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Gracias y bienvenidos al blog. En este blog podréis leer desde el principio la historia titulada Zombies (Esta vez corregida y mejorada), a la que le seguirán sus secuelas: Necroworld y The Survivors Land. En ellas, seguiréis el periplo de un grupo de supervivientes que iniciarán su historia en el pueblo Valenciano de Puzol, pasando por Valencia capital, Barcelona y Madrid. Un periplo que les llevará hasta los Estados Unidos. Esta historia es probablemente la historia de Zombies más larga de la red, ya que cada una de sus partes, cuenta con 200 capítulos en su totalidad. Si te gusta, sígueme en el blog y mis redes sociales, contacta conmigo por Email y suscribete via Email en la pestaña Email address para estar informado de las publicaciones. Esta historia también puede leerse en Wattpad.

sábado, 29 de septiembre de 2018

ZOMBIES: Capitulo 026 Ya no quedan buenas personas


Capítulo 026
Ya no quedan buenas personas


Día 6 de enero de 2018…
Navajas… 09:00 de la mañana…

Héctor y yo habíamos estado andando toda la noche. Hablando y conociéndonos más, estableciendo la confianza. Habíamos parado a descansar varias veces, habíamos dado rodeos y habíamos acabado con los caminantes que se cruzaban en nuestro camino y que podían ser una amenaza. Después de todo eso, finalmente habíamos llegado al pueblo de Navajas, con la esperanza de hacernos con un vehículo que nos facilitara llegar a Puzol sin muchas complicaciones.
Sin contar con los caminantes errantes y solitarios, la localidad estaba completamente vacía y patas arriba, era como si un tifón hubiese pasado por allí, dejando un paisaje desolador.
—No parece que haya ningún vehículo que sea utilizable— murmuró Héctor mirando a nuestro alrededor.
Yo imité a mi compañero y comprobé que tenía razón en lo que decía. Los únicos vehículos que teníamos a la vista, o estaban destrozados, calcinados o volcados. Ninguno podía utilizarse.
Caminamos por una calle peatonal y a lo lejos pudimos ver un coche blanco que parecía en buen estado. Con la esperanza de poder apropiarnos, corrimos a toda velocidad hasta alcanzarlo. Nada más llegar, el rostro putrefacto de un No Muerto se estampó contra la ventana del conductor, la descomposición de su cara hacía que no pudiera distinguirse si era hombre o mujer.
—¡¡¡Mierda!!!— exclamó mi compañero.
—Lo sacaremos de ahí. Trata de distraerlo—  dije a medida que rodeaba el deseado vehículo.
Mientras Héctor distraía al caminante, yo abría la puerta del copiloto, sacaba el cuchillo y me lanzaba sobre el cadáver, hundiéndole la hoja en el cráneo y dejándolo inerte al instante.
Héctor abrió la puerta y sacó el cuerpo de un tirón y yo, ocupé rápidamente el asiento principal, fue en ese momento cuando me llevé la gratificante sorpresa de que las llaves estaban puestas en el contacto. No pude evitar sonreír.
Giré las llaves en el contacto y justo cuando estaba a punto de lanzar un grito de júbilo que acompañase el rugido del motor, ninguna de las dos cosas sucedió, el motor no se encendió.
— ¿Qué ocurre?
—No lo sé. El motor no arranca— respondí girando varias veces las llaves.
Héctor pasó al frente y levantó el capó. No tardé en escuchar como daba un golpe. Bajó de nuevo el capó y caminó hacia la ventanilla del conductor llevando una nota en las manos, la cual, me pasó para que la leyera.
“Si querías llevarte el motor, nosotros llegamos antes, te jodes”
—Encima graciosos…— Héctor arrugó la hoja de papel y la lanzó lejos. Yo salí del coche y me apoyé en un lateral. Necesitaba tranquilizarme, en esos momentos me encontraba muy frustrado — ¿Qué hacemos ahora?
—Seguiremos buscando. No me creo que hayan arrasado con todo por aquí. Tiene que quedar algo que podamos utilizar. Aunque sea un par de bicicletas— respondí apartándome del vehículo y sacando una botella de agua de mi mochila. Le di un trago y se la pasé a mi compañero. —Daremos un par de vueltas más. Si no encontramos nada, andaremos hasta el siguiente pueblo.
Héctor y yo volvimos a ponernos en marcha.

