en construcción, cuyas obras se detuvieron en su día para no seguir. Nada más entrar, vi un pico tirado en el suelo. Me agaché para cogerlo y lo tomé con ambas manos.
—Todo termina aquí Bernardo. Llegaste demasiado lejos— comencé a decir mientras caminaba mirando a mi alrededor. Bernardo podía aparecer en cualquier momento y atacarme. Debía estar preparado —Mataste a mi hija… Pudiste pararte a ayudar, pero preferiste huir. Si te hubieses parado, si la hubieses ayudado… Ella podría haberse salvado… Pero supongo que es mucho pedir a un maltratador cobarde y miserable— doblé por un pequeño depósito de agua, hasta donde me llevó la sangre, pensé que Bernardo estaría ahí, pero no, el rastro seguía — ¿Por qué no das la cara y terminamos con esto?
— ¡No eres un asesino! Tú estás en el otro bando. En la ley… Eres poli. Eres del bando de los buenos— la voz de Bernardo me hizo darme la vuelta y correr hasta unas escaleras. Era evidente que estaba usando lo del rastro de sangre para despistarme.
El rastro me llevó hasta el último piso. Me acerqué a un montón de sacos de cemento, era más alto que yo. De pronto, el rastro desapareció. Iba a darme la vuelta cuando el cañón de una pistola me tocó la nuca.
—Eres un imbécil— dijo en ese momento Bernardo. Yo lo miré por el rabillo del ojo y lo vi. Estaba sonriendo de oreja a oreja. De forma triunfal. —Deja las armas en el suelo.
Poco a poco hice lo que Bernardo me dijo. Una vez las deposité en el suelo, volví a ponerme en pie con las manos en alto. No podía creerme que me hubiese dejado coger de esa manera —Acaba esto de una vez. Mi mujer y mi hija me esperan.
—No me jodas. No me digas que eres de ese tipo de personas que cree en el cielo. Me conmueves— Bernardo hizo una pausa y comenzó a reír —Me recuerdas condenadamente a esos presos que creían que ir a misa les serviría de algo. Sobre tu mujer e hija, deberías darme las gracias. Primero por librar a tu hija de este mundo. Segundo por librarte de la pesada carga que supone cuidar de una mujer débil. Porque todas las mujeres lo son.
—No sabes nada de ella— respondí.
—Sé que me la habría tirado cuando hubiese tenido ocasión. Ahora date la vuelta. Quiero que me veas antes de morir.
Me fui dando la vuelta para mirarlo fijamente, encontrándome con el cañón de la pistola esta vez en mi frente y con la gran sonrisa de Bernardo. Parecía estar conteniéndose para no empezar a carcajearse.
—Hazlo ya…
—Lo haré. Por cierto… Una cosa más. Cuando atropellé a tu hija. No me largué inmediatamente. Me tomé unos segundos para observarla. La vi agonizar con media cabeza aplastada… Y sentí indiferencia. De hecho, me empalmé un poco— en ese momento, Bernardo apretó el gatillo.
Del arma de Bernardo no salió ninguna bala. En ese momento aproveché para lanzarme contra él y comenzar a golpearle sin compasión. Con cada golpe que le propinaba, me asaltaba un recuerdo de mi hija o de Cristina. Todo eso que estaba haciendo en esos momentos, era por ellas. Bernardo intentó golpearme, pero bloqueé el golpe con ambas manos y le rompí el brazo a la altura del codo, haciendo que Bernardo lanzara un grito de dolor.
Yo me levanté y lo observé retorcerse en el suelo —Levanta. Arreglemos esto como hombres de una vez por todas— sin embargo, Bernardo no se levantó. Siguió allí retorciéndose. Entonces me acerqué a él y lo levanté para mirarlo a los ojos.
—Antes dijiste que no te mataría por que iba contra mis principios. Que no lo haría porque soy poli. Lo recuerdas ¿Verdad? Pues tengo una información que darte… Ya no soy poli.
En ese momento me acerqué al borde y lancé a Bernardo. Este comenzó a caer y lo hizo sobre un contenedor de escombros, quedando atravesado por varios hierros. Todo había terminado.
Recogí mis armas y bajé a la planta inferior. Abandoné el edificio en obras y pasé junto al contenedor. Fue en ese momento cuando hasta mis oídos llegó la voz de Bernardo. Todavía estaba vivo. Me acerqué a él y lo observé bien. Había varios hierros atravesando varias partes de su cuerpo, pero seguía vivo. Aunque no parecía poder moverse. Su cabeza colgaba por uno de los lados del contenedor y me miraba fijamente.
—Por favor. No me dejes así… No puedo moverme… Puede que tarde… En morir… Mátame… ¿No es lo que querías?
Iba a responder y entonces vi que se iba acercando un grupo de caminantes hacia nosotros, miré a Bernardo agonizando y solo pude decirle —Me es indiferente.
Me alejé de allí hacia el vehículo. Justamente cuando me senté al volante, escuché los gritos de Bernardo. Los caminantes lo estaban devorando.

Instituto de Puzol…
12:50 horas…

Llegué a las puertas del instituto. Nada más detener el vehículo, me vi apuntado por las armas de varias personas. Al ver eso, dejé las armas en el coche y salí con las manos en alto. Me levanté la camisa y me di la vuelta para que vieran que no llevaba armas de ningún tipo, para que vieran que estaba totalmente desarmado.
— ¿Quién cojones eres?
—Vine buscando a unos amigos— respondí mientras veía acercarse a más gente a través de los gruesos barrotes del lugar. Justo en ese momento, iba a decir los nombres de ellos, pero la voz de David me interrumpió.
—Abridle la puerta. Lo conozco.
Después de unos segundos, me abrieron la puerta y yo pude pasar al interior, donde fue recibido por una gran cantidad de personas. Entre ellos, estaban David, Leandro, Bosco y Anna. Me acerqué entonces a mi compañero y nos dimos un fuerte abrazo.
—Sabía que estabas vivo— dijo agarrándome la cara. Entonces miró detrás de mí y me volvió a mirar. Yo iba a responderle contándole lo que había sucedido, pero entonces alguien susurró mi nombre, una voz que me fue muy familiar. Miré hacia el origen de esta y entonces, me encontré con la persona que menos me esperaba. Gloria, mi suegra estaba allí de pie, observándome. En esos momentos no supe que decir. Solo supe que tenía mucho que contar.