Instituto de Puzol…
9:45 de la mañana…

David se encontraba en el patio de recreo. Desde su llegada al instituto, había conocido a los militares que habían llegado. Conoció especialmente a dos de ellos. Paco, un chico joven de unos treinta años, de complexión fuerte, con el pelo rapado y una perilla recortada. También estaba Jorge, un chico rubio de ojos verdes, de cabello un poco más largo y al igual que Paco, de complexión fuerte. Ambos tenían el rango de capitán.
David ya los conocía de antes, los había visto en fotografías. Juanma se las enseñó tiempo atrás, cuando todavía era militar, aunque el, aún no había dicho nada. Al que no conocía muy bien, era a Molano, aquel sargento que había hecho que Juanma abandonara el ejército.
Observó a Molano, este estaba en una de las terrazas, hablando con Roberto, aunque por los gestos, más bien parecía que discutían acaloradamente.
—No parece que se lleven demasiado bien— dijo Andrea acercándose a David —Anoche también discutieron. He escuchado rumores de que Roberto quiere que se marchen.
David miró en ese momento a una de las canchas y vio a un grupo de militares jugando al baloncesto con algunos de los habitantes del instituto. Era como si fuese un día normal, como si no hubiese nada malo detrás de las vallas.
—¿Crees que se marcharían tranquilamente sin armar follón? Aquí han encontrado refugio. Cuatro paredes y un techo… No sé yo si querrían renunciar a ello. Sin comerlo ni beberlo, podríamos vernos metidos en un conflicto— respondió David a su pareja.
—Y eso no nos conviene…
En ese momento, David vio algo que le llamó mucho la atención. Uno de los soldados no apartaba la vista de Roberto y de Molano. Se trataba de un chico joven que debía estar entre los veinte y los treinta. Era de piel morena y llevaba el pelo en forma de cresta corta. Parecía más un portero de discoteca que un militar. En sus manos, portaba en todo momento un rifle de francotirador, parecía tensó. Como alerta.
—Fíjate en ese de ahí— dijo David señalando al militar — ¿Quién cojones es?
—Creo que se llama Enzo Gaztañaga. Es algo así como el perrito faldero de Molano. Va con él a todas partes… Si me preguntan, diría que incluso se la sujeta para que mee. Puede que incluso se la sacuda— respondió Andrea.
—Hablaré con él, antes de que su amor por Molano le haga cometer una locura— dijo David despidiéndose de su novia y corriendo hacia el militar.
David llegó junto a Enzo y se plantó delante de él, interrumpiendo el campo visual del militar, algo que pareció incomodarlo.
— ¿Qué quieres? — los ojos marrones de Enzo se clavaron en los de David.
—Te veo muy tenso. Parece que en cualquier momento vayas a levantar el rifle y a meterle una bala al gran jefazo. Relájate— le dijo David. —Molano estará bien.
—No sé de qué me hablas— respondió Enzo.
—Hablo de que estás protegiendo a tu comandante… Y no lo veo mal. Todos daríamos la vida por alguien. Incluso mandaríamos la nuestra al garete si fuera necesario… Tú no seas gilipollas… Y aparta el dedo del gatillo. Que te veo venir.
En ese momento, totalmente sorprendido, Enzo retiró el dedo del gatillo y miró nuevamente a David, el cual, había comenzado a sonreír.
—Solo estoy protegiendo al hombre que me salvó la vida. El hombre que nos la salvó a todos. Vuestro líder quiere que nos larguemos— respondió el militar, que, en lugar de relajarse, parecía más alterado.
—Tú no hagas ninguna estupidez y las cosas no se irán al cuerno… Dame tu rifle. Si no lo tienes, no meterás la pata. Son las normas aquí. Si no se sale, no hace falta ir armado.
Enzo dudó por unos segundos, pero finalmente entregó el rifle a David —Buen chico. Ahora vete a jugar al baloncesto con tus colegas o a hacer ganchillo. Lo que te plazca.
Enzo se dio media vuelta y comenzó a alejarse mientras David se quedaba allí de pie. Andrea no tardó en reunirse de nuevo con él.
—No ha puesto demasiadas pegas, pensé que se pondría de mala leche o se negaría.
—No hay que perderlos de vista. No termina de convencerme la presencia de estos. Ten los ojos bien abiertos y el arma siempre a punto— respondió David mirando de nuevo hacia donde estaban Roberto y Molano, aunque en esos momentos, el líder del instituto ya no estaba, únicamente estaba Molano, apoyado en la barandilla y mirándolo. David sonrió y saludó. Molano solo hizo una mueca.