Hospital de Puzol…
13:00 horas…

Lidia miró a través del microscopio para ver las muestras que Sánchez le mostró. Sobre una plaqueta, habían puesto unas gotas de sangre y luego habían añadido unas gotas de saliva de la cabeza de un caminante. Ella y el doctor se encontraban en el laboratorio de este último. Sánchez quería mostrarle todo lo que había descubierto, además de que quería estar con ella en privado para que pudieran hablar.
— ¿Qué ves? — preguntó Sánchez.
—Nada bueno— respondió Lidia sin levantar la mirada.
—Todos estamos infectados y eso es demostrable, pero es que, si además te muerden… Digamos que el proceso es totalmente más rápido. Por un lado, mientras sigamos vivos y sin ser mordidos, estaremos a salvo, pero por otro, si nos muerden… No habrá forma de evitarlo. Desde hace días intentó buscar una forma de erradicar por lo menos el virus de nuestro organismo, pero no estoy teniendo nada de suerte. Ojalá contara con más recursos.
—Ojalá no hicieran falta— respondió Lidia mirando al doctor —Necesito saber qué pasó con Nacho.
Sánchez suspiró al mismo tiempo que se apoyaba en uno de los muebles del laboratorio. —Él se fue con intención de encontrarte. Puede que se haya dirigido a vuestra casa… Puede que no haya ni siquiera llegado. Siento decirlo así, pero imagino que es algo que tú ya tienes más que asumido. Aunque entendería que quisieses ir a buscarlo.
—Tengo asumidas muchas cosas. Quizás me anime a ir a buscarlo una vez Juanma regrese y nos vayamos al Instituto… Aunque, por otro lado, supongo que, aunque haya ido a casa, no seguirá allí. Sería como buscar una aguja en un pajar. Puede que incluso, él esté en el instituto ya. Supuestamente, allí hay gente. No lo sabremos hasta que Juanma regrese.
— ¿Irás al instituto de verdad? — preguntó el doctor en ese momento. Una pregunta que sorprendió mucho a Lidia.
— ¿Tu no vendrás?
—No— respondió el doctor negando con la cabeza. —Creo que sería mucho más productivo aquí. Si os establecéis en el instituto, creo que sería mucho mejor que aquí en el hospital se quedara alguien para ayudaros en lo que necesitéis. Me quedaré. Tú también podrías quedarte aquí. Me parecería bien— Sánchez caminó hacia Lidia y la cogió de la mano —Me gustaría que te quedaras.
Lidia se soltó un poco y miró al doctor con una sonrisa —Lo se… Pero quedarme podría darte falsas esperanzas de algo que ambos sabemos qué hace mucho tiempo que se terminó. Quiero ir al instituto porque allí debe haber gente a la que puedo ayudar. Te ruego que lo entiendas.
Lidia y Sánchez tuvieron una relación muy corta años antes, cuando Lidia entró a trabajar en el hospital. Una relación que terminó cuando Sánchez regresó al lado de su mujer y Lidia comenzó una relación con su actual pareja. Si en esos momentos Lidia se quedaba allí con Sánchez, eso podía hacer creer al doctor algo que no era. Ella seguía queriendo a Nacho y aunque creía que podía no seguir vivo, no quería cerrarle las puertas a la esperanza.
Sánchez asintió y Lidia sonrió de nuevo. —Gracias por entenderlo. Voy a regresar con Félix y la chica. Esperaremos a que Juanma vuelva.
Lidia salió del laboratorio y Sánchez se quedó allí solo. Volvió al microscopio y siguió haciendo pruebas.
*****
Lidia regresó al despacho donde estaban Félix y Nora. Nada más entrar por la puerta se dio cuenta de que todo seguía sin novedad, Juanma no había regresado todavía. De hecho, Nora estaba mirando por la ventana, esperando a que el coche en el que iba Juanma, apareciera.
— ¿Aún no ha vuelto? — Lidia caminó hacia Nora y la miró —No te preocupes. Volverá. Te lo prometió. Y creo que es un hombre en cuya palabra se puede confiar… Es más, estoy segura que puedes confiar en él.
—Si. Sé que volverá— respondió Nora.

Instituto de Puzol…

Se lo conté todo a David y Gloria, ellos eran los únicos que estaban conmigo en ese momento. Nos habían dejado solos en un pequeño despacho que en su día había sido el seminario de lengua castellana. Les conté lo que había pasado con la llegada de la horda y como Cristina había sido mordida, les conté como no había podido salvarla y lo que había sucedido después hasta que Nora y yo llegamos al hospital acompañados de Lidia y Félix. Aunque omití mi encuentro con Bernardo.
Por su parte, David me contó cómo habían llegado al instituto, aunque hasta ese momento, mi compañero no había reconocido a mi suegra entre tanta gente. Ella me contó entonces como habían sobrevivido allí. Se habían logrado refugiar en el interior de las aulas, y allí habían esperado hasta que habían recuperado el control del instituto. Todos teníamos algo que contar.
David se levantó entonces y me miró —Os dejaré solos. Supongo que tenéis cosas privadas de las que hablar. Yo te espero fuera.
—Gracias— respondí mirando a mi compañero. Cuando el salió, fue cuando miré a Gloria. Finalmente, las lágrimas surgieron de mis ojos y me llevé la mano a la cara. Ella enseguida se levantó de donde estaba y me abrazó, acercando mi cabeza a su pecho, pude escuchar como ella también lloraba. Entonces me separé y la miré a los ojos.
—Ella luchó hasta el final. Siento no haber podido salvarla. Eso es algo que llevaré siempre conmigo— comencé a decirle. Entonces quise sincerarme con ella —El hombre que provocó la llegada de los caminantes… Lo encontré cuando venía hacia aquí.
— ¿Qué hiciste con él? — preguntó Gloria.
—Lo maté…— respondí levantándome de la silla donde estaba y acercándome a la ventana para mirar al exterior. Allí, vi a la gente trabajando. Intentando salir adelante. Seguí hablando —Y no me arrepiento en absoluto. Ese tipo tuvo su justo castigo. No lo maté directamente, lo lancé desde el último piso de un edificio en obras y acabó ensartado dentro de un contenedor para escombros, pero cuando bajé y lo miré, seguía vivo. Ese cabrón me pidió que no lo dejara así y yo dejé que los muertos se lo comieran vivo. En cierto modo, si lo maté yo con mis propias manos. Lo dejé allí.
—Entiendo lo que sientes— dijo Gloria —Y no puedo culparte. Solo puedo agradecerte que hicieses lo que tenías que hacer. Ese hombre no merecía vivir.
En ese momento vi algo que me llamó la atención. Se trataba de varios montículos de arena con cruces de madera. Era indudable que era un cementerio. Fue en ese instante cuando pensé en algo. Me di la vuelta y miré a Gloria.
—Traeré a tu hija aquí para que tenga un entierro digno y que puedas despedirte de ella.
Salí de aquel despacho y me encaminé hacia el exterior. Me encaminé hacia el coche que Lidia me había prestado y abrí la puerta. Iba a entrar cuando David me alcanzó.
—¿A dónde vas ahora? Deberías descansar.
—Tengo algo que hacer. En primer lugar, iré a recoger los cuerpos de Sonia, Mateo y Cristina. Después iré al hospital para recoger a Nora y a los otros— respondí —Supongo que a los que están aquí no les parecerá mal.
—Hablaré con Andrea y después con Roberto. Ellos son quienes están al mando aquí— dijo David señalando a un hombre y a una chica que estaban hablando —Después me iré contigo. Vas a necesitar algo de ayuda. No te lo cargues tu todo.
—Gracias— dije dándole una palmada en el brazo.
David se fue y yo me quedé observando nuevamente el lugar. Pude ver cosas que me llenaron de esperanza, precisamente cuando pensaba que las cosas no podían mejorar. Veía a familias enteras que, pese a que estábamos allí dentro, trataban de empezar de nuevo. Lo estaban haciendo por sus hijos, los cuales, jugaban con un balón, era como si ignoraran por completo lo mal que iban las cosas al otro lado de los barrotes. Pensé que a Cristina le hubiese gustado eso, pero, sobre todo, le habría gustado reencontrarse con su madre a la que creímos muerta.
David no tardó en regresar, y lo hizo con una camioneta con una amplia parte trasera. Él se asomó por la ventanilla del conductor —Me la han prestado. Venga, vamos a por los demás.
Asentí con la cabeza y me subí al coche de Lidia. Segundos después, ambos abandonábamos el instituto en dirección al caserón. Después de eso, iríamos al hospital. Quería cumplir la promesa que le hice a Nora. Mientras conducía, miraba el reloj que ella me había dado y que perteneció a Mateo.