Navajas…
12:00 horas…

Héctor y yo habíamos encontrado lo que parecía una furgoneta de reparto junto a un pequeño parque. Era de color blanco y aparte de una enorme mancha de sangre en un lateral, parecía en buen estado. Por suerte, parecía que los saqueadores la habían pasado por alto. La comprobamos de arriba abajo y vimos que además de tener el depósito lleno, el motor en buen estado y las llaves en el contacto, tenía cargamento en la parte de atrás. Era extraño. Como si llevase allí poco tiempo, así que nos imaginamos que quizás pertenecía a alguien.
— ¿Por qué no nos la llevamos y ya está? — preguntó Héctor.
—Podría ser de alguien que lo necesita. Nos esperaremos un poco más y si no aparece nadie, nos largaremos— respondí. A lo que Héctor respondió con una mueca de desaprobación. Así que pregunté — ¿Qué sucede?
—Sucede que eres buena persona. Para empezar, estás confiando en mi… Cuando solo me conoces de hace unas horas. Podría estar esperando para jugártela.
—Buena persona… Es mi naturaleza— respondí.
—Ya no se puede ser buena persona. El mundo ha cambiado… Hay nuevas reglas. Tú no te has dado cuenta porque has pasado los últimos meses en un instituto, saliendo únicamente para buscar personas y suministros— dijo Héctor, parecía enfadado.
—Entiendo lo que quieres decir, pero tampoco se trata de que los cabrones seamos nosotros. Esperemos solo un poco— respondí.
Estuvimos esperando cerca de una hora. Pensaba que alguien vendría, pero no fue así. Allí solo había tranquilidad.
—No viene nadie— dijo Héctor mirando el reloj —Creo que deberíamos largarnos de una vez.
Miré a ambos lados de la calle, buscando esa esperanza de que llegara alguien, pero no fue así. Fue en ese momento cuando vi una papelería, después miré a Héctor —Ponte al volante. Ahora vengo.
Dejé a Héctor junto al vehículo y me dirigí hacia el establecimiento. Entré con cautela por la puerta con el arma en alto, por si algún caminante surgía de la nada y me atacaba, pero no sucedió así. Lo que, si me llegó, fue el hedor a putrefacción de un cadáver que se encontraba detrás del mostrador. Se trataba de una señora mayor, vestida con ropa con el logo del establecimiento.
Caminé directamente a uno de los estantes y tomé una libreta, después tomé un rotulador de color negro y comencé a escribir un mensaje con grandes letras para que se viera bien.

“Lamento haberme llevado la furgoneta y los suministros. Estuvimos esperando, pero nadie llegó. Tengo mi refugio en un instituto en el pueblo de Puzol, si venís allí, seréis bienvenidos”

Salí del establecimiento y regresé junto a la furgoneta. Allí, colgué el papel de uno de los árboles y después, subí al vehículo.
— ¿A dónde has ido? — preguntó Héctor situando sus manos sobre el volante.
—A hacer una buena obra. Ahora volvamos a casa de una vez.
Héctor arrancó el motor y este se encendió con un rugido. Ambos sonreímos y Héctor comenzó a conducir por las calles de Navajas. Era hora de salir de allí.
Llevábamos un rato en la carretera sin intercambiar palabras. Fue Héctor quien rompió el silencio.
—Siento lo de antes. No es que piense que eres estúpido por ser buena persona. No me malinterpretes. Solo que he visto tanta mierda que… Quiero decir, que me cuesta creer que haya gente que no sea una hija de puta del nivel más alto. Creo que me he insensibilizado. Puede que sea que acabo de perder a mi mujer… No sé. Espero que no pienses que soy un capullo.
—No te preocupes— respondí —Tienes tus razones para pensar así.
— ¿Qué fue lo que pusiste en esa nota? —  preguntó en ese momento Héctor.
—Solo me disculpaba por llevarnos la furgoneta… Aunque puede que nadie lo lea nunca. Puede que los dueños de este trasto estén muertos— respondí mirando a mi compañero.
— ¿Qué es eso? — preguntó Héctor mirando al frente.
Yo miré también al frente y entonces, vi a un hombre haciendo aspavientos con los brazos. Detrás de él, como a unos tres metros, había una mujer sosteniendo a un niño muy pequeño en brazos. Al verlos, lo primero que pensé, fue la posibilidad de que fueran los dueños.
—Paremos a ver qué sucede— murmuré.
Héctor fue reduciendo la velocidad del vehículo hasta que se situó en la cuneta. El tipo avanzó hacia nosotros corriendo, mientras, yo lo observaba a conciencia, buscando un arma o algo que resultase sospechoso.
— ¿Qué sucede amigo? — preguntó Héctor.
—Mi hijo… No se encuentra demasiado bien… ¿Tiene algún medicamento? — preguntó el tipo. Era un hombre delgado de pelo castaño, debía tener unos pocos años más que yo.
—Voy a mirar ahí atrás— dije abriendo la puerta del copiloto y bajando al asfalto de un salto. Caminé hacia la parte trasera junto a aquel tipo y abrí la puerta. Subí y comencé a rebuscar entre las cajas, pero solo veía latas de conserva y botellas de agua, pero ni rastro de medicamentos.
—Pues parece que…— no terminé la frase, cuando alcé la cabeza para mirar a aquel hombre, me encontré con que tres desconocidos estaban allí plantados de pie, apuntándome con sus armas.
—Hace falta ser imbécil ¿Nadie te ha enseñado que no te puedes fiar de cualquiera? Saca las armas que lleves encima, déjalas en el suelo y empújalas con el pie— me ordenó uno de ellos, se trataba de un chico joven de unos diecinueve o veinte años.
Hice lo que me ordenó sin rechistar, mientras, escuchaba como alguien sacaba a empujones a Héctor.
Una vez desarmado, me hicieron salir de la parte trasera con las manos en alto. Una vez en el exterior, me encontré con una docena de personas rodeando nuestra furgoneta y apuntándonos tanto a Héctor como a mí. 
Fue entonces cuando apareció un tipo rapado y delgado, este traía una hoja de papel en las manos y la iba leyendo en alto. Era la misma nota que había dejado.
—Gracias por avisar. No te imaginas lo que jode cuando unos idiotas se adelantan y cogen la mercancía que ibas a robar.
En ese momento me sentí fatal. Había sido culpa mía que nos interceptaran. Fui estúpido al dejar esa maldita nota. Había sido como abrirle la puerta de mi casa al mismo diablo.
Miré a Héctor para disculparme, pero entonces, vi que su mirada estaba clavada en otro tipo. Uno grandote y moreno de piel.
—Estos fueron los que nos jodieron en nuestro campamento— murmuró Héctor —Ellos son los responsables de todo lo que nos pasó a mi mujer y a mí.
— ¿Qué hacemos con estos dos? ¿Nos los cargamos? — preguntó la mujer que habíamos visto al principio cargando con un bebé. Al ver que la miraba, me mostró lo que llevaba y no era ningún bebé, tan solo era un muñeco. Entonces sonrió —El truco del bebé no falla. Todos se apiadan y se fían. La gente es tan previsible— la mujer miró de nuevo al tipo rapado — ¿Qué hacemos con ellos? Respóndeme cuando te hablo.
—Los llevamos con nosotros ¿Quién sabe? Puede que nos sirvan para algo— respondió el rapado.
—Ya habéis oído. Andando— dijo el tipo grandote al que Héctor había reconocido.
A ambos nos llevaron a punta de pistola hasta un viejo furgón policial, allí nos obligaron a subir y a sentarnos. Vigilados en todo momento.
— ¿A dónde nos lleváis? — pregunté.
—No quieres saberlo. Guarda silencio.
El furgón policial comenzó a moverse, y yo, comencé a arrepentirme de haber sido tan confiado. Mi confianza, nos había condenado. Aun así, comencé a pensar y a razonar. Aquellos tipos nos estaban reteniendo y no nos habían matado, nos iban a necesitar para algo, y eso significaba que todavía teníamos una oportunidad de escapar, solo teníamos que buscar el momento oportuno y llevar a cabo nuestra fuga.