Caserón…
17:00 horas…

David y yo habíamos llegado al caserón y ya habíamos cargado los cuerpos en la parte trasera de la camioneta. Habíamos tenido mucha suerte, ya que el número de caminantes en los alrededores del caserón. Yo me encontraba apoyado en el coche de Lidia, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Estaba reuniendo el valor necesario. Fue entonces cuando David se acercó a mí.
— ¿Dónde dices que está?
—En la buhardilla— respondí levantando la cabeza. David puso ver las lágrimas en mis ojos.
—Puedo ir yo a buscarlo si quieres…
Negué con la cabeza.  La agaché nuevamente, volví a alzarla al mismo tiempo que suspiraba y me secaba las lágrimas —No. Yo iré. Esto es cosa mía.
David asintió. Agachó la cabeza y cuando la levantó, miró al lado contrario del caserón.
—Está bien. Yo te espero aquí, estaré vigilando. Tomate tu tiempo… El que necesites.
Asentí con la cabeza y metí las manos dentro del coche, saqué mi pistola para defenderme por si aparecía un caminante. Después de eso, comencé a caminar hacia el caserón.
Entré por la puerta, con el corazón latiendo rápidamente, pero no por miedo, sino porque estaba a punto de volver a ver el cuerpo de mi mujer. Eso iba a ser sin duda lo más duro.
Subí los escalones hasta el último piso y avancé hacia las escaleras que daban a la buhardilla.
Subí con facilidad y enseguida me topé con las mantas que cubrían el cuerpo de Cristina. Avancé hacia ella y me arrodillé, fue entonces cuando me incliné sobre él y comencé a llorar amargamente. Mencioné que había encontrado viva a su madre y que íbamos a vivir en el instituto, pero ella ya no me escuchaba. Hice el esfuerzo para dejar de llorar y la destapé para verla una vez más. Me la quedé mirando y entonces, vi algo en su bolsillo, lo saqué y vi que se trataba de la foto de nuestra hija, la misma que ella se llevó de casa y que había guardado. Me metí la foto en el bolsillo y de nuevo me incliné sobre Cristina para besarla en sus fríos labios. Después volví a cubrirla y la cogí en brazos.
Salí del caserón con el cuerpo de Cristina en brazos y caminé hacia la camioneta. Una vez allí y ante la mirada de David, con mucho cuidado la tumbé allí.
No tardamos en marcharnos de allí y llegar al hospital. El reencuentro con Nora fue emotivo, ambos nos abrazamos. David conoció a Lidia y Félix.  Después nos encontramos con Sánchez, él nos contó que Jordi se había marchado. Después le ofrecimos venir con nosotros, pero se negó. Después de eso, de nuevo, salimos del hospital y nos subimos a los vehículos.
Llegamos al instituto y entramos cuando nos abrieron las puertas. Fuimos recibidos por todos los presentes. Cuando bajamos de los vehículos, miré a Nora y ella me devolvió la mirada acompañada por una sonrisa. Habíamos logrado llegar al instituto.