Instituto de Puzol…
14:00 horas…

David había ido junto a Toni al edificio que estaba al lado del instituto, para relevar a Bosco y Kai en la vigilancia. No llevaban mucho rato allí cuando Molano apareció en la terraza, con una sonrisa y las manos detrás de la espalda. Al principio, caminó en círculos por allí, mirando a la calle y sin decir una sola palabra. Algo que hizo que David y Toni intercambiaran más de una mirada.
Toni miró entonces a Molano —¿Podemos ayudarle en algo comandante?
—Solo observo que no haya brechas en vuestra defensa… Y ciertamente no las hay. Habéis hecho un buen trabajo. Os felicito. Sin embargo, habéis fallado estrepitosamente en la elección del líder. Ese hombre no sabe hacer otra cosa que hablar y hablar— respondió Molano sin dejar de mirar a la calle. Divisó entonces a un caminante y después miró a Toni —¿Me prestas eso? — dijo señalando al rifle de francotirador.
Toni dudó por unos segundos, pero finalmente cedió y le entregó el arma. Molano cogió el rifle, lo pesó y luego se apoyó en la baja pared de la terraza, apuntando directamente a la cabeza del caminante que deambulaba por la calle. Acto seguido disparó y la bala atravesó el cráneo.
—Buen tiro— murmuró Toni mientras veía desplomarse al caminante a través de los prismáticos.
Molano le devolvió el rifle a Toni y miró entonces a David —Vi lo que hiciste antes con Enzo. Te quedaste con su arma. No es que esté de acuerdo con eso, pero obraste bien. Demostraste agallas y lealtad hacia tu líder.
—Su chico estaba demasiado tenso y tenía el dedo demasiado cerca del gatillo— respondió David —Impedí que metiera la pata, pero no es que sea leal a Roberto. Simplemente quiero evitar un conflicto que afecte a los míos.
—Sabias palabras… Verás, Enzo no es demasiado listo y sería capaz de dejarse devorar por mí. Es bueno que se le paren los pies. No le devuelvas el rifle de francotirador. Además, estoy aquí para comentarte que tengo prevista una expedición para buscar suministros, somos muchas personas aquí y yo tengo muy pocos soldados… Voy a necesitar a gente capaz de empuñar un arma.
—¿Ha pensado en mí? — preguntó David.
—Y en varios, por eso discutía con Roberto— respondió Molano apoyándose de brazos cruzados en una de las paredes. —Aunque también quiere que nos marchemos— Molano se apartó de la pared y volvió a caminar en círculos —La expedición será en unos días. Piénsatelo y ven a verme. Créeme, te interesará venir.
Molano se marchó de la terraza y poco después, David lo volvió a ver cruzando la calle en dirección al instituto. Cuando el comandante le hablaba, había llegado a notar que parecía tramar algo.

En algún lugar…
Hora desconocida…

El viejo furgón policial en el que íbamos Héctor y yo se detuvo. Habíamos perdido la noción del tiempo y no sabíamos dónde nos encontrábamos.
—Fin de trayecto— dijo la mujer que nos había hecho creer que cargaba con un niño. Pude fijarme mejor en ella, tenía el pelo largo y castaño. Sus dientes estaban sucios y amarillos. —Bajad del coche y hacedlo tranquilitos.
Héctor y yo bajamos siendo apuntados por multitud de armas. Cuando mis pies tocaron el suelo, miré a mi alrededor, nos encontrábamos en una especie de nave industrial, de cuyo techo, colgaban varios ganchos. Algunos incluso estaban manchados de sangre. Un hecho que me hacía temerme lo peor.
Había multitud de ojos mirándonos a ambos, analizándonos. Fue en ese momento cuando un tipo que parecía el jefe, se acercó frotándose las manos. Se trataba de un hombre de unos más de cincuenta años, con el pelo canoso y una cicatriz en el ojo, el cual, tenía un tono blanco.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Nuevos jugadores. Llegáis en el mejor momento posible. Esto será divertido.

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