Día 20 de septiembre de 2017…
Instituto de Puzol… 10:15 de la mañana…

Me levanté de la cama cuando sonó la alarma del despertador. Era un nuevo día en el instituto. Me puse en pie y me vestí, después me puse el cinturón donde guardaba la pistola y salí de mi habitación. Ese día unos pequeños grupos íbamos a partir para llevar a cabo diferentes misiones. Llevábamos varios meses en el instituto. Allí éramos unas setenta personas en total, entre las que había varias familias. Unos estaban antes de nuestra llegada y otros llegaron bastante antes.
Habíamos prosperado mucho desde que llegamos. Habíamos convertido la mayoría de aulas en habitaciones múltiples e individuales, las familias, por ejemplo, ocupaban toda un aula. Yo, por ejemplo, tenía una pequeña aula de estudio como habitación individual.
Se habían construido invernaderos para algunos cultivos y se habían labrado varios huertos. Se habían construido también establos y corrales para los animales de granja que habíamos encontrado, además de tener caballos.
Una de las partes del recreo, se había habilitado como cementerio. Allí estaban enterrados algunos miembros del grupo del instituto y Cristina. También estaban allí enterrados Mateo y Sonia.
Teníamos luz en el instituto. Todo esto, gracias a las placas solares que habíamos encontrado e instalado en las terrazas. Teníamos tantas que nos proporcionaban muchísima energía. Lo cual, era una grandísima ayuda para prosperar allí.
El embarazo de Anna avanzaba muy bien y bajo la atenta mirada de Lidia. Hacía poco además que las ecografías nos habían revelado que se trataba de un varón, y que, según los cálculos de Lidia, el pequeño nacería en febrero, además de que no era la única mujer embarazada que había allí.
Con la llegada al instituto, habíamos conocido a muchísimas personas. Allí estaba Andrea, una chica castaña y atlética que había sido guardia civil. También estaba Antonio, al que todos llamábamos Toni, uno joven cuyo pelo largo, estaba recogido en una coleta.
Estaban también Kai y Rei Cheng, los gemelos chinos que habían tenido una tienda, ambos tenían el pelo liso, aunque evidentemente, ella, Rei, tenía el cabello larguísimo, sobrepasando los hombros y casi la espalda. Estaba también Alessandro, un joven italiano cuyo cabello estaba echado hacia atrás por una cinta de pelo. Otro de los miembros de aquel grupo era Emilio, un joven de pelo ondulado oscuro y muy blanco de piel que llevaba gafas. El que estaba al mando allí era Roberto, un hombre fornido de cuarenta años y que tenía un hermano llamado Raúl, el cual, me miraba con bastante recelo, el, al igual que Roberto, también presentaba una buena forma física, señal de que ambos habían pasado bastante tiempo en el gimnasio. La que más me sorprendió entre otras cosas, fue Alicia, una joven profesora recién llegada al instituto y que en su día había hecho muy buenas migas con mi difunta esposa.
En fin, todo nos marchaba más o menos bien en el instituto. Incluso, lo habíamos asegurado bastante bien, habíamos construido una barrera de maderas afiladas y cruzadas en forma de X alrededor del instituto, las cuales, impedían que los caminantes alcanzaran las vallas del instituto. No solo eso, si no que habíamos construido una especie de pasillo que llevaba desde una de las puertas del instituto, a uno de los edificios cercanos, allí siempre teníamos a alguien vigilando.
Dentro del instituto también habíamos montado torres de vigilancia en varios puntos. El instituto era en esos momentos un lugar muy seguro al que nos habíamos adaptado.
Llegué al exterior y respiré el aire fresco mientras me desperezaba, después puse los brazos en jarras y miré a mi alrededor. Miré hacía los vehículos que se estaban preparando y me fijé en que David y Félix estaban listos, yo me iba a ir con ellos, pero antes tenía algo que hacer. Tenía que ir a las tumbas como cada día.
Me dirigí al cementerio que habíamos construido y me acerqué a la cruz de madera que marcaba la tumba de mi mujer. Me planté delante de ella, posé una foto sobre ella, una imagen donde estábamos Cristina, nuestra hija y yo. Entonces, me agaché delante de ella y comencé a hablar.

Día 24 de junio de 2017
Instituto de Puzol… 18:25 horas…

Me encontraba ante las tumbas recién ocupadas, pero concentrado en la de Cristina. Hacía un día que nos habíamos establecido en el instituto, habíamos sido bien acogidos.
El triple funeral del día anterior, había sido una despedida digna para Cristina, Mateo y Sonia. Todos habíamos asistido, tanto aquellos que los conocíamos como los que no. Después del funeral, Gloria y yo nos habíamos quedado allí hablando.  Teníamos ante nosotros el inicio de una nueva etapa para todos nosotros. Una ya había terminado, pero a partir de aquí, iniciaba una que a priori se presentaba más difícil. Era como si hubiésemos regresado al siglo XVIII, pero estaba seguro que poco a poco, recuperaríamos algo de la civilización, aunque solo dentro del instituto.
Me arrodillé delante de la cruz y posé mi mano sobre ella —Te gustaría esto. Estoy seguro de ello. Nos vamos adaptando y ya hemos hecho algunos amigos— hice una pausa cuando escuché los gritos de unos niños, seguidamente, vi al grupo jugar con un balón. Volví a mirar la cruz —No sé qué nos deparará el futuro, pero por ti… Aquí y ahora te prometo que seguiré adelante pase lo que pase. Nunca me rendiré. Haré lo que sea para sobrevivir y proteger a los que me importan. Este mundo no me vencerá. Aquí finaliza y empieza una nueva etapa. Te quiero y te voy a querer siempre.
Me levanté y salí del cementerio. Me encaminé hacia la terraza más alta del instituto, desde donde tenía una vista perfecta del pueblo, donde dentro de unas horas vería el atardecer. Tal y como había dicho, empezaba una nueva etapa. 

